La visa o la vida

Lunes de Dagoberto

Las recientes medidas del Departamento de Estado de los Estados Unidos que reduce el personal de su embajada en La Habana, suspende la concesión de visas por tiempo indefinido y exhorta a sus ciudadanos a no viajar a Cuba, todo en respuesta a unos investigados ataques acústicos a personas que trabajaban en la sede diplomática, tienen, sin lugar a duda, un gran impacto en la sicología y en la vida de muchos cubanos. También constituyen una pulsación política, no violenta, inédita desde la década de los sesenta.

De todas estas medidas la suspensión de los visados para viajar a Estados Unidos agrega, a la ya compleja y tensa situación al interior de Cuba, un nuevo elemento de presión y angustia. En efecto, muchos cubanos durante casi 6 décadas escogieron entre estas dos alternativas cuando la vida se les ha hecho dura con frecuencia hasta el límite: o me adapto o me voy.

La alternativa entre vivir aquí y solicitar una visa para Estados Unidos o para cualquier lugar del mundo se ha agudizado en la medida en que la naturaleza humana y las justas aspiraciones vitales de los cubanos se han dañado profundamente por la falta de libertades, la violación de todos los derechos, la delación y los actos de repudio, la represión y el hostigamiento, no ya a los que discrepan políticamente, sino a cuantos han decidido hacer de forma autónoma su propio proyecto de vida: emprender negocios, animar proyectos socioculturales independientes, hacer periodismo independiente o crónicas de barrio sin censura, cantar canciones críticas, escribir literatura discrepando o pintar grafitis, pensar en el futuro de Cuba o proponer alternativas para salir de esta crisis sistemática y creciente. Al final de los sistemas decadentes el agotamiento del poder lo empuja a creer que reprimir es la forma de ganar, sin darse cuenta que acudir a la presión es la fórmula más eficaz del perder-perder, haga lo que haga. Liberar es la única forma de ganar-ganar todos.

El clima de asfixia cotidiana, la necesidad de “resolver por la izquierda” para sobrevivir, la angustia del mañana y el futuro de los hijos, colocó a la estampida del país como “la solución” menos traumática. Huir del conflicto o enfrentarse a él arriesgando todo.

Pues bien, el cierre de esta válvula de escape “por tiempo indefinido”, que se suma a la eliminación de la política de “pies secos, pies mojados”, ha cambiado la vida de muchos. La sensación es de un “y ahora ¿qué hago?”, “¿Qué es lo que nos espera?” y no pocos han hecho muy rápidamente el proceso mental: “Pues tendremos que cambiar esto, porque así no hay quien viva”.

En pocas palabras, la sangría que por décadas ha empobrecido al país y ha facilitado que la discrepancia escape dejando al poder ensanchar los espacios totalitarios, se ha taponado.

Ahora necesitamos ser responsables ante esta nueva alternativa. Mantengamos la serenidad pero sin resignaciones. El desafío parece ser: cambiar y construir lo nuevo y reconstruir lo que el daño antropológico y material ha dejado por tierra. Ahora hay que compartir el espacio que nos corresponde a todos y cada uno de los cubanos aquí, hay que rescatar la soberanía de la diferencia, hay que negociar los espacios que tocan por derecho y por deber a cada cubano y cubana. En una palabra, la alternativa parece que ya no será entre la visa y la vida, sino entre la vida y la vida. No entre la patria y la muerte, no entre un sistema o la huida, sino entre la vida sin sentido y la vida libre, plena, democrática, fraterna y feliz.

La alternativa no deja casi lugar a la duda: todos, o casi todos, queremos ser felices aquí.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

 


Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007 y A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011.
Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
Reside en Pinar del Río.

 

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