¿Verdi o Puccini? El surrealismo cubano

Por Lester Sibila

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Un proceso de importancia vital tuvo lugar por estos días en nuestro país. La importancia no radica, sin embargo, en su evidente grado de dificultad para quienes fueron objeto de él, ni siquiera en su repercusión para sus profesiones, y mucho menos por el extenso grupo de graduados a quienes afectó. Nada de lo anterior constituye en realidad lo relevante, más bien alarmante del fenómeno, sino simplemente su resultado.

El examen diagnóstico en la asignatura de español que se le aplicó a los alumnos próximos a graduarse de niveles superiores de educación en varios perfiles, dio, como solo podía dar, un resultado inesperado para los funcionarios del MES y otro bien conocido para sus calificadores y personas en general que alguna vez hayan dedicado parte de su tiempo a conversar con algún estudiante promedio de las carreras examinadas.

En muchas sociedades la educación superior es privativa de una elite que por su condición de clase puede acceder a estos niveles de educación. Hace algún tiempo en países como Holanda, Inglaterra y España se ha encontrado una solución, en mi opinión inteligente, a la problemática de los estudios universitarios: el Estado cubre los gastos de educación superior y el egresado una vez trabajando le reintegra de sus ingresos la cantidad invertida por aquel. En Cuba algo muy parecido funciona desde hace mucho tiempo, solo con una pequeña diferencia: la retribución no es mediante descuentos salariales, sino con su trabajo en las empresas que le sean mas útiles al Estado, allí donde el Estado lo necesite.

La educación superior y su acceso masificado es un proceso que se lleva a cabo en el país con mayor fuerza que nunca desde hace algunos años. En este empeño por ilustrar a un pueblo, el Estado cubano deja de lado temas importantes que cual boomerang sentenciador de la premura le regresa en los finales. Ahora pudiera ser el momento en que intento dar un argumento sólido y coherente para destacar que coincido con el acceso por derecho a estudios universitarios; y de hecho lo es: opino que todos tenemos derecho a mecanismos de superación y estudios superiores; pero opino también que no todos podemos lograrlo. Luego, este sería el momento en que esgrimo, muy hábilmente debería ser, los criterios según los cuales unos pueden y otros simplemente no tanto; muy bien, porque también lo es: las aspiraciones tanto profesionales como espirituales están en estrecha relación, de hecho son condicionadas, por los diferentes grados de formación cultural, así como de interacción con el contexto social y grupal (me refiero a grupos sociales). Si todos fuéramos universitarios, naturalmente esperaríamos y exigiríamos acorde a nuestro nivel educacional; pero, ¿quién haría entonces los demás deberes? ¿Quedaríamos sin obreros, sin barrenderos, sin taxistas o guagüeros? Este no es tema nuevo y en Cuba ya se ha evidenciado el problema de un alto nivel educacional, lo que no significa tener educación formal, y una impotente estructura productiva y laboral. Hasta aquí mi esbozo de introducción; desde ahora mi sucinto comentario.

El problema de la masificación universitaria se proyecta en tres sentidos fundamentales. Por el primero tenemos que se da una doble discrepancia entre el acceso a la educación superior y su masificación: por un lado lo mencionado en el párrafo anterior y por el otro la graduación forzosa de los educandos que lleva a la ausencia de calidad y rigor durante todo el proceso selección-formación-graduación. En este sentido la inexistencia de exámenes de ingreso[1] que busquen una base teórica-instrumental para cursar estudios superiores es también reflejo de la disparidad de conocimientos en los recién llegados. Aparecen así los seudo-universitarios que no dominan reglas elementales de gramática, como la mayoría de los evaluados en el examen de marras.

En un segundo aspecto interviene la problemática de los sectores más vulnerables a la masificación: bien podríamos graduar obreros de fábricas, técnicos de empresas o dependientes gastrónomicos que cometan errores de escritura o quizá de análisis matemático, pero ¿Enfermeros? ¿Maestros? ¿Médicos? ¿Estomatólogos? No creo que me guste ser injectado en lugar de inyectado; o quizá enterarme que Martí murió ahogado en Dos Ríos, como realmente expresó un profesor emergente, en lugar de ser alcanzado por una bala enemiga.

En el tercer lugar aparece la ausencia de mecanismos por los cuales, unido al primer aspecto, los ingresados en la educación superior por estas vías de masificación sean evaluados por instituciones ajenas a sus centros de formación que a su vez no compartan intereses en cuanto a cifras de egresados se refiere. Este examen diagnóstico demostró la pobreza docente de nuestros universitarios emergentes. Normas de calidad, instituciones especializadas y procesos selectivos para el ingreso pueden ser herramientas eficaces por una educación sin vicios nocivos para la sociedad.

Apariencia de una cultura general a nivel social que contrasta fuertemente con la intranquilidad de nuestros jóvenes en las calles y escuelas, en los barrios y en la fiestas; eso es lo que verdaderamente nos choca a los que oímos decir somos el país más culto del mundo. Una Cuba sin contingentes de universitarios es también una Cuba ilustrada, educada y culta. Capacitar mano de obra lista para operar y producir bienes y servicios básicos es también noble y honesto. De lo contrario, estaremos creando expectativas a las cuales no podremos responder. Pudiera hablarse mucho más sobre este tema; versar tal vez sobre quiénes fueron en su mayoría, y por qué, los que optaron por estudiar de esta forma entre otros aspectos. No es la idea de la universidad fuera de la colina precisamente lo desacertado; sino la ilusión de que todos podemos lograrlo. Lejos se está por supuesto, de cerrar el asunto, tan solo un comienzo, un apunte sobre algo que más temprano que tarde nos pasará la cuenta a través de las nuevas generaciones.

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