
Preliminares
Para comenzar quisiera declarar mis intenciones. Quiero decirles con mucha claridad que aunque mi primera ocupación académica es la Teología y mi vocación particular es el sacerdocio, me permitiré, hasta donde eso es posible, orientar el discurso de esta mañana fundamentándolo no en ideas religiosas sino en una visión filosófica del ser humano. La posición de la Iglesia Católica respecto de los tres grandes temas que nos ocupan -aborto, eutanasia y pena de muerte- es, creo, suficientemente conocida. Sin embargo antes de las convicciones religiosas interesan aquí las razones lógicas y metafísicas, y sobre todo, algo que es muy importante y fundamento de todas las ciencias y que es el sentido común.
Cuando los arqueólogos tratan de responder a la pregunta de cuándo en la historia del devenir del hombre sobre la tierra nuestros ancestros mantuvieron una conducta propiamente humana las respuestas se dividen. Desde el punto de vista anatómico se apunta al bipedismo; desde el punto de vista conductual, la transformación intencional de la materia para un fin: la herramienta. Y si hablamos de la humanidad en sentido pleno y cultural, el indicador más fuerte es la conducta simbólica, el lenguaje y el arte y la diversidad cultural. Y en todo ese proceso de desarrollo fueron emergiendo las preguntas que nos acompañan desde nuestros inicios y que están tejidas en nuestro ADN espiritual: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿qué sentido tiene todo lo que me rodea y aun mi propia existencia?
En el fondo estas interrogaciones se pueden resumir en dos:
Rubén Darío lo ha expresado magnífica y dramáticamente en su poema Lo fatal que, a continuación, quisiera compartirles:
Lo fatal
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…
Todas las grandes batallas culturales de nuestro tiempo se juegan, en el fondo, en estas preguntas porque según la respuesta que demos a esa pregunta se tendrá una imagen u otra de lo humano y así se configurarán las narrativas sociales, se pensarán las políticas y se elaborarán las leyes.
El título de esta ponencia: Recolocando el ser humano al centro: cultura de la vida en una Cuba nueva, no es casual. Implica y expresa el deseo de un proyecto. Durante muchos años ya, la cultura que se ha forjado en Cuba y que ha sido fruto del materialismo marxista, teórico y práctico; unido al ateísmo, al rechazo de la idea de Dios y de la vida eterna; podría describirse con una frase fuerte pero ilustrativa: cultura de la muerte. Tan mortífera que en muchos ha matado la esperanza y el sentido de la vida. Quizá esté exagerando, pero quiero expresar aquí mi deseo y mi ilusión de un futuro de vida para Cuba, un futuro de esperanza cierta. Termina el título apuntando en una Cuba nueva y que podría decirse también en una Cuba buena. Y me apetece el juego de palabras porque si la gran novedad no es el rescate y la restauración de la bondad originaria de nuestro pueblo fracasaremos en la reconstrucción nacional; por ello es urgente volver a colocar el ser humano al centro del proyecto.
La cultura contemporánea muestra una paradoja: mientras el lenguaje de los derechos humanos se ha expandido, también se han consolidado criterios funcionalistas para decidir qué vidas merecen protección plena. En este contexto, debates como el aborto, la eutanasia y la pena de muerte no son solo cuestiones jurídicas o emocionales, sino expresiones de una disputa antropológica más radical: qué es la persona y en qué se funda su dignidad. En efecto, sin una metafísica de la persona no hay una bioética integral de la vida humana.
Algunos puntos notables de esta crisis antropológica contemporánea son:
Estas realidades se encuentra subyacentes en lo que llamamos cultura de la muerte y que conlleva algunos desplazamientos importantes:
• de la verdad al deseo,
• del ser a la función,
• del cuidado al descarte,
• del derecho inherente al reconocimiento condicionado.
Y aquí surgen también preguntas importantes.
• ¿Por qué vale la vida humana?
• ¿Qué hace que una persona tenga dignidad?
• ¿La dignidad depende de cualidades accidentales o pertenece al ser mismo de la persona, es accidental o constitutiva?
• ¿Puede perderse la dignidad por dependencia, enfermedad, culpabilidad o vulnerabilidad? ¿Se posee por el ser o por el ejercicio de ciertas funciones?
Desde la antropología se han ensayado distintas formas de definir a la persona:
– conceptos ontológicos: desde la tarda antigüedad y los albores del medioevo existen diversas formulaciones con un carácter ontológico que definieron al ser humano por lo que es.
– conceptos subjetivistas y racionalistas: desde la primacía del yo y de la conciencia impulsada por el racionalismo y el idealismo trascendental.
– conceptos funcionalistas y utilitaristas con una fuerte base pragmática y sensista.
La modernidad ha intentado reemplazar la metafísica clásica que se preguntaba por la naturaleza de las cosas con otras metafísicas de corte racionalista, empirista, pragmatista, utilitarista etc. En todas ellas la función ha sustituido a la naturaleza y por ellas se llega a un peligroso separacionismo en el concepto de persona. Este separacionismo se expresa en tres diversas concepciones:
Sin embargo, el personalismo funcionalista que define a la persona por sus funciones ignora importantes puntos:
– en primer lugar, la presencia de una función presupone la existencia de un sujeto que posee una naturaleza específica. En este sentido hay una prioridad ontológica del sujeto respecto de sus funciones.
– en segundo lugar, el ejercicio o la capacidad para realizar determinadas funciones no constituyen el existir o la naturaleza del sujeto. En este caso es importante recordad el axioma clásico de que el obrar sigue al ser.
– de modo que las funciones son “del” sujeto; no son “el” sujeto.
– en tercer lugar se ha considerar que no hay gradación posible entre ser y no ser, en el sentido de existir y de poseer una naturaleza determinada.
– por último, no hay que confundir la dignidad ontológica que pertenece al sujeto por el mero hecho de ser, con la calidad de vida que esté viviendo. La dignidad ontológica es prevalente y fundamento último de procurar al ser humano la mejor vida que pueda tener.
La postura que aquí defendemos es la del personalismo ontológico que define a la persona por su naturaleza y reconoce:
Si es verdad que el obrar sigue al ser, entonces a partir de sus actos la persona se muestra, se revela y, es posible, entonces definirla:
Desde la tradición clásica, la persona no se define primariamente por su operatividad empírica, sino por su modo de ser. La definición aportada por Juan Severino Boecio —sustancia individual de naturaleza racional— sigue siendo fecunda si se la expone con precisión y se la depura de lecturas simplistas. Lo decisivo no es una lista de funciones actuales, sino el carácter de sujeto subsistente, irreductible a cosa, parte o instrumento.
O sea, que la persona está definida por la capacidad que tiene por naturaleza y no por el ejercicio de esta. El ser sujeto que posee constitutivamente una naturaleza es distinto del ejercicio de las actividad derivadas (consecutivas) de esa dicha naturaleza.
4.2. Primacía del ser sobre el obrar
La clave metafísica central es esta: operari sequitur esse. El obrar manifiesta al ser, pero no lo constituye. Por tanto, una persona no vale por lo que hace actualmente, sino por lo que es. Esta distinción impide identificar dignidad con conciencia actual, competencia relacional, autonomía efectiva o productividad.
4.3. Sustancia y accidentes
Aristóteles distinguió dos órdenes distintos de existencia: el de la substancia que permanece a través de todos los cambios que experimentan los seres; y el de los accidentes que no existen sin la substancia y que son modificaciones o afecciones de la misma. La edad, salud, autonomía, inteligencia, conciencia despierta o capacidad relacional son accidentes o perfecciones operativas, no el fundamento último del valor personal.
La dignidad pertenece al orden de lo sustancial, no al de los accidentes. La edad, la salud, el grado de desarrollo, la autonomía o la capacidad cognitiva son determinaciones accidentales o modales; pueden variar, disminuir o desaparecer sin alterar el valor ontológico del sujeto. Si la dignidad dependiera de tales accidentes, sería gradual, variable, negociable y revocable.
4.4. Unidad sustancial de cuerpo y alma
La persona humana es una unidad sustancial de corporeidad y espiritualidad; por ello, el cuerpo no es un agregado extrínseco ni simple material disponible. La dignidad afecta a la persona como unidad inseparable de cuerpo y alma, y el cuerpo participa de esa dignidad. Por eso no cabe una antropología dualista donde el cuerpo sea mera materia disponible. El cuerpo humano nunca es simple material biológico neutral.
Es notable como en el lenguaje corriente cuando nos queremos identificar decimos “Yo”. El “Yo” designa a un existente que siendo dotado de un alma racional se reconoce por medio de su autoconsciencia intelectiva. Ahora bien, el “Yo” no es la consciencia que cada persona tiene de sí misma sino el sujeto de esa consciencia, sea que la ejercite, sea que se encuentre solo en potencia de ejercitarla (como por ejemplo cuando estamos bajo los efectos de la anestesia), sea cuando por cualquier motivo haya perdido, quizá en modo definitivo, la posibilidad de ejercitarla.
4.5. Dignidad ontológica e inviolabilidad
La noción de dignidad ontológica resulta especialmente útil en bioética. Permite distinguir entre:
•la dignidad en sentido fuerte, inherente al ser de la persona;
•las condiciones de vida dignas, que pueden verse lesionadas;
•la dignidad moral, vinculada al obrar virtuoso o vicioso;
•la percepción subjetiva de la propia dignidad, que puede estar alterada.
Esta distinción evita dos errores frecuentes: pensar que una persona “pierde” dignidad cuando sufre o depende de otros, o pensar que toda apelación a la dignidad es puramente retórica.
La persona es un fin en sí misma. Nunca puede ser tratada como medio. La vida humana posee valor intrínseco, no instrumental. El más débil no vale menos; al contrario, el cuidado de los desválidos revela el grado real de civilización de una sociedad.
La cuestión principal que debe primar en la reflexión sobre el aborto no es, en primer lugar, el conflicto de derechos. Anterior a la consideración de los derechos está la pregunta: ¿quién es el concebido? Y solo luego, si se da un conflicto de derechos corresponde considerar que el derecho a la vida es el derecho primero y fundamental y de que en caso de conflictos siempre habrá que cuidar de modo especial el derecho de la parte más indefensa.
En segundo lugar, la ciencia genética nos enseña que desde la concepción existe un nuevo individuo de la especie humana, distinto de sus progenitores y con un patrimonio genético único. No es una parte del cuerpo materno aunque se encuentre unida a él y dependa de esa unión para poder desarrollarse al menos las primeras 21 a 25 semanas de vida. No se trata de una mera posibilidad de persona, sino un ser humano en desarrollo y el desarrollo no confiere humanidad; la presupone.
Y si la respuesta a la pregunta primera es: el concebido es una persona humana, entonces los errores funcionalistas no tienen cabida. Si existe un sujeto humano individual desde el inicio de su existencia, el desarrollo posterior no le confiere dignidad, sino que despliega una identidad ya existente. La dignidad corresponde al sujeto, no al grado de actualización de sus capacidades. Y la dignidad del niño no nacido es antecedente al ejercicio de sus funciones y le pertenece en sentido pleno desde el inicio de su existencia individual.
Igualmente en una consideración equilibrada de la cuestión, queda también la valoración de toda la carga psicológica, moral y humana que envuelve la vida de todas las personas implicadas en esta dura realidad. El aborto revela la tentación de someter la condición personal a criterios de dependencia y aceptación social: vale quien es querido, viable o autónomo. Justamente por eso su rechazo exige una metafísica de la persona y no solo una sensibilidad provida. Comporta pues también una dimensión ética y social: el aborto no solo elimina una vida; hiere la verdad moral de la sociedad.
¿Cuál puede ser el fundamento de justicia de una civilización que no protege al más inocente?
La eutanasia suele justificarse mediante dos grandes categorías: autonomía y compasión. Por libre determinación el ser humano podría decidir cuando terminar la propia vida y sería un deber de “humanidad” ayudarle a cumplir ese deseo. El problema es que ambas quedan desfiguradas cuando se separan de la verdad ontológica de la persona. Una sociedad que reconoce como digno de ser vivido solo lo autónomo termina produciendo una jerarquía de vidas valiosas y vidas descartables. Se concibe la eutanasia como el “derecho a una buena muerte”. Pero es que la muerte no puede ser considerada buena en ninguna circunstancia. La muerte es una carencia. El ser humano tiene derecho a una “buena vida” incluso hasta el final de sus días.
Aquí vale introducir una distinción útil:
• dignidad ontológica: nunca se pierde,
• dignidad moral: vinculada al obrar,
• dignidad subjetivamente percibida: cómo una persona se siente respecto de sí misma,
• calidad de vida: criterio práctico, no fundamento de dignidad.
Uno de los errores más extendidos es suponer que la dependencia extrema, el dolor o la pérdida de facultades equivalen a una pérdida de dignidad. Precisamente aquí resulta decisiva la distinción entre dignidad ontológica y condiciones existenciales de vulnerabilidad que no rebajan per se a la persona. Lo contrario sería admitir que solo el individuo fuerte, autónomo y productivo merece vivir. Creo que esto nos recuerda tristes episodios de la historia de la humanidad.
Conviene introducir aquí una distinción técnica:
• la eutanasia implica una acción u omisión encaminada a causar la muerte para eliminar el sufrimiento;
• el rechazo de medios desproporcionados (encarnizamiento terapéutico) acepta el límite de la medicina sin querer la muerte como fin. Es legítimo renunciar al encarnizamiento terapéutico porque no es lo mismo aceptar la muerte inevitable que provocarla intencionalmente.
Si la vida vale solo mientras conserva determinadas condiciones, entonces deja de ser derecho y se convierte en concesión social. La respuesta adecuada al sufrimiento no es la supresión del paciente, sino el acompañamiento integral: la medicina paliativa, el alivio del dolor, la presencia familiar, el consuelo espiritual y el cuidado.
Este es un tema donde la Iglesia Católica ha hecho quizá un largo camino. Históricamente se consideró posible en ciertos casos extremos por parte de la autoridad legítima en orden al bien común. Esta postura se encuadraba en contextos donde la protección social era mucho más limitada. Hoy defendemos la inadmisibilidad de la pena de muerte por tres razones:
Lo que sigue conviene decirlo con precisión:
• El aborto y la eutanasia implican directamente la eliminación de inocentes o de personas vulnerables cuya vida debía ser protegida.
• La pena de muerte se sitúa en otro marco moral: el de la potestad penal del Estado frente al culpable.
• Sin embargo, en la situación actual, su aplicación resulta contraria a una auténtica cultura de la vida y a la comprensión más plena de la dignidad humana.
Estamos moralmente obligados no solo a proteger al inocente; sino también a no deshumanizar al culpable.
La expresión “cultura de la vida” permite leer fenómenos concretos como síntomas de una comprensión verdadera o falsa del ser humano. No se trata solo de condenar actos particulares, sino de diagnosticar matrices culturales y se caracteriza por:
¿Cómo construir una cultura de la vida?
1. Recuperar la verdad del hombre
• Sin antropología verdadera no hay bioética sana.
• Sin metafísica del ser no hay fundamento sólido para los derechos humanos.
2. Reeducar el lenguaje moral
• No llamar derecho a lo que destruye al inocente.
• No llamar muerte digna a la eliminación deliberada.
•No llamar justicia a lo que anula el valor de la persona.
3. Promover legislaciones que cuiden a los frágiles y vulnerables
• Embarazadas en dificultad,
• niños no nacidos,
• enfermos terminales,
• ancianos,
• discapacitados,
• presos y condenados.
4. Formar conciencias
• Familia, escuela, universidad, iglesias, medios de comunicación.
• La batalla es intelectual, moral, espiritual y cultural.
5. Testimonio humano y cristiano
• La cultura de la vida no se impone solo con argumentos, sino con obras:
• casas de acogida,
• cuidados paliativos,
• acompañamiento a madres,
• acompañamiento del duelo,
• reinserción de presos,
• defensa pública de la verdad.
El libro del Génesis, en el Antiguo Testamento, en sus tres primeros capítulos narra la historia de la creación y la caída del hombre. Se presenta al ser humano como el vértice de la Creación, la obra no solamente buena, sino muy buena, excelente, con una dignidad infinita, porque en ella se realiza y se contiene la imagen y la semejanza del Creador. En efecto, ningún otro ser creado goza de las prerrogativas del hombre: es inteligente y racional, ha sido dotado de libertad y es capaz de amar y hacerse co-creador con su Señor. Un elemento sumamente bello y conmovedor es contemplar a Dios como un alfarero modelando el barro de la tierra con sus propias manos para conformar su criatura más amada. Hemos de considerar el detalle delicadísimo de las huellas divinas quedando impresas hasta lo más hondo de su criatura. De modo que, desde que las manos del Divino configuraron la existencia de lo humano, la persona lleva intrínseca su huella, y no hay rostro donde no pueda resplandecer la gloria del Omnipotente. Luego aquel barro fue depositario del aliento divino, un principio de vida espiritual que eleva su corazón al deseo de las alturas más sublimes y lo levanta del polvo y del barro de la tierra a pretender ser como Aquel que lo creó. Somos polvo, somos barro, pero un barro amado; un barro convertido en milagro por el Amor en persona.
Y creó Dios al hombre en la dualidad de personas y sexos. Y la perfecta imagen se encuentra en la conjunción de ambos, en aquello que con razón llamamos humanidad. Y quedó completa la obra. La persona encontrará su plenitud en una cuádruple relación: consigo mismo, con los otros, con el mundo y, definitivamente, con su Hacedor.
Sin libertad no hay amor posible. En la entraña misma del ser del mundo, y del ser del hombre, está la libertad que hace posible el amor. En el ser humano la creación toma conciencia y puede elevarse en un canto de alabanza y adoración. También puede torcerse, volverse adversa, desgraciadamente trastornarse en muerte y sufrimiento. Así pues la historia del pecado de los hombres viene a reafirmar la idea de que el peor de los males no es ni siquiera el sufrimiento inocente, aun siquiera la muerte, sino la incapacidad y la cerrazón al amor.
Los Padres de la Iglesia contemplando el misterio de la creación del hombre no tienen reservas en señalar y defender su dignidad especialísima: porque en el momento definitivo de la historia, cuando Dios quiso aparecer entre los hombres, hombre quiso ser. Y si Dios quiso hacerse hombre en Jesucristo, no hay nada más importante sobre la faz de este mundo que vivir a tope y en plenitud la humanidad.
La fe cristiana afirma que Dios caminó nuestros caminos y se hizo nuestro prójimo para restaurar la relación rota por el mal. No solo dejó su huella en su criatura sino que quiso tomar su apariencia para que el rostro de cada hombre manifieste al mundo una concreción del rostro de Dios.
“Y el rostro de Cristo, rostro de rostros, clave de todos los rostros, es el espacio de la hierofanía absoluta; por eso “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14, 19) y el que ve al otro tiene que verle a Él (Mt. 25, 35ss). De suerte que el único modo de ver al otro verdaderamente, es viendo en él a Cristo; de no ser así, se está viendo algo, no a alguien; está dejando de captarse la interpelación en que el rostro del otro consiste”.
Quiera Dios que en la Cuba buena y nueva que construyamos seamos capaces de descubrir en el rostro de todos, lo más humano y, por ello, lo más divino, y le rindamos el homenaje de amor que por sí merece, y coloquemos en la bandera, como dijera nuestro Martí la fórmula del amor triunfante, con todos y para el bien de todos: también del no nacido, del enfermo terminal y del hermano que se ha equivocado. Una Cuba nueva con la humanidad al centro.
Pbro. Jorge Luis Pérez Soto (Güines, 1981).
Sacerdote católico de La Habana.
Máster en Bioética y Licenciado en Teología.
Profesor y pastor.
Reside en La Habana.
