El Día de la Felicidad en Cuba

“Mi Isla”. Instalación. 2024. Obra de Frank Hart.

Cada 20 de marzo, la Asamblea General de las Naciones Unidas nos invita a la conmemoración del Día Internacional de la Felicidad. Sin embargo, cuando el almanaque marca la fecha en Cuba, esta celebración se encuentra con una realidad contundente: apagones que se prolongan por más de 20 horas, refrigeradores vacíos, transporte público paralizado y una juventud que se encuentra mirando al futuro con cada vez más dudas y menos esperanza. En este modo de supervivencia, donde la Opción Cero ha vuelto a instalarse en la cotidianidad popular, y el cocinar con leña en los patios y en las calles se han convertido en la nueva normalidad, la pregunta que surge es inevitable: ¿dónde queda el espacio para la felicidad en Cuba? 

Después de ser un consuelo, la respuesta se revela en lo más profundo de la identidad cubana, donde la resiliencia es convertida en una forma de vida. En un país donde la economía se desmorona y el turismo, el antiguo motor de la isla,apenas late totalmente en su capacidad, la felicidad no puede medirse por el consumo o el bienestar material. 

Aquí la alegría se ha replegado hacia adentro, hacia lo más comunitario, hacia el barrio, cuando el Estado ausente no puede llegar. Las calles pueden estar vacías y oscuras, pero en los portales se gesta una resistencia, vecinos que se ayudan con algún medicamento, un poquito de azúcar, un poquito de sal, madres que organizan cómo apvrovechar la luz de las tardes para que los hijos puedan hacer tareas escolares, o a la luz de un teléfono. Todo esto sin olvidar cuáles funciones corresponden a la familia y cuáles al Estado. Todo esto sin olvidar cuál es la raíz de este mal sistémico.

Se escucha constantemente la frase nosotros tenemos una capacidad de adaptarnos a lo peor que en otro país sería insoportable, y así nos reímos de nuestras propias desgracias. Esa capacidad no es solo supervivencia física, sino emocional, que implica despertar cada día sin electricidad, sin agua potable, sin medicinas para el familiar enfermo, y aún así encontrar un motivo para salir a la calle con la cabeza en alto, para preservar la dignidad humana.

La maestra que da clases dejando atrás los problemas de su hogar, el médico que recorre kilómetros a pie para visitar a sus pacientes por falta de combustible, y sin medicamentos para establecer tratamientos, los jóvenes que comparten en una partida de dominó mientras esperan a que venga la luz, todos ellos intentan mantener viva la esperanza; pero eso no es felicidad.

La felicidad aquí no es un estado de ánimo permanente, sino un acto de rebeldía momentáneo, un alumbrón del alma en medio de la oscuridad. Es el instante cuando el olor a café, aunque sea de chícharo, se cuela entre las rendijas y convoca a la tertulia. Es, en definitiva, la certeza de que como reza el refrán popular, cada día es una prueba, y que la verdadera celebración del día de la felicidad, en medio de tanta penuria, es simplemente seguir en pie, resistir con dignidad y recordar que mientras exista un vecino dispuesto a compartir su fogón, la felicidad es posible y sigue viva.

La felicidad hoy es encontrar un paquete de leche en polvo que no cueste una semana de salario. Es que el colchón no tenga chinches. Es que el camión de la bodega haya traído el arroz del mes. Es poder comprar la bolsa de pan al trabajador por cuenta propia. Es poder adquirir el tan necesitado carbón para la cocción de los alimentos.

La realidad es que la gente ya no habla de ser feliz. Se habla de resolver. Y ese resolver no es felicidad, pero es lo que vivimos cada día.

Muchos cubanos hoy ni se enteran de la fecha. Están en una cola desde las 5 am. Están limpiando un charco porque llovió y el techo tiene goteras. Están calculando cómo llegar a fin de mes sin que falte la comida de los niños. La felicidad se volvió un lujo, pero también un desafío: reírse de lo malo para que no te destruya, echar bromas aunque el estómago suene, seguir queriendo quedarte en una tierra que te exige más de lo que te da.

Lejos de ser infeliz, esta alegría es una creencia de principios, una forma de rebelarse contra la Opción Cero, demostrando que, aunque las neveras estén vacías y las calles a oscuras, el espíritu solidario del cubano sigue siendo el combustible que mantiene encendida la esperanza y la fe.

 


  • Idel Omar Duarte Machín (Pinar del Río, 1983).
  • Licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca en 2011.
  • Máster en Trabajo Social por la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca en 2024.
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