León XIV, su análisis del mundo y su utilidad para Cuba

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

El pasado 9 de enero, el Santo Padre León XIV se reunía con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede para presentar sus felicitaciones de año nuevo. Una antigua tradición, la primera que le corresponde dentro de su pontificado, y que viene marcada por muchos acontecimientos que han tenido lugar en el último período de 2025 y el inicio de 2026. En una breve síntesis el Papa León describe la realidad y desea “compartir una reflexión sobre nuestros tiempos, tan turbados por un número creciente de tensiones y conflictos” -según sus propias palabras.

Suele suceder que este tipo de discursos a veces no llega a un amplio número de personas. Sin embargo, se trata de un análisis de la situación del mundo potente, informado y autorizado, interesante tanto para los católicos como para no creyentes, precisamente por el nicho diplomático al que va dirigido dicho discurso. Allí estaban representados la mayoría de nuestros países, ocasión perfecta para tomar nota de las palabras de alguien que, sin sesgo político, puede valorar las situaciones particulares con aquel tacto que describe el refranero popular: “las cosas se ven mejor desde fuera”. A lo que habría que añadir: y sin ningún tipo de interés.

Es por ello que me gustaría compartir y comentar algunos de los pronunciamientos del Papa:

Refiriéndose a su visita al Líbano, y especialmente a los jóvenes nos dice que conoció “a un pueblo que, a pesar de sus dificultades, está lleno de fe y entusiasmo. Allí percibí la esperanza de los jóvenes que aspiran a construir una sociedad más justa y cohesionada”. Esto me ha venido a recordar la exhortación del Venerable Padre Félix Varela en las Cartas a Elpidio dirigidas a los jóvenes cubanos: “ustedes son la dulce esperanza de la Patria”. ¿En qué piensan nuestros jóvenes hoy? ¿Cuáles son sus aspiraciones más allá de emigrar o resolver “la cosa” fuera de Cuba? ¿Qué grado de compromiso, arraigo e identidad tienen los jóvenes cubanos con el futuro de Cuba? ¿Puede radicar en los jóvenes cubanos la “esperanza de la Patria”?

Creo, desgraciadamente, que el pueblo cubano está muy cansado de la situación crítica en la que ha sido sumido durante más de seis décadas. Creo también que si el Papa León XIV visitase Cuba, quizá no constataría ese entusiasmo del pueblo libanés.

En una cuidada comparación de los tiempos actuales con “La Ciudad de Dios”, de San Agustín, el Papa habla del Cielo y de la Tierra, expresando que “la ciudad terrenal se centra en el orgullo y el amor propio, en la sed de poder y gloria mundanos que conduce a la destrucción”. ¿Acaso no estamos viviendo en esos escenarios de la cultura del poder, de los egos personales, de la falta de vocación de servicio, de la falta de vocación en general? ¿No será por esos mismos deseos que algunos de nuestros países, que Cuba en particular, está experimentando una crisis sistémica que hunde a su pueblo en las más terribles condiciones de vida?

En alusión a la misma “ciudad terrenal” agustiniana, el Pontífice nos recuerda, por si lo hemos olvidado, o negado, o nunca lo supimos, que “los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil”. Esto es más que válido y urgente para Cuba en estos tiempos en que tanto se habla y se analizan los posibles liderazgos y definición de roles, sobre todo para aquellos que defienden la tesis de que la Iglesia no se debe meter en política, opinión que lo mismo puede venir desde dentro o de fuera de la institución.

Sostener este criterio de que “la Iglesia no debe meterse en política” es obviar la vocación del laico cristiano en el mundo; es mutilar la riqueza humana en cuanto a carismas al servicio de la sociedad; es reducir la realización de los laicos al simple culto dentro de los templos; es negar que, desde esta dimensión se pueden ofrecer “valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales relacionadas con la vida social y política, como la búsqueda de una convivencia más justa y pacífica entre los pueblos”. ¿Somos conscientes del papel del laico en el mundo? ¿O solo se queda como el título de un epígrafe en informes intraeclesiales? Es necesario reconocer que los laicos, desde la “Ciudad de Dios”, también son parte de lo político, y como tal pueden influir en la “ciudad terrenal”. Es más, ¿la Iglesia también practica ese reconocimiento? ¿O manifestando un ferviente clericalismo también excluye o limita el profetismo, la dimensión laical y el servicio a la Patria?

Más adelante en el mencionado discurso a los representantes de diferentes nacionalidades, el Pontífice describe, grosso modo, al mundo actual enunciando que: “nos encontramos en una era de movimientos migratorios generalizados; vivimos en una época de profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y los paradigmas culturales”. Una de las formas que propone para paliar estos problemas es el ejercicio de una diplomacia auténtica y comprometida, que promueva el diálogo y busque mínimos consensuados porque, este estilo recomendado “está siendo sustituido por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea por parte de individuos o de grupos de aliados… lo que compromete gravemente el Estado de Derecho, que es la base de toda convivencia civil pacífica”. Esa cultura de la fuerza, del ordeno y mando, de la violación sistemática de los Derechos Humanos, de la hegemonía en el poder, es un mal compartido entre muchas naciones que todavía entrando en la tercera década del siglo XXI viven los rezagos de un pasado de violencia y muerte, de políticas fallidas y de liderazgos trasnochados.

Y en este presente bajo las concepciones de un pasado que ha demostrado no funcionar ni para nosotros mismos, en el caso cubano, también es válida la convocatoria del Santo Padre a recobrar el sentido de las palabras, a través del uso de un lenguaje respetuoso y plural. Así nos dice:

“Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos. Esto debería ocurrir en nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales”.

Y como si estuviera describiendo la realidad cubana, no está ajeno a que “se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan”.

En este lenguaje que en Cuba no surge ahora con el cambio de época, sino que ha sido la vía de comunicación entre “papá-Estado” y la ciudadanía, durante largo tiempo, se dan las condiciones propicias para el atropello o anulación en muchos casos de las libertades fundamentales. En nombre de la libertad de unos pocos se coarta la libertad de la mayoría de los hijos de una nación. Los comportamientos actuales de Cuba en materia de Derechos reflejan lo que dice León XIV: “una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social”.

El Papa, sin titubeos, dice que: “en el contexto actual, estamos asistiendo a un auténtico “cortocircuito” de los derechos humanos. El derecho a la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad religiosa e incluso el derecho a la vida, están siendo restringidos en nombre de otros pretendidos nuevos derechos, con el resultado de que el propio marco de los derechos humanos está perdiendo su vitalidad y dejando espacio para la fuerza y la opresión. Esto ocurre cuando cada derecho se vuelve autorreferencial y, especialmente, cuando se desconecta de la realidad, la naturaleza y la verdad”. Hasta el momento, es una de las aseveraciones más elocuentes que he leído del 267° Sucesor de San Pedro. Desde la elección de su nombre, en continuidad con León XIII, podíamos intuir que su pontificado estaría en la línea de hacer valer la Doctrina Social de la Iglesia. Y ella es inseparable del laicado comprometido, del ejercicio de las libertades y del compromiso irrevocable con la verdad, la justicia y la paz.

Este discurso, aunque pueda pasar desapercibido, es un buen material inspirador para quienes trabajamos por el futuro de nuestras naciones, para quienes tejiendo redes desde la sociedad civil, a veces nos sentimos solos dentro de la propia Iglesia o desprotegidos por el Estado que debe velar por el ciudadano.

Cuba, que desde el 7 de junio de 1935 estableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede, debe tomar nota, si de verdad respeta esas relaciones sostenidas. El llamado de León XIV a todos los allí presentes, a respetar la voluntad del pueblo venezolano y a trabajar por “la construcción de un futuro de estabilidad y concordia”, es tanto o más válido para nuestra Isla que sufre, igualmente, los efectos del totalitarismo desde hace muchos, demasiados años.

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.
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