Nadie sale ileso de lo que aprende a habitar en nosotros

Foto de Adrián Martínez Cádiz.

Hay una tragedia de la que se habla poco, pero que corroe silenciosamente el alma denuestra nación: no solo hemos sufrido una dictadura; también hemos sido educados por ella. Y una dictadura no se limita a encarcelar cuerpos, censurar periódicos o vigilar calles. Cuando dura demasiado, termina moldeando reflejos, lenguajes, impulsos y maneras de tratar al otro. Enseña a desconfiar, enseña a gritar antes que escuchar, enseña a excluir antes que discutir, enseña a castigar antes que comprender.

Por eso la pregunta incómoda no es solamente qué nos hizo la dictadura, sino qué hizo la dictadura en nosotros. Porque hay heridas que no solo duelen: también deforman. Hay opresiones tan largas que se vuelven costumbre. Y cuando eso ocurre, el sistema deja de ser únicamente una estructura de poder y empieza a convertirse en un modo de reaccionar, en una manera aprendida de mirar al otro, de responder al conflicto, de ejercer la diferencia.

Tal vez por eso a veces vemos, incluso entre cubanos que aman sinceramente la libertad, conductas que se parecen demasiado a aquello que denunciamos. Se protesta humillando. Se denuncia insultando. Se discrepa expulsando. Se combate elsilenciamiento silenciando. Se condena la censura mientras se borran comentariosincómodos. Se denuncia el sectarismo mientras se construyen pequeños guetos depuros, de imprescindibles, de “los verdaderos”, de “los únicos legítimos”.

Y entonces el otro deja de ser una persona con la que discutir y pasa a ser un traidor, un tibio, un infiltrado, un estorbo. Así, la discrepancia deja de ser una ocasión para pensar y se convierte en una razón para excluir. Ese es, precisamente, uno de los frutos más venenosos de los sistemas autoritarios: acostumbrarnos a creer que quien no repite nuestro discurso merece ser apartado.

No, esto no significa que la víctima y el verdugo sean lo mismo. No lo son. No se puede equiparar moralmente a un Estado que reprime, encarcela y aplasta, con ciudadanos heridos que reaccionan mal o repiten patrones aprendidos. Pero una cosa es reconocer esa diferencia, y otra muy distinta negarnos a ver que, en los métodos, en los tonos y en ciertos reflejos, a veces empezamos a parecernos demasiado a aquello que detestamos. Y ese parecido, aunque no nos convierta en el régimen, sí puede contaminar nuestro lenguaje, degradar nuestra cultura cívica y estropear la Cuba futura antes incluso de haberla construido.

La gran victoria de una dictadura no es solo permanecer en el poder. Su victoria másprofunda es lograr que su lógica sobreviva en la mentalidad de sus adversarios. Que el oprimido aprenda a oprimir. Que el censurado aprenda a censurar. Que el humillado aprenda a humillar. Que el excluido sueñe no con una mesa más grande, sino con ser él quien decida a quién se sienta y a quién se expulsa. Ahí la tiranía deja de ser solamente un régimen político y se convierte en una cultura emocional.

Por eso este asunto no es menor. No estamos hablando simplemente de peleas entrecubanos ni de malos modos en redes sociales. Estamos hablando de si la Cuba futura se parecerá éticamente a la Cuba que padecemos. Porque una nación no se reconstruye solo con leyes nuevas, elecciones libres o apertura económica. También se reconstruye con hábitos morales, con virtudes públicas, con una manera distinta de ejercer la verdad. Si la libertad se anuncia con métodos de linchamiento, terminará pareciéndose más a una revancha que a una república.

La dignidad del otro no depende de que piense como yo, de que milite conmigo o de que me resulte simpático. La vida pública sana no puede basarse en monólogos agresivos, sino en diálogo verdadero, donde se escuche, se argumente y se busque el bien común sin negar la humanidad del otro.

Entonces, ¿qué hacer? Primero, hacernos conscientes. Nombrar el veneno ya es empezar a expulsarlo. Segundo, vigilar nuestros métodos tanto como vigilamos nuestras causas. No todo lo que nace del dolor es justo; no toda indignación purifica.

Tercero, reaprender la diferencia entre firmeza y ferocidad. Se puede denunciar sindesfigurar. Se puede protestar sin envilecerse. Se puede desenmascarar una mentira sin destruir a la persona. Se puede sostener una convicción sin convertirla en secta.

Cuba necesita oposición al régimen, sí; pero necesita también oposición a la cultura del régimen. Necesita hombres y mujeres que no solo quieran cambiar el poder, sinocambiar la manera de ejercerlo; que no solo quieran libertad para los suyos, sinolibertad también para el que discrepa; que no solo denuncien el acto de repudio cuando lo organiza el Estado, sino también cuando reaparece, disfrazado de patriotismo, en el exilio, en la militancia, en el periodismo, en la sociedad civil o en nuestras propias comunidades.

La pregunta decisiva no es si odiamos la dictadura. Muchos la odiamos. La preguntadecisiva es si hemos renunciado de verdad a parecernos a ella. Porque hay personas que salen de la isla, pero la isla del miedo, de la sospecha, de la intolerancia y del reflejo autoritario no ha salido de ellas. Y mientras eso no ocurra, seguiremos hablando de una Cuba libre con herramientas morales que todavía no son libres.

La liberación de Cuba tendrá que ser también una liberación interior. Tendrá que seruna cura del lenguaje, una conversión de la manera de convivir, una ruptura con lacostumbre de aplastar al otro. Habrá que aprender de nuevo a disentir sin aniquilar, adebatir sin excomulgar, a corregir sin humillar, a protestar sin copiar al opresor. Habráque expulsar al censor que se nos metió dentro.

Porque una patria nueva no nace solamente cuando cae un sistema. Nace tambiéncuando cae, dentro de nosotros, la fascinación por sus métodos.


  • Adrián Martínez Cádiz (La Habana, 1994).
  • Comunicador y especialista en audiovisuales y fotografía.
  • Reside en Madrid.
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