Jueves de Yoandy
Ayer, Miércoles de Ceniza, los cristianos católicos iniciamos la Cuaresma, los 40 días que anteceden a la Semana Santa, donde cada año se actualizan los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. En días anteriores ha visto la luz el Mensaje del Papa León XIV con motivo de este tiempo litúrgico. Por su significado, no solo para los creyentes, sino para el pueblo cubano en sentido amplio, me gustaría comentar algunas de las ideas que el Santo Padre presenta.
En primer lugar, tenemos que el mensaje está enfocado en tres aspectos esenciales para la vida, no solo durante este periodo, sino a lo largo de todo el año: 1. Cultivar la escucha; 2. Desterrar las palabras hirientes; y 3. La unión entre los fieles.
La Cuaresma se presenta, en una sola palabra, como conversión. Tiempo para realizar en nuestro interior todos aquellos cambios necesarios. Pero esa actitud personal es capaz de nutrir el espíritu humano para empujar, también, hacia esa conversión social que no solo necesitamos, sino que anhelamos después de tantas vicisitudes, como los años del pueblo de Israel en el desierto. A decir del Papa León, la Cuaresma sirve para que “el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”. Un gran desafío para los cubanos, justamente mayor en esta hora de Cuba. Es también, como expresa más adelante, “un recorrido del camino que sube a Jerusalén”; es decir, hace alusión explícita a que la Cruz de Cristo es también la cruz de todos los hombres de buena voluntad que buscan la justicia, la verdad y la paz.
En el sentido de las tres claves, parte de la escucha como “primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro”. Es una petición que hacemos los fieles en cada ocasión para recordar, a los gobernantes de todas las naciones, la vocación de servicio a su pueblo, que se inicia con el diálogo y la receptividad y debe concluir con la resolución de los conflictos. Cuba vive su noche más oscura. Los gobernantes cubanos deben escuchar, ahora más que nunca, el clamor del pueblo. De esa retroalimentación, de esa escucha para llegar a la resolución de los problemas, pueden emanar buenos frutos si verdaderamente estamos atentos y reconocemos nuestras propias debilidades y las realidades de los demás. Para los responsables de los destinos de la nación, y para todos nosotros, ciertas realidades como la pobreza no deben ser ajenas. No hablar de ellas, ocultarlas, hacer caso omiso, o simplemente no escuchar, es dejar de reconocer esa realidad que “interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia”.
En el caso del ayuno, más allá de la práctica específica de la no ingestión de alimentos, que supone también una realidad para muchas familias cubanas no precisamente voluntaria, sino por la escasez, podemos llegar más profundo. Se nos convoca a un ayuno mayor, a un ayuno relacionado con el discernimiento de qué es prioritario en nuestra vida, qué es transitorio y qué es perenne. El Papa lo llama “ordenar los ‘apetitos’, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia”.
Se trata de un ayuno de todo lo malo que lacera el espíritu, que emponzoña las relaciones humanas, que enquista y paraliza la sociedad. Se trata de un ayuno orientado hacia el bien. No de sacrificios baldíos, sino de despojarnos, como la barca, de los escaramujos que, además de afearla, van destruyendo poco a poco el material original.
En concordancia con la escucha y con la unión que propone la tercera clave del mensaje, León XIV sigue desarrollando esa idea de un ayuno diferente que, propicia el diálogo y lo mantiene vivo, y mantiene el clima de unidad, aún en la diversidad más amplia. El Papa nos invita a “una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo”.
En estos tiempos de la historia patria, donde hay más discursos de odio que de fraternidad, donde hay más palabras hirientes que edificantes, donde hay un estilo ampliamente expandido de prejuiciar y tomar la “justicia” por nuestra cuenta, la convocatoria del Papa es directa y Cuba debería ponerla en práctica para demostrar su efectividad:
“Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas.”
El llamado a la unidad, que no uniformidad, significa recorrer juntos el camino no solo de sufrimientos sino, y sobre todo, un camino compartido de esperanzas. Donde la sinodalidad deje de ser una palabra y se convierta en una realidad tangible: el pluralismo y la inclusión. Donde la unión se base en el respeto de las voces de todos porque todos cuentan. “Donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor”.
Que esta Cuaresma incentive a creyentes y no creyentes a enderezar el rumbo y fortalecer el espíritu para los tiempos venideros que, como conmemoraremos más adelante con Jesús, después de la cruz, siempre viene la resurrección para Cuba.
¡Que así sea!
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

