Jueves de Yoandy
En la Cuba actual la supervivencia diaria pareciera agotar todas nuestras energías, consumir hasta la última gota del combustible vital hasta dejarnos tan endebles que no quede tiempo para pensar. Dicen los sicólogos que esa puede ser una estrategia para controlar a las masas que, entretenidas en la búsqueda del pan de cada día, no reaccionarán contra la fuente que provoca esa constante lucha por el pan. Es por ello que quizá hablar de civismo, humanismo y ética podría sonar un lujo académico. Sin embargo, cuando observamos y constatamos el deterioro profundo y creciente de la convivencia social, el abandono del trato amable y la crisis de valores que permea desde lo institucional hasta lo cotidiano, descubrimos que no es un lujo, sino una urgencia, una necesidad imperiosa tratar estos temas y volver a las raíces, de lo que fue un día, el alma noble y educada del cubano.
El civismo no es un agrego o complemento del que se puede prescindir en la vida, más bien es la amalgama que evita que una sociedad se desmorone. El civismo es el norte que marca la brújula con rumbo a la civilidad y a la formación de una persona adulta hablando desde el punto de vista ético.
Para reencontrar ese norte no hace falta importar ideologías extrañas, como algunos piensan y como otros desean, porque creen que ya Cuba no tiene remedio con fórmulas internas. Ante todos los que así piensan podemos responder muy claramente que tenemos suficientes ejemplos, suficientes fuentes inspiradoras en nuestra propia genealogía intelectual desde la fundación de la nacionalidad y la Nación cubanas. Varela y Martí saltan rápidamente, y a ellos se une una pléyade de personalidades que, de seguir su pensamiento y poner en práctica sus ideas para Cuba, sin exageraciones de patriotismo, ni tergiversaciones por el camino, la historia más reciente de Cuba sería otra, así como la formación humana de su ciudadanía.
El Venerable Padre Félix Varela, aquel que nos enseñó a pensar primero, y ya debería estar en los altares físicos de la Patria, no se limitó a la teología, haciendo el bien por donde pasó evangelizando junto a los más pobres. Tampoco sesgó su vida dedicándose solamente a la política como precursor del independentismo o diputado a las Cortes de Cádiz. Su gran legado fue la formación de los cubanos para vivir en la virtud. Para Varela, no podía existir un ciudadano libre si no existía primero un hombre ético. Y ello lo recoge en sus Cartas a Elpidio, sobre la impiedad, la superstición y el fanatismo, que puede ser considerado el primer tratado cubano sobre ética. Él entendió que la libertad política es estéril si la persona no es capaz de gobernarse a sí misma bajo principios de justicia, verdad y respeto al prójimo.
Por otro lado, José Martí llevó esta idea a su máxima expresión con su concepto del “equilibrio del mundo” y su obsesión por el decoro. Martí no veía la Patria como un concepto geográfico que enmarca un trozo de tierra, sino como una comunidad de almas donde “la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.
Ambos patricios nos convocan a resolver, con las herramientas del civismo, los dilemas morales del siglo XXI en la Isla, manifiestados desde la pequeña escala hasta las más altas esferas. Desde la empatía hacia el vecino que emigra, o el que se queda, hasta el cultivo de la capacidad para discrepar sin destruir al otro. Rescatar el pensamiento humanista hoy significa entender que el civismo comienza donde termina nuestro interés personal. Es recuperar los modales y las buenas costumbres que caracterizan la cultura cubana; el saludo educativo, la palabra empeñada y el respeto por el espacio común, entre otras tantas prácticas que a veces parecen muy alejadas de la realidad que vivimos.
En estos tiempos puntuales donde se habla, desde la sociedad civil en Cuba, de cambios verdaderos hacia la democracia, el humanismo de Varela y Martí nos viene a recordar que: ninguna reforma económica o cambio estructural será duradero si no va acompañado de una rehabilitación del ethos del cubano. Reformas sin ética no son reformas y se vuelven contra el mismo bienobrar de la persona. Necesitamos una pedagogía de la decencia y de la moral. Adolecemos de herramientas certeras para el debate público sin crispación. Atacamos al que piensa diferente porque le vemos como competencia y no como hermano de causa con derecho a la libre expresión, asociación, religión. En la vida no basta con saber “cómo” vivir (el trabajo, el dinero, los conocimientos); es vital recordar “para qué” y “con quiénes” vivimos, interrelacionados y en comunión de propósitos y esperanzas.
Conectar con estos próceres del siglo XIX cubano, pilares fundacionales, no es un ejercicio de nostalgia o un mero acto de volver a las raíces, sino la mejor manera de construir el futuro sin negar nuestra esencia, una deuda histórica que debemos saldar si queremos re-edificar la nación sin desechar los insumos más universales que ha parido Cuba.
La solución a este naufragio moral tras décadas de totalitarismo pasa por repensar la educación. Se ha priorizado la instrucción técnica y la acumulación de datos por encima de la formación del espíritu. Pero la técnica sin ética es ciega. Necesitamos que nuestras aulas y nuestros hogares vuelvan a ser espacios de formación del carácter, donde se enseñe que el conocimiento es una herramienta para servir, no para pasar por encima del otro. Educar, en el sentido vareliano, es preparar al hombre para la vida honesta, dotándolo de una columna vertebral moral que no se doble ante la carencia ni se envilezca ante el poder.
La propuesta sigue siendo: frente al cinismo, la ética; y frente a la crispación, el civismo. Al final del día, ser cubano debería seguir siendo, como ellos soñaron, un ejercicio cotidiano de humanidad.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

