El desierto, la alianza y la cosecha espiritual de los cubanos

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Los creyentes tenemos en cada lectura de la Palabra de Dios una lección de vida, un incentivo para el camino. No es solo leer lo que “toca” según un ciclo y otro dentro del calendario litúrgico, es interpretar qué significa en mi vida, aquí y ahora, lo que estoy leyendo cada vez en la Biblia.

El domingo pasado fue uno de esos en que te preguntas muy seriamente si los textos fueron escritos pensando en este momento histórico cubano. De hecho, estoy casi seguro que no pocos sacerdotes ese día, en sus homilías, explicando la Palabra de Dios proclamada, hayan extrapolado la realidad del pueblo de Israel a la Cuba actual o hayan ponderado la necesidad de aportar todos nuestros carismas en la construcción del Reino, que es también la reconstrucción de Cuba.

La lectura del libro del Éxodo (Éxodo 19, 2-6) nos sitúa en un momento crucial de la historia de salvación: el pueblo de Israel ha dejado atrás la opresión en Egipto, camina por el desierto y acampa frente al monte Sinaí, donde Dios le habla a Moisés y le propone formar una alianza para siempre. Llevado a la realidad cubana, este texto bíblico ofrece, al menos, tres claves de lectura sumamente profundas y esperanzadoras.

En primer lugar presenta el desierto como un espacio de transición y purificación. Al igual que Israel, el pueblo cubano conoce bien lo que significa el “desierto”: un espacio de escasez, de incertidumbre frente al mañana que no vislumbramos como lo soñamos, de cansancio acumulado y de pruebas constantes como si se tratara de supervivencia. Sin embargo, en la teología el desierto no es un destino final, sino un lugar de paso obligatorio, de tránsito hacia la libertad real.

Para Cuba y los cubanos el desierto representa la resiliencia en medio de las carencias materiales y el peso del aislamiento, la desinformación, la falta de proyectos en los que quepamos y en los que se cuente con todos los cubanos. El desierto viene a ser el espacio donde se desmoronan los falsos mesías y se revela la verdadera fortaleza del ser humano y su capacidad de organizarse y ser fraterno.

En segundo lugar, la imagen de Dios cargando al pueblo “sobre alas de águila” es un recordatorio de que, incluso en las peores crisis o en los momentos de mayor desamparo social y afectivo, ha existido una fuerza superior que ha sostenido la dignidad del cubano. En la práctica, esas “alas” se materializan hoy de muchas maneras: en la solidaridad, en las diversas redes de apoyo de todo tipo, en las iniciativas laicas y de la sociedad civil que acompañan a los ancianos en soledad, a las familias fragmentadas por el éxodo migratorio, a los familiares de los presos. Es la certeza de que, aunque el peso de la realidad sea asfixiante, el pueblo no ha sido completamente abandonado a su suerte, el hilo de Dios sigue tejiendo en medio del dolor.

Por el último, la alianza que Dios le propone al pueblo contiene dos elementos fundamentales: recuperar la voz y la identidad. Una alianza basada en dos condiciones: “escuchar su voz” y “guardar la alianza”. En el contexto cubano, esto adquiere una dimensión ética y cívica fundamental. Frente al ruido de las ideologías, las promesas desgastadas o la apatía que genera la crisis, la lectura invita a volver a las esencias, a escuchar la voz de la conciencia, a recuperar los valores éticos, la verdad y el respeto a la dignidad humana.

​Ser un “reino de sacerdotes y una nación santa” implica, desde la bioética personalista y mediante una visión laica, que cada ciudadano reconozca su valor intrínseco. No somos una masa anónima, ni amorfa, ni meros espectadores de la historia; somos sujetos con la capacidad y la responsabilidad de participar en la creación de un tejido social más justo, libre y próspero para todos.

Por su parte, el Evangelio de ese día adquiere una resonancia profundamente humana, social y espiritual. La idea central está contenida en el versículo que dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Mateo 9,37).

La mies, es decir, la cosecha, representa a las personas que necesitan guía, consuelo o acompañamiento, y los “trabajadores”, a quienes se dedican a servirles. Si aplicamos la metáfora al tejido social y eclesial cubano, podemos entenderla en el sentido del éxodo migratorio y el contexto demográfico que hace que, sobre los que se quedan, recaiga todo el peso de los proyectos. Esto refuerza la urgente necesidad de aumentar el compromiso cívico. Es una llamada a la acción.

El servicio y la reconstrucción del tejido humano y social no pueden delegarse a unos pocos. Requiere que cada persona descubra su capacidad de ser “trabajador” de la grey, transformando la realidad desde las pequeñas acciones cotidianas.

​En definitiva, cada lectura es un reflejo de Cuba, una sociedad con necesidades desbordantes donde el voluntariado, la solidaridad y el acompañamiento humano son más urgentes que nunca; pero también donde las manos disponibles son cada vez más escasas y valiosas.

¡Que este “desierto” que transitamos, que sobrepasa ya los 40 años del pueblo de Israel, nos conduzca hacia la libertad definitiva!

¡Que 2026 sea el año de la alianza con el amor, la justicia y la paz por siempre y para todos los cubanos!

 

 

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).

Licenciado en Microbiología.

Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.

Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.

Responsable de Ediciones Convivencia.

Reside en Pinar del Río.

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