¿QUIÉN NO SE HA EQUIVOCADO?

Foto tomada de Internet.

Si algún ser humano hubiera logrado no equivocarse nunca estaríamos ante una deidad que solo se encuentran en las antiguas leyendas de la mitología o ante un farsante que oculta lo que es común a toda persona humana: el error.

Por tanto cualquier ciudadano o proyecto, por pequeño, simple y bien planificado que sea, lleva en sí mismo un margen de equivocación y requerirá siempre ajustes y rectificaciones en su trayectoria para llevarlo con éxito hasta su meta.

En lo personal, hay individuos que alardean de no haberse equivocado nunca o que el error los ha visitado muy pocas veces. Estas personas, cuando no hacen daño a nadie, pueden ser considerados como cómicos o alardosos y los encontramos con mucha frecuencia entre nosotros los cubanos. Ellos, con frecuencia, recriminan a su interlocutor espetándole en su cara esa frase lapidaria y no siempre justa: “Tú estás absolutamente equivocado”, cuando en realidad lo que está expresando es una opinión simplemente diversa del que lo está condenando con una autoridad inapelable.

Hay otros que, sin embargo, logran bajarle los “sumos” a estos infalibles, incluso pagándole un trago para entretenerse con sus “cuentos de camino” un domingo por la tarde cuando el aburrimiento es peor que la mentira alardosa. Entonces, como un cantante de una conocida y repetida ranchera, titulada “Yo soy el Rey”, el autoritario que nunca se equivoca, infla sus venas del cuello cantando la realidad antidemocrática y populista con la que sueña en su alma mezquina: “hago siempre lo que quiero… y mi palabra es la ley…”

También los hay, ciudadanos honestos y decentes, que sienten vergüenza ajena por esas personas porque más que rechazo comprenden la miseria humana que los impulsa a mentir y a creerse que “se las saben todas”, que es el pueblo el que siempre se equivoca y el que tiene la culpa de la escasez, del fracaso de las medidas que toman las autoridades, de la corrupción de los que tienen acceso a los bienes que malversan y no los infelices empleados que no tienen ni llave, ni candado de los almacenes, los recursos, el combustible, los yates y los aviones.

Otros, más inteligentes y menos pacientes, dan media vuelta y con una media sonrisa en la cara, siguen su camino sufriendo en carne propia las equivocaciones de los que no se equivocan nunca. Si hiciéramos esto con respeto y paciencia, los sabelotodo que jamás reconocen un error propio se quedarían solos… y a lo mejor la soledad los despertaría de ese sueño prepotente del que se considera mesías y maestro de las masas que “no saben” lo que está pasando en realidad. Generalmente, estos que “nunca se equivocan” menosprecian la inteligencia del pueblo y nos consideran ignorantes que no podemos conocer directamente la noticia o la realidad y necesitamos de iluminados que nos las expliquen, siempre a su forma, por la televisión, la radio o el periódico, que repiten hasta el aburrimiento esas largas letanías de consignas que no llegan a explicar nada. Pero el error es error, no tiene más explicación que reconocerlo, pedir perdón y rectificarlo.

Imaginemos por un instante de pesadilla que uno de estos personajes engreídos y dueño de toda la verdad, aspire al “cargo de sin errores” a cualquier nivel, en la familia, en el barrio, en el centro de trabajo, a nivel de la provincia o en un país imaginario, llega a su responsabilidad y en lugar de asumir el rol de servidor de los demás, se encarama en la cátedra del que todo lo sabe y todo lo explica y todo lo justifica… casi todos despertaríamos con un sobresalto temeroso de volver a empezar, por enésima vez, “con lo mismo”. La mentira tiene piernas cortas y es alcanzada siempre por la verdad, tarde o temprano. Por su parte, los errores que se ocultan en la burocracia o en el disimulo de la convivencia cotidiana, se destapan cuando menos lo esperamos y entonces, con cara de “yo no fui” nos parecerán increíbles las andanzas que desbordan la caja de Pandora cuando los tiempos cambien… y la verdad que sale a la luz del día nos convenza de lo que sospechábamos pero que no le dábamos crédito: que todos los seres humanos nos equivocamos, todos tenemos fallos, todos tenemos límites y caídas, sencilla y llanamente por eso mismo: por nuestra condición humana.

Todo endiosamiento, todo culto a la personalidad, que intente convertir a seres humanos en seres extraterrenales, solamente logrará que la caída sea más estrepitosa y que la mentira sea de tal estatura que sea identificada con aquella famosa frase que, por la escasez del preciado y sabroso fruto, ya no se repite como antes en Cuba: ¡Esa “guayaba” no hay quien se la trague!

Y cómo abundan los “guayaberos” en la Cuba de hoy. Por doquier. Tanto como las guayaberas y los guayabitos.

 

 


  • Luis Cáceres Piñero (Pinar del Río, 1937).
  • Pintor.
  • Reside en Pinar del Río.
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