La historia, aún hecha de realidades pasadas, tiene tal valor educativo, avalado por la indiscutible experiencia de lo vivido, que no sería posible una seria reflexión para el presente y el futuro de la evangelización en Cuba sin mirar, serenamente y con deseos de aprender, a ese pasado que nos marca el paso con sus luces y experiencias, que nos alerta y purifica con sus sombras y fallos, pero que, sobre todo, nos pone en contacto con nuestras raíces y nos nutre con la savia de lo que nos es propio, siempre antiguo y siempre nuevo: la efusión renovadora de nuestra cubanía iluminada por el Evangelio de Jesucristo.[1]
Comienzo con esta cita del Encuentro Nacional Eclesial Cubano porque en sí misma contiene el núcleo cardinal de este trabajo. Pues esta historia que nos educa nace del eterno diálogo del presente con el pasado, diálogo entre el presente que vivimos y un pasado que asumimos como propio cuando nos sentimos herederos y deudores de él. Mas, la clave de este diálogo entre lo que fue y lo que es, es lo que será, ese futuro que sentimos y presentimos como tarea magna, ese futuro que se nos presenta, a la vez, como vocación y como reto, como tiempo de las responsabilidades a que nos llama el compromiso del hoy: Hacer posible lo que ayer percibíamos como imposible.
En nuestra identidad como pueblo hay una referencia muy clara al magisterio. Como nación nacimos en un “colegio”: el Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, cuna de nuestra cultura. Y fueron maestros los forjadores de la conciencia nacional y la autoctonía del pensar cubano: los padres fundadores de la Nación.
Pienso que para entender la historia cubana y la eticidad de sus próceres, hay que volver la vista hacia la Iglesia que formó su sentir cristiano, pues, más allá de sus sombras, supo educar en la búsqueda de la verdad que libera a la luz de quien es la Verdad misma. Y éste es para mí el mayor aporte, sutil e imponderable, quizá hasta olvidado, pero que sembró en el alma cubana la honestidad y el humanismo que le caracterizan, por lejos que volaran después sus pensamientos y sentires.
En los aportes de la Iglesia en el campo educativo, más allá de las claras diferencias evidenciadas en estilos, épocas e instituciones, se pueden descubrir, en una mirada de conjunto, tres ejes transversales: un hilo conductor que se hace fuente y culmen de su trabajo educativo: la preocupación por la persona humana; un horizonte, que es la evangelización, y un marco orientador: la liberación integral del ser humano a través de la educación.
Un poco de historia
Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte.[2]
Me remonto ahora a los orígenes y miro cinco siglos atrás, cuando en 1513 la corona española ordenó que en cada poblado de indios hubiese un capellán para enseñar a leer, escribir y hablar castellano a los aborígenes hasta los nueve años, y que en 1526 dispuso llevar a España muchachos del país a instruirse para que después fuesen maestros entre los suyos.
El primer obispo de Cuba, Fray Juan de Witte, que ejerció su autoridad episcopal desde Valladolid, fue quien el 8 de marzo de 1523 erigió las dignidades del cabildo de la Catedral de Santiago de Cuba, entre ellas la del Maestre–Escuela, cargo que ocuparía años después Miguel Velázquez, mestizo de india y español, que estudió en Sevilla y Alcalá de Henares, primer sacerdote, maestro y músico nacido en Cuba, calificado por el obispo Fray Diego de Sarmiento como hombre de “vida ejemplarísima”, quien en carta a este mismo obispo en 1547 diría refiriéndose a la Isla: “triste tierra, como tierra tiranizada y de señorío”[3].
Esta dolida exclamación significaba para Cintio Vitier “el primer chispazo de conciencia de moral autóctona en los comienzos de una historia dominada por la codicia y la crueldad”. Y fue éste el chispazo de un cubano sacerdote y maestro.
Durante la segunda mitad del siglo XVI y gran parte del XVII, la enseñanza la imparten dominicos y franciscanos que dotaron de estudios sus conventos. A fines del siglo XVI los franciscanos fundaron, en Bayamo, la primera escuela pública para niños pobres[4].
En 1689 el obispo Compostela funda el Seminario San Ambrosio, que pudiéramos decir no oficial, ya que no dependía del Rey ni obedecía a lo establecido en el Concilio de Trento. En 1693 funda el colegio San Francisco de Sales para niñas y compra el terreno para el colegio de niños que quería estuviese atendido por los jesuitas; además, obtiene una Real Cédula para crear escuelas públicas de primera enseñanza, las cuales comenzaron en las principales villas a principios del siglo XVIII.
En el 1701 llegan los padres betlemitas y fundan en su convento de La Habana un colegio para niños, sobre el mismo, casi un siglo después comenta Fray Félix González en un Informe que hace a petición de la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País[5] en 1793: “En el Convento de Belén hay seiscientos niños al cuidado de dos Padres: el que enseña a escribir tiene 400 y el de leer 200. Se les enseña de balde y a los pobres de solemnidad se les da de limosna libro, papel y tinta”[6].
El Colegio “San José” con el que soñara Compostela para los niños habaneros no abre sus puertas hasta 1721, y las cierra en 1767 cuando Carlos III expulsa a los jesuitas.
Ya en este siglo XVIII es manifiesto el interés de la población por la educación y proliferan las escuelitas de pago, en las que muchos de sus maestros eran libertos. En estas escuelas se enseñaban las primeras letras a blancos, negros y mestizos, algunos pagaban y otros no, pero no se hacía diferencia entre ellos.
Veamos brevemente qué instituciones educativas marcaron el desarrollo cultural de nuestro país en el llamado Siglo de las luces. El primer centro de enseñanza superior de la Isla fue el Colegio Seminario San Basilio Magno[7], fundado en 1722 en Santiago de Cuba. Fruto de este Seminario sería el primer criollo que llega a ser obispo titular de Cuba, el doctor Santiago José de Hechavarría Elguezúa y Nieto de Villalobos. Las otras dos instituciones que en el siglo XVIII formaron a los doctores, maestros y eclesiásticos que dominaron el panorama cultural en Cuba, fueron la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Gerónimo de la Habana, fundada el 5 de enero de 1728; y el Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio -fundado por el obispo Hechavarría- que abrió sus puertas en el lugar que ocupara el Colegio “San José” el 3 de octubre de 1774 y llegó a ser la institución emblemática de la cultura cubana. En los Estatutos, escritos por este obispo, dejaba claro su objetivo: “Formar un taller, en que se labren hombres verdaderamente útiles a la Iglesia y al estado”[8].
José Zacarías González del Valle, en 1839, comenta: “Todavía encierran dichos estatutos nuevas señales de progreso… lejos de establecer texto fijo para la enseñanza, deja a los profesores en libertad de formarse uno…, encargándoles… enseñar ‘sin jurar en las opiniones de ninguno, ni hacer particular secta de su doctrina, sino enseñando las que les parezcan más conformes a la verdad, según los nuevos experimentos que cada día se hacen, y nuevas luces que se adquieren en el estudio de la naturaleza’”[9].
En estos Seminarios estudiaban jóvenes ya aspirasen al sacerdocio o no: Carlos Manuel de Céspedes estudió en San Carlos; José Antonio Saco en San Basilio y luego en San Carlos.
La “institucionalización” de la enseñanza católica en Cuba
Sagrado es este ministerio de la enseñanza, y tremendo por los deberes que impone todavía más al que enseña que al enseñado: pero de cualquier modo nada puede el uno sin el otro, están estrechamente ligados ante Dios y ante los hombres.[10]
Voy a llamar así al establecimiento de colegios por las congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza que tuvieron perdurabilidad.
Las primeras religiosas educadoras en llegar a Cuba fueron las Ursulinas de Nueva Orleans, en 1803 y establecieron su Colegio en La Habana en 1804. En 1847 llegan las Hijas de la Caridad, que se hacen cargo de la docencia en la Casa de Beneficencia y después en otros colegios.
En 1853 los Jesuitas se restablecen en la Isla, y fundan al año siguiente, en lo que había sido el Hospital de Belén, el que sería su afamado Colegio de Belén. En 1855 Mons. Antonio María Claret funda en Santiago de Cuba la Congregación de las Religiosas de María Inmaculada para la enseñanza de las niñas pobres, y en 1857, por gestiones de este arzobispo[11], llegan los escolapios, que fundan la primera Escuela Normal de Cuba en Guanabacoa y después otros colegios.
Las Religiosas del Sagrado Corazón llegan a La Habana en 1858, y en 1871 las del Amor de Dios. La congregación del Buen Pastor de Angers, dedicada a la reeducación de la niñez descarriada se establece en 1879, y las Dominicas Francesas en 1891; los paúles, que habían llegado en 1847, inauguran en Matanzas el Colegio del Sagrado Corazón. Y ya en vísperas del tránsito a la República, llegan las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón, que fundan en 1895 un colegio en Pinar del Río y otro en el 1898 en La Habana.
Los colegios católicos en Cuba Republicana
Mis memorias de nuestro Camagüey y en el mejor de aquel período, están penetradas del ambiente de ese Colegio de las Escuelas Pías, al que puedo llamar mi ‘alma parens’… allí se templó mi espíritu por la admiración de los grandes iniciadores de la humanidad y se hizo apto para comprender y aquilatar a nuestros insignes compatriotas, los que fecundaron el alma de Cuba.[12]
El advenimiento de la ansiada Independencia representó para Cuba la liberación de la opresión y de las limitaciones impuestas por el poder colonial, aunque su libertad no fuese toda la que soñaron los forjadores de la Patria. Para la Iglesia representó también la liberación del oneroso Patronato Regio que la limitaba.
No siendo ya necesarios los permisos reales para establecerse en la Isla, las congregaciones religiosas comenzaron a ver a Cuba como tierra de misión, especialmente aquellas dedicadas a la enseñanza. Y fueron muy bien acogidas, pues aunque existía la libertad religiosa y por ende los colegios católicos privados, ya no se daba educación religiosa en los públicos, como en tiempos de la colonia. Por tanto, estos colegios cumplían una doble misión: formaban a las nuevas generaciones de católicos y contribuían a la reorganización de la educación.
En el medio siglo siguiente, se establecen en Cuba cerca de cuarenta congregaciones religiosas con carisma educativo que fundan colegios por toda la Isla. Por su importante labor docente cabe destacar: a las Oblatas de la Divina Providencia -de raza negra- (1900), los Agustinos (1901), los Hermanos Maristas (1903) y los Hermanos de La Salle (1905). En 1911 llegan las escolapias, las filipenses en 1914, las teresianas en 1914 y los salesianos en 1916, en 1921 las salesianas y la Compañía de María (Lestonac) en 1926. Estos institutos aportaban dedicación y vocación de servicio, experiencia pedagógica, nivel profesional y rectitud de principios; razón por la cual muchos padres no católicos matriculaban en ellos a sus hijos.
Ahora bien, la creciente presencia en Cuba de tantos colegios católicos (también los había de otras confesiones), respetados por las leyes civiles y acogidos a la Constitución, comenzó a despertar la suspicacia de los sectores menos propensos al pluralismo de ideas, particularmente cuando se referían al tema religioso. La influencia del positivismo y de un liberalismo laicista, desembocaba en actitudes anticlericales que por mucho tiempo circularon en los ámbitos del pensamiento cubano. Pero también hubo críticas por parte de un nacionalismo que circulaba diciendo defender la cubanía.
En 1915 el periodista Arturo R. de Carricarte escribía: “Si la República quiere tener ciudadanos, si quiere tener hombres útiles, capaces de completar la obra iniciada por la revolución (…) debe estar alerta contra el clericalismo. Su fuerza mayor no son las congregaciones, los conventos, su arma terrible, porque es suave, porque es oculta, es la escuela”[13].
La situación llegó a ser tensa, y el Semanario Católico del 22 de junio de 1941 decía en su editorial: “Se pretende arrojar sobre la Iglesia Católica y sus instituciones la tacha de extranjerismo, asignando a toda su obra, no solo desafecto y falta de interés por lo cubano, sino también propósitos antipatrióticos”.
Se cometió el error de juzgar que casi todos, o la mayoría de los colegios católicos eran de instituciones españolas y españolizantes, cuando en realidad un número importante de religiosos educadores eran franceses, mexicanos, canadienses, norteamericanos e italianos. Se quería una educación laica a ultranza, negando, con falta de espíritu democrático, que los creyentes tuviesen derecho no sólo al culto privado, sino a proclamar públicamente su fe y a enseñarla libremente en centros propios.
La cita del insigne patriota y pedagogo Enrique José Varona con la que encabezamos este epígrafe nos muestra una realidad muy diferente.
No se puede ignorar, sin cometer una grave injusticia, la aportación de religiosos educadores a la cultura cubana. Valgan los ejemplos del Hermano León, de La Salle, incansable investigador de la naturaleza cubana, a quien se debe, además de numerosas monografías, su monumental obra en tres volúmenes Flora de Cuba, a quien el Gobierno había otorgado la «Cruz de Carlos Manuel de Céspedes», y la Universidad de La Habana concedió el título de «Doctor Honoris Causa» en reconocimiento a una vida dedicada a valiosas investigaciones sobre la flora cubana[14], lo que demuestra cuánto valoraba los trabajos investigativos y el conocimiento científico de los religiosos; el Hno. León, francés de origen, dedicó más de cincuenta años a la docencia en Cuba. ¿Y cómo ignorar el trabajo de los jesuitas en el Observatorio Meteorológico Astronómico del Colegio de Belén?, no sólo mediante la información y predicción meteorológica precisa en tiempo de ciclones, sino por la publicación de obras científicas. En el mismo Colegio de Belén, el P. Franganillo Balboa, habanero, reunió la mejor biblioteca de temas cubanos existente en un centro docente de la Isla.
La cima del rigor académico de la enseñanza católica en Cuba fue la fundación en La Habana de la Universidad de Villanueva, por los padres Agustinos, en 1946, con un cuerpo profesoral cubano de reconocido prestigio. Después, los Hermanos de las Escuelas Cristianas (de La Salle) fundan en 1957 la Universidad de San Juan Bautista con Facultades de Ciencias Comerciales, Banca y Derecho, y el Ministerio de Educación aprueba la Universidad de Belén con estudios y talleres de Electromecánica. Santo Tomás de Villanueva recibe el decreto de erección canónica de Universidad Católica y el nombramiento de Gran Canciller de la misma al Cardenal Arteaga[15].
Queda por considerar un aspecto sensible de los colegios católicos en Cuba: su posible tendencia al clasismo. Éste es un aspecto que también preocupó a muchos católicos en la época, por la imagen negativa que podía ofrecer. Sin embargo, no era así en todos los casos. Algunos centros como, por ejemplo, los de las Hijas de la Caridad, de las Hermanas del Amor de Dios, o los de las salesianas y los salesianos, se dedicaban principalmente a las clases menos favorecidas. Las escuelas parroquiales trataron de paliar este vacío, pero eran pocas y sus recursos escasos.
V Congreso de la Confederación Interamericana de Educación Católica
Buenos maestros, en fin, cuidadosos de educar antes que de enseñar; capaces, sobre todo, de formar y de plasmar almas principalmente al contacto con la suya propia.
Así decía Pío XII el 12 de enero de 1954 en su Radiomensaje clausurando el V Congreso de la Confederación Interamericana de Educación Católica[16] celebrado en La Habana. La elección de Cuba fue un signo del prestigio alcanzado por la educación en nuestro país, de su magisterio y de la enseñanza católica.
Aunque el discurso del Papa va dirigido a todos los delegados del Congreso y a la Confederación misma, es muy significativo para Cuba, no sólo por ser la Sede sino por el amplio y profético mensaje, lleno de elogios, que el Papa Pío XII nos dirige. El tema central de este mensaje es el perfil de la educación católica, la diferencia entre instrucción y educación y la importancia del educador que es ejemplo de vida para sus alumnos. Las características esenciales de un buen maestro, que describe el Papa, mantienen hoy toda su vigencia. Cito parte del penúltimo párrafo en que hace referencia a nuestra Isla:
…Esta vez, vuestra reunión ha encontrado acogida señorial en esa espléndida ciudad de San Cristóbal de La Habana, donde habéis podido admirar una Universidad fundada por la Iglesia nada menos que en 1728 y tan pujantes instituciones docentes católicas, como la moderna Universidad de Santo Tomás de Villanueva y ese grandioso Colegio de Belén, que es honor de la Iglesia y orgullo de Cuba católica… Paz y optimismo han sido sin duda ninguna el espíritu de vuestra Asamblea, …pero no os olvidéis de que más allá brama el oleaje de las pasiones desencadenadas y corren por el cielo, en galopadas tenebrosas nubes negras ansiosas de descargar en vuestros campos el granito mortal y de arrasar vuestros sembrados con todo el ímpetu iracundo del huracán. Pero está escrito: ¡no prevalecerán! Y pasarán, como pasan esos turbiones de vuestro cielo, que dejan el aire luego más limpio, el sol más luminoso y la tierra más fecunda…
Fin de una etapa
Hay algo muy sutil y muy hondo en volverse a mirar el camino andado…
El camino en donde, sin dejar huella, se dejó la vida entera[17].
Comienzo recordando este verso de Dulce María Loynaz porque los que vivimos ese tiempo de transición y cambios, sentimos, en lo profundo, que dejamos en él la vida entera.
El 1º de enero de 1959 Cuba ardía de fiebre revolucionaria, todo era Revolución, y el día 3, Mons. Enrique Pérez Serantes, pienso que la figura eclesial más implicada en la gesta revolucionaria, decía en su carta pastoral Vida Nueva que “el empeño tesonero de un hombre de dotes excepcionales, secundado con entusiasmo por la casi totalidad de sus comprovincianos, y por una parte considerable del pueblo de Cuba… han sido los caracteres con los cuales la Divina Providencia ha escrito en el cielo de Cuba la palabra TRIUNFO”.
El 13 de febrero, el Arzobispo de la Dignidad, como le llamó el pueblo agradecido, se expresaba así en la carta pastoral La enseñanza privada:
La guerra es, pues, contra la enseñanza religiosa en la escuela pública; la guerra es contra toda escuela católica hasta la más elevada, la Universidad de Villanueva. El catolicismo, ése es el enemigo. Podrá decirse que ¿ser alumno de una escuela católica entraña un peligro para la sociedad? ¿Acaso por haber pasado por una escuela católica hay temor de que nuestros jóvenes sean menos cultos o menos varoniles?
Responda por nosotros el Dr. Fidel Castro, alumno de Dolores y de Belén.
Sin querer alargar mucho la cita de esta carta pastoral, considero interesante este otro párrafo: “Llama poderosamente la atención que en una Revolución que a costa de tanta sangre, de tantos sufrimientos y de pérdidas de todo género tan grande se ha hecho para conquistar la libertad, se quiera desconocer y aun atacar el derecho a la libertad tan sagrada y fundamental como es la que tienen los padres de familia para escoger la escuela que estimen mejor para sus hijos”[18].
Quince días más tarde, el episcopado cubano, en su carta Al pueblo de Cuba, preguntaba: “¿Será cierto que de espaldas a la mayoría católica abrumadora del pueblo de Cuba se gesta una reforma educacional que desconoce estos principios fundamentales de Derecho Natural?”.
Los que no conocen bien este pedazo de nuestra historia acaso se pregunten por qué reaccionaron así los obispos. Trataré de dar respuesta a su inquietud con breves palabras. Aparte del ataque explícito a la Universidad de Villanueva, el 7 de febrero de 1959 el Consejo de Ministros dictó la llamada Ley Fundamental de la República[19] que sustituyó definitivamente a la Constitución de 1940. La nueva ley constitucional reproduce mucho del articulado de la del cuarenta, pero lo importante de este documento no es lo que mantiene del viejo texto, sino lo que cambia. Lo más preocupante eran las Disposiciones Transitorias al Título Quinto, Sección Segunda que, en la Disposición Segunda, dice así: “El Consejo de Ministros procederá a votar la Ley de la Reforma General de Enseñanza. Mientras tanto no podrá proveerse ninguna cátedra de enseñanza oficial sin los debidos títulos y certificados de capacidad específica”.
En agosto de ese mismo año, se celebraba en La Habana el XV Congreso de la Confederación de Colegios Católicos, y en una Conclusión planteaba: “Reafirmar el espíritu de austeridad de que está lleno el Evangelio, y desterrar lo mundano, lo vanidoso y lo vacío en el espíritu de nuestra educación y en la vida de nuestros colegios”. También concluyó la extensión de la enseñanza hacia las zonas más bajas de la sociedad, el espíritu de colaboración con otros organismos, integración racial, más sentido y conocimiento de los temas sociales, mayor compenetración con el pueblo, etc.[20].
Lástima que tan nobles acuerdos carecieran de tiempo para ser aplicados.
El 1º de mayo de 1961 el Comandante Fidel Castro dice en su discurso: “anunciamos aquí que en los próximos días el Gobierno Revolucionario decretará una ley nacionalizando las escuelas privadas”[21].
Y la palabra se hizo ley. El 6 de junio de 1961 se promulga la Ley s/n: “Ley de Nacionalización general y gratuita de la enseñanza”, publicada en la Gaceta Oficial al día siguiente. La misma postulaba que la función de la enseñanza es una obligación del Estado que éste no debe delegar ni transferir; que debe impartirse gratuitamente sin distinciones ni privilegios; haciendo notar también que en muchos centros de enseñanza se explotaba a maestros y empleados, y que, en esos centros privados, especialmente los católicos, se realizaba una activa actividad contrarrevolucionaria; observando asimismo que a estos centros privados sólo tenían acceso los alumnos de clases privilegiadas y la Revolución quiere poner la educación y la cultura al alcance de todos. Así, pues, se declara pública la función de la enseñanza y gratuita su prestación. “En consecuencia, -dice la Disposición final- se otorga a esta Ley, que comenzará a regir a partir de su publicación en la Gaceta Oficial de la República, fuerza y jerarquía constitucionales”.
Es interesante señalar que, al amparo de las palabras del Comandante, y aún antes de promulgarse la Ley sobre la nacionalización de la enseñanza, inmediatamente comenzaron las nacionalizaciones de las escuelas privadas[22]. En algunos colegios se levantaron actas para dejar constancia de las incautaciones, así como de los bienes de los que las autoridades tomaban posesión. En otros no se siguió formalidad alguna, y las incautaciones fueron llevadas a cabo simplemente como hechos consumados. Las bibliotecas, que en la mayoría de los casos estaban muy bien organizadas y contenían grandes cantidades de libros, fueron trasladadas de uno a otro sitio, mezcladas las unas con las otras, y muchos libros y materiales de todo tipo fueron estropeados, desechados o destruidos intencionalmente[23]. Personalmente vi magníficos libros mal tirados en el piso del que fuera el Colegio de La Salle de Santiago, algunos los llevé para mi casa.
Llegados los años setenta el debate ideológico en Cuba alcanza su punto más álgido. Luego de la celebración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, en abril de 1971, cualquier elemento religioso, fuera cual fuere su origen, estaba excluido.
Son éstas unas breves pinceladas históricas, pues necesitamos mirar al pasado para vivir el presente. Mirar a lo que ya no es, es un modo de reafirmar el presente, nuestro presente. Miramos lo que fue en el pasado para ser nosotros hoy, aquí y ahora. Y así, esa experiencia vivida por las instituciones educativas católicas, nos permite no sólo congratularnos de lo bien hecho, sino también reconocer lo menos bueno para no repetirlo.
Hoy día, muchas de estas congregaciones religiosas cuyos colegios fueron nacionalizados están de vuelta en Cuba y continúan su trabajo educativo de acuerdo a los nuevos tiempos. Algunos con docencia directa en seminarios y centros de la Iglesia, pero todos, de una u otra forma, educan, sembrando semillas de Evangelio en toda nuestra tierra.
Una nota santiaguera
… hablo, señores, de mi querido amigo Juan Bautista Sagarra, la lumbrera de Santiago de Cuba; me congratulo de decirlo aquí, ante tanta concurrencia, porque al hablarse en Cuba de instrucción, debe ir unido este nombre al de Sagarra.[24]
Casi desconocido en la historia de nuestra pedagogía, Juan Bautista Sagarra Blez (1806–1871), santiaguero, estudió en el Seminario San Basilio Magno de Santiago de Cuba, en la Universidad de La Habana y en el Seminario San Carlos, en el cual sustituyó varias veces a José de la Luz y Caballero en la cátedra de Filosofía. Mas no cedió al embrujo de la gran urbe capitalina, porque, como diría en el prólogo de su obra El padre y sus hijos: “Cuba y los cubanos: he aquí los ídolos de mi altar. Amo a la humanidad entera (…) amo a toda la nación (…) amo a la Isla, por cuya felicidad hago constantes votos, pero este pequeño recinto que se llama Santiago de Cuba, en que he nacido y vivido, y espero morir, forma el objeto favorito y constante de mis humildes esfuerzos”[25].
Fue profesor del Seminario San Basilio Magno, donde utiliza como textos los libros de Félix Varela hasta que el arzobispo Fray Cirilo de Alameda y Brea se lo prohíbe. Fundó y fue director del “Colegio de Santiago”, formidable para su tiempo, que abrió sus puertas el 1º de enero de 1841 a los niños y jóvenes santiagueros. Este Colegio fue en su época el mejor de la parte oriental de la Isla, dependió en 1849 de la Universidad de La Habana, admitió alumnos internos, medio-internos y externos, y también daba becas para alumnos pobres (gratuitos) –uno por cada diez niños pudientes–. En 1846 se estableció en el Colegio la “Academia Santa Cecilia” para estudios musicales, cuyo profesor era el gran músico santiaguero Laureano (Lauro) Fuentes.
De 1855 a 1865, dirigió otra escuela: la Escuela General Preparatoria para las Especialidades de Maquinaria, Náutica, Agrimensura, Arquitectura y Comercio; aquí puso en práctica los métodos más modernos de la época, introdujo la enseñanza de la Higiene, creó una clase de telegrafía eléctrica, una biblioteca, etc.; después del Gobierno y el Ayuntamiento, fue el primer edificio público santiaguero en tener iluminación exterior de gas.
Su defensa del principio de que la educación debía tener un acceso garantizado para todos los miembros de la sociedad sin discriminación alguna, revelaba su criterio de que todos los hombres tienen iguales derechos a ilustrarse como una de las formas más segura del perfeccionamiento humano. Así, en su discurso en la Apertura del curso de la Escuela General Preparatoria del 15 de noviembre de 1855, plantea:
Aquí, pues en respetuosa disciplina, en dulce fraternidad y bella unión, veremos mezclados al hijo del rico, al hijo del pobre, al hijo del agricultor, del comerciante y del artesano, buscando todos, como buscar deben, el camino para llegar a la posesión de una ciencia o arte que les salve de la ociosidad y le dé independencia personal[26].
Pero donde en realidad gana Sagarra su lugar en la cumbre de la Pedagogía Cubana es en el campo de la bibliografía didáctica. Publicó numerosos textos y folletos dedicados a la niñez y a la juventud, y escribió también para las niñas, es decir, que no se limitó a teorizar sobre la conveniencia de que la mujer se instruyera, sino que, dentro de lo que su tiempo le permitió, le ayudó hábilmente a instruirse.
Su libro “Dioscórides o Historia de un joven guerrero” es una novela sencilla que en su época debe haber conmovido mucho a los lectores jóvenes. Sagarra dedicó esta obra a su hijo, y alcanzó tal popularidad que traspasó con mucho los límites del Oriente cubano. “EL Salvador”, renombrado colegio habanero fundado por José de la Luz, la adoptó como texto de lectura y todas las personas entendidas de la época la leyeron y celebraron.
Su proyección, dentro de nuestra Pedagogía, es la misma que la de Luz y Caballero: Mejorar la Moral por la Educación.
Quiero ahora recordar la figura de un arzobispo de la arquidiócesis de Santiago de Cuba que, aunque santo, es mucho menos conocido en nuestra historia que Compostela o Espada. Me refiero a San Antonio María Claret. El P. Claret era un sacerdote misionero muy conocido en Cataluña y los feligreses acudían a escuchar sus sermones predicados en su propia lengua, el catalán, incluso desde algún balcón de la plaza pública de los pueblos que visitaba si las iglesias eran demasiado pequeñas. Para que fuera autorizada la predicación en lengua vernácula se dirigió personalmente a Isabel II diciéndole: “Nosotros predicamos en español y ellos se condenan en catalán”.
En 1851 la Arquidiócesis de Santiago de Cuba llevaba 14 años sin pastor. Antonio María Claret y Clará, el nuevo arzobispo, que recién había fundado en Vich la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos), encontraba una situación difícil. La corrupción era en todos los ámbitos y a todos los niveles, ignorancia, prostitución, explotación inhumana de los esclavos. El espíritu misionero del obispo tiene un vasto campo de trabajo y él no se detiene, a pie o a lomo de mulo realiza sus visitas pastorales y así se relaciona en forma personal y directa con su grey, nadie puede hacerle cuentos. Predica contra la esclavitud y llama a poner fin a la infamante trata; los esclavistas contraatacaban diciendo: «Nos hace más daño con su predicación el arzobispo de Santiago, que todo el ejército»[27]. Por ello atentaron contra su vida, casi logrando segarla cuando salía de la Iglesia de San Isidoro, otrora Parroquial Mayor de Holguín y hoy Catedral: los profetas nunca son bien recibidos por los causantes de los males que denuncian.
Aunque partidario de la monarquía y contrario a las corrientes independentistas, no dejó por eso de darse cuenta de los graves pecados sociales que aquí se cometían y de denunciarlos con fuerza, viendo en ellos la causa de lo que ocurría en nuestra Isla. Intercedió, con dos cartas, a favor de los insurrectos independentistas de Joaquín de Agüero, con lo que se sumó tanto opositores como simpatizantes en todos los sectores políticos de la isla.
Sorprende cómo, a la par de una incansable labor misionera, este hombre pudo atender tantos aspectos de la vida de sus fieles y contribuir a la solución de sus problemas. Consciente de que no habría transformación positiva de la sociedad sin una educación verdadera, funda en Santiago de Cuba, junto a María Antonia París, la Congregación de Religiosas de María Inmaculada (Misioneras Claretianas) –primera Congregación religiosa fundada en Cuba, en 1855–, a las que él mismo llama “Monjas de la Enseñanza”[28], ya que su objetivo era la educación de niñas pobres. Quiso que funcionara en la cárcel una escuela de artes y oficios “porque la experiencia enseñaba que muchos se echaban al crimen porque no tenían oficio, ni sabían cómo procurarse el sustento honradamente”[29]. Y, lógicamente, se dedica a elevar el nivel académico del Seminario San Basilio Magno, para ello aumenta el número de sus cátedras y nombra a eminentes profesores santiagueros para regentearlas.
En Camagüey realizó uno de sus sueños y proyectos: La Granja Escuela para niñas y niños del campo. Comenzó su edificación, escribió sus estatutos, plantó naranjos y escribió un librito titulado “Delicias del Campo”, que era un tratado de la agricultura moderna de aquel entonces y que fue hecho una guía en las haciendas, y no sólo en esta región, sino que se usó también en Santo Domingo y Puerto Rico. Además, iba a las escuelas de su extensa arquidiócesis en todos los poblados que visitaba.
El 18 de marzo de 1857 recibe una Real Orden[30] de la Reina Isabel II, pidiéndole que se trasladara inmediatamente a Madrid, ya que había sido nombrado su confesor personal.
Tras sí dejaba una amplia y fecunda obra educativa.
Los nuevos tiempos
A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menor si le faltara una gota.[31]
Educar, en una sociedad que oficialmente desconoce el pluralismo educativo, es un auténtico desafío. Pero la Iglesia es Madre y Maestra[32], y la tarea educativa es exigencia constitutiva y permanente de su vida.
Durante muchos años la Iglesia cubana habló a gritos con su testimonio, y se dio a la tarea de formar a sus fieles, reproduciendo los cursos con máquinas de escribir y papel carbón, o con mimeógrafos cuando se podía, formación no solamente doctrinal, pues para formar personas, son fundamentales los valores que componen el núcleo de lo que podríamos llamar una “ética cívica”, que es la ética que pueden compartir todos los ciudadanos de una comunidad pluralista.
Y para esta educación ad intra se fueron creando los centros de formación diocesanos; primero el “Félix Varela”, en La Habana, con los cursos del Instituto Internacional de Teología a Distancia, al cual estaban asociadas varias diócesis que, con el decurso del tiempo, se convirtieron en centros independientes.
Los años noventa vieron nacer las iniciativas ad extra de manos de las congregaciones religiosas, y comenzaron los cursos de Idiomas, Formación Humana y Filosofía, entre otros, que fueron creciendo hasta convertirse en lo que hoy podríamos llamar merecidamente Academias.
En los albores del Tercer Milenio llega a su madurez este trabajo ad extra con la pastoral para los educadores que, aún balbuceante, abre en el 2001 su primera Escuela de Verano en La Habana y al año siguiente en Santiago. Esta experiencia, junto a los Talleres, se fue extendiendo a todas las diócesis. Y como muestra de la seriedad y calidad de los cursos que se ofertan desde la Iglesia, están las Maestrías y Diplomados avalados por Universidades de España, México y Estados Unidos. Vale aclarar que con esta labor no se quiere interferir ni solapar la realizada oficialmente: se brinda como oferta alternativa tendiente a enriquecer lo que tenemos, ayudando en parte a la capacitación, pero sobre todo deseando formar en valores para que las virtudes cívicas distingan a educandos y educadores.
Pienso que, si “el objetivo del proceso educativo y académico, (…) debe ser formar personas que, con espíritu de generosidad y pasión por la verdad y la justicia, puedan construir un mundo nuevo, solidario y fraterno”[33], el aporte más significativo que ha dado la Iglesia católica cubana es la creación de un clima diferente en el que los participantes se sienten acogidos, valorados y protagonistas de un grupo que vive la experiencia de fraternidad en la pluralidad.
“Es de esperar que pronto llegue aquí también el momento de que la Iglesia pueda llevar a los campos del saber los beneficios de la misión que su Señor le encomendó y que nunca puede descuidar”, dijo Benedicto XVI en La Habana. Y así esperamos, con esa esperanza que es a la vez desafío y compromiso con el futuro de la Iglesia y de la Patria.
Una mirada al futuro
No tenemos la primera ni la última palabra de todo, pero creemos que existe una primera y una última palabra de todo y esperamos en Aquel que la tiene, el Señor. En Él miramos con serena confianza el futuro siempre incierto, porque sabemos que mañana, antes que salga el sol, habrá salido sobre Cuba y sobre el mundo entero la Providencia de Dios.[34]
“Y pasarán, como pasan esos turbiones de vuestro cielo, que dejan el aire luego más limpio, el sol más luminoso y la tierra más fecunda”, decía Pío XII… Nuestra tierra es hoy humus fértil, y se multiplican las iniciativas educativas de la Iglesia.
Hemos aprendido a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certeza, desarrollando un pensamiento que reconoce y enfrenta la inseguridad de nuestro tiempo, capaz de afrontar los riesgos y modificar su desarrollo en virtud de las encrucijadas del camino.
Como Varela, sabemos que una Nación libre requiere personas conscientes del valor y la responsabilidad de la libertad, por ello él, reconocido como el Padre de la Cultura Cubana, hacía hincapié en educar para la libertad. Este pensamiento nos dejó como legado, hacerlo realidad, cooperar confiados en la fuerza de lo pequeño, como él, formando ciudadanos maduros es cuestión nuestra, tal vez no sencilla, pero posible. Queremos educar para la libertad responsable.
Si bien ahora la educación que puede brindar la Iglesia es sólo no formal, sí que soñamos con otro tipo de cursos. Por eso, antes de concluir, me retrotraigo en el tiempo y recuerdo las palabras de dos personalidades que marcaron con su impronta nuestra historia nacional y eclesial…
Hace más de seis décadas, en su Carta pastoral «La enseñanza privada» de febrero de 1959, Mons. Pérez Serantes decía: “Cuando pedimos que se reconozca nuestro derecho a enseñar…, no pedimos algo que signifique un privilegio… sólo pedimos se nos deje ejercer el derecho de servir a Cuba en la mejor formación de sus ciudadanos”.
Un cuarto de siglo después, en entrevista con Frei Betto, el Comandante Fidel Castro expresó: “Si hubiera escuelas privadas, religiosas, en un país que inicia una revolución se pudiera considerar que están prestando un servicio a la educación del país y que están ayudando a costear los gastos de la educación” [35].
Volviendo a nuestro hoy, leemos en el Artículo 15 de la Constitución cubana vigente: “El Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa”. Y la libertad religiosa[36] implica la libertad de enseñanza, porque implica el pluralismo educativo[37], suprimirlo, es quedarnos en una simple libertad de culto.
Y entonces me pregunto: ¿Cuándo podrá la Iglesia cubana contar con el espacio público necesario para ejercer su derecho-deber de ofrecer a nuestro pueblo una educación formal en aras del Bien Común?
“Educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad”[38]. Por eso, educar en valores a las nuevas generaciones y colaborar en la formación de los maestros cubanos para que sean constructores de la República cordial con todos y para el bien de todos que soñara el Apóstol, es un derecho-deber de la Iglesia, categorías éstas inseparables en el pensamiento social cristiano.
Hoy se habla mucho de la crisis de valores, desde los púlpitos hasta las Mesas Redondas, y pienso que si realmente en la educación fuéramos capaces de respetar y sentir la dignidad de las personas, esta crisis no se habría producido. Y, si no transformamos nuestra mentalidad en esta dirección, no hay solución posible. Creo en la educación como la vía para formar personas virtuosas, que son aquellas que hacen los valores centro del êthos de sus vidas.
Concluyendo
Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.[39]
Nuestro deseo es sembrar una pequeñísima semilla y cuidar su germinar, para que, una vez convertida en árbol frondoso, cobije con su sombra los más plurales proyectos educativos que, en armonía fraterna, propicien el crecimiento en humanidad de nuestra Nación.
El mandamiento del amor al que nos invita Jesús encuentra, a través de la labor educativa realizada por la Iglesia en estas cinco centurias, una exigencia surgida de nuestra peculiar situación social en cada circunstancia histórica de nuestro pueblo. Hoy está madurando en la nueva floración que nuestra Iglesia ha sabido construir. Queda ahora el desafío de asumir los nuevos horizontes. Éste es el camino de la verdadera liberación que propugna esta Iglesia que se hace “agápica”, en cuanto se hace samaritana de los educadores de cualquier pensar, formándoles para dar, conscientemente, el paso a condiciones de vida cada vez más humanas, que significa ser conscientes de su dignidad como personas y de su enorme responsabilidad social.
Soñando futuros, construyamos el mañana sobre el hacer de hoy y la experiencia del ayer.
Tomemos la herencia de aquellos maestros que nos precedieron y son figuras troncales de nuestra cultura: el P. José Agustín Caballero, el P. Félix Varela, José de la Luz y Juan Bautista Sagarra. Hemos de poseer, como ellos, la cualidad fundamental de todo gran educador: una visión clara y penetrante de las necesidades sociales más profundas de la Patria y un amor entrañable a esta tierra que nos vio nacer.
Nuestro compromiso con el mañana que ya llega, lo siento al estilo de José de la Luz, convirtiéndonos en educadores “evangelio vivo”, pues sólo se educa con la vida misma, y únicamente así podremos edificar en el pecho de nuestros educandos la responsabilidad, el amor a la verdad y a la libertad, junto al “sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral”. Soñemos al educador, con Caballero, como ejemplo capaz de formar personas. Seamos maestros capaces de estremecernos ante la frágil belleza de una gota de rocío, como Mendive[40], de pensar con Martí que la educación “es una obra de infinito amor”, “fusión sencilla, un mutuo afecto dulce”, y de sentir como propios estos versos de nuestra dulce poetisa con los que termino, en ellos veo lección y camino:
Sólo clavándose en la sombra, chupando gota a gota el jugo vivo de la sombra, se logra hacer para arriba obra noble y perdurable.
Grato es el aire, grata la luz; pero no se puede ser todo flor…, y el que no ponga el alma de raíz, se seca[41].
Referencias
[1] Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), n. 101.
[2] Marcelino Menéndez Pelayo, apud. Antonio Santoveña Setién: Marcelino Menéndez Pelayo: revisión crítico-biográfica de un pensador católico. Editorial Ed. Universidad de Cantabria, 1994.
[3] Citado por Cintio Vitier en Ese Sol del Mundo Moral, Editorial Félix Varela, La Habana, 1990.
[4] Cf. Ramón Torreira Crespo: Breve acercamiento histórico a la Iglesia Católica en Cuba: Conquista, colonización y pseudorrepública. Publicado en: Noemí Quezada, Editora. “Religiosidad popular. México – Cuba”. México, Universidad Nacional Autónoma de México y Plaza y Valdés. S. A. de C. V., 2004, pp. 187-234.
[5] La Real Sociedad Patriótica de Amigos del País, con Real Cédula, quedó constituida el 13 de septiembre de 1787 en Santiago de Cuba, y comenzó a sesionar en el Seminario, siendo esta Sociedad la primera de su clase creada en la Isla, llamada luego y hasta hoy Sociedad Económica de Amigos del País.
[6] Citado por Roberto Agramonte en José Agustín Caballero y los orígenes de la conciencia cubana. La Habana, Universidad de La Habana, 1952, p. 292.
[7] El Seminario santiaguero sí era Conciliar, puesto que obedecía a lo ordenado por el Concilio de Trento. No se había establecido antes por la intención de que se fundara en La Habana a lo cual se oponía el Cabildo santiaguero.
[8] Antonio Bachiller y Morales: Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en Cuba. La Habana. Imprenta de P. Massana, 1859, t. I.
[9] En un artículo que titula Filosofía en la Habana publicado en “Cartera Cubana” en junio de 1839, apud. José Manuel Mestre: De la filosofía en la Habana. Habana 1862, pp. 111-126. https://www.filosofia.org/aut/001/1862fihd.htm
[10] José de la Luz y Caballero, en Aforismos, n. 556, Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 2001.
[11] Pues aunque ya había sido erigida la diócesis de San Cristóbal de La Habana, ésta era sufragánea de la arquidiócesis santiaguera.
[12] Enrique José Varona. Citado por Juan Florenza, schp, Labor educadora y evangelizadora de los Escolapios en Cuba, en Iglesia Católica y Nacionalidad Cubana, Tomo I, Ediciones Universal, Miami, 2005.
[13] “Religión y escuela”, en Heraldo de Cuba, 25 de julio de 1915, citado por Yoel Cordoví Núñez y Dayana Murguia Méndez en La regulación de la enseñanza privada en Cuba. Principales proyectos, normativas y polémicas, Historia Caribe Vol. XII No. 30 (Enero-Junio 2017): 211-243.
[14] Cf. Augusto Montenegro González: Historia e historiografía de la Iglesia en Cuba (1953-1958), Universidad de Navarra, Pamplona, España, 2008.
[15] Ibídem.
[16] https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1954.index.html#speeches
[17] Dulce María Loynaz, Poema XVII de Poemas sin nombre.
[18] Cf. Declaración Universal de Derechos Humanos, Artículo 26.3.
[19] Ley Fundamental de la República, en José Bell, Delia Luisa López y Tania Caram: Documentos de la Revolución cubana, Instituto Cubano del Libro, Editorial de las Ciencias Sociales, La Habana, 2006.
[20] Cf. Manuel Fernández Santelices: Perfil crítico de la enseñanza católica en Cuba, en Iglesia Católica y Nacionalidad Cubana, Tomo I, Ediciones Universal, Miami, 2005.
[21] Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno Revolucionario, en http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f010561e.html
[22] El Colegio “María Inmaculada”, en el cual estudié en esta ciudad de Santiago, fue intervenido el 3 de mayo y las religiosas retenidas en él hasta el día 5 que salieron. Así consta en los archivos de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada, Misioneras Claretianas.
[23] Cf. Rogelio A. de la Torre Historia de la Enseñanza en Cuba, Ediciones Universal, 1999.
[24] José de la Luz y Caballero. Citado por Joel Mourlot en Juan Bautista Sagarra Blez: Maestro de marcada vocación y encendido patriota cubano, publicado en Santiago de Cuba, ciudad bravía, Combinado Poligráfico de Guantánamo, 1985.
[25] Citado por Maribel Asín-Cala en Juan Bautista Sagarra Blez: escritor de textos escolares, artículo publicado en Maestro y sociedad, n. 3 especial, 2018.
[26] Citado por José A. Escalona Delfino en Juan Bautista Sagarra. El pensador. Revista Santiago n. 109, septiembre-diciembre del 2006.
[27] Citado por Osvaldo Morales Mustelier, fsc., en Historia de la Iglesia en Cuba, Instituto Pastoral Pérez Serantes, Santiago de Cuba, 2001.
[28] Autobiografía, 561
[29] Ibídem, 571
[30] Ibídem, 614
[31] Madre Teresa de Calcuta
[32] Cf. S. Juan XXIII, Mater et magistra 1.
[33] Cf. Discurso de León XIV en la inauguración del curso 2025-2026 en la Pontificia Universidad Lateranense.
[34] Mons. Adolfo Rodríguez. Discurso inaugural del ENEC.
[35] Fidel y la Religión. Conversaciones con Frei Betto. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1985, pp. 217-218.
[36] Cf. Dignitatis humanae, Declaración del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa.
[37] Y un Estado que no permite el pluralismo educativo no puede ser un Estado de Derecho.
[38] León XIV en Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza 3.2. Cf. Congregación para la educación católica, Instrumentum laboris “Educar hoy y mañana. Una pasión que se renueva”, Introducción.
[39] José Martí, Nuestra América III, artículo Maestros ambulantes, Volumen 8. Edición Digital de las Obras Completas de José Martí, Centro de Estudios Martianos, 2001.
[40] Rafael María de Mendive: La gota de rocío, en Poesías, Imprenta de M. Rivadeneyra, Madrid, 1860.
[41] Dulce María Loynaz, Poemas sin nombre: III.
María Caridad Campistrous Pérez (Santiago de Cuba, 1943).
Profesora de Física jubilada.
Profesora del Instituto Pastoral Pérez Serantes.
