El autoengaño en nuestra sociedad, un mal que se multiplica

Ganarse la vida...

Ganarse la vida…
El júbilo del indigente, la solidaridad aislada, el Socialismo irreal y el Liberalismo izquierdista… algunos peldaños de una escalinata que concluye frente a un curioso fenómeno psicosocial: el autoengaño. ¿Somos cómplices o víctimas de la nueva espora?


Por Jesuhadín Pérez

_ ¿Tú me estás grabando?
_Sí.
_No me grabes, compadre.
_ ¿Por qué, te da vergüenza lo que haces?
_No, no es eso, es que yo soy un hombre viejo (1) y no tengo necesidad ninguna de hacer esto.
_ ¿Entonces por qué y qué buscas ahí?
_Es que tengo unas puercas y no tengo comida pa´ echarles… Bueno, vivo con dos hijas que piden, imagínate, yo sólo, porque mi esposa está enferma y no trabaja. En mi casa somos cuatro y hay que inventar pa´ vivir. Yo no tengo retiro, ni pensión, ni familia afuera… dejé de trabajar por problemas de salud hace tiempo y ahora no tengo entrada ninguna .Además vivo en una “vivienda temporal” porque el ciclón me tumbó la casa y hay que pagar los materiales, tú sabes. Traté de recibir algo por Asistencia Social pero es un papeleo tremendo y se trabó, ahora estoy en esto… Crío dos puercas ahí pa´ ir tirando porque sabes cómo está la cosa. Pero yo no tengo necesidad de buscar en la basura, esto es por el momento. Quiero que sepas que yo fui administrador de un taller, trabajé con mucha gente y todos me respetaban porque yo soy serio pa´mi trabajo, y fui militante, lo que pasó después fue que me desvinculé del trabajo y dejé de ir a las reuniones del núcleo, no porque yo no quisiera, porque yo soy un revolucionario del carajo, sino por mi enfermedad. Ahora hago esto, me ves aquí rodea’ o de moscas y pestes con una puya recogiendo esta m… pero yo no tengo ninguna necesidad de hacerlo. De verdad que no, compadre, te lo juro por mi viejita que en paz descanse.
No tiene necesidad ¿se lo cree? Lo ha repetido tantas veces que tal vez su conciencia le confunda. Nadie podría entender su lógica; si este hombre no tiene necesidad yo soy Luis XIV. Trata de engañarme a mí y solo se engaña a sí mismo. Se resiste al fracaso de ser lo que es. Por eso me muestra su pasado luminoso; cuando todos le respetaban por ser jefe y militante. Ahora no tiene nada de qué enorgullecerse y se resiste a aceptar la indigencia. ¿Tiene este hombre otra alternativa? y me lo responde él mismo mientras se seca el pardo sudor en el hombro de su chaqueta verde olivo:
_Bueno, podría sentarme en mi casa y esperar que el hambre nos mate a to´s.
Es la historia de quien se resiste a la humillación de reconocer su fracaso en la necesidad de buscar en la basura. Funciona como medida defensiva y lo hace con un recurso primitivo, casi infantil, el autoengaño. Como Narciso, un campesino humilde que conocí durante la gran depresión de los noventa. Sembraba una mala tierra y al final de la cosecha, cuando el grano estaba vano en la espiga, no le aventaba, quería ver el resultado de su esfuerzo en el número de sacos llenos, no importaba de qué. La paja dentro de sus sacos le servía para aferrarse a un falso triunfo.
Es la historia también de Mongo el lechero, ocho días más viejo que Fidel Castro. Tenía una lechería y dos vehículos particulares en enero de 1959, su negocio fue intervenido. Después se las arregló para fletar uno de sus carros, pero la desprivatización le complicó las cosas. Era de los hombres que siempre soñaron con ser sus propios amos. La independencia y la autosuficiencia económica eran los pilares de la ideología prerevolucionaria. Mongo jamás fue proletario de nadie, y a pesar de la mala reputación sembrada contra estos gérmenes capitalistas, sus pequeñas empresas rindieron plusvalía suficiente para mantener tres esposas simultáneas. Esto duró mientras pudo. Hoy con 82 años vive sólo, viste con el descuido propio de la intemperie y se alimenta en un comedor obrero. Sin autos, ni fortunas, ni esposas, vende periódicos por cuenta propia. A mi pregunta sobre cómo se siente ahora, responde:
_Nunca he sido más feliz.
No es demencia senil. El autoengaño se multiplica en cada grillete de vergüenza y cobardía. Nadie puede ser feliz con tan poco, menos si se han vivido días precederos con la intensidad y la independencia correspondiente. Mongo no quiere ver en la miseria de sus últimos días el fracaso de una vida completa. Y le compadezco. No soy quien para desmentir su felicidad, aunque no le crea.
Así conozco otros que viven del misticismo de momentos épicos porque no saben cotejar la decadencia de sus aspiraciones con los hechos de un mundo que se transforma y rompe tradiciones. Es el mismo grillo en el tobillo de hombres que pueden y su poder significa mucho para muchos. Pero aceptar un reajuste e introducir la transformación es admitir el fracaso y contra este sobran barricadas. Mientras tanto el proyecto se desgasta por la inoperante rigidez de sus dogmas. Morir sin renunciar es aceptar pos-mortem el fracaso y tiene la ventaja de no ser cruz para la conciencia.
La realidad es cruel, no se premian mañana las victorias de ayer. El éxito ha de actualizarse para responder a los nuevos retos o se nos muere la fe. Ante estas condiciones aparece el autoengaño como recurso de prórroga. Entonces danza el animismo rodeando los proyectos, las ideas y los hombres, creando un ser supremo al que se obedece y se sigue a sabiendas de sus hueras aspiraciones. Y saltan los cumplidos: “Todo está bien, estaremos mejor dentro de cien años o doscientos ¡qué más da! Otros por Haití, Burundi o Birmania estarán peor…” y aunque se tenga la sensación de estar tragándote una bola de pelos, se sigue ahí tragando, con los ojos aguados, medio cianóticos pero conformes por el autoengaño.
Autoengañarse es la cobardía de una conciencia atada a la opinión de que el mundo está obligado a ser como lo concebimos. Autoengañarse es negarse obstinadamente a mirar de frente la realidad, llamarla por su nombre sin complejos ni medias tintas para comprender y aceptar el punto que ocupamos en este mecanismo enorme y complejo en el que vivimos. Pero sobre todo el autoengaño es el resultado del miedo al fracaso, al presente, y al futuro.
También nos autoengañamos cuando queremos, cambiar el orden y significado primario de las cosas. Entonces caemos en la misma trampa… ¿se puede acaso unir fuerzas aislándonos de la “maligna” contaminación del resto? ¿Se encienden los intermitentes de la izquierda para doblar a la derecha o viceversa? Ahora recuerdo un amigo que escribió un alegato en defensa del liberalismo y sus argumentos se correspondían con las políticas de izquierda ¿es acaso un nuevo tipo de liberalismo? Otro tanto pasa con nuestro citado socialismo ¿Es Socialismo Real un sistema que no aguanta el más leve análisis marxista? ¿Por qué insistimos en llamar las cosas como no son? ¿Cómo podemos aceptar de manera tan parsimoniosa el autoengaño? ¿Es esta actitud ingenua u oportunista? ¿Aislándonos pretendemos unir fuerzas o distinguirnos del resto? ¿Se encienden los intermitentes para indicar el rumbo o para distraer del rumbo? ¿Son el liberalismo y el socialismo palabras que funcionan solo estratégicamente y que sirven para justificar otras intenciones?
Alguien me decía: En Cuba las cosas no cambiarán nunca. Es absurdo pelear contra el minotauro. ¿Puede creer alguien que las cosas no cambiarán en algún momento en Cuba? Eso quiere que pensemos los que necesitan que las cosas no cambien. Pero ellos mismos se muestran nerviosos cuando esporádicamente se les fermenta la masa. El vino empuja el corcho y algunos vinateros precisan de alambres para atarlo a la botella durante el proceso. Somos un vino en evolución y empujamos el corcho. Que no podamos aun con los alambres no significa que estemos inactivos. No es culpa nuestra esta inquietud interior, el propio desarrollo lo exige. La búsqueda de espacios es la aspiración del crecimiento. Una sociedad no puede ser encerrada en plazas limitadas, el crecimiento demanda terreno y la diversidad busca participación. Negar esta dinámica es negar la naturaleza misma.
¿Cambiarán entonces las cosas en Cuba? Hasta ahora han cambiado muy poco pero por supuesto que cambiarán, no nos autoengañemos. Llamemos los asuntos por su nombre, las cosas tendrán que cambiar. Somos parte de un mundo que avanza en materia económica, política y de derechos civiles y Cuba es como un paraguas trabado en medio de toda esta contemporaneidad. Además nosotros los cubanos no somos diferentes del resto de la humanidad y, queremos el cambio. Es cierto que hasta ahora, después de casi un año de estreno de nuevo gobierno poco ha cambiado. El Poder tiene todavía la última palabra, pero sabe también que la inoperancia solo se combate con reformas, y sabe que la fe y la confianza de los pueblos es finita. Es cierto que rara vez los cambios comienzan por iniciativa de aquellos que desde su posición no son rozados por las disfunciones, pero la presión existe en Cuba y cada día los grupos opositores ganan en organización y experiencia, cada día la sociedad civil adquiere más conciencia de su papel en el mundo moderno. Y son pueblo. Los cubanos sí se mueven y este andar sacude el piso de la vieja estructura haciéndola reaccionar a veces alocadamente… Setenta y cinco pueden asegurarlo con sus historias.
La vieja estructura, o minotauro, como decía mi amigo, podría resistir a la presión con represión; por un tiempo, o podría pasar a la posteridad, cediendo. No podemos saber a ciencia cierta lo que hará, pero lo peor que podría hacer es autoengañarse y pensar que todo estará inalterable indefinidamente. Porque no estará.
Nefasto papel el del autoengaño si sirve para ensombrecer el momento que se vive o las cosas que suceden, porque si no estamos claros con las coordenadas, ¿Cómo tomaremos el mejor rumbo? Es hora de develaciones, hay que estar conscientes para saber qué está detrás de la cortina. Y para esto debemos decir no al autoengaño, porque es opio de retinas.
Recuerdo la historia del hombre engañado por su esposa que silbaba antes de llegar a su casa porque no quería sorprenderla en el acto. ¿Silbaremos también nosotros los cubanos para evitar la decepción de un resultado infiel? Sería cerrar los ojos ante la traición de una curva.
Despiertos y realistas porque lo que está al frente es el futuro.
(1) Este hombre nunca me dijo su nombre.

Jesuhadín Pérez Valdés. (1973)

Mecánico radioelectrónico.
Trabaja en la Unidad Empresarial de Servicios.
Estudiante de Derecho.
Ensayos y artículos suyos fueron publicados en la revista Vitral.
Es fundador de la revista Convivencia y miembro de su Consejo de redacción.
Reside en Pinar del Río.
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