El envío de profesionales a diversos países, en nombre de la solidaridad internacional, entre los que sobresalen los trabajadores de la salud son una cara de la medalla, la otra cara es la condición en que dichos trabajadores se enrolan en las misiones.
Las deserciones, las declaraciones de organismos internacionales y los miles de galenos que han abandonado las misiones ha generado un debate acerca de si realmente marchan voluntarios, como dicen las autoridades, o se trata de una manifestación de esclavitud moderna. El debate tomó mayor fuerza a partir de la retirada de los médicos de Brasil en 2018. Para tratar el tema comienzo por las definiciones conceptuales.
Los conceptos, plantea Ivan I Chupajin, son una forma de pensamiento que refleja las peculiaridades íntimas y esenciales de los fenómenos de la realidad.
La esclavitud es un término que designa el sometimiento de una persona por otra a una obligación o trabajo. Este concepto tradicional remite a una situación jurídica en que una persona (el esclavo) es propiedad de otra (el amo) y por tanto al carecer de libertad y derechos, queda reducida a una especie de objeto, que puede ser comprado, vendido, donado, maltratado y/o castigado por el propietario. Una condición en que el sometido queda desposeído de la libertad individual, una propiedad que es la esencia de los seres humanos.
En un momento de la historia de la humanidad la esclavitud tradicional constituyó la base del sistema económico, como ocurrió en la antigüedad greco-romana o en las colonias del Caribe como los casos de Haití y de Cuba que fueron las principales productoras y exportadoras de azúcar y de café del mundo.
La esclavitud tradicional actualmente es considerada por el Derecho Internacional Penal como delito de lesa humanidad. Sin perder la esencia del concepto tradicional, la esclavitud moderna se refiere a personas o grupo de personas, que sin ser propiedad de otro, se ven obligadas a trabajar en condiciones inhumanas, sin poder escapar, por culpa de amenazas, abuso de poder, manipulación, u otras razones. Desde el punto de vista jurídico, el esclavo moderno no es propiedad del amo, lo cual permite disfrazar la esclavitud con la supuesta voluntariedad del sometido, obviando que determinadas condiciones político-económicas, como ocurre en sistemas totalitarios, las personas se ven obligadas a ello, por lo cual la voluntariedad resulta ficticia.
La pregunta clave es: ¿existe o no una relación esencial entre esclavitud tradicional y la esclavitud moderna? La respuesta obliga a partir de que los conceptos, no son un reflejo fijo y permanente de la realidad, sino que están en permanente cambio para reflejar la realidad cambiante.
Si todo se desarrolla, preguntaba la profesora Zaira Rodríguez Ugidos, “¿no rige eso también para los conceptos y categorías más generales del pensamiento?” De no ser así, significa que el pensamiento no está vinculado con la realidad cambiante.
En ese sentido el término esclavitud moderna es reflejo de la evolución, a través de la historia, de la esclavitud tradicional y conserva las características esenciales de ésta: la pérdida de libertad del esclavo, pues aunque una persona no sea propiedad de otra, determinadas condiciones sociales, económicas y políticas lo conminan a comportarse como esclavo.
En el caso de Cuba esas condiciones se originaron con la erradicación de la propiedad privada sobre los medios de producción, que dejó al cubano desamparado para actuar con autonomía. A esa imposición se unió el control estatal sobre la enseñanza, los medios de comunicación, la cultura y la desaparición de las libertades ciudadanas. Si además, la “enseñanza gratuita” convirtió a los educandos en un medio básico del Estado, lo cual facilita su empleo en misiones determinadas por el Partido-Estado-Gobierno. Primero para fines políticos, después para paliar la incapacidad productiva del totalitarismo implantado que arruinó la economía y condicionó la insuficiencia de salarios y pensiones para mantener una vida decorosa, lo que a su vez condujo a la sobrevivencia manifestada en la corrupción generalizada, el éxodo masivo y la participación “voluntaria” en misiones concertadas y controladas por el Estado.
Los trabajadores de la salud son un ejemplo vivo de ese cuadro. La insuficiencia de sus salarios se manifiesta en la disposición de marchar a otros sitios como medio de adquirir algunos utensilios del hogar, reparar la vivienda o satisfacer otras necesidades básicas de ellos y de sus familias.
Lo anterior explica que entre 1961 y 2013 –antes de inaugurarse el programa Más Médicos de Brasil – 836 142 civiles cubanos trabajaron en 167 países, según informó Dagmar González Grau, directora general del ministerio de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera ante la Comisión de Relaciones Internacionales de la Asamblea Nacional de Poder Popular en 1913 y publicado por el periódico Trabajadores.
En 2014 las autoridades de la Isla preveían ingresar más de 8 200 millones de dólares por el trabajo de más de 50 000 médicos cubanos en otros países, lo que representaba, de acuerdo a datos oficiales, el 64% del total de las ventas de servicios al exterior. Esa cifra convirtió a los galenos alquilados en la principal fuente de ingresos del Gobierno.
Por lo anterior, a las formas reconocidas de esclavitud como la trata de personas, el matrimonio forzado, la esclavitud sexual y el trabajo infantil, en el siglo XXI hay que añadir el alquiler de los profesionales cubanos.
La Convención sobre la Esclavitud –tratado internacional propuesto por la Sociedad de Naciones en septiembre de 1926– declaró ilegal la esclavitud. La Organización de las Naciones Unidas, sucesora de la Sociedad de Naciones, asumió ese compromiso; mientras la Convención Suplementaria de 1956 sobre la abolición de la esclavitud, la trata de esclavos y las instituciones y prácticas análogas a la esclavitud, extendió la prohibición y persecución acordadas en 1926 a conductas análogas o asimilables a la esclavitud, entre las que califica el alquiler de los médicos cubanos.
La Habana, 10 de agosto de 2025
- Dimas Cecilio Castellanos Martí (Jiguaní, 1943).
- Reside en La Habana desde 1967.
- Licenciado en Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana (1975), Diplomado en Ciencias de la Información (1983-1985), Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos en el (2006).
- Trabajó como profesor de cursos regulares y de postgrados de filosofía marxista en la Facultad de Agronomía de la Universidad de La Habana (1976-1977) y como especialista en Información Científica en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana (1977-1992).
- Primer premio del concurso convocado por Solidaridad de Trabajadores Cubanos, en el año 2003.
- Es Miembro de la Junta Directiva del Instituto de Estudios Cubanos con sede en la Florida.
- Miembro del Consejo Académico del Centro de Estudios Convivencia (CEC).

