
- Lo admirable, lo característicamente santiaguero de esta batalla de más de un siglo no fueron las mejoras que se conquistaron, sino la tenacidad y el denuedo con que se luchó a brazo partido por salvar el Seminario.
- Dr. Ricardo Repilado
Cuando se habla de educación en Cuba, muy pocas veces se hace referencia al que fuera el primer centro de estudios superiores de la Isla: el Colegio Seminario San Basilio Magno de Santiago de Cuba, cuya historia está tan llena de avatares como la región oriental donde nació. Era Colegio porque en él podían estudiar niños y jóvenes que no aspiraban al sacerdocio; y Seminario porque su principal objetivo era formar al clero diocesano. El nombre de San Basilio Magno lo lleva por la orden a la que pertenecía Fray Jerónimo de Nosti y Valdés, el bien recordado obispo que gestiona ante el Rey su fundación. Y es bueno añadir que, tanto en la portada de sus Estatutos como en los documentos de la época –eclesiales o civiles– se hace referencia al mismo como Seminario Conciliar, significando de este modo que obedece a lo establecido por el Concilio de Trento.
El Decimonoveno Concilio Ecuménico se inauguró en Trento el 13 de diciembre de 1545por el papa Paulo III, y se clausuró allí el 4 de diciembre de 1563 por el papa Pío IV. ElConcilio de Trento había dispuesto (en su sesión 23, por decreto del 15 de junio de 1563)que se erigiera al menos un Seminario en cada diócesis, mas el de Cuba no se crea hasta 1722.
Es interesante conocer las causas de esta demora: El Sínodo de Santiago de Cuba, celebrado en 1681 aunque en la portada de sus dos primeras ediciones diga 1684, trata en la “Constitución XIV del Título Segundo del Primer Libro” sobre la erección de los colegios seminarios, y en ella el Dr. D. Juan García de Palacios, el obispo de Cuba, plantea: “reservamos en Nos y en nuestros sucesores la ereccion y fundacion del colegio seminario en este obispado, para cuando se aumenten mas las rentas eclesiásticas y de las fabricas y hospitales, y se consiga de la Sede apostolica y de la catolica magestad de nuestro Rey y Señor, la translacion de nuestra iglesia Catedral á esta ciudad de la Habana” (sic).
Esta solicitud ya había sido hecha por el obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano, pues–mientras realizaba una visita pastoral– fue secuestrado en Manzanillo por el pirata francés Gilberto Girón y rescatado por los vecinos de Bayamo; hecho inmortalizado por Silvestre de Balboa en su obra Espejo de Paciencia, la cual es considerada el primer texto literario escrito en Cuba. Al regresar a Santiago encontró el obispo que unos corsarios, tambiénfranceses, habían saqueado y destruido del todo la Catedral.
Tanto la oposición de los santiagueros como el conflicto entre la autoridad civil y la eclesiástica -que la misma concepción del Patronato generaba-, impidieron el traslado de la Catedral para la capital de la Isla (hay que recordar que en ese tiempo sólo existía la diócesis de Santiago de Cuba y en esta ciudad quedaba la Catedral Primada). Esto explica por qué hasta más de siglo y medio después de terminado el Concilio no se funda el primer Colegio Seminario de Cuba: el San Basilio Magno, junto al antiguo obispado y muy cerca de la Catedral santiaguera, cumpliendo así, aunque tardíamente, el mandato tridentino. La Real Cédula del 19 de septiembre de 1721 autorizó la fundación de un seminario en la diócesis cubana y al año siguiente se procede a su creación.
Es preciso retrotraerse en el tiempo para señalar que en 1605, en el modestísimo edificio del antiguo hospital habanero que se alzaba entre la parroquia y el convento de San Juan de Letrán, había fundado Cabezas Altamirano el primer “seminario para la formación de sacerdotes”, institución que se sostuvo algún tiempo, con la ayuda del ayuntamiento y del vecindario. En 1608, el rey ordenaba al gobernador que devuelva a la Orden Hospitalaria el edificio que ocupaba el seminario y los soldados desalojan del local a los seminaristas. En 1689 el obispo Diego Evelino de Compostela funda, también en La Habana, el Seminario San Ambrosio que, como el anterior, no dependía del Rey ni obedecía a lo establecido en Trento, puesto que, aunque se reconoce al San Basilio como el primero, no pueden olvidarse los anteriores esfuerzos para la formación de sacerdotes cubanos.
Cuando el 14 de abril de 1722 el entonces deán de la Catedral Pedro Agustín Morell de Santa Cruz hacía realidad el sueño del seminario santiaguero, lo instaló en dos casas cercanas a la Catedral y que por el momento creyó apropiadas, pero años después, ya obispo, las consideró poco apreciables, y en la visita pastoral de 1756 comenta: “El Collegio Seminario… Estuvo corriendo, aunque sin formalidad… sus Fabricas… son mui humedas, e inhavitables en tpo de aguas” (sic). Refiriéndose a su organización interna dijo que “el Seminario comenzó a correr, aunque sobre un pie verdaderamente inútil”.
Tenía razón el obispo historiador, el Seminario, que nace con ilusión de Universidad, como hubiese deseado el obispo Valdés al solicitar a Felipe V “que se erigiese un Colegio Seminario, en que se lograse la buena educación y enseñanza de la Juventud”, no sólo no funcionó como se esperaba, sino que antes de cumplir su segunda década, en 1738, fue cerrado con el pretexto inicial de la llamada “Guerra de la Oreja de Jenkins” para convertirlo en hospital, y no volvió a abrir sus puertas hasta 1754.
Para la ciudad de Santiago la institución constituyó un incipiente foco cultural, quien inicia la literatura local es el presbítero santiaguero Miguel José Serrano –vicerrector y profesor de Gramática del Seminario–, que escribe sus octavas reales inspiradas en el terremoto que recientemente había asolado la ciudad en 1766.
Es de notar que, todavía a comienzos del XIX, la vida citadina de Cuba –así llamaban entonces a Santiago– no tenía mayor esparcimiento que la música de la Catedral y el jolgorio de los bailes populares; mientras tanto, en el Seminario se desarrollan acontecimientos que propiciarían el despertar intelectual de la población. En sus predios, tres personalidades nacionales regentean cátedras: el Canto Llano lo imparte el presbíteroJuan París, amante y difusor de la música clásica; el Dibujo lo explica el dominicano Juan de Mata y Tejada, uno de los primeros grabadores de la Isla; y la Filosofía está a cargo de Francisco Muñoz del Monte, dominicano de alto prestigio en la cultura.
Fruto de este Seminario sería el primer criollo obispo titular de Cuba, y fundador del Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana: el doctor Santiago José de Hechavarría Elguezúa y Nieto de Villalobos, que fue el último obispo con el título de Obispo de Cuba, Jamaica y la Florida más el territorio añadido de la Luisiana, pues en 1789 se divide la diócesis de Santiago de Cuba al erigirse la de San Cristóbal de La Habana. Y justo es decir que el preterido Seminario santiaguero vio pasar por sus aulas a profesores de la talla de Esteban Salas, padre de la música culta cubana; a Juan Bautista Sagarra Blez, el pedagogo santiaguero más importante del siglo XIX, quien utiliza como textos los libros de Félix Varela hasta que el arzobispo Fray Cirilo de Alameda y Brea se lo prohíbe; a Tristán de Jesús Medina, el inquieto y atormentado bayamés a quien don Marcelino Menéndez y Pelayo dedica varias páginas en su Historia de los heterodoxos españoles; y a Francisco de Paula Barnada y Aguilar, primer arzobispo cubano. Entre sus alumnos están el padre Bernardo del Pico, el poeta Manuel Justo Rubalcaba y Sánchez, José Antonio Saco, Laureano (Lauro) Fuentes, Donato del Mármol, Diego Vicente Tejera, Rafael Merchán, nombres que bastan para gloriar sus aulas.
Y una inquietud se vuelve pregunta natural: ¿Por qué el Seminario San Basilio Magno, primero de la Isla, por cuyas aulas pasó el santiaguero que funda el San Carlos y San Ambrosio de la Habana, se queda a la zaga mientras éste florece hasta convertirse en centro cultural del país y cuna de la cubanía? ¿Acaso olvidó su cuna este pastor ilustrado? ¿Por qué en Santiago las fundaciones, quizá hasta pioneras en la Isla, desmayan y decaen?
Quizá haya quien hable de fatalismo geográfico… ayer u hoy. Mas en verdad las causas tienen otro origen.
A mediados del siglo XVI la capital había sido trasladada a la “Havana”, y ésta, aunque no fue de las primeras villas, inició un rápido despegue económico que traería aparejado su crecimiento en las demás dimensiones, a tal punto, que los obispos preferían residir en la capital, a pesar de que su catedral estaba en Santiago –la que alguno no llegó a pisar–. Por otro lado, era interés de la Corona fortalecer la capital, tanto en lo material como en lo concerniente al desarrollo intelectual. Baste señalar que el nombramiento de maestro lo daba a un santiaguero la Universidad de La Habana.
Para dejar clara la acción del obispo Hechavarría, diremos que cuando realiza visita pastoral a su ciudad natal en 1774 hacía ya dos años que funcionaba el Seminario habanero con los Estatutos escritos por él, y al visitar al que había sido su Colegio apunta:
En lugar de Colegio, hallamos una casa tan desmantelada que no podria habitarla un padre de familia tranquilamente, aun en Ciudad que no fuese perseguida de terremoto; sin fortaleza en sus fabricas, sin distribucion en sus oficinas, y sin orden en nada, carecen de Aulas las enseñanzas. Son unos calabozos los aposentos de los jovenes, falta de muebles y decencia se echan menos las piezas de primera necesidad; y el todo es verdaderamente un caos confuso… (sic).
Y su preocupación se vuelca en obras. Escribe sin demora los nuevos Estatutos, que aunque seguían cerrando sus puertas a los que carecieran de “limpieza de sangre”, las abrían a las corrientes de la Ilustración. Así, el nuevo plan de estudios daba entrada, entre otras materias, a la Física Experimental y al Derecho Civil; en lo tocante a la Filosofía su curso habría de cambiar, pues, al igual que en el habanero, los profesores no tendrían que ceñirse a un solo autor, sino a lo que al maestro le pareciera más conveniente. El obispo quería su Colegio Seminario a igual altura que el de La Habana, para que “puestos en ambos cabos de nuestra Diocesis dos talleres de instruccion, para nuestros amados subditos, tendran donde acudir para ella sin dificultades ni gastos” (sic).
El Seminario respiró nuevos aires, sus cátedras supieron de profesores brillantes y llegó a ser centro de la vida cultural santiaguera. Allí se estableció una biblioteca pública en 1834.Para esta fecha tenía una matrícula de 120 alumnos, de los cuales sólo 14 eran seminaristas.El bayamés José Antonio Saco, que realiza sus primeros estudios en el San Basilio, señala en su autobiografía que siendo él estudiante se le acercó un profesor, el abogado José Villar, para decirle: “Procure usted ir a La Habana, en donde hay un clérigo muy joven, llamado Varela, que enseña verdadera filosofía moderna en el Colegio de San Carlos de aquella ciudad”. Si bien esta anécdota nos muestra que la calidad de la enseñanza era inferior en el Seminario santiaguero, pone también de manifiesto la calidad y entereza de sus profesores.
Sin lugar a dudas, hasta comienzos del siglo XIX el Colegio Seminario de Santiago era motivo de orgullo para los vecinos, en sus lares se reunían los amigos de la SociedadPatriótica; pero la falta de recursos y la mala administración llevaron a su decadencia, la década de 1840 la contempló con dolor, vio su rápido declinar en todos los sentidos.
En 1849 -según apunta Bacardí en sus Crónicas– el Sr. Sánchez y Limonta pide a las autoridades: “se permita al Seminario de esta ciudad algunos estudios mayores, según existían antes, tratando de remediar una necesidad gravísima, que tiene afligida y desconsolada, no solamente á la ciudad, capital que cuenta más de 35.000 habitantes, sino á toda la provincia, que á larga distancia de la opulenta Habana, en donde todo sobra, tiene que buscar su previo recurso en Santiago de Cuba, donde todo falta, y que esa necesidad del Colegio Seminario, monumento en otro tiempo de las glorias del país, es hoy simulacro de nuestra decadencia” (sic).
La diócesis primada estaba sin arzobispo desde 1837, luego de la rápida huida de fray Cirilo de Alameda, reconocido carlista. Y España, advertida por su experiencia americana, trata de descubanizar al clero: dejará sin gobierno las dos diócesis y apartará de los altos cargos eclesiásticos a los sacerdotes cubanos. Hasta qué punto, durante las guerras emancipadoras, puso limitantes a los seminaristas por sus ideas, es algo que requiere investigarse.
Como gobernador eclesiástico fue nombrado D. Francisco Delgado, pero el Cabildo de Santiago no estaba de acuerdo y esto produjo tensiones. Al fin es depuesto, y en un acto de lucidez eclesial el presbítero Delgado delega sus facultades jurisdiccionales en un canónigo recién llegado, el P. Jerónimo Mariano de Usera y Alarcón, hombre bondadoso, sencillo y apóstol carismático. El Cabildo recibe con agrado este nombramiento. Usera tiene gran preocupación por la reforma del Seminario San Basilio. En 1849 trata de convencer al Gobernador de la provincia oriental y escribe también al Gobierno Central de Madrid para tratar de “dar nueva vida al seminario”. Junto al ayuntamiento, acude al Capitán General, pero no era ésta la política Colonial que más bien deseaba que no se elevara el nivel cultural de los cubanos. El P. Usera quiere transformar el Colegio-Seminario en un Centro de estudios de segunda enseñanza en el que no sólo se preparen bien los futuros sacerdotes, sino también la juventud del Oriente de la Isla. Quería tener todo listo antes de que llegara el nuevo arzobispo.
San Antonio María Claret es nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba en 1849, y toma posesión el 18 de febrero de 1851. Se encuentra a su llegada con una arquidiócesis extensa y llena de problemas sociales, políticos, morales y religiosos. Aunque él apoyaba la monarquía como sistema político, y no aceptaba las corrientes independentistas, no dejaba por eso de darse cuenta de los pecados sociales y denunciarlos, viendo en ellos la causa de lo que ocurriría en la isla, por eso dijo: “En estas tierras hay unos principios de destrucción, de corrupción y de provocación de la justicia divina”. En su tiempo no existía aún la Doctrina Social de la Iglesia como cuerpo doctrinal, pero muchas de sus obras responderían a esos principios.
Sobre este arzobispo diría Mons. Eduardo Boza Masvidal:
A San Antonio María Claret no lo podemos llamar estrictamente cubano porque no nació en nuestra Isla, pero sí podemos llamarlo con toda propiedad un santo de Cuba, porque vivió en Cuba, cuya diócesis comprendía las provincias de Oriente y Camagüey, y sobre todo porque amó extraordinariamente a Cuba y luchó sin descanso e incluso regó con su sangre nuestra tierra en un atentado de que fue víctima.
Su preocupación por la educación es evidente, fundó en Santiago de Cuba la Congregación de Religiosas de María Inmaculada, Misioneras Claretianas, a las que él mismo llama las Monjas de la Enseñanza, ya que su objetivo era la educación de las niñas pobres; también se preocupó porque funcionara en la cárcel una escuela de artes y oficios “porque la experiencia enseñaba que muchos se echaban al crimen porque no tenían oficio, ni sabían cómo procurarse el sustento honradamente”. Y por supuesto, se da con ahínco a la tarea de hacer del Seminario lugar capaz para formar sacerdotes, y reconociendo la labor de Usera dirá: “El licenciado Jerónimo Usera, Vicario General del Arzobispado, reformó el Seminario San Basilio de los achaques que con el tiempo había contraído”. Nombró como profesores de su claustro a santiagueros de reconocido prestigio.
Pero quiere el Seminario sólo para los que van a ser sacerdotes, y escribe unos nuevos Estatutos. En su Autobiografía podemos leer:
Reparé el Seminario Conciliar. Más de treinta años habían pasado sin que seminarista interno se hubiese ordenado. Todos empezaban la carrera diciendo que tenían vocación, se instruían a expensas del Seminario, y al último, decían que no querían ser Curas, y se graduaban y se recibían de abogados. Así es que en Santiago hay un enjambre de abogados criados e instruidos a expensas del Seminario, y los pocos Curas eran externos. (555)
…Puse por Rector de dicho Seminario a D. Antonio Barjau, Sacerdote dotado del cielo para educar niños y jóvenes… y muchos de ellos ya se han ordenado y otros se van ordenando. (556).
En 1852, Claret gestiona ante el rey la concesión del título de Seminario Central para el San Basilio, petición que volvió a ser hecha por el arzobispo D. José Martín de Herrera y de la Iglesia (1875-1889). Por Real Cédula de junio de 1892 se declara Central el Seminario de San Basilio Magno, para que en el mismo se confieran grados mayores en ciencias eclesiásticas, lo cual fue aprobado rápidamente por Roma, esto le confería una mayor libertad. La dilación de los trámites hizo que al comenzar la Guerra de Independencia no estuviera oficializada esta condición y las autoridades recomendaron que no se llevara a efecto. No convenía al poder colonial español que tuviera más autonomía.
Al Capitán General de Cuba le escribe -a finales de agosto de 1856– una carta de 12 páginas, en la que pide haga el expediente para pedir la dotación correspondiente y le presenta el Plan del nuevo arreglo del Seminario Conciliar de San Basilio Magno, para poder atender a las urgencias y responder al objetivo que tiene esa institución, porque “sinSeminario bien organizado y establecido, no hay Clero virtuoso e instruido, y sin clero idóneo y suficiente llega a ser la religión un vano nombre, la moral se relaja y el estado no es quien recibe menos detrimento… la actual renta anual del Seminario no llega a 6.000 pesos, no es posible que dé un fruto proporcionado a las necesidades de la Diócesis… una idea de la mayor transcendencia en materia de Seminarios, y es, que los clérigos seculares o regulares que en él funcionan, han de merecer la completa confianza del obispo, a quien nada importa tanto como asegurarse de que el plantel del Clero sea tal cual conviene a las sagradas funciones…”. (Epistolario Claretiano I, carta n° 481)
Aaunque tuvo que regresar a España como confesor de la Reina Isabel II, su preocupación por el Seminario santiaguero se mantiene viva, y el 31 de agosto de 1860 -en carta a laMadre María Antonia París de San Pedro, fundadora de las Religiosas de María Inmaculada-, decía: “Veo que el mundo está perdido, y no sé hallar otro medio que la formación de un buen clero, que con su ejemplo y predicación dirija a las ovejas del Padre celestial; y no dudo que se conseguirá”.
Es preciso apuntar que, cuando el Cisma de Orberá-Llorente, fue deportado el presbítero Antonio Barjau y Cortina, que había sido nombrado rector del San Basilio por San Antonio María Claret y fue brazo ejecutor de las necesarias reformas emprendidas por este arzobispo. Y el mismo Seminario fue convertido en cárcel donde guardaron prisión dos de sus protagonistas, el Dr. José Orberá Carrión, que había sido elegido como vicario capitular por el cabildo eclesiástico santiaguero, y el canónigo penitenciario Don Ciriaco María Sancha y Hervás, allí estuvieron recluidos bajo custodia armada (también sufrieron prisión en el castillo del Morro de Santiago de Cuba).
Tras el decurso de los años, podemos decir que ni las penurias económicas, ni las negligencias, ni el encarcelamiento y destierro de algunos de sus profesores, indómitos como el Oriente que ilustraban, impidieron que el Seminario santiaguero constituyera para la ciudad balcón abierto a una cultura más universal. Sus aulas, pobres y mal dotadas, supieron de cubanos que devendrían próceres.
Tres han sido sus sedes oficiales. La primera, en la que funcionó hasta 1908, dio nombre a la calle San Basilio (y así le sigue llamando el pueblo aunque hace ya más de un siglo lleve el de Bartolomé Masó). La segunda fue construida especialmente para albergarlo, muy cerca del Santuario de la Virgen, y se inauguró el 8 de septiembre de 1931; este edificio, amplio y apropiado, es hoy la Casa de Retiros y Convivencias, sede también de eventos que abren sus puertas a todos sin mirar credos ni ideas. Más tarde, las nuevas circunstanciasrequieren reajuste –los seminaristas son menos y algunos estudiaban también en el Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad– y se traslada en 1968 al antiguo convento de las Siervas de María fundado en 1875, allá en lo alto de la Loma de los Desamparados, en pleno corazón del Tivolí santiaguero, y allí funciona hasta que finaliza el curso 2022 –2023.
Antes de terminar, una breve referencia a sus distintos cierres. Ya citamos el primero, en 1738, hasta que luego del reclamo de los santiagueros y por gestiones del obispo Morell de Santa Cruz, que quería verlo convertido en Universidad, vuelve a abrir sus puertas en 1754. La segunda vez es en 1790 cuando el Dr. Antonio Feliú y Centeno, primer obispo de Santiago de Cuba después de la división de la diócesis única, lo cierra por incosteable, al mermar rentas y diezmos a causa de esta división; lo reabre el Dr. Joaquín Osés de Alzúa y Cooparacio –que se convertirá en el primer arzobispo santiaguero– en 1792, reapertura que inició una de las mejores épocas del Seminario. Durante las guerras independentistas el Seminario continúa funcionando, pero es cerrado por tercera vez en 1908, cuando el antiguo edificio es cedido por el arzobispo Barnada a los Hermanos de La Salle para que funden en él su Colegio “Nuestra Señora de la Caridad”, conocido mejor por el nombre de Colegio de La Salle que le da la población. En octubre de 1917, antes del año de ocupar la sede santiaguera, el arzobispo Félix Ambrosio Guerra reabre el Seminario en la planta baja del antiguo edificio del arzobispado. Su sucesor, Fray Valentín Zubizarreta y Unamunsaga, decide la construcción del nuevo edificio junto a la Basílica de El Cobre.
Al concluir el curso 1957-58, el entonces rector del Seminario, P. Mariano Ruiz S.J., plantea al arzobispo santiaguero, Mons. Enrique Pérez Serantes, la situación peligrosa en que se encuentra la institución por motivos de la lucha insurreccional, y se decide su traslado al Colegio Montserrat que tenían los jesuitas en Cienfuegos, y ahí comienza el nuevo curso, mas sólo por breve tiempo; en febrero de 1959 regresa a El Cobre donde continúa funcionando hasta su traslado a Santiago. En el 2023 varias son las causas que llevan a la justa decisión de llevar la formación de los seminaristas de todas las diócesiscubanas al Seminario habanero.
Durante un breve tiempo el Seminario San Basilio Magno fue campus universitario de una Universidad foránea –la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de República Dominicana–, mas, aunque en estos momentos “descansa” de su misión formativa, aún perdura el sueño oriental de verlo convertido en un centro católico de educación superior.
A lo largo de sus tres siglos de existencia, el Colegio Seminario Conciliar santiaguero, otrora también hospital y hasta cárcel, sigue afrontando los retos del reclamo con que naciera: ser semillero fecundo de sacerdotes consagrados que amen con un mismo corazón a Cuba y a Cristo —al estilo de Varela—, y que como él sean también luz y aurora para la sociedad civil con la que peregrinan, porque su Semillero es puerta abierta y fuente generosa de cultura cubana.
El Seminario ha de encarnarse en la historia para ser historia, hunda pues sus raíces en la tierra madre para servir a su gente, y en retornando a su sino fundacional de “Colegio-Seminario”, pueda ampliar el abanico de sus aulas y verter cubanía por los caminos del Reino do se fragua la bienandanza Patria.
- Termino con unas palabras de Tristán de Jesús Medina, alumno y luego profesor del Seminario:
- Matar los sueños fantásticos es condenar a la inercia
- las activas aspiraciones a la verdad;
- es cortarnos las alas invisibles que nos impulsan
- a lo mejor que todavía no vemos.
- María C. Campistrous
- Santiago de Cuba
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