Jueves de Yoandy
A propósito de estos días, en que desde el gobierno se vuelve a pregonar la idea de que José Martí fue el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada, me gustaría compartir parte de la conferencia que presenté en noviembre de 2023 en el Centro Cultural Cubano de New York. Debemos recordar a Martí no a través de las consignas vacías y que no transmiten más que una idea repetida sin lugar a la interpretación, sino como uno de los pilares fundacionales de la Nación cubana, una de las mentes más geniales de todos los tiempos que, obviamente, no soñó la Cuba que hoy tenemos.
La extensa obra de José Martí abarca una dimensión extraordinaria; es por ello por lo que podemos encontrar textos martianos referidos a disímiles temáticas, a veces algunas de ellas inimaginables. Sin embargo, el tema religioso ha sido poco estudiado y mucho menos divulgado. La declaración del Estado cubano de su carácter laico y la vinculación del pensamiento martiano a las concepciones de la Revolución y el Partido han deformado en diversas aristas todo el aporte del más universal de los cubanos, y ha introducido sesgos como este de la exclusión de la fe, la religiosidad y sus ideas acerca de Dios y de la iglesia.
Estas últimas temáticas nos pueden acercar más a Martí entendido como persona humana y no, exclusivamente, como homo politicus.
“Un religioso sin religión”
En la amplísima producción literaria de José Martí encontramos múltiples, no solo referencias, sino reflexiones sobre lo divino y lo sagrado, desde simples invocaciones a Dios, definiciones muy personales y adelantadas para su época, opinión sobre los sacramentos administrados por la Iglesia católica (como el Matrimonio y la unción de los enfermos) y otras cuestiones más difíciles de abordar para quien no haya tenido una formación familiar y educativa en torno a la religión.
Estableció su propia definición sobre qué es la religión y qué es ser cristiano. Por supuesto, basado en la relación que, solo puede establecer un conocedor de la doctrina, aún más, de su aplicación social, aterrizada a la vida de los hombres, lo que hoy llamamos la Doctrina Social de la Iglesia, el papel del laico cristiano en el mundo. Es el vínculo entre el homo socialis y el homo religiosus. El hombre necesita de una espiritualidad para poder vivir, consciente y de la mejor forma posible, los cambios y las realidades sociales a las que se enfrenta en la época que le ha tocado vivir.
También es conocido que Martí, en sus diversos proyectos literarios, muchos de ellos inconclusos, como es el caso del libro sobre las religiones en el continente americano, que pensaba ponerle por título “Los milagros en América”, aborda el tema de las religiones. En este proyecto concreto escribió sobre algunos momentos clave en el proceso de cristianización de las Américas que conforman la historia de esta parte del mundo, con aportes de figuras dentro de la Iglesia que se encargaron de transmitir la fe y mantener la tradición.
En las 324 citas que podemos encontrar en las Obras Completas agrupadas bajo el código de religión, podemos movernos desde definiciones concretas como las anteriores, hasta otras más específicas relacionadas con la religión protestante, con la religión de los romanos, la religión de los griegos y toda una valoración sobre la religión en Norteamérica influenciado por el contacto que tuvo con la sociedad y el pueblo trabajador en aquellas tierras.
Ese bagaje religioso que adquiere porque lee, estudia, conoce y porque vive en diferentes sociedades, España, Guatemala y Estados Unidos, geografías distintas, distintas culturas y formas de expresión de una misma fe en Cristo, no provocan que Martí desarrolle una postura antirreligiosa, sino que critique, desde sus conocimientos bien fundamentados, las falsas prácticas y los errores humanos de las religiones establecidas y los poderes de los hombres cuando intentan deformar la ley de Dios y aplicarla a su libre antojo. Es por ello por lo que plantea, como profeta adelantado a su tiempo, la necesidad de una nueva forma de vivir la religión en correspondencia con la nueva época que estaba comenzando a vivir la humanidad. No habla desde el ateísmo, ni desde el punto de vista del reduccionismo, sino que ve como una riqueza que obliga a formular nuevas ideas, pero por el mismo camino de la verdadera religión. Suma, no resta, se abre a lo nuevo, no cierra la puerta a las posibilidades de crecimiento espiritual: “El hombre se ensancha y la religión con él”.
Estas experiencias de las que se nutre Martí durante su vida en el exilio, tanto estudiando como preparando la Guerra Necesaria, en su contacto con los medios de comunicación americanos, con los tabaqueros sencillos, gente humilde de Tampa y Cayo Hueso o intelectuales de esta gran urbe neoyorquina; así como la realidad insular de encadenamiento y subordinación de la Iglesia cubana al Patronato Regio, es decir a la voluntad de los reyes de España, constituyen el caldo de cultivo para revelarse no contra Dios, sino contra los poderes eclesiales subordinado al poder político. Justamente haciendo uso de la libertad, porque para él: “… nada ayuda más eficazmente que la libertad a la verdadera religión”.
En la concepción martiana de religiosidad se pueden diferenciar fácilmente dos elementos que, incluso, él separa de forma tácita: la religión natural, el seguimiento del mandato divino en cuanto a bien, bondad y amor al prójimo se trata y las religiones corruptibles, fruto de las interpretaciones, acepciones y denominaciones que puede hacer el hombre, ya sea con fines de dominación explícita o introduciendo deformaciones derivadas de incoherencias, extremismos y fanatismos.
En resumen, Martí entiende la religión como en sus orígenes y concepciones primigenias de religar, agrupar, unir, para adaptarla a las sociedades diversas, cambiantes y en constante evolución.
Inseparable para él la religión de los valores, resalta la necesidad de resolver el dilema que a veces se presenta entre la ética y la religión, lo sagrado y lo profano, lo personal y lo social, lo religioso y lo laico. En cualquier caso, llamándole hecho religioso a esa experiencia mística del encuentro del hombre con Dios, Martí tiene una definición completísima y esclarecedora, que demuestra que, más allá del dogma pondera los valores humanos y la espiritualidad que nos hace hombres y mujeres de bien:
“Hay en el hombre un conocimiento íntimo, vago, pero constante e imponente de un gran Ser Creador. Este conocimiento es el hecho religioso, y su forma, su expresión, la manera con que cada agrupación de hombres concibe a Dios y le adora. Esto es lo que se llama religión. Por eso, en lo antiguo hubo tantas religiones como pueblos originales hubo; pero ni un solo pueblo dejó de sentir a Dios y tributarle culto. La religión está pues en la esencia de nuestra naturaleza. Aunque las formas varíen, el gran sentimiento de amor, de firme creencia y de respeto, es siempre el mismo. Dios existe y se le adora”.
Dios, Patria y Libertad convergen en Martí para fecundarse entre sí, para presentarnos el camino hacia el horizonte de una República que debe reconstruirse según el Proyecto de Nación de Varela y Martí que, como todo horizonte se presenta inalcanzable, pero que es el mayor acicate para seguir viviendo con fe y esperanza en Cuba y para Cuba. He aquí sus tres pilares:
Dios como Creador, Redentor y Paráclito del Amor, el Bien, la Justicia y la Paz, por el que se vive y por el que también se muere en la cruz todos los días en Cuba;
Patria como la entrañable Cuba, la nación que sufre, hoy desmigajada y herida, por no conservar sano su corazón; y por haber sacado o escondido a Dios;
Libertad como el regalo que Dios nos da para que vivamos responsablemente en la Patria que nos vio nacer, amándola a ella y amando al prójimo como a nosotros mismos, que es también para el Apóstol, y para Cristo, amar a Dios.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

