El béisbol cubano, ¿decadencia o choque con la realidad?

Por Belisario Carlos Pi Lago

V. Odelín. Lanzador cubano.

V. Odelín. Lanzador cubano.
No me gustaría hablar de béisbol sin remontarme a sus raíces en Cuba. Y que nadie me venga con eso de que no soy cronista deportivo, porque no tengo intenciones de opinar como especialista, sino como observador. Vaya, háganse la idea de que soy uno más de las peñas deportivas. Y, por supuesto, siendo así, no pretendo gastar espacio en historias profundas y alardes de erudición con largas listas de mambises que jugaron pelota, ni con frases rimbombantes dichas por fulano o mengano en tal o más cual época. Eso sí, bajo ningún concepto, renuncio a algunas pinceladas “de buena tinta” que prueban la indiscutible calidad de los cubanos en el deporte de las bolas y los strikes a través de su historia. No en balde, aquel guajiro, amigo mío, por cierto, aseguraba que “al cubano, dale gallos finos, aguardiente y pelota”.
Mucho antes de aquel histórico desafío entre Habana y Matanzas en el también histórico Palmar del Junco con su consiguiente racimo de carreras, ya en Cuba se jugaba pelota, es decir, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días, el ascenso del béisbol en esta isla se puede calificar, sin temor a dudas, de vertiginoso. Lo de que el cubano, como nación, es deportista desde sus mismas raíces lo prueba la temprana existencia de figuras como Ramón Fonst, Félix, El Andarín, Carvajal, José Raúl Capablanca y otros muchos que, en distintos deportes llevaron nuestras cuatro letras al podio, cuando todavía apenas se nos secaba el agua del bautizo.
Entre los países latinoamericanos, Cuba fue, hasta 1959, la principal cantera de las Grandes Ligas. Allí tuvimos, a lo largo de media centuria, figuras de la talla de Adolfo Luke, Miguel Ángel González, Conrado Marrero, Orestes Miñoso, Miguel Cuéllar, Luis Tiant, Orlando Peña, Tony Oliva, Tany Pérez y un etcétera de aquí a yo no sé dónde. ¿Hay más?, pues claro que sí, estrellas de la raza negra como Martín Dihigo, Cristóbal Torriente y José de la Caridad Méndez, “El Diamante Negro”, hoy también ocupan honorables puestos en el Hall of Fame de Nueva York, aún cuando nunca pudieron llegar a las Ligas Mayores por la limitación que les imponía el color de su piel en una época de abierto segregacionismo racial.
En resumen, Cuba tuvo una verdadera constelación ubicada en los equipos de las Grandes Ligas, el béisbol de triple A y otras ligas profesionales en países del área; tuvo un Campeonato Nacional de Invierno de reconocidísima calidad en el que resaltaron nombres como Jiquí Moreno, Willy Miranda, Héctor Rodríguez, Tony Taylor, Carlos Paula y basta, que se me acaba el papel. Estos nombres defendieron, año tras año los colores del Almendares, el Habana, el Marianao y el Cienfuegos, primero en el estadio de La Tropical -hoy Pedro Marrero- y después en el del Cerro, que, a partir del ´59, tomó el nombre de Latinoamericano, hasta nuestros días. Cuba fue, además, frecuente ganador en la llamada Serie del Caribe y ostentó una franquicia de Triple A con los Cuban Sugar Kings, equipo que, a poco de su creación se alzó con un campeonato de esta liga, antesala indiscutible de las Major Leagues, o sea, la flor y nata del béisbol mundial. Es justo consignar que, con todo el ya expuesto desvío de figuras hacia los predios del llamado béisbol organizado, nuestra pelota de aficionados no era segunda de nadie. La Liga de Pedro Betancourt en la Provincia yumurina y varias ligas inter centrales azucareros producían estrellas del béisbol como arenas el desierto o nieve los polos. Además, cada pueblo, por pequeño que fuera, tenía su novena local, integrada por jóvenes trabajadores, verdaderamente aficionados, que, de una forma u otra, se las agenciaban para procurarse los trajes, los guantes, los bates y las pelotas. Sabe Dios hasta dónde habríamos llegado si aquellos gobiernos se hubieran ocupado de crear escuelas deportivas al estilo de las EIDE y las ESPA de hoy.
A partir de 1959, canceladas a la altura de cero casi todas las relaciones con el vecino del Norte, el País organizó la Primera Serie Nacional de Béisbol Amateur que, a medida que pasaron los años y ganó en calidad, fue cada vez menos amateur. Desde el mismo primer momento, se destacaron figuras como Miguel Cuevas, Owen Blandino, Pedro Chávez, Manuel Alarcón, Manolito Hurtado y Jorge Trigoura. Poco después, y escalonadamente aparecieron emblemas de la talla de Agustín Marquetti, Antonio Muñoz, Luis Giraldo Casanova, Gurriel, Víctor Mesa, Urquiola, Los Sánchez de Matanzas y Omar Linares. ¿Qué si hemos tenido altas y bajas? Pues claro, hombre. ¿En que esfera de la vida no las hay? ¿Acaso los Yankees de Nueva York y su amplia fanaticada en el mundo no suspiran de nostalgia al evocar aquellos tiempos de Joe DiMaggio, Mickey Mantle, Elston Howard, El Brujo Boyer y Whitey Ford? No lo dudes, viejo.
Pero la afición del béisbol cubano siempre ha sido objeto de esa educación tendenciosa que, a través de los años nos ha inoculado entre cuero y carne eso de que tenemos que ser los mejores en todo. Los mejores en la cama, los más lindos, los más bárbaros y me vuelve a la corteza cerebral Marisela Verena con su Nosotros los cubanos. ¿Pertenecemos a la cúpula del béisbol mundial? Vaya, eso no lo dudan ni nuestros detractores. ¿Somos los mejores de manera absoluta? Bueno, la verdad que eso sí es discutible. Y la discusión se acentúa a partir del bien o mal llamado “Clásico Mundial de Béisbol”, porque, desde entonces, hemos perdido en la arena internacional a un ritmo tan alarmante, que ya amenaza con romper records históricos. Todavía, más de la mitad de los que se preguntan “por qué” no dan con una respuesta que los satisfaga. Claro, para razonar no basta con un pozo de sustancia gris saludable, se necesita información, y, por cierto, de eso adolecemos. Qué pena.
Y la bola de nieve rodando cuesta abajo adquiere proporciones catastróficas después de las últimas dos derrotas recibidas a manos de un equipo universitario de Estados Unidos en el Torneo de Harlem en Holanda. Que si Pacheco no movió el banco, que si por qué no puso a Peraza en lugar de Pestano, que si Garlobo acabó con sus dos errores, que si a Ariel Palma se le quedaban altos los rompimientos… nada, la historia de siempre: Perdemos porque lo hicimos mal y ni una sola alusión a la calidad del contrario. Gano porque soy mejor y pierdo porque, circunstancialmente algo no salió bien, pero sigo siendo mejor. ¿Qué Cuba puede ganarle a ese y a cualquier equipo? ¿Quién lo duda? Ahora, ¿qué también puede perder, porque se trata de rivales que nos igualan o nos sobrepasan en calidad? Evidente, solo que no estamos preparados para aceptarlo. Y, al decir esto, hablo como cubano y nada más. Es verdad que a los europeos, cuando están en un partido de fútbol, su educación tradicional se les va para no sé dónde, pero yo no vivo allá y no me interesan las raíces de su mal. Las del mío sí sé dónde están. Vaya, creo saberlo, para no caer del todo en lo mismo que critico.
Durante muchos años, el deporte amateur y el profesional compitieron por separado. El viejo concepto de deporte aficionado se fue paulatinamente convirtiendo en un espantajo de difícil explicación. Hasta los de menos cacumen llegaron a darse cuenta de que es imposible lograr equipos de altos rendimientos en cualquier deporte con personas que tienen que ganarse la vida en un trabajo y entrenar en sus horas libres. En Cuba, donde el tiempo extralaboral se emplea al ciento por ciento en la difícil tarea de sobrevivir, no podría haber deporte en lo absoluto, si la providencia gubernamental no pusiera su mano.
Los deportistas cubanos se dedican al deporte de manera exclusiva. El Gobierno, como único empleador, lo tiene todo en sus manos para dar esta facilidad. En el pasado, muchos dueños de centrales azucareros y otras industrias también daban “empleo” a muchas promesas errantes que, con esa garantía de su arroz y frijoles se podían entregar de lleno a la práctica de su deporte favorito. Esto explica, en parte, el por qué nuestros ingenios eran una fuente inagotable de peloteros. Las palabras profesional y aficionado son desde bien atrás, términos desmotivados. Para nuestros jugadores actuales, aunque sus salarios se justifiquen a través de fábricas, planteles educacionales o fuerzas armadas, su actividad rectora es el deporte y, aquellos de altos rendimientos, de una forma u otra reciben más remuneraciones por otros conceptos y se sitúan en un estándar de vida que llega a estar muy por encima del de la media poblacional.
¿Es esto diferente en otros países? No creo que mucho; sólo que fuera de Cuba, los mejores, si quieren vivir de su arte, tienen que saltar a la esfera del profesionalismo reconocido, y, por tanto, hasta no hace mucho, se perdían para los colores de sus respectivas banderas nacionales, por eso, durante muchos años, la potente escuadra cubana compitió con supremacía absoluta frente al rezago del béisbol mundial. Era raro un torneo en el que no termináramos invictos. A los equipos de Estados Unidos, únicos que nos hacían algún tipo de resistencia, les reservábamos el mejor pitcher, sin remordimientos ni preocupaciones, en resumidas cuentas, lo otro que se nos enfrentaba era pura libra de pie, y, simplemente, les ganábamos sin grandes ni pequeños esfuerzos. ¿Quién no recuerda aquellos juegos de diez y tantos y veintitantos por cero? A Bobby Salamanca se le iba la voz con la emoción de sus “chis, chis chis, tres golpes de mocha y lo tiró pa´la tonga”. Y, claro, como nadie nos hablaba de otro tipo de béisbol más allá de aquellas ruinas contra quienes competíamos, pues nos reafirmábamos aún más en nuestras convicciones de campeones absolutos e indiscutibles. También derrotamos a algunos equipos profesionales, siempre en juegos de exhibición y con poco entrenamiento. De una forma u otra, derrotábamos a los yanquis y con eso teníamos. Si la voz de la sensatez nos llamaba a reflexionar en medio de la euforia triunfalista con algo así como que “ese país que acabas de derrotar tiene potencial para sacar cuarenta equipos capaces de ganar y perder con la Selección Nacional Cubana”, alabado sea el Santísimo, para decirlo en términos bien pinareños: lo acusábamos hasta de contrarrevolucionario.
¿Y ahora? Ah, pues la realidad nos dio la galleta sin manos. Hoy profesionales y amateurs visten los mismos trajes y compiten en los mismos campeonatos. ¿Y qué ha sido de nosotros? Pues no faltaba más, vivimos inventando excusas, porque, obligados a competir en igualdad de condiciones, ganamos y perdemos igual que otro equipo cualquiera. ¿A quién podría ocurrírsele que Servio Borges no cometiera hace veinte años los mismos errores que hoy cometen Pacheco o Anglada, Ah, pero no se echaban a ver, mira qué cosas. La toletería cubana era capaz de responder con diez carreras, o más, a cada error cometido por la dirección del equipo. Mira eso, así gana cualquiera. Y ahora me molesta, no lo niego, oír decir a unos que la pelota cubana está en decadencia; a otros que no tenemos dirección y, en fin, a otros que el equipo Cuba se hace por “preferencia afectivas” más que por rendimiento. ¿Acaso usted no sabe que un atleta cubano tiene que cumplir muchos parámetros que poco o nada tienen que ver con el deporte? Cualquiera puede batear 500 en la Serie Nacional y no hacer el equipo grande por descubrírsele una tía en La Florida o relaciones demasiado afectuosas con algún compañero desertor y, por supuesto, esos requisitos no salen en el Noticiero Nacional de Televisión. No, compadre, no. Lourdes Gourriel, Casanova y Víctor Mesa, sin menoscabar en un ápice sus brillantes trayectorias, nunca tuvieron delante lo que hoy tienen Urgellés, Mayeta y Gurriel. Y Vinent nunca se enfrentó a los demonios que hoy enfrenta Lazo.
Y me molesta también, por decirlo de una vez, eso de que “nos roban los talentos”. No, compadre, no, si algún pelotero u otro deportista decide tomar las de Villadiego, eso es por el derecho inalienable que toda persona tiene a decidir su propia suerte. No faltaba más, ¿acaso alguien puede pensar de que, por formarme como deportista o darme alguna facilidad para entrenar me voy a convertir en su propiedad privada, como si fuera una yunta de bueyes o un perrito pequinés. No, hombre, no, el ser humano no es un instrumento de trabajo ni un medio básico en ninguna parte del mundo moderno. “Yo juego donde me dé la gana” y, si no me dejan, “me voy a escondidas, como hacía de fiñe cuando quería darme un chapuzón en el río y “la pura se ponía farruca”. Así es que, para que lo sepan, me simpatizan Alexei Ramírez, Contreras y el Duque Hernández donde quiera que jueguen, porque ellos no han ofendido a nadie con su decisión. Si Roberto Clemente es un héroe en Puerto Rico, David Ortiz lo es en República Dominicana y Bobby Abreu en Venezuela, ¿Por qué Liván Hernández no puede serlo en Cuba? ¿Cuál es la diferencia?
Bueno, pues, por lo pronto, se acabaron los mangos en el suelo, llegó el momento de subir la mata. “Aguas pasadas no mueven molinos”. Así es que, ¿somos los mejores?, pues, entonces, a ganar ahora, que la puerca torció el rabo y la criada se volvió respondona. Beijing tiene la palabra.
Al cierre: Beijing habló…

Belisario Carlos Pi Lago (La Palma, 1950)

Poeta, ensayista y profesor de francés e italiano.
Licenciado en Inglés. Ganador de varios Concursos Literarios de la revista Vitral
Ha publicado varios libros como “Las ideas masónicas y la fe católica”, 2003; “Tres pelícanos de tela-Historia de Cuba en Décimas”, 2006. Ha publicado numerosos artículos en revistas y periódicos.
Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia.
Reside en La Palma. Pinar del Río.
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