Mañach: de la crisis de la cultura a la crisis estructural

Jorge Mañach Robato. Foto tomada de Internet.

 

La crisis estructural que ha colocado al país al borde de la hambruna tiene causas más allá de la insuficiencia económica. Aunque las medidas anunciadas por el Gobierno tuvieran éxito -algo muy improbable- serían insuficientes. Las causas medulares que anteceden esta etapa de la crisis fueron tratadas en el ensayo “La crisis de la alta cultura en Cuba”, por el escritor y ensayista Jorge Mañach Robato (1898-1961).

Doctor en Derecho Civil y en Filosofía y Letras, Miembro de las Academias de Historia (1943) y de Artes y Letras, catedrático universitario, articulista del Diario de la Marina y de la revista Bohemia, fundador de la Revista de Avance [1], de la Universidad del Aire [2], de la Sociedad de Amigos de la República [3] y del Movimiento de la Nación [4]. Participante de la Protesta de los Trece [5], del Grupo Minorista [6], del Movimiento de Veteranos y Patriotas [7], y de la organización insurreccional ABC. Secretario de Instrucción Pública en el gobierno de Carlos Mendieta, Delegado a la Asamblea Constituyente e integrante de la Comisión de estilo que redactó la Constitución de 1940. Secretario de Estado, Representante a la Cámara, Senador y dirigente del Partido Ortodoxo.

El ensayo de Mañach es una síntesis histórica de la formación y el papel de la cultura, estructurado en cuatro etapas:

La pasiva, describe los primeros siglos hasta 1820. Es la etapa en que Cuba, carente de una cultura aborigen, se conforma a partir de la inmigración. Surge una burguesía rural sin una clara conciencia política, que se fortalece con la ocupación de La Habana por los ingleses y el contacto con valores como la libertad comercial. Esa burguesía, desarrolla la riqueza gracias al comercio de esclavos que alteró la composición étnica de la población y se nutrió del iluminismo del reinado de Carlos III. En 1793 se funda la Real Sociedad Económica Amigos del País, la cual realiza una notable contribución en materia educativa con la creación de las cátedras de Economía Política y de Constitución en el Seminario San Carlos. Esa élite criolla decidió otorgarle a lo cubano la jerarquía de nación.

La especulativa, debutó en 1823 con el restablecimiento del despotismo por Fernando VII. Surge un pensamiento de largo alcance y un sentido de las responsabilidades que se expresa en la Revista Bimestre y la Academia Cubana de Literatura. Esa aristocracia soñó con convertir la plantación en nación, pero como su riqueza dependía del ingenio azucarero y de los cafetales y éstos de la mano de obra esclava, fueron muy pocos los defensores del abolicionismo. José de la Luz y Caballero quien enseñó a los cubanos a ser, como antes Varela los había enseñado a pensar; y el Conde de Pozos Dulces, quien formuló un pensamiento reformista, son típicos representantes de esta segunda etapa.

La ejecutiva, abarca de 1868 hasta el nacimiento de la República. Cuba conquista la dignidad política pero el pensamiento intelectual se estanca. Al concluir la Guerra de los Diez Años, resurge una filosofía evolucionista. A fines de siglo Martí predica una cultura atenta al deber y a la utilidad en nombre de las cuales organiza la nueva Guerra de Independencia, que dejó al país exhausto. En ausencia de los grandes educadores del siglo anterior prevaleció el liderazgo militar.

La adquisitiva, comprende las dos primeras décadas de la República. No se buscó un contenido trascendental para la patria política. Junto al crecimiento económico florecieron el desinterés, la codicia, el desorden y el choteo se erigió en rasgo típico de la cubanidad. La crisis económica de la postguerra develó la esencia caudillista de nuestra ficción democrática. En respuesta una nueva generación acudió al deber histórico: la generación del 25, que combinó la inquietud cultural con la preocupación política, rehabilitó el pensamiento de Martí, de Varona y afirmó una voluntad de nación. Entre sus protagonistas estuvo Mañach.

Los gobiernos de esta etapa ponen el acento en la economía, se abren las vías a la organización obrera, se exalta la cubanidad, se dictan leyes nacionalistas y sociales, y se deroga la Enmienda Platt. Embargados en esa intención económico-social se desatendió el componente ético. En ese contexto, a pesar de los avances, los empeños por alcanzar la nación tenían que fracasar y fracasaron [8].

Las causas, para Mañach, radican en la idiosincrasia del cubano, en su carácter nervioso e inquieto, frívolo, actualista e imprevisor. Cada persona -dice- tiene su pequeña aspiración, su pequeño ideal, su pequeño programa; pero falta la aspiración, el ideal, el programa de todos. Los esfuerzos de cooperación generosa se malogran invariablemente. Los leaders desinteresados no surgen. En los claustros, en los gremios intelectuales, en las academias, en los grupos, la rencilla cunde como la yerba mala por los trigales de donde esperamos el pan del espíritu. La cultura es un naufragio, y el esfuerzo un arisco sálvese quien pueda [9]. En esas causas está el por qué, después de dotarnos de una constitución avanzada como la de 1940 el país derivó hasta el sistema totalitario responsable de la actual crisis.

Desde los esfuerzos de Arango y Parreño, que condujeron al nacimiento de la burguesía agraria cubana; de los empeños de Varela, precedidos por los del Obispo Hechavarría, el Padre José Agustín Caballero y el Obispo Espada en la reformas de la enseñanza, la alta cultura no hizo más que decaer. Mañach concluye que estábamos en un momento de crisis, y crisis significa cambio, desde la cultura mediante una ponderación simultánea y pareja de la formación intelectual y de la formación moral [10]. Se equivocó al considerar que se trataba de un mal pasajero. La crisis siguió su marcha después de 1959, se acentuó en 1989 y ha alcanzado su punto más crítico con la incapacidad gubernamental, la ideología totalitaria, las medidas norteamericanas y los efectos de la pandemia de la COVID-19.

Una de las enseñanzas del ensayo reseñado es que, aunque hubo cierta prosperidad económica, se requiere de la ética y la cultura como complementos obligatorios. En su ausencia la nación se hunde. Y de ese hundimiento se nutrió la revolución, que una vez en el poder reescribió la historia, condujo a la pérdida del rumbo y a la crisis que hoy roza la frontera de la hambruna. De ahí la importancia de la sentencia de Mañach: el negocio más serio que Cuba tiene en sus manos es la mejora de su material humano, de lo cual todo lo demás depende.

Mañach entendió la alta cultura como conjunto organizado de manifestaciones superiores del entendimiento. Y a la instrucción pública como función extensa, de índole democrática. De la interrelación entre ambas brota la cultura nacional, que definió como el cultivo de los intereses del espíritu en los nacionales. Sin embargo, el monopolio de la educación, de la instrucción y de la información en manos del Estado lo impidió. En ausencia de las libertades cívicas y de su portador, el ciudadano; los cambios en la economía aunque son imprescindibles e impostergables, por sí solos no generarán la transformación cultural para que los cubanos puedan decidir su destino y el de la nación. Se requiere, pues, de cambios estructurales, lo que implica a su vez una acción encaminada a conformar una cultura nacional profunda.

 

Referencias

[1] Órgano importante de renovación estética, preocupación política y exhibición del vanguardismo (1927-1930).

[2] Programa radial de la emisora CMQ para despertar el interés sobre temas políticos, literarios, sociales e históricos (1932-1948).

[3] Institución rectora de la conducta cívica (1948-1955).

[4] Agrupación política de corta duración fundada en 1955.

[5] Escenificada en marzo de 1923 por estudiantes contra la corrupción político-administrativa.

[6] Creada en mayo de 1927, agrupaba a creadores de las artes y la literatura que profesaba la defensa de los valores nacionales de la cultura.

[7] Creada en agosto de 1923 que fracasó en su intento de reestructurar las instituciones republicanas.

[8] Diario de la Marina. Número extraordinario por el 125 aniversario, La Habana, 1957, p. 64.

[9] Mañach, Jorge. “La crisis de la alta cultura en Cuba. Fundamentos de la democracia. Antología del pensamiento liberal cubanos desde fines del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX”, p. 243.

[10] Mañach, Jorge. “Propósitos y Métodos”, p. 15. Conferencia pronunciada en abril de 1932 en la Universidad del Aire.

 


  • Dimas Cecilio Castellanos Martí (Jiguaní, 1943).
  • Reside en La Habana desde 1967.
  • Licenciado en Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana (1975), Diplomado en Ciencias de la Información (1983-1985), Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos (2006).
  • Trabajó como profesor de cursos regulares y de postgrados de filosofía marxista en la Facultad de Agronomía de la Universidad de La Habana (1976-1977) y como especialista en Información Científica en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana (1977-1992).
  • Primer premio del concurso convocado por Solidaridad de Trabajadores Cubanos, en el año 2003.
  • Es Miembro de la Junta Directiva del Instituto de Estudios Cubanos con sede en la Florida.
  • Miembro del Consejo Académico del Centro de Estudios Convivencia (CEC).
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