El debate público equilibrado

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Dicen que en una ocasión el Generalísimo Máximo Gómez expresó que: “los cubanos o no llegan o se pasan”. Esta valoración, venida del fiel dominicano que hizo de Cuba su Patria, y de la causa independentista cubana su proyecto de vida, tiene algo de razón. Los equilibrios, el punto medio, el centrismo, siempre son difíciles de alcanzar; pero ello no quiere decir que sea imposible. En estos días, de históricos acontecimientos para iniciar 2026 he recordado este contraste, por la cantidad y la calidad de los debates que se generan alrededor de los sucesos del 3 de enero en Venezuela.

Los cubanos hemos sufrido durante décadas el analfabetismo cívico y político que limita el debate, unas veces por falta de preparación, otras por miedo a la represión. Y así, aunque a pequeña escala se pueda intentar dar explicación o analizar la realidad, o proponer un camino, simplemente abunda menos que la queja silenciosa porque no se puede decir en todos los escenarios de desarrollo humano.

Sin embargo, por estos días he notado que con el caso de Venezuela han surgido multiplicidad de opiniones y pareciera que muchos de los desinteresados ciudadanos se han convertido en analistas políticos. Que se fomente este tipo de análisis, obviamente, no es malo. Lo negativo que se pudiera ver está relacionado con aquello de hablar más o mejor de lo de afuera, que preocuparse por los problemas internos. Es como si hablando sobre el exterior, las personas que generan o asisten al debate ciudadano, se encontraran en una zona de confort. La misma que no encuentran cuando se trata de hacer un análisis certero de la realidad cubana, que revelaría, por ejemplo y entre tantas incertidumbres, la influencia cubana en muchos asuntos de ese exterior que preocupa más.

Entiéndase también que hablar, opinar, intentar entender la crisis sistémica cubana es mucho más difícil que juzgar los hechos foráneos de acuerdo a unas noticias emitidas por la televisión nacional (que tienen un claro sesgo político) o por la información que pulula en las redes sociales. Pero en cualquier caso, incluso en este de opinar sobre lo sucedido en Venezuela, el debate es positivo en cuanto mueve a la persona hacia la exteriorización de ese “animal político” que lleva dentro.

Lo importante en todos los análisis que emanen de la conciencia ciudadana, que puede diferir, con libertad, de la opinión pública nacional e internacional, podría estar concentrado en tres aspectos esenciales, que destacan entre muchos otros.

Debate político primitivo de buenos y malos

En primer lugar: el uso y discernimiento de las fuentes de información. En todo momento, pero sobre todo en los de crisis política, desestabilización y caos, resulta más importante consultar y contrastar el gran volumen de noticias, artículos, columnas de opinión, reportajes que se producen. Debemos discernir qué es cierto y qué es producto de una interpretación, proyección de un deseo consumado o clara especulación. Ello se soluciona siguiendo a fuentes que por su trayectoria sabemos que no distorsionan la realidad; informándonos a través del periodismo serio o con fuentes primarias, no con la vox populi o el comentario del vecino.

En segundo lugar: la imparcialidad. Nos guste o no, y me pongo ahora, si es posible, en la piel de los comunicadores nacionales, hay un fin mayor que conduce al tercer aspecto esencial que es el compromiso con la verdad.

Estos tres elementos se encuentran estrechamente relacionados; pero imparcialidad y verdad quizá lo estén en un sentido más estricto porque: ni la verdad nos puede parcializar, por muy cruda que esta sea; ni la parcialización nos puede conducir a ocultar o negar la verdad.

Cuando escucho ciertos “debates”, que repito abundan poco desde la oficialidad, no son más que retórica, discurso vacío de contenido y cargado de emociones trasnochadas, me da la idea que seguimos asistiendo a un debate primitivo de “buenos” y “malos”. La alta política, aunque comienza por el respeto a ese debate ciudadano, y tiene en cuenta ese importante sector de opinión pública, no puede quedarse en los análisis de la base, debe consolidarse en análisis más profundos que comprendan objetivos, estrategias y acciones concretas. Todo ello debe partir de una visión holística de la realidad, que será lo único que garantice el éxito de la gestión, de la política pública determinada, o de la solución del conflicto en un caso extremo.

Por un lado, la mencionada imparcialidad incluye la exclusión de todo sesgo político. De lo contrario se relativiza la verdad porque solo importa una parte o se divide en esos bandos arcaicos que sacan de circulación a una parte, y hacen de la otra parte el todo.

Por otro lado, es bastante difícil en el caso cubano aplicar el aforismo martiano que asegura que la verdad nos hará libres. El propio debate ciudadano, que a veces es más verdadero que el oficialista, por lo mismo de la imparcialidad que en la ciudadanía hace que no haya compromiso con un partido o una ideología, ha tenido sus consecuencias. En Cuba existen personas presas, con condenas injustas, sencillamente por publicar en sus redes sociales contenidos apegados a esa verdad que desde el oficialismo se ve incómoda.

Yo estoy a favor del debate público, porque es un modelo de parlamento a pequeña escala, en el que cada ciudadano expone sus ideas y defiende sus opiniones. Pero eso sí, cuando se trata de hechos puntuales, no de temas que pueden rozar más la teoría que la práctica, hay que aterrizar, hay que despojarse de todo sesgo político y hay que respetar la verdad por encima de todo. De no ser así, nos convertimos en meros repetidores de lo que escuchamos, venga de dónde venga, y corremos el riesgo, como decía el Generalísimo, de no llegar o de pasarnos. En ese anhelado equilibro, que sin duda otorga mayor fortaleza a este tipo de procesos que tienen que ver con la Política, el debate público nunca dejará de ser un elemento fundamental para el funcionamiento de la democracia. ¡Cultivémoslo! Pero con libertad y transparencia.


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

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