El grito de Yara

Foto tomada de internet.
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…tras unos instantes de silencio, en que los héroes bajaron la cabeza para ocultar sus lágrimas solemnes, aquel pleitista, aquel amo de hombres, aquel negociante revoltoso, se levantó como por increíble claridad transfigurado. Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos.

José Martí[1]

La tarde caía y el suave crepúsculo antojábaseme manto. Caminaba despacio por la Plaza de Armas aspirando con deleite el olor a tierra húmeda de la brisa presagiosa de lluvia -tan necesaria para calmar la ardiente sequía, de múltiples causas, que lacera hondamente a mi ciudad-. Olor evocador a yerba fresca que transporta mi alma a la finca paterna. Remembranzas. Cabalgatas y juegos. Las ruinas cercanas y el horno de cal callado que nos sirve de asiento para oír a papá: “sólo esto queda de la casa quemada cuando la Guerra Grande…”. Pensamientos dispersos y sentimiento profundo. Como sin darme cuenta caminé por el parque y, casi al tropiezo, contemplé el monumento a Céspedes que corrientemente mis ojos cansados miraban sin ver. Y todo fue distinto.

Sentí el aire vibrar con las notas del Himno de Bayamo y algo en mi interior me hizo estremecer. No sé explicarlo, pero, cuando le oigo la emoción me embarga, me embriaga como canto de sirena, y, al mismo tiempo, pone mi espíritu alerta cual llamada de clarines a velar por la Patria. Miro hacia el ángel de la Catedral, trompeta en mano, presto a llamar. Toque a rebato de corazones: sueño de libertad: Cuba convoca.

Entonces caí en la cuenta de lo próximo que teníamos el 157 aniversario del comienzo de la gesta libertaria cubana, de nuestro Himno. El peso del pensar me sentó en un banco, donde, ajena al movimiento circundante, sentí la presencia ausente de los próceres que le dieron vida a estos hechos gloriosos de nuestra historia. Y decidí escribir mis sentires. Hoy, Santiago se muestra a los lectores a través de las memorias de una santiaguera que le lleva en las entrañas junto a su símbolo, la Catedral Primada, y que ve así entretejerse patria chica e Iglesia local, como entramado simbólico de dos grandes amores que se abren y acercan -cual pudorosa asíntota- en convergencia final: Cuba y Cristo.

Sencillo monumento el del Padre de la Patria, humilde como grande es su gloria, pensé recordando a aquel patricio que, en el decir martiano, “nos echó a vivir a todos”. Ornada por la pátina del tiempo, la piedra narra la historia.

Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo nació en el seno de una familia acaudalada, estudió primero en el convento de Santo Domingo de su Bayamo natal, terminados sus estudios aquí parte hacia La Habana a estudiar en el Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio, de allí pasa a las aulas universitarias para graduarse como Bachiller en Derecho. Regresa a Bayamo, pero decide continuar sus estudios de Derecho en Barcelona y Madrid, después recorrió Europa. Ya radicado en Bayamo, replica a unas sextinas de José Fornaris con una larga composición autobiográfica a la que pertenecen estas dos estrofas:

Pensé que a mi país era debido

el incendio voraz de mi vigilia:

me acordé de mi padre encanecido,

de mi madre, y amigos y familia,

y de los bandos dejando y turbaciones

a serias me entregué meditaciones.

Y vine a Cuba y en Bayamo vime

y parecióme la creación más bella,

y al grandioso espectáculo sublime

mi ardor enciende súbita centella:

de mi noble ilusión allá en las cumbres

soñé en reformas de hombres y costumbres.[2]

Meses después es desterrado a Palma Soriano donde escribe el bello poema Al Cauto. Regresa a Bayamo y antes de concluir el año es desterrado a Manzanillo y después a Baracoa. No es bien visto por las autoridades españolas. Estuvo también preso en el Castillo del Morro de Santiago, ciertamente era Céspedes un desafecto conspirador.

En vísperas del 10 de octubre de 1868, sabedor de que iban a detenerlo, Céspedes reúne a sus compañeros y redacta el manifiesto que lanzará la Junta Revolucionaria de Cuba. En la mañana se apresuran los últimos preparativos. La bandera tricolor la confecciona una joven campesina, Candelaria Acosta Fontaigne (Cambula), que tomó la tela azul del altar de la Virgen. Céspedes dirige a la tropa una breve y emocionante arenga. Manda tocar por última vez la campana del ingenio y convoca a los esclavos que va a liberar.

El primer combate ocurre en Yara, la caballería cubana chocó con la tropa española y tuvo que retroceder en derrota hacia las afueras. Fue el primer hecho de armas de la guerra por la independencia. Ante sus fuerzas desbandadas, Céspedes gritó las palabras famosas: “Aún quedamos doce hombres: ¡basta para hacer la independencia de Cuba!”. Una semana después, un barco de guerra dispararía contra La Demajagua hasta convertir en ruinas el antes floreciente ingenio.

Ya saliendo del Parque Céspedes miro con dolor hacia el otrora Ayuntamiento, que después de cinco siglos desempeñando tal función -pues fue el mismo Velázquez quien le dio esa ubicación- ahora será museo, y sueño que algún día, en lo más alto de su frontispicio volverá a lucir con su lustre centenario el viejo escudo de armas de la ciudad colonial “Muy noble y muy Leal”, allí en su misma huella que repellos y pinturas no han podido borrar, presidiendo y llenando aún más de gloria las condecoraciones que hoy ostenta. Porque el futuro ha de construirse sobre la memoria del pasado y no hay pueblo si le faltan las raíces de su historia, aunque ésta no haya sido perfecta.

Subo Aguilera y me inclino ante la estatua del prócer bayamés que da nombre a la calle, voy en busca de la Plaza de Marte, para volver a ver a ver el obelisco del autor de nuestro Himno.

Bajo la tarja en medallón que honra en relieve el rostro de “Perucho” Figueredo otra tarja mayor: la encabeza al centro el Escudo Nacional abrazado a una lira, feliz inspiración del artista que grabó en bronce música y letra que le inmortalizaran. Primero fue la música.

En la noche del 13 de agosto de 1867 se encontraban reunidos Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio y Pedro Figueredo en la casa de éste, muy cercana a la vieja Iglesia Parroquial de la Villa del Bayamo: tramaban un plan serio y definitivo para organizar una revolución, se mantendrían en contacto para preparar el golpe. Aquella noche, al separarse, dijo Pancho Maceo: “…ya estamos constituidos en Comité de Guerra, ahora te toca a ti, Perucho, que eres músico, componer nuestra Marsellesa…”, haciendo así alusión al Himno Nacional de Francia. Esa madrugada el abogado poeta la pasó en vela, no se levantó del piano hasta tener terminado el Himno a la Patria encadenada que es un canto de Hosanna a la Libertad.

A la tarde siguiente, cuando los tres conspiradores volvieron a encontrarse, Perucho se sentó al piano, y, dejando correr sus manos sobre el teclado, dejó oír por primera vez esa hermosa marcha que estremece, aquel canto de guerra que condujo a nuestras huestes a la lucha, que sonaba en los campamentos, en las emigraciones, en cualquier sitio donde se rindiese culto a la libertad y al patriotismo…

Meses más tarde, el pueblo bayamés escuchó las notas de “La Bayamesa” un 11 de junio: el Día de Corpus Christi del año 1868. Ese día, desde tempranas horas la Parroquial Mayor estaba repleta. Terminada la misa, comenzó el solemne Te Deum y los corazones de los patricios apresuraron sus latidos: se aproximaba el instante ansiado. Y en el momento que se elevaba a los cielos el Santísimo Sacramento en manos del celebrante, la orquesta comenzó a tocar la marcha que subyuga y conmueve. Los conspiradores, sentados en nutrido grupo cerca del altar, a la derecha de la nave del templo, se estremecieron y, como al reflejo de secretos misterios, se estremeció también el Tte. Coronel Julián Udaeta, Gobernador Militar de Bayamo.

A la salida del templo, “la marcha compuesta por Perucho en homenaje al Señor”, -así comentaba el pueblo emocionado-, acompañó a la procesión que, según una antigua tradición de la Villa, salía ese día por las calles. Sólo conocían su significado los revolucionarios y el P. Diego José Batista, párroco de la Iglesia. Pero sus notas eran tan marciales, tan aguerrido el ritmo que sacudió a los presentes, que el Gobernador de la Plaza, militar de carrera y hombre sagaz, intuyó que esos acordes eran algo más que una simple composición religiosa del Lic. Figueredo: no le convencieron las razones expuestas por sus interrogados.

Esa música, que contenía intencionalmente arpegios de La Marsellesa, no es la misma con que hoy cantamos el Himno Nacional. Hace más de un siglo, en el año 1900, se encargó al maestro Antonio Rodríguez Ferrer que lo arreglara para eliminar esas referencias. De este arreglo resultó la introducción que hoy escuchamos, que contiene toques de corneta característicos del Ejército Español; así como el acompañamiento en ritmo de pasodoble. Mis mayores no se resignaron al cambio, aún recuerdo a mi abuela entonando con nostalgia “la música original de Perucho, ¡como tenía que hacerse!”.

La letra la escribió después, cuando el Ejército Cubano entrara victorioso en Bayamo tras la rendición incondicional de la importante Plaza. Por las calles de la Villa desfilaban los héroes, la hija de Perucho enarbolaba en alto la bandera de La Demajagua. Era el 20 de octubre de 1868, y el pueblo que festejaba en las calles el triunfo pidió a Perucho una letra para cantar su marcha. Con la ligereza de quien actúa a impulsos del corazón el poeta tomó la pluma, y con el mismo ardor que antes disparara el fusil, escribió estos versos vibrantes que muy pronto hicieron brotar, de los labios del pueblo, el Himno de la Patria.

En realidad, yo no sé si los versos los tenía ya escritos antes de la toma de Bayamo, dicen que versos así no se improvisan con el pecho aguerrido y a horcajadas sobre un caballo; pero prefiero pensar -así lo cuenta la tradición y lo repite la historia que nació aquella épica mañana- que ese día de victoria, cuando el pueblo que tarareaba la música pidió la letra para entonar su Himno de Guerra, Perucho, erguido en el corcel, cruza la pierna sobre el arzón de su montura, rasga de su cartera una hoja blanca, y aún con el tizne de la pólvora en sus manos, en ese instante de arrebato y goce, escribe los versos que le inmortalizan y que coreara pletórico de amor, a los acordes marciales de su marcha, el pueblo valiente a quien estaba dedicada La Bayamesa. Porque creo en la inspiración, en la pasión de las causas justas, en el ardor libertario y en el aura poética.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, las campanas de la Iglesia San Salvador de Bayamo se lanzaron al vuelo alborozadas: se celebraba la bendición de la bandera de La Demajagua. Carlos Manuel de Céspedes hizo su entrada en la Iglesia bajo palio, con cruz alta y ciriales, y a los acordes de La Bayamesa cantada por las hijas de Perucho Figueredo. Al Dios de cielos y tierra, Señor de la Historia las gracias por el triunfo y la consagración de la Nación que nace. ¡Que Él ampare a la Patria!

Por eso, yo les invito a caminar por el césped y circunvalar con respeto el monumento al prócer bayamés, a revivir en silencio la historia inscrita en sus tarjas, a dejar nuestra prisa a un lado y pasear por el Parque de la Libertad, nombre que le pusieron nuestros mayores y que la costumbre olvidó para volver al colonial y belicoso de Plaza de Marte, porque en este Parque se alzan monumentos a nuestros patricios y honrarles es honrar a la Patria. Tal vez un día, no lejano, una senda rompa el césped y nos invite con su limpieza a detenernos ante el obelisco que perpetúa entre nosotros la memoria de “Perucho”, el que para no vivir en cadenas supo morir valiente.

El Lic. Pedro Figueredo y Cisneros, Mayor General del primer Ejército Libertador de Cuba en Armas, el Jefe del Estado Mayor que prefiere hacer pavesas todo cuanto existe en Bayamo antes que darlo al enemigo, el mismo que apoya en Guáimaro la formación de la República, el Secretario de Guerra intrépido en el combate, incansable hasta que la enfermedad lo invalida. Y es así, víctima del tifus, prisionero en su hamaca en el medio del monte, como le sorprende la tropa española: su persona es precioso botín, maltrecho cuerpo despojo de las fiebres que transportan en humilde goleta hasta Santiago. Aquí le someten a un Consejo de Guerra sumarísimo, y en veinticuatro horas lo llevan a la muerte. Montando en un burro, para vejarlo, por lo que dice: “No seré el primer redentor que cabalga sobre un asno”, el 17 de agosto de 1870 le conducen hasta las murallas del Matadero. Allí le tiran frente al escuadrón con rifles preparados. Tranquilo, con la fe de los que saben que el futuro se labra con el sacrificio, esperó la descarga con una sonrisa mientras sus labios entonaban la verdad del ideal que dio sentido a su vida: ¡que morir por la Patria es vivir!

José Martí, publicó la letra y una variante musicalizada por Emilio Agramonte, en la edición del periódico Patria, el 25 de junio de 1892, con la sentida esperanza de que lo entonaran enardecidos «todos los labios y lo guardaran todos los hogares …, el himno en cuyos acordes, en la hora más bella y solemne de nuestra patria, se alzó el decoro dormido en el pecho de los hombres».

Vuelvo atrás en el tiempo.

El 10 de abril de 1869 se constituye el gobierno de la República de Cuba en Armas. Carlos Manuel de Céspedes es designado presidente. A mediados de 1870, Oscar, el segundo hijo de su primer matrimonio, fue apresado por las tropas españolas. El capitán general Caballero de Rodas envió comunicación a Céspedes que dejaría en libertad a su hijo si renunciaba a continuar la lucha por la Independencia. La respuesta de Céspedes fue terminante: “Dígale al general Caballero de Rodas que Oscar no es mi único hijo: soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución”[3].

Dice alguien que estaba con Céspedes que cuando éste recibió la noticia sólo una arruga cruzó su frente. Por algo Martí lo llamó “hombre de mármol”. Depuesto de su cargo, continúa en el campo insurrecto. Nada quería hacer por recobrar el poder. Abandonado, sin escolta, va a instalarse en un lugar dentro de la Sierra Maestra, en San Lorenzo. Allí enseña a leer a los niños. El 27 de febrero de 1874, el enemigo asalta el pequeño lugar. El Presidente Viejo -como le llamaban los campesinos- advierte la situación. Corre del bohío hacia un barranco cercano. Está solo, con su revólver en la mano. Dispara. Y cae fulminado barranco abajo. y Manuel Sanguily, escribe: “cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo”.

En la manigua redentora, el Padre de la Patria, escribió unos versos que parecen escritos hoy. Con ellos, en mi pensar, nos llama a educar para vivir en libertad con responsabilidad, para ser coherentes y no aprovechados, para ver en cada cubano un hermano a quien debemos tender la mano. Nuestros padres fundadores entregaron todo, vida y haciendas, para el bien común de la Patria sufriente. Entreguemos lo posible, tal vez hasta lo impensado, a los que sufren por las múltiples carencias que aquejan el diario vivir, y la falta hasta de lo esencial nos mueva, como al Apóstol, a querer echar nuestra suerte con los pobres de la tierra, de esta tierra nuestra de amores y dolores.

Los traidores

No es posible, ¡por Dios!, que sean cubanos

los que arrastrando servidumbre impía,

van al baile, a la valla y a la orgía,

insultando el dolor de sus hermanos.

Tan horrible abyección, tales villanos,

tan negra afrenta y tanta bastardía

fruto no han sido de la patria mía;

tanta mengua no cabe en mis paisanos.

Esos que veis a la cadena uncidos,

lamiendo, ¡infames!, afrentoso yugo,

son traidores, sin patria, envilecidos,

que halagan por temor a su verdugo;

son aborto del Báratro profundo

para afrentar la humanidad y el mundo.

Campos de Cuba Libre, 1868[4].

Referencias

[1] El Avisador Cubano, Nueva York, 10 de octubre de 1888

[2] Con alma de poeta, reflejó en su poema Contestación, publicado en “La Prensa” -al igual que las sextinas de Fornaris- en enero de 1852, su visión de la patria y de su terruño local después de su estancia en el extranjero, en estos versos

[3] Cf. Salvador Bueno Menéndez: Carlos Manuel de Céspedes, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., México, D.F., 2004, p. 30.

[4] https://www.poeticous.com/carlos-manuel-de-cespedes/los-traidores

 

María Caridad Campistrous Pérez (Santiago de Cuba, 1943).
Profesora de Física jubilada.
Profesora del Instituto Pastoral Pérez Serantes.

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