Más vale fruto que fama

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Hace unos días, el Centro de Estudios Convivencia emitió una nota oficial de la que muchos otros medios de comunicación se hicieron eco. Todavía esta semana un corresponsal peruano de ACI Prensa, la Agencia Católica de Informaciones, citaba la mencionada nota y hablaba de lo sucedido a los dos laicos de Convivencia y a los dos sacerdotes camagüeyanos como un ejemplo de violación de la libertad religiosa en Cuba (https://www.aciprensa.com/noticias/121569/gobierno-cubano-cito-a-sacerdotes-y-disidentes-por-declaraciones-y-actividades-publicas). A veces, desgraciadamente, las noticias malas son las que más se viralizan. Hay muchos ojos y oídos atentos para amplificarlas. Y, en gran medida, es la manera que tiene el ciudadano de a pie de ejercer su libertad en sistemas totalitarios.

Por un lado están los que replican la noticia, compartiéndola en sus redes sociales o enviándola a sus contactos. Por otro, los que la citan, recreándola en notas propias, con sus propias opiniones y matices. Unos medios van a la fuente primaria, otro no y pueden recaer en algunas imprecisiones. En cualquier caso, me gustaría comentar algunas conclusiones que se derivan:

Primera conclusión: el Centro de Estudios Convivencia, como cualquier otro medio independiente u organización de la sociedad civil, no puede, ni debe ser responsable de lo que otros medios replican o traducen, según su lenguaje, su perfil editorial, sus métodos de trabajo, en fin, su manera de contar las cosas.

Recuerdo que muchas personas nos contactaron ese día para saber si lo que estaban leyendo era verdad. A todas contestamos que la Nota del Centro de Estudios Convivencia había sido redactada por el Consejo de Redacción de Convivencia y que todo había sucedido tal cual se narraba en ella. Del resto de interpretaciones, minimizaciones o exageraciones el CEC no puede responder. Cada medio, como cada persona, es responsable de sus actos, no de los que realizan los demás, incluyendo la propagación de una noticia que, en ocasiones, crece a medida que se publica en diferentes medios.

Segunda conclusión: la duda que puede generar la gravedad del asunto no debe competir nunca con la verdad. Desgraciadamente, en algunas ocasiones, con el afán de apoyar publicando, algunos medios terminan divorciándose parcialmente con la verdad. Y otros, así como algunas personas, reproducen noticias falsas o con un grado de imprecisión elevado. Estas también pueden viralizarse y despistar al receptor porque el emisor, definitivamente, no ha sido el adecuado.

También recuerdo que algunas personas no tan cercanas, comentaban a otras cercanas, sobre algunas publicaciones que referían que nada había sucedido y le nombraban “desmentido”. Repito: ante la duda, si de verdad nos preocupa una situación, o se recurre a la fuente primaria o se contacta a los protagonistas. De lo contrario nos podemos convertir en reproductores de noticias falsas o censores al emitir un juicio a priori, sin ningún tipo de contraste con la verdad.

No es necesario coincidir en tiempo y lugar para compartir un criterio determinado. Debemos ser capaces de discernir en un mundo donde se produce demasiada información y donde no se tienen en cuenta muchos de los factores clave a la hora de la comunicación.

Tercera conclusión: el asunto de la fama es muy relativo. Al fin y al cabo, qué es la fama, sino la opinión que tienen las personas sobre alguien o sobre algo.

Si esa “fama” está relacionada con la viralización en las redes sociales, con el paso de una noticia de voz en voz, o con la reproducción de un mensaje, prefiero llamarle alcance de una publicación. Por otra parte, si alguien se empeña en llamarle fama a ese fenómeno de que una mala noticia llegue a conocimiento de muchos, al final sería fama en sentido negativo. Y creo que de ese tipo no le gustaría a muchos.

Si la fama es entendida como la condición de ser conocido por mucha gente, volvamos a recordar el versículo bíblico que dice: “Por sus frutos los conoceréis”. (Mt 7, 16). Entonces, es mejor que le conozcan a uno, o a un proyecto, por su labor, por su constancia, por su coherencia y por la calidad de su gente. No es necesario colocar todos estos factores en un segundo plano para priorizar si esto o aquello me hace “famoso”, porque primero está, sin duda, la persona y la verdad.

Y si así fuera, si por ser noticia en varios medios que denuncian violaciones de derechos humanos, aumentan las personas que te conocen, nunca hay que confundir esta visibilidad con el éxito. El éxito es otra cosa muy distinta. Para empezar, la fama es efímera y puede ser porque has hecho algo bueno o malo; mientras que el éxito es la acumulación de acciones positivas y habla más de obras, de frutos, que de estados transitorios y pasivos como eso de esperar a ser conocido cuando los demás hablen de ti.

En lo particular no me interesa la fama, me interesa trabajar para que, por el fruto de mi trabajo, puedan conocer o intuir qué tipo de persona soy, qué valores puedo poseer, qué grado de sensibilidad, entrega y responsabilidad me acompañan.

Esa idea la comparto con el apóstol de la independencia de Cuba, quien en Carta al General Antonio Maceo le decía: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz” (Cayo Hueso, 15 de diciembre de 1893). Se refería a la pequeñez de ese estado, la fama, ante la riqueza de obras y buenas acciones, puntuales, eficaces y discretas que elevan el alma y construyen una personalidad adulta, éticamente hablando.

En otra de sus cartas, José Martí escribe a Máximo Gómez: “Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia” (Nueva York, 20 de octubre de 1884). Y eso es lo que vemos a veces, no solo en algunas publicaciones, sino hasta en algunos proyectos: la búsqueda del autobeneficio.

Respetar a los demás, y respetarse a uno mismo, es ser fieles a la verdad, vivir en la constante búsqueda de ella, sin alardes ni aspavientos. Es mejor que seamos conocidos, al final del camino, por las huellas que hemos dejado y no porque un día, bajo un criterio muy personal de alguien, fuimos famosos en las redes.

 

 

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.
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