Entre la perfección y el conformismo

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Hemos crecido repitiendo el famoso aforismo del filósofo francés Voltaire: “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Lo hemos usado a diestra y siniestra a modo de justificación, sobre todo cuando no llegamos o no nos esforzamos lo suficiente. Voltaire es conocido por su aguda crítica social, enfatizando en la razón y la moderación, y contraponiendo el realismo frente a la búsqueda inalcanzable de la perfección. Su propuesta de llegar a aceptar lo bueno como suficientemente valioso y útil nada tiene que ver con ese conformismo que puede producirse, escudándonos en su famosa frase.

Creo que si hablamos de perfección y conformismo estamos ubicándonos en los extremos, en las dos puntas de una línea que puede dejar en su intermedio lo más importante para el desarrollo humano en cuanto a valores y virtudes. Creo, además, que es más fácil esa posición que cultivar el centrismo, que no es más que el equilibrio.

El equilibrio es el punto clave en la vida personal; así como lo es en química, en biología, en política y en todo. Si somos capaces de entenderlo, aunque nos cueste porque se trata de mecanismos complejos cuando se alcanza, por ejemplo, el equilibrio ácido-base en una reacción química, o cuando hablamos de la homeostasis o equilibrio del medio interno que mantiene el organismo humano funcionando como un todo, podemos asumir que, sin ser fácil, es lo más óptimo y sano. Es lo que permite la regulación de las funciones y, por qué no decirlo de esta forma, contribuye al desarrollo humano integral.

En la política, no tan distinta en complejidad respecto a la vida humana, el equilibrio cobra un significado especial, porque esa regulación de la que hablamos en biología, o esas reacciones químicas que pueden ser espontáneas, pasan en este caso por un proceso que tiene que ver con la forma de pensar y con la actuación de los hombres, con la puesta en práctica, al servicio de los demás, de los dones y carismas que el político pueda poseer. Es así que el equilibrio político se refiere a la capacidad de gestionar los diferentes intereses, las diversas visiones y los poderes, de forma tal que se minimicen los extremos y se maximice la libertad y la responsabilidad, la estabilidad, la justicia y la paz social, el progreso y la equidad; es decir, que el Estado ejerza las funciones para las que ha sido instituido sin menoscabar el protagonismo de la sociedad civil.

Quizá nos resulte más conveniente entender la importancia del equilibrio cuando hablamos de política, porque vivimos ansiando ese balance entre fuerzas políticas, grupos sociales y Estado e ideologías de poder. Y porque abogamos para que ninguna de esas fuerzas se imponga con autoritarismo ni radicalidad.

Sin embargo, tenerlo tan claro en esas áreas de desempeño humano no nos puede eximir de cultivar ese equilibrio hacia lo interno de la persona, como un importante valor humano que repercute en nuestros comportamientos. El equilibrio ha sido ubicado en muchas tradiciones filosóficas y espirituales como un elemento central para alcanzar una vida más sana y plena. Por un lado, la búsqueda de la perfección puede llevarnos a la frustración cuando no se alcanza la meta deseada; al estrés si trabajamos arduamente y no llegamos a ese “ideal” que la mente dibuja, pero la realidad nos confirma como inalcanzable; y a la parálisis que viene detrás de la constatación de que aquello solo existía en nuestra mente. Por otro lado, en el otro extremo, el conformismo nos puede conducir a un estanco mayor, a una conformidad que no satisface y que va creando una personalidad raquítica y anémica, no muy distante del permisivismo o la cultura del “todo vale”.

Hagamos hincapié en que todo esfuerzo vale, aunque sabemos que toda obra puede ser perfectible. Eso es algo muy distinto de “tirar la toalla” a la primera o no trabajar con tesón porque, total, nada es perfecto. Eso es conformismo crudo y duro, y no crea, no edifica, no hace crecer a la persona.

Encontrar el equilibrio es de las empresas más difíciles en la vida. Es aprender a reconocer lo que es bueno y mejor y valorar lo que tenemos en el momento presente, sin dejar de aspirar a que esa obra humana puede ser mejorada. Es entender que la vida no tiene que ser perfecta para ser significativa, que en determinadas ocasiones el hacer es más importante que el hacerlo bien en todo momento, sin que esto vaya en detrimento de la calidad de las cosas.

En la tradición, desde los tiempos de la antigua Grecia y los primeros filósofos se habló del “justo medio”. “In medio virtus”, en el medio está la virtud, refiriéndose al equilibrio entre dos extremos, que bien pueden ser, en esta ocasión, la perfección y el conformismo. Si nos resulta fácil ver como valientes a todas aquellas personas que combaten el exceso de miedo interno y vencen a la cobardía, no nos debe parecer difícil trabajar constantemente dando lo mejor de nosotros mismos aún sabiendo que nada será perfecto. Conocer y asumir que así será, nada tiene que ver con un intermedio que también se coloca entre la perfección y el conformismo: la mediocridad. Y esa tampoco la queremos, ni la necesitamos.

 


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

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