LA MADRE HERMELINDA JIMéNEZ, REFUNDADORA Y TESTIGO DE LA FE EN CUBA

La Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Sandino, primer templo católico construido después de la Revolución. Foto cortesía de las Hermanas Mínimas.

“Hijas Mínimas de María Inmaculada” es el nombre completo de esta congregación religiosa de origen mejicano fundada por el Padre Pablo de Anda. Ellas tuvieron en Cuba colegios y otras obras antes de 1959. Y tuvieron que marcharse como tantas otras religiosas, llevándose a Cuba dentro del alma.

El 1 de enero de 1990, regresaron a Cuba las “Mínimas”, como las llama el pueblo. Al frente de ellas arribó a la Isla una religiosa enfermera, que supuestamente trabajaría en hospitales cubanos, concretamente pinareños. Su nombre es Hermana Hermelinda Jiménez Torres. Nunca pudo imaginar lo que sucedería después. No les permitieron trabajar en los centros de salud de Cuba y tuvieron que dedicarse a curar el alma de tantos cubanos necesitados de sanación espiritual y auxilio material.

Así las hermanas Mínimas refundaron en Cuba, en Pinar del Río. Habían transcurrido 65 años de la primera fundación en 1925, pronto celebraremos, Dios mediante, el centenario de su presencia en Cuba. Desde el primer día comenzaron a repartir su peculiar medicina: acompañamiento espiritual, consuelo al triste, ánimo al desalentado, alimentos al pobre, catequesis al niño, aliento al desvalido, una infancia misionera a los que sembrarían el futuro de la Patria y de la Iglesia, todas las obras de misericordia espirituales y corporales. Este fue su programa y el sentido de su vida ofrecida por entero a Dios y a su Santísima Madre.

La Madre Hermelinda, tronco y eje de esta fundación, se entregó desde el primer día a este pueblo que hizo suyo. Su casa era un hervidero de caridad y acogida. Sus pasos entonces ágiles e incansables recorrieron todas nuestras calles y repartos. Sembró la Palabra de Dios, sirvió de voz a los que no tenían palabras. Regó con la refrescante lluvia del consuelo a todos aquellos que sufrían la sequía del abandono. Aró con la fuerza del Amor de Dios abriendo surcos en los corazones, barrios y pueblos aparentemente más estériles y Dios le permitió ver la siembra y el fruto abundante: en Pinar del Río, en Sumidero, en Luis Lazo, en Sandino. Todo lo hizo con la pasión del Corazón de Cristo, la dulzura del Inmaculado Corazón de María y con el silencio, la oración y la perseverancia de una religiosa “Mínima”.

Un día recibía yo una llamada de la Madre Hermelinda para que facilitara unos trámites de unos vecinos de Vueltabajo, otra vez venía a enseñarnos un audiovisual sobre su casa en Sandino y las flores y plantas medicinales de su patio, otra vez era la exposición de los trabajos de corte y costura, bordados y artesanías que ponían belleza y sentido a la vida de los pobres, otra vez, llegó a mi casa a pedirme una imagen de la Virgen de la Caridad para su convento de Sandino. Quiso Dios que unas manos generosas de un pinareño y el arte de un holguinero hicieran posible esa bendita imagen de la Madre del Cielo a quien llamé de forma jocosa y mestiza: Nuestra Señora de la Caridad Guadalupana. Allá fui a llevársela y su felicidad era desbordante. Sabía que la Madre de Dios era una sola y que la devoción del pueblo la reconocía aquí como Cachita, y allá como Lupita.

En aquella visita me llevó a ver la Iglesia en construcción de Sandino. La primera en Cuba que se edificó nueva desde sus cimientos después de 1959. Allí me contó que mucho tiempo antes, junto al sacerdote que visitaba Sandino, le había preguntado dónde le parecía que debería ubicarse el templo soñado pero aún distante en el tiempo. Caminando por las calles el sacerdote le señaló un terreno baldío prácticamente en el centro del poblado. La madre Hermelinda sacó de su bolsillo unas medallas de la Virgen Guadalupana y dijo con fe al Padre, sembrémosla aquí, ella hará el resto. El 26 de enero de 2019 se consagraba el nuevo templo dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. La Hermana Hermelinda sonríe desde el Cielo agradeciendo a la Virgen, la madre de Jesús, que haya conseguido de su Hijo este milagro de una Iglesia nueva en Cuba. Su fe inquebrantable, perseverante, heroica, sencilla, daba señales inequívocas como esta y muchas otras, que ojalá un día se recojan en un libro de testimonios y sirva para introducir su Causa de Beatificación. La Iglesia en Cuba y en Pinar del Río es testigo de su camino de santidad. Que se eleve nuestra acción de gracias a Dios por el regalo de su vida.

Cuando se quiera saber cómo vivir la espiritualidad de la encarnación, la inculturación del Evangelio, el “hacerse uno de tantos” (Filipenses 2, 5-11) entonces la Hermana Hermelinda es un referente. Y no se trata del acento, ni de las palabras, ni de algunas costumbres… se trata de meterse entre la gente, compartir su vida y sufrimientos, com- padecer, acompañar, hacerse presente. La encarnación puede tener acento mejicano y compartir el alma cubana, o puede gritar Viva la Virgen de Guadalupe frente a la Virgen morenita cubana. Como una sola es la Madre y comparte tantos nombres sin dejar de ser ella, así puede ser la encarnación, la inculturación, la esencia de “abajarse” y “pasar haciendo el bien”.

El amor de Dios, lo probaron sus obras. La fe en Dios, se hizo milagro en el corazón, el alma y el templo de tantos cubanos… ¿y la esperanza?: La religiosa reservaría ese último testimonio de las virtudes teologales para hacerlo de forma heroica al final de su vida, aquí donde Dios la sembró: Llegó la dura enfermedad, la Madre Hermelinda escogió quedarse en Cuba y operarse donde mismo intervenían a los cubanos. Luego la larga terapia y siempre con el mismo ánimo y entereza. Pero fueron sus últimas semanas las que constituyen una prueba inequívoca de su santidad. Purificada en el crisol del dolor, prueba inequívoca de autenticidad y coherencia, hizo de su cama de hospital un referente de paz, alegría, oración y esperanza. Todos en la Sala de Terapia daban testimonio de la fe y la fortaleza de alma de esta “monjita”. Desde la cruz de su lecho de muerte celebró con cantos y vivas la fiesta del 12 de diciembre: la Virgen de Guadalupe. Declara el sacerdote que la asistía, que solo sabía dar gracias, agradecer todo, ofrecerlo todo por Cristo, por su Iglesia, su congregación religiosa y por Cuba y por México. Eran sus amores entrañables, inclaudicables, únicos.

La queja no tuvo lugar en su boca, ni en su rostro. Dejó dichas sus últimas voluntades pero no pudo escribirlas. Dios sabrá. Vivió la esperanza de sus últimos momentos como la vivió durante toda su existencia: apasionadamente, en silencio, en alegría, en acción de gracias, en total ofertorio de amor. No quería irse de Cuba,queríaquecuandoocurrieraeltránsito,losmás lejanos pudieran llegar con sosiego a despedirse con un hasta luego. Algunos incluso pensaron en que iría al panteón de la Iglesia y luego sus restos a la Iglesia de Sandino, por la que tanto trabajó tallando día a día en las piedras vivas de aquel pueblo. No pudo, por ahora, ser así. Todo fue muy rápido, no pudo ser velada, no se pudo celebrar la Misa de cuerpo presente, solo un sentido y profundo Responso, el beso de un puñado de fieles amigos, las palabras de la Hermana Marta a nombre de su comunidad religiosa, y un espontáneo aplauso mientras el carro fúnebre se iba en la noche hacia La Habana y de allí después a México. Dios sabrá y Él tendrá la última palabra.

Era el 1 de enero de 2019, se cumplían exactamente 29 años de la llegada de la Madre Hermelinda a Cuba, a Pinar del Río. Dios dispuso que se fuera a su Seno de Padre ese mismo día de la fundación en esta bendita tierra donde Él la sembró. Señal inequívoca de que el Buen Pastor dispondrá la historia de tal forma que su obra continúe, surjan vocaciones a la vida religiosa, que su semilla produzca el ciento por uno de frutos, y que la Congregación de la Hijas Mínimas de María Inmaculada siga presente en la tierra cubana que ahora, estamos seguros, cuenta con una nueva y fiel intercesora: la Madre Hermelinda Jiménez, refundadora y heroica testigo de la fe en Cuba.

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
  • Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
    Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
    Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
    Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
    Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
    Reside en Pinar del Río.
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