“Jesús, la única y mayor riqueza que tiene la Iglesia”

HOMILÍA DE MONS. JUAN DE DIOS HERNÁNDEZ RUIZ, SJ, EN LA MISA DE TOMA DE POSESIÓN COMO OBISPO DE PINAR DEL RÍO, EL 13 DE JULIO DE 2019

 

Monseñor Juan de Dios pronunciando su homilía en la toma de posesión de la Diócesis de Pinar del Río. Foto de Yoandy Izquierdo Toledo.

 

Quien les dirige su primera Homilía como Obispo de Pinar del Río es un pecador, salvado y redimido por el amor misericordioso de Dios.

Hermanos en el Episcopado, respetadas autoridades civiles.

Queridos hijos e hijas de esta Iglesia que peregrina en Pinar del Río.

Queridos pinareños, creyentes o no, para quienes he sido también enviado.

A todos Ustedes que han venido de lejos a acompañarnos. Gracias. 

Quisiera expresar mi gratitud especial a Mons. Jorge Serpa, gracias Mons. Serpa por todos tus desvelos y entrega en esta porción de Iglesia, que has hecho crecer y andar durante doce fructíferos años.

Gracias Mons. Siro por tu amor silencioso y contemplativo que nos sigues entregando para tener vida en Él. Y, a ti, Cardenal Ortega que vives hoy abrazado al Crucificado y que diste tus primeros años de ministerio episcopal en esta tierra…

Vengo, con la perplejidad que provoca la acción de Dios en la vida de un hombre y en su Iglesia; vengo obediente a la intervención del Espíritu Santo en la persona de S.S. el Papa Francisco; hoy, en obediencia a Dios, asumo como pastor de esta grey el servicio de acompañarlos en la fe.

¡Qué les puedo brindar que no sea a Jesucristo, Señor de la historia! Es lo mejor que puedo darles porque es lo mejor que tengo, Jesús, la única y mayor riqueza que tiene la Iglesia, el don más preciado, la perla escondida de su Reino, la belleza de Dios. Jesús, el único suficiente.

Jesús que nos interroga, a ustedes y a mí, con la retadora pregunta de hace más de 2000 años: “¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?” A eso vengo, para que la respondamos juntos. 

Hace dos mil años un hombre formuló esta pregunta a un grupo de amigos. Y la historia no ha terminado aún de responderla. El que preguntaba era simplemente un aldeano que hablaba con un grupo de pescadores. Nada hacía sospechar que se tratara de alguien importante. Vestía sencillamente. Él y los que le rodeaban eran gente sin mucha instrucción, sin lo que el mundo llama «cultura». No poseían títulos ni apoyos materiales. No tenían dinero ni posibilidades de adquirirlo. No contaban con armas ni con poder alguno. Eran jóvenes, poco más que unos muchachos, y uno de ellos precisamente moriría antes de dos años con la más violenta de las muertes. Todos los demás acabarían, no mucho después, en la cruz o bajo la espada. Eran, ya desde el principio y lo serían siempre, odiados por los poderosos. Pero tampoco los pobres terminaban de entender lo que aquel hombre y sus doce discípulos predicaban. Era, efectivamente, un incomprendido. Los violentos lo encontraban débil y manso. Los custodios del orden le juzgaban, en cambio, violento y peligroso; los eruditos le despreciaban y le temían; los poderosos se reían de su locura. Había dedicado toda su vida a Dios, y llamaba a Dios, Padre.

Eran ciertamente muchos los que le seguían por los caminos cuando predicaba, pero, a la mayor parte le interesaban más los gestos asombrosos que hacía, los milagros o el pan que les repartía alguna vez, que todas las palabras que salían de sus labios y de su corazón. De hecho todos le abandonaron cuando sobre su cabeza rugió la tormenta de la persecución y de la muerte por parte de los poderosos, y sólo su madre y tres o cuatro amigos más le acompañaron en su agonía. La tarde de aquel Viernes Santo, cuando la losa de un sepulcro prestado se cerró sobre su cuerpo, nadie habría dado un centavo por su memoria, nadie habría podido sospechar que su recuerdo perduraría en algún sitio, fuera del corazón de aquella pobre mujer -su madre- que probablemente se hundiría en el silencio del olvido, de la noche y de la soledad, María de los Dolores.

Y… sin embargo, más de veinte siglos después la historia sigue girando en torno a aquel hombre. Los historiadores -aún los más opuestos a Él- siguen diciendo que tal hecho o tal batalla ocurrió tantos o cuantos años antes o después de Él. Media humanidad, cuando se pregunta por sus creencias, sigue usando su nombre para denominarse. Más de dos mil años después de su vida y su muerte, se siguen escribiendo cada año volúmenes sobre su persona y su doctrina. Su historia ha servido como inspiración para, al menos, la mitad de todo el arte que ha producido el mundo desde que él vino a la tierra. Y, cada año, decenas de miles de hombres y mujeres dejan todo -su familia, sus costumbres, tal vez hasta su patria- para seguirle enteramente, como aquellos doce primeros discípulos.

¿Quién es Ese que los enfermos, los débiles, sufrientes y atribulados alivian su dolor con solo mencionar su nombre?

¿Quién es Ese que los ancianos bendicen con la gratitud de la historia vivida?

¿Quién, quién es este hombre por quien tantos han muerto, a quien tantos han amado hasta la locura? Desde hace dos mil años, su nombre ha estado en millones de agonizantes como una esperanza, y de millares de mártires como un orgullo. ¡Cuántos han sido encarcelados y atormentados, cuántos han muerto sólo por proclamarse seguidores suyos! Y también ¡cuántos han sido obligados a no creer en Él con riesgo de sus vidas! Su doctrina, paradójicamente, inflamó el corazón de los santos. Discípulos suyos se han llamado los misioneros que cruzaron el mundo sólo para anunciar su nombre. ¿Quién es, pues, este personaje que parece llamar a la entrega total, este personaje que cruza de medio a medio la historia como una espada ardiente y cuyo nombre produce frutos de amor y de locura?

Pienso que el hombre que no ha respondido a esta pregunta de Jesús: “¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?” puede estar seguro de que aún no ha comenzado a vivir. ¿Y qué pensar, entonces, de los cristianos que todo lo desconocen de Él, que dicen amarle, pero jamás le han conocido, que dicen seguirlo y sus obras no lo demuestran?

Y es una pregunta que urge contestar porque, si Él es lo que dijo de sí mismo, si Él es lo que dicen de Él sus discípulos, ser hombre, entonces, es algo muy distinto de lo que imaginamos, mucho más importante de lo que creemos. Porque si Dios ha sido hombre, se ha hecho hombre, toda la condición humana, ser hombre adquiere el nivel más alto que pueda existir en la Historia, el nivel de lo divino.

Conocerle no es una curiosidad. Es mucho más que un fenómeno de la cultura. Es algo que pone en juego nuestra existencia, porque con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia. Que César fuera emperador nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera emperador de Alemania o de España, nada tiene que ver con mi salvación como hombre. Que Napoleón muriera derrotado, no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldea del corazón de África.

Pero ¡Jesús! Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en Él el hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre -Dios- se presenta como el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Por tanto -si esto es verdad- nuestro camino, nuestra vida, cambia según sea la respuesta a la pregunta sobre su persona.

¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia, sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus palabras?

A eso vengo, mis queridos pinareños, a descubrir a Jesucristo, a que juntos lo conozcamos mejor, lo amemos e imitemos.

Vengo a hacer crecer en mí y en mis sacerdotes los tres grandes amores para evangelizar a Cuba: uno, el amor a Jesús; dos: el amor a su Iglesia; tres, el amor a este pueblo que siempre hemos acompañado.

Vengo a nutrirme y trabajar con el carisma de la Vida Consagrada y a poner sus dones en función del Reino, para que nuestro vivir sea Cristo y el morir una ganancia.

Vengo a ayudar a moldear en cada seminarista la figura de Cristo, sumo y eterno sacerdote, con el ardor y pasión por el anuncio del Reino.

Vengo a que los matrimonios vivan su unión, como Cristo con su Iglesia.

Vengo a que nuestros jóvenes abracen el ideal de Cristo, de su entrega al Padre, como la mayor Esperanza que pueden brindarle a nuestra Patria, para la que nuestro venerable Padre Félix Varela pidiera la virtud.

Vengo a que todos lo encontremos a Él como el rostro más auténtico de Dios: Jesús, Aquel que en carne y sangre, de forma visible e histórica, trajo a la tierra el esplendor de la gloria de Dios. A Él se aplican las palabras del Salmo 45: “Eres el más bello de los hombres”. Y a Él, paradójicamente, hacen referencia también las palabras del profeta Isaías: “No hay en Él parecer, no hay hermosura para que le miremos, ni apariencia para que en Él nos complazcamos” (Is 53, 2).

En Cristo encontramos la belleza de la verdad y la belleza del amor; pero, como sabemos, el amor implica también la disponibilidad a sufrir, una disponibilidad que puede llegar incluso a la entrega de la vida por aquellos a quienes se ama (cf: Jn 15,13) y al perdón del enemigo (Mt 5, 44).

Cristo, que es “la belleza de toda belleza” como solía decir San Buenaventura (Sermones dominicales 1, 7), se hace presente en el corazón del hombre y lo atrae hacia su vocación, que es el amor. Gracias a esta extraordinaria fuerza de atracción, la razón sale de su torpeza y se abre al misterio. Así se revela la belleza suprema del amor misericordioso de Dios y, al mismo tiempo, la belleza del hombre que, creado a imagen de Dios, renace por la gracia y está destinado a la gloria eterna.

A lo largo de los siglos el Cristianismo se ha comunicado y se ha difundido gracias a la novedad de vida de personas y de comunidades cristianas capaces de dar un testimonio eficaz de amor, de unidad y de alegría con sus hechos. Precisamente esta fuerza ha puesto en «movimiento» a tantas personas generación tras generación. ¿Acaso no ha sido la belleza que la Fe ha engendrado en el rostro de los santos la que ha impulsado a tantos hombres y mujeres a seguir sus huellas?

Que resuene siempre en sus corazones, mis queridos hijos e hijas, la exhortación de Jesús: “Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

No hay belleza que valga si no hay una verdad que reconocer y seguir; si el amor se reduce a un sentimiento pasajero, si la felicidad se convierte en un espejismo inalcanzable, si la libertad degenera en opresión ¡Cuánto daño puede producir en la vida del hombre y de las naciones el afán del poder, de posesión, de placer!

Queridos hijos e hijas, lleven a este mundo turbado el testimonio de la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cf. Ga 5, 1). Lleven la extraordinaria fusión entre amor a Dios y amor al prójimo, esto embellece la vida y hace que vuelva a florecer la esperanza en el desierto en el que a menudo vivimos. Lleven la caridad que se manifiesta como pasión por la vida y por el destino de los demás, irradiándose en los centros de estudio y de trabajo, convirtiéndose en fuerza de construcción de un orden social más justo, allí se construye la civilización del amor, capaz de frenar el avance de la barbarie. Sean constructores de un mundo mejor en el que se manifiesta la belleza de la vida humana, en el que podamos vivir el amor matrimonial para siempre y la defensa de la vida desde su concepción.

En esta nueva misión me envuelven la Fe, Esperanza y Caridad de todos mis predecesores que, en esta Iglesia pinareña, entregaron sus vidas, esa nube de testigos que nos acompañan e interceden por nosotros; a ellos nos encomendamos, a San Rosendo, Patrono de nuestra Diócesis.

Les encomiendo y me encomiendo a la intercesión de María, Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, a la que invocamos como la “Toda hermosa”, un ideal de belleza que los artistas siempre han tratado de reproducir en sus obras, la “Mujer vestida del sol” (Ap 12,1), en la que la belleza humana se encuentra con la de Dios.

Por último, quiero cada día orar con ustedes como el discípulo amado, San Juan en el Apocalipsis y decir con toda la fuerza del amor: ¡¡Maranatha!!

“Ven Señor Jesús”. Amén.

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