La identidad cultural cubana

Jueves de Yoandy

En el contexto cubano resulta bastante frecuente la confusión de los términos Patria, Nación, Estado, ideología, nacionalidad, cultura e identidad nacional. De un lado se le atañe la responsabilidad del problema al ambiente familiar en que se desempeñan las generaciones actuales. De otro lado, se responsabiliza al Estado por no propiciar la formación ética y cívica de sus ciudadanos, por no cultivar el ethos y el alma de la Nación y, peor aún, por bloquear toda iniciativa que pretenda rescatar estos valores primigenios.

La formación integral del ciudadano debe tener como principal objetivo la preparación para vivir en una sociedad democrática donde el conocimiento de sus deberes y derechos contribuya a discernir correctamente los conceptos básicos que definen nuestras raíces, tradiciones, identidad, pero, sobre todo, la formación de un sentimiento nacional, sin excesos ni defectos, sin deformaciones ni confusiones que mezclen, intencionadamente o no, esta terminología esencial.

En la formulación del discurso nacional cubano se obvia, en múltiples ocasiones, el germen inicial. No se habla demasiado de los padres fundadores para hacer énfasis en fenómenos como la guerra y la insurrección que según el lenguaje del totalitarismo, y la filosofía de venidos y vencedores, la ética de la convicción acérrima, y el predominio de la ideología de Estado, son los factores que marcan el carácter del cubano y sustentan nuestra nacionalidad. Sin embargo, no debemos dejar a un lado los elementos guerreristas que también forman parte de la historiografía cubana, cuyo aporte es indudable por el sentido independentista que promulgaron, sin los cuales no hubiera sido posible la emancipación de la metrópoli y el surgimiento de la república independiente. Pero esto no significa que se obvie, o se minimicen otros procesos, hechos históricos, figuras, instituciones y grandes obras, que condujeron también, con especial relevancia, a la formación de un sentimiento nacional independiente de la ideología imperante, que se ha entronizado en la realidad, y llega hasta nuestros días.

La identificación de los eslabones perdidos de una cadena de sucesos clave en torno al nacionalismo y la formación de la identidad cultural en Cuba, debe comenzar por los intentos independentistas, rebeliones, o surgimiento de mecanismos de defensa de los intereses propios frente a la intervención foránea. Los acontecimientos del siglo XIX, donde se fortalece el sentido de Nación y se organizan movimientos e instituciones que combinan la educación, la cultura, con el cultivo de las ideas autóctonas y la libertad en sentido amplio, fueron sucedidos por las revoluciones violentas del siglo XX.

En las etapas posteriores a la colonia y neocolonia, es decir, cuando Cuba fue liberada del dominio español y norteamericano, devino un nuevo periodo que, en un principio con un carácter democrático y popular, enmascaró sus verdaderos intereses de experimentos para producir un hombre nuevo, el homo cubensis aislado, desposeído de sus libertades fundamentales que le hacen ser una persona digna. El análisis del proceso que se inició con el cultivo de las raíces identitarias, el surgimiento de la nacionalidad y nación cubanas, y la corriente nacionalista, permite destacar los siguientes puntos sobre este largo y complejo proceso:

1- Los elementos del sincretismo racial, histórico, religioso y lingüístico, confirman la multiculturalidad cubana en el pasado. “El multiculturalismo cubano se puede definir como una condición cultural, más que un método político” (Volpato, 2015: 71).

2- “La idea de una Cuba multicultural puede así encontrar resistencia tanto por parte de los filósofos-políticos contemporáneos, como por los que abogan por definir la Isla como un conjunto de signos que, a pesar de encontrar favor en una definición de la diversidad meramente institucional, encarna una forma de representar lo “ajeno” de manera localmente propositiva y proyectada hacia la renovación del reconocimiento de la diversidad como parte de la identidad nacional” (Davis, 2000). Esto confirma que la principal dicotomía en Cuba está entre querer garantizar la continuidad política antes que afirmar, respetar y propiciar la diversidad.

3- En la figura de José Martí radica el mérito de introducir el relato histórico como ingrediente activo para construir la Nación. Es el primero en entender la necesidad política de formar una tradición cívica como exaltación nacionalista, vinculada a la insurrección del 10 de octubre de 1868, considerando este hecho como el primer embrión, pero retomando y valorando en su justa medida los aportes de los padres fundadores.

4- La recuperación de la memoria de la insurrección como pedagogía cívica, a su vez base de la identidad ciudadana, es un hecho significativo pues con ella inició la construcción del primer relato nacionalista a través del recuerdo y memoria de la primera revolución cubana, como acto fundacional de la nación y articulador de la primera experiencia soberana de una sociedad política con la existencia de la República en Armas.

5- El relato fundacional martiano por un lado se relaciona con el hecho de sentar las bases del nacionalismo cubano, pero por otro abrió un ciclo de frustraciones políticas mientras los ejercicios soberanos básicos no sean un ejercicio común.

6- El cambio político que experimentó Cuba en 1959 se define a través de la exacerbación de una cultura política que inflama el sentimiento nacional, para agregar nuevos ingredientes al ajiaco de nuestra nacionalidad, importar elementos foráneos negativos, y cerrar, como todo gobierno centralizado en el mundo de la economía, la política, la sociedad y la cultura, al intercambio despolitizado que crea, edifica y nutre el alma de la nación.

7- La elaboración de un discurso hegemónico conspira contra los demás discursos alternativos, lo que se combina con la desaparición de espacios públicos de debate. El temor mayor está en la pérdida de la memoria histórica, la alteración de los sucesos acontecidos y la discusión historiográfica con marcado carácter político alrededor de todas las esferas de desempeño humano.

Volpato, T. (2015). “Nuevas” dimensiones del multiculturalismo cubano: crítica y propuesta conceptual. Visioni Latino Americane. Revista del Centro de Estudios para América Latina. Número 13, julio. p. 67 – 88.

Davis, C. (2000). Surviving (on) the Soup of Signs. Postmodernism, Politics, and Culture in Cuba. Latin American Perspectives. Vol. 27, 4. p. 103 – 121.

 

 


  • Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
  • Licenciado en Microbiología.
    Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
    Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
    Responsable de Ediciones Convivencia.
    Reside en Pinar del Río.

 

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