La escasez, la crisis y el lenguaje

Lunes de Dagoberto

Cuba vive una nueva etapa de su crisis de siempre. El modelo económico de la empresa estatal socialista y los planes centralizados no funciona y sigue siendo la trinchera escogida para “resistir”. Cuba no tiene liquidez para cumplir sus compromisos financieros internacionales cuya deuda va de negociación en condonación y volver a empezar a incumplir, lo que quiebra la confiabilidad y la inversión extranjera. La falta de libertades y derechos, no solo políticos y cívicos, sino también económicos, sociales y culturales, bloquean internamente a las fuerzas vivas de la sociedad: las productivas y las espirituales.

Junto a esto que se ha llamado “continuidad” que, por otro lado debía tener apellidos como: en el fracaso, en la ineficiencia, en el desastre… concurren, además, las críticas situaciones de los aliados del gobierno cubano: Venezuela, Nicaragua, Argelia, Corea del Norte, entre otros pocos. América Latina ha dado el vuelco a la derecha y al centro. Unasur, Celac y Alba quedan casi desmanteladas.

En esta etapa de crisis gravísima, la escasez es el síntoma más alarmante. Todo escasea, todo aparece y desaparece. El Gobierno y algunos ciudadanos ingenuos echan la culpa de la escasez a los acaparadores, a las paladares y a los intermediarios, cuando la raíz del problema está en que el modelo económico no funciona. Lo ha demostrado ya por demasiado tiempo: 60 años. No hay dudas. Ningún gobierno ha tenido seis décadas con el poder absoluto en la mano y lo que ha conseguido es destruir el país y retrotraerlo a dónde nunca estuvo. Y si a alguien le cupiera alguna duda sobre la causa y la razón de esta crisis que miren a Venezuela, el país de mayor reserva de petróleo del mundo, con todo los recursos naturales y humanos para ser un país desarrollado. Y todo esto regresando o cultivando los mismos vicios del pasado y la misma desigualdad, y la misma inflación y la misma escasez de todo, y la misma angustia cotidiana, y la misma ganas de huir, de escapar, de fugarse a cualquier rincón del planeta.

Esto puede ocurrir en cualquier país y con cualquier sistema, ninguno es perfecto. Lo terrible y amargo es que cuatro generaciones de cubanos hemos perdido los derechos y libertades fundamentales en un experimento con humanos que tenía como objetivo cambiar el sistema, disminuir las desigualdades, desarrollar el país de forma humana y armónica, edificar un modelo de justicia social y fraternidad. Lo triste es que eso nunca llegó, que millones de cubanos han sufrido, llorado y muerto, esperando ver ese día. U otro día en otro sistema en que se lograran esas metas. Todo está peor que antes, pero no que el antes de hace 60 años sino, incluso, que el antes de los años 70 u 80. Es increíble lo peor que se puede poner “la cosa”, cuando ya uno cree que ha tocado el fondo de la crisis.

Pero lo más trágico e irónico de esta crisis profundizada es la represión del lenguaje. Hay un problema de semiótica y filología en el socialismo real: lo que es no es. Y si lo es, no puede llamársele como lo que es. Se inventa un metalenguaje.

Yo diría que para no decir crisis profunda y estructural se impone un eufemismo. Pero esta palabra tampoco es muy adecuada porque según el diccionario “eufemismo proviene de la palabra griega euphemo que significa “favorable/bueno/habla afortunada” y que se deriva a su vez de las raíces griegas eu (εὗ), “bueno/bien” + pheme (φήμί) “habla(r)”. Eupheme era originalmente una palabra o frase usada en lugar de una palabra o frase religiosa que no debía pronunciarse en voz alta; etimológicamente, eupheme es el opuesto de blasfemia (habla endemoniada).” Y crisis estructural no es ni buena, ni favorable, ni afortunada ni religiosa. Es un desastre. Quizá se acerque más a la realidad la “blasfemia”.

En efecto, en asamblea reciente de un organismo provincial una persona que estaba dirigiendo “bajo” claramente la orientación: “Compañeros, a esto no se le puede llamar “período especial”. Vamos a tener dos o tres años muy duros, pero hay que resistir.” De modo que no se puede usar el eufemismo inventado en los 90 que ya llamaba especial a un período crítico. Tampoco se puede mencionar estas dos palabras, hay que inventar otras: “situación compleja”, “coyuntura internacional”, guerra de cualquier cosa: económica, eléctrica, mediática… pero guerra. Pero no “período especial”. Así fueron de terribles aquellos años de los 90. Así fue de insufrible e indescriptible aquel período calificado por la manipulación semántica como “especial”. Si tan especialmente inhumano que se convirtió en una palabra maldita aún la inventada como paliativo lingüístico. Ya sabemos, estos sistemas cambian el lenguaje y le tuercen la nuca significante. Y ya en esa asamblea no solo se niega que haya un período de crisis sino que se prohíbe llamarle “especial”. Se miente por partida doble: escondiendo la realidad que todo el mundo desmiente al salir de la placita o de la largas y violentas colas; y se miente no llamando a las cosas por su nombre propio: crisis humanitaria, desastre económico, fracaso político, desintegración social.

Me pregunto: Entre “período especial”, “situación compleja” y desastre socio-económico-político, cual describe mejor la tozuda realidad que vivimos y que proclama todos los días que regresa la agudización de la crisis porque cayó la indestructible Unión Soviética y no escarmentamos. Seguimos buscando metrópolis de la cual depender, y apareció la Venezuela del socialismo del siglo XXI (que es idéntico al del siglo XX) y mientras duró allí el proceso de desintegración, vivimos nosotros aquí otra vez de una economía dependiente del petróleo ajeno. Otra vez fracasó el experimento en el siglo XXI y otra vez Cuba cae en la crisis del dependiente, del que no quiso ser independiente o mejor, interdependiente en un mundo globalizado en el que nadie, ningún país o bloque regional pueden vivir aislados.

Esconder lo que nos confiesa la cruda realidad es peor que la misma crisis. Porque no hay nada más injusto e inhumano que mentir para mantener una tranquilidad falsa y mediática que solo se puede vivir dentro del televisor porque ya se descubre y asoma nuevamente en las reducidas hojas de los periódicos del Partido. Y cuando la crisis llega a la propaganda y sus medios, entonces la crisis es más profunda y grave de lo que podemos sospechar. Así lo expresa Martí: ¨ ¿A qué palabras, en tiempos de hechos? Lo que se hace es lo que queda, y no lo que se dice. La lengua es fofa, y el brazo es membrudo.” (El Diario de la Marina. New York. 1894, noviembre 10. Tomo 3. p. 352)

El remedio está en vivir en la verdad. En que la palabra informe los datos de la realidad, porque esconderla supone dos serios problemas políticos: uno, no se confía en que el pueblo pueda asimilar otro “período especial” y dos, no se puede contar con el trabajo, el sacrificio consciente y la creatividad de los ciudadanos que es la única fórmula para salir de este callejón oscuro.

O quizá, no se sea aguantable ya pedir otra vez más sacrificios. O quizá, abrir esa brecha supone la pérdida del poder que se llama ahora, en un entuerto semántico mezclado con error gramatical como: “somos continuidad”.

Continuidad de qué, de poder o de la crisis. Del problema o de las soluciones. De los cambios que nunca fueron reales o del atrincheramiento de la plaza sitiada. Lo único que levanta el sitio es levantar la represión de los derechos, levantar el bloqueo de la iniciativa y las libertades económicas, políticas y culturales de todos los cubanos y no tener miedo a que nosotros, todos los cubanos, no vayamos a “saber” cómo reconstruir el país, o lo que es peor nos dejemos “manipular” por el “enemigo” externo. El verdadero enemigo es no confiar en los talentos, capacidades y patriotismo de los cubanos. Ese si es el enemigo y los que no confían lo saben.

Ya lo expresó el apóstol de nuestra libertad plena: “La palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla.” (“Ciegos y desleales”. Patria. New York. 1893, enero 28. Tomo 2.  P. 216)

Y Martí también nos dice en la Carta de New York. La Opinión Nacional. Caracas. 1882, marzo 4. Tomo 9. p. 271: “…la palabra tiene alas, y vuela caprichosa, y se entra en mundos ignorados e imprevistos, y aquel que habla en nombre del pueblo, ha de poner rienda doble y freno fuerte a su palabra alada.”

Rienda a la palabra, solución a la crisis, cambio estructural, esa es la salida de la perenne escasez material y espiritual. Cuba puede si puede sacar fuera, a la calle, a la empresa, a las instituciones, la libertad que sufre dentro. Hagámoslo.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

 

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
  • Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
    Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
    Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
    Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
    Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
    Reside en Pinar del Río.

 

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