Hay una forma de traición que no hace ruido. No lleva uniforme ni firma decretos. Se ejerce desde cátedras universitarias, desde columnas de opinión bien remuneradas, desde foros académicos donde se debate el futuro del mundo. Es la traición del silencio cómodo, del matiz “estratégico”, del fanatismo militante, de la servidumbre a un poder o ismo excluyente, de la mirada que se desvía justo cuando el dolor se vuelve inconveniente para la narrativa erudita. Hace casi un siglo, Julien Benda dio cuenta de ella (La trahison des clercs, 1927) y yo la recuerdo ahora. Porque estoy, estamos, hartos de esa traición.
Este texto es su denuncia. Y también un llamado a combatirla.
Buena parte de “nuestra” academia lleva décadas operando bajo un sesgo que se niega a reconocer. No se trata de una acusación sin fundamentos, sino de una constatación empírica que los propios estudios académicos confirman: las universidades del mundo anglosajón, europeo y latinoamericano muestran, de manera consistente, una abrumadora predominancia de profesores, investigadores y pensadores alineados con coordenadas “progresistas”. Esto, en sí mismo, no constituye ningún pecado original. El problema surge cuando ese sesgo ideológico deja de ser una posición intelectual honesta y se convierte en un filtro que determina qué sufrimientos merecen atención y cuáles son políticamente incómodos.
Es necesario decirlo —decírselo— con claridad, sin eufemismos, sin la mal entendida cortesía académica que diluye lo que debería interpelar: ser de izquierda no otorga a nadie, per se, superioridad moral. Ser progresista no garantiza coherencia ética. Habitar el campo ideológico que históricamente ha denunciado la opresión no exime a nadie —absolutamente a nadie— de ejercerla o de ser cómplice de quienes la ejercen. Todo lo contrario: nos exige una altura mayor, de la que hemos quedado debiendo.
“Nuestra” izquierda intelectual, occidental y latinoamericana, parece haber olvidado esta verdad fundamental. Ha sostenido, a lo largo de décadas, una identidad política que funciona como escudo: el mero hecho de pertenecer al campo correcto, de firmar los manifiestos correctos, de citar a los autores correctos, parece conferir una especie de inmunidad moral que permite ignorar las contradicciones más flagrantes. Entre todas esas contradicciones, pocas tan escandalosas como el tratamiento reservado a Cuba.
Cuba es uno de esos sufrimientos incómodos. Durante décadas, la realidad de la isla —y el destino de su gente— ha sido tratada por esta academia con una condescendencia que raya en el cinismo: se celebran sus logros en salud y educación —logros por un tiempo reales pero instrumentalizados y hoy moribundos— mientras se normaliza o minimiza el aparato represivo que los sostiene, la pobreza estructural que los rodea, y la ausencia absoluta de libertades políticas que los enmarca. El resultado es una construcción intelectual donde el régimen de la llamada “Revolución cubana” reclama siempre comprensión histórica y contextualización teórica…pero los cubanos que lo padecen merecen, en el mejor de los casos, una susurro de lástima al final del panegírico elogioso.
Una izquierda verdaderamente comprometida con la dignidad humana, con la justicia social, con la libertad de los pueblos, no debería necesitar que le expliquen por qué un gobierno que encarcela a sus artistas, que reprime manifestaciones pacíficas, que condena al exilio a sus ciudadanos más críticos, que mantiene a su población en condiciones de pobreza sistémica, merece condena. No debería necesitar reflexionar demasiado. Debería, simplemente, condenar semejante expresión del despotismo. Que no lo haga —o que lo haga con tantos “peros”, con tanta contextualización estratégica, con tanta preocupación por no hacerle el juego al imperialismo— revela que la coordenada ideológica ha desplazado a la conciencia moral. Que el carné ha reemplazado a la brújula ética.
Pero no es que nadie haya callado ahora. Es que nadie quiso oír. Durante décadas, intelectuales, artistas, periodistas y activistas cubanos —muchos de ellos formados en esa misma tradición de izquierda que la academia occidental reverencia— han, hemos, intentado, con urgencia y con desesperación, llamar la atención del mundo sobre lo que ocurre en la isla. Han, hemos, escrito desde la clandestinidad, desde el exilio, desde la clausura; golpeando las puertas de esa academia que presume de escuchar a los oprimidos.
Pienso ahora en los músicos negros del movimiento San Isidro encarcelados. Pienso en los artistas del 27N congregados frente al Ministerio de Cultura, reclamando un diálogo que nunca llegó y por el que muchos recibieron golpes o exilio. Pienso en las decenas de miles manifestantes del 11 de julio de 2021, saliendo a las calles en el mayor estallido social de la historia de Cuba, gritando “libertad” y “Patria y Vida”, siendo reprimidos, encarcelados, condenados a penas de hasta veinte años de prisión. Pienso en los presos políticos que llevan años pudriendo en celdas mientras el mundo mira hacia otro lado.
¿Dónde estaba, estábamos, entonces, en nuestra academia? ¿Dónde estaban los intelectuales que no dudan en firmar manifiestos contra cualquier otra forma de represión cuando el perpetrador tiene el perfil ideológico correcto? ¿Dónde estaban las cartas abiertas, las declaraciones colectivas, los números especiales de las revistas académicas dedicados a la crisis cubana? En su mayor parte: en silencio. O peor: produciendo análisis que relativizaban la represión, que la insertaban en marcos teóricos que la volvían comprensible, que le encontraban siempre una causa externa —el bloqueo, la intervención imperialista, la provocación de Miami— que desplazaba la responsabilidad del gobierno y convertía a los reprimidos, casi sin que nadie lo notara, en instrumentos de una agenda ajena.
Ese silencio no fue neutral. Ese silencio fue una decisión.
Hay algo particularmente obsceno en la postura del segmento globalizado de esa academia que se rasga las vestiduras frente a los cubanos que claman por la intervención de Estados Unidos. Desde sus universidades bien dotadas, desde sus contratos de tenure y sus sabbaticals pagados, desde sus ciudadanías que les garantizan pasaportes con los que pueden viajar libremente a cualquier parte del mundo, estos intelectuales se permiten el lujo de juzgar, con gesto de superioridad moral, los deseos políticos de personas que llevan décadas sin poder elegir a sus gobernantes, sin poder expresar sus opiniones, sin poder salir libremente de su propio país. “Pedir la intervención de Estados Unidos es ingenuo”, dicen. “No entienden la complejidad geopolítica”, diagnostican. “Están siendo manipulados”, concluyen. Y con ese gesto benevolente de quien sabe más, de quien tiene la formación teórica suficiente para comprender lo que el pueblo llano no puede comprender, descartan, invalidan y silencian los gritos de quienes no tienen otra opción que gritar.
Esto es elitismo en su forma más pura. Y es, además, una forma de colonialismo intelectual: la pretensión de que la gente que vive el horror en carne propia no está capacitada para definir qué necesita, que sus reclamos deben ser filtrados, traducidos e interpretados por intelectuales que los entienden mejor de lo que ellos mismos se entienden. Un cubano que lleva veinte años viendo a sus hijos crecer en la miseria, que ha perdido a familiares en el mar intentando escapar, que ha sido encarcelado por cantar una canción o escribir un poema, que no tiene acceso a medicamentos básicos ni a una alimentación digna, ese cubano que clama por cualquier salida, incluida la intervención extranjera, no está siendo ingenuo. Está siendo humano. Está haciendo exactamente lo que haría cualquier ser humano sometido a condiciones intolerables: buscar, con desesperación, cualquier puerta de salida. Juzgarlo desde el privilegio es una forma de crueldad que se disfraza de sofisticación política.
Llega el momento de decir lo que tantos piensan pero pocos se atreven a escribir: importa más ser coherente hasta el final con la suerte de los cubanos reprimidos, empobrecidos y abandonados que preservar la corrección política que permite a la cobardía de la izquierda intelectual sobrevivir en el gremio. Porque eso es, en última instancia, lo que está en juego para los silenciosos: la supervivencia dentro del gremio. El miedo a ser señalado como alguien que “le hace el juego a la derecha”, a perder el capital simbólico acumulado durante años de militancia ideológica correcta, a ser expulsado del campo de los que están del lado correcto de la historia. Ese miedo, ese cálculo mezquino de reputación y pertenencia, es lo que paraliza a tantos intelectuales que, en el fondo, saben perfectamente lo que ocurre en Cuba y saben perfectamente que lo que ocurre merece condena.
La humanidad, en cambio, nos exige exactamente lo contrario: exige estar dispuesto a incomodar al propio campo, a decir lo que resulta inconveniente, a condenar la opresión sin importar quién la ejerce ni bajo qué bandera se justifica. Exige reconocer que un régimen que lleva más de sesenta años negando las libertades fundamentales a su pueblo no merece una contextualización perpetua, sino la condena más inequívoca.
A esa academia, a esos intelectuales, a esos guardianes del “pensamiento crítico” que han mirado hacia otro lado mientras los cubanos gritaban: la historia no los absolverá. No podrán escudarse en la ignorancia, porque la información estaba disponible. No podrán escudarse en la buena fe, porque demasiadas veces la evidencia fue ignorada deliberadamente. No podrán escudarse en la complejidad, porque la complejidad nunca debería servir para justificar el silencio ante el sufrimiento concreto de personas concretas.
Lo que quedará de ustedes, cuando todo esto se haya juzgado con la distancia que da el tiempo, es su silencio avergonzado. Y ese silencio hablará más alto que todos sus artículos, que todas sus conferencias, que todos sus libros combinados.
Los cubanos merecen más. Merecen que quienes dicen defender la dignidad humana como principio universal lo hagan, también, cuando les resulta incómodo. Merecen que la solidaridad no tenga ideología. Merecen que el dolor no necesite pasar por el filtro de la corrección política para ser reconocido como dolor.
Pero si quienes no han sabido, podido o querido estar a la altura insisten en su postura de traición erudita, tenemos que hacernos cargo de que semejante actitud termine. O, por lo menos, hacernos cargo de que les cueste sostenerla.
Armando Chaguaceda Noriega (La Habana, 1975).
Politólogo e historiador. Especializado en procesos de democratización en Latinoamérica y Rusia. Reside en México.
