Jueves de Yoandy
Hablar de Derechos Humanos sigue siendo un problema en Cuba. Y no solo un problema, sino también una gran fuente de confusión. El analfabetismo cívico y político de los cubanos llega a tales límites que, mezclado con el relativismo moral que durante décadas ha fomentado el sistema totalitario, las mismas cosas unas veces son “buenas” y otras veces son “malas”.
Recuerdo hace algunos años una anécdota que no porque dé risa deja de ser un motivo para preocuparse. Resulta que durante un acto de repudio, a uno de los manifestantes que representaba al gobierno “revolucionario” en la turba enardecida se le ocurre lanzar a viva voz la consiga: ¡Abajo los Derechos Humanos! Y allá le siguieron los revolucionarios convencidos que le acompañan, sin un ápice de discernimiento, sin pensar con cabeza propia (si lo hacen no participan en semejante actividad contra un coterráneo) y fieles seguidores del líder de la arenga, gritando como autómatas: ¡Abajo!
Y es que tanto han satanizado el término desde el discurso oficial, que pareciera que solo resulta positivo si es pronunciado, defendido o argumentado desde la tribuna representada por el gobierno y no desde la sociedad civil que es la mayor beneficiaria de los Derechos Humanos. El Estado existe como forma de organización y gobierno de la sociedad, pero una de sus funciones principales es velar por el cumplimiento y desarrollo de los Derechos Humanos para todos. Esta máxima responsabilidad no se trata de enarbolar discursos como los que escuchamos en la ONU o en otros foros regionales o mundiales, donde se habla de derechos, pero en el sentido de criticar a los demás países y compararnos, con una irreal ventaja. Bien sabemos los cubanos, estemos en cualquier latitud, en la Isla o en la Diáspora, que el discurso va por un lado y la realidad por otro, muy distante.
Dicha satanización, podemos decir que comenzó a sentirse con mayor fuerza cuando en Cuba comenzaron a surgir las primeras comisiones de Derechos Humanos, como lo fue el primer Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH) en 1983. Y también los primeros documentos públicos, venidos desde la sociedad civil defendiendo libertades y derechos, como lo fue la Declaración “La Patria es de Todos”. Esto se incrementó, con el incremento también de los grupos independientes del Estado a fines del siglo pasado y principios del siglo XXI. Aquellas primeras comisiones vieron una complementación de su trabajo en las nuevas publicaciones alternativas que surgían, blogs, revistas, periódicos, boletines, organizaciones ambientalistas, de defensa de los presos políticos, el movimiento cívico Damas de Blanco, los de defensa del tema racial, todos ellos unidos por una idea muy clara: la persona humana posee dignidad intrínseca y como tal debe ser libre y vivir constantemente en la búsqueda de la verdad.
Por mucho que aparezca en la Constitución de la República de Cuba de 2019 un capítulo de Derechos que podría parecerse al de cualquier sociedad civilizada que ubica a la persona en el centro de todas las relaciones sociales, bien sabemos los cubanos, y más que saber notamos, que el articulado es letra muerta. Aunque parezca extraño para quienes creen lo correcto, que en Cuba hay que ponerle otro adjetivo (el de ideal) que la Constitución es la Ley de leyes, la Ley fundamental, suele suceder lo que en otros tantos temas en este tipo de sistemas: “el papel aguanta todo lo que le pongan” y cuando vas a reclamar bajo el argumento “así lo dice nuestra Constitución” ya todo está atado y bien atado. No por gusto existe un temprano artículo en la propia Constitución que establece que “el Partido Comunista de Cuba, único… es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado” (Artículo 5).
El blindaje de los derechos queda claro. Luego encontramos enunciadas una serie de libertades: de expresión, de prensa, de asociación, de religión y en la práctica no se cumplen o tienen sus “incisos”, aclaraciones o claves de interpretación. La ley no tiene que estar sujeta a interpretaciones, debe ser concisa y debe cumplirse al pie de la letra.
Es una pena que el día de los Derechos Humanos pase inadvertido por la ciudadanía en Cuba, justo cuando un cubano, Guy Pérez Cisneros, participó en la Asamblea General de las Naciones Unidas que aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) el 10 de diciembre de 1948. De hecho, el diplomático cubano fue elegido para presentar el Proyecto de Declaración y realizar la votación. Es una pena que con la rica tradición constitucional cubana, que incluye una Constitución de 1940, inspiradora de la misma DUDH, sean olvidados estos temas tan importantes. En cambio, algunos se enteran de la efeméride porque escuchan en las noticias de la prensa independiente o en las redes sociales del cubano de a pie, de arrestos y detenciones arbitrarias y de prohibiciones de salida de sus domicilios a activistas de la sociedad civil. Otros muchos ni se enteran, solo preguntan y vuelven a preguntar sin tener respuesta esclarecedora: “¿qué pasar hoy que no tengo ni una gota de conexión?”
Así vivimos los cubanos, desgraciadamente, el tema de los Derechos Humanos, la máxima expresión de las normas que reconocen y protegen nuestra dignidad.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

