TRES PASOS PARA VIVIR EN LA ESPERANZA

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

El fin de semana pasado tuve la oportunidad de participar en el Jubileo de los adolescentes y los jóvenes en Madrid. Al recibir la invitación no dudé en sumarme a la multitudinaria fiesta, no sin antes pensar en cuánto me gustaría compartirla con el grupo de formación que animo en mi parroquia pinareña cada domingo. Compartir con tantos jóvenes, asistir a Misa y a los talleres que tuvieron lugar, a pesar de ser extranjero invitado, me permitió comprobar que nos unen la fe, los intereses y las preocupaciones comunes. Eso siempre es una gran satisfacción: la de sentir que, obviando latitudes, existe sintonía de pensamiento, de palabra y de obras.

La jornada para los jóvenes abrió con la celebración de la Santa Misa celebrada por el Cardenal de Madrid y concelebrada por otros obispos y sacerdotes de tres diócesis: Madrid, Getafe y Alcalá de Henares. Lo primero que saltó a mi vista fue la asistencia: una Catedral de la Almudena, cuyo aforo es de aproximadamente 3500 personas, repleta, y la Plaza de la Armería, que separa a la Catedral del Palacio Real, con algunos cientos de jóvenes que no pudimos acceder al interior del Templo. Desde fuera, gracias a pantallas instaladas, también pudimos participar de la Eucaristía, rezar, cantar junto al coro maravilloso, darnos fraternalmente la paz, sin importar la nacionalidad o la procedencia y, muy especialmente, comulgar en largas filas que hacían redoblar el canto de comunión.

De la Misa me quedo, además de la experiencia de haberla compartido con tantos hermanos en la fe allí presentes, con algunos puntos que el Cardenal José Cobo mencionaba en su homilía y que hoy considero necesarios no solo para los jóvenes, sino para todos los cubanos que intentamos ser firmes y fieles al Evangelio dentro de Cuba.

El cardenal hablaba de tres pasos fundamentales, de esos que son lo que llamamos “entrar con el pie derecho” o “afincar bien” para asegurar el éxito de la marcha:

En primer lugar, atreverse a escuchar la Palabra de Dios, el llamado de Jesucristo, según los signos de estos tiempos. Ello se traduce, en un lenguaje más laico, en no hacer oídos sordos ante las realidades que vivimos, porque sería ignorar y desatender nuestras propias necesidades y las del prójimo. Escuchar es fundamental para discernir. Y discernir nos permite ser sensatos, consecuentes y responsables. Escuchar no es permanecer en un silencio estéril, sino que es un acto de apertura al otro y apertura a lo trascendente, y esto siempre es dar frutos. Escuchar es, desde el punto de vista cognitivo, el modo de vislumbrar nuevas perspectivas y enriquecer nuestra manera de comprender el estado de las cosas.

En nuestras sociedades, cargadas de problemas que se nos escapan de las manos, pero que a veces ni siquiera le prestamos atención, la escucha podría ser el coadyuvante para iniciar el camino hacia la solución definitiva de nuestros conflictos. Tanto para los jóvenes como para la sociedad en general, el valor de la escucha no es una actitud pasiva, sino un recurso que puede desencadenar en un acción transformadora, que nos predispone positivamente en lo personal y en lo social.

En segundo lugar, en la homilía y como parte de un concepto que la Iglesia universal ha venido manejando hace años, el Cardenal Cobo habló de caminar como discípulos. Y caminar como discípulos es ser sinodal, es decir, caminar juntos. No se es cristiano en singular, porque la fe se apaga sin comunidad. Esto traducido para los no creyentes puede ser explicado a través de la importancia de la diversidad, el espacio común, el respeto de la pluralidad de opiniones, la convivencia basada en la lógica del amor y del servicio.

Los tiempos que corren a veces nos tienden a apartar de los espacios de reflexión y crecimiento humano, para sumergirnos en la inmediatez y en el frío ciberespacio que limita la sociabilidad y reduce la sensibilidad que emana de las relaciones interpersonales.

Así como la fe se apaga sin comunidad, la persona humana y la sociedad se encapsulan, es como si perdieran la savia que da vida, cuando cada oveja camina sola sin dirección y sin sentido. La parálisis social provocada por las crisis solo puede ser superada mediante el empuje constante de cada uno de los protagonistas del proyecto de bien común. Caminar juntos no significa uniformidad, sino la garantía de que algo se mueve, con una complementariedad tal que se convierte en la clave para la vida comunitaria.

En un tercer lugar, después de acercarse/acercarnos, escuchar, dialogar y caminar juntos, tenemos una misión: transformar el mundo. Eso es responder a Jesucristo, eso es ser fiel a la Doctrina Social de la Iglesia, vivir el Evangelio encarnado. Los tiempos que corren tienen que dejar de ser aquellos donde ser cristiano es un asunto de moda, una cuestión cultural o una tradición de familia. Debemos dar testimonio alegre de nuestras vidas, consecuentes con lo que pensamos, libre y responsablemente.

Y ¿qué es transformar el mundo? Podría ser la pregunta de muchos de los jóvenes allí reunidos o de todos los que han perdido las fuerzas, la fe y todo tipo de esperanza en un futuro próspero. Transformar el mundo significa canalizar las rebeldías hacia el compromiso cívico de hacer en cada momento y lugar lo más útil: cambiar las estructuras si deben ser cambiadas; pero también pasar de la protesta a las propuestas.

En la jornada de la tarde, después de aquella homilía con algunas de las claves para el joven peregrino que se asoma a la vida adulta y responsable, comprometida y corresponsable del bien común, pasamos a la jornada de talleres por grupos de jóvenes. Asistí al taller titulado “El arte de elegir”, un espacio propicio para hablar de discernimiento y vocación, de verdad, de compromiso y de coherencia, aún en las condiciones más adversas.

La libertad inherente a toda persona humana nos otorga el derecho de decidir la ruta a pesar de la oscuridad. No olvidemos que la convocatoria a ser peregrinos de esperanza que se nos ha hecho en este Año Jubilar de 2025 también puede ser perder, pero perder para ganar. No nos dejemos robar la esperanza. Hagamos que la esperanza siga marcando el ritmo de nuestras vidas.

 

 


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).

Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.

Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.

Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.

Responsable de Ediciones Convivencia.

Reside en Pinar del Río.

 

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