Dos científicos frente a pandemias en la historia de Cuba

Foto tomada de internet.

Una de las enfermedades contagiosas de mayor impacto social en todas las épocas y países ha sido la COVID-19. Sus efectos post-pandemia, desde la economía hasta la cultura, aún son imprevisibles. En Cuba el impacto será mucho más fuerte porque el país venía sumido hace décadas en una profunda crisis estructural que la pandemia ha agudizado.

La comparación cuantitativa resulta engañosa. Sin embargo, mientras otros países se proponen el regreso gradual a la normalidad, en Cuba ese regreso es impensable e imposible sin antes introducir los cambios estructurales que la realidad exige y resultan insoslayables. A ese hecho se le debe prestar mayor atención que la que se le está dando en los informes que cada día brinda la televisión.

Una mirada retrospectiva al enfrentamiento del dengue en décadas anteriores confirma la necesidad, tanto de tener en cuenta la historia, como de acometer los cambios que son impostergables.

El dengue, conocido primero como “vómito negro” y como “enfermedad de Siam”, que arribó a Cuba a mediados del siglo XVII en los barcos cargados de esclavos procedentes de África, reapareció en Cuba en 1977 y en 1981 ocasionó decenas de miles de contagiados y más de un centenar de fallecidos. En esa oportunidad, Fidel Castro, en la clausura de un curso emergente para los jefes provinciales y municipales de la Campaña Anti-Aedes aegypti, les dijo: “(…) ustedes son los que van a estar al frente de las tropas, directamente, en el combate; ustedes son los oficiales del ejército de la campaña. Claro que ese ejército tiene su estado mayor y tiene otros jefes y tiene retaguardia y tiene recursos, pero ustedes van a estar en primera línea… De manera que vamos a dar una batida como la que nunca se ha dado en ninguna parte,… Creo que tenemos por delante la posibilidad de una gran victoria…”

A pesar de esa gran batalla hubo que repetirla en 1997, en 2002, en 2006 y en los años siguientes hasta el pasado 2019. Mientras tanto el dengue sigue afectando a miles de cubanos y ocasionando muertes, lo que indica que el término batalla, con el que se designa el enfrentamiento entre dos ejércitos en un espacio y tiempo definidos, es inadecuado. La prueba está en que el dengue en lugar de erradicarse devino hiperendemia[1].

¿Por qué?, porque en materia de salud pública la integralidad es vital. La mente, el cuerpo y el ambiente forman un sistema único que abarca desde la higiene hasta la nutrición, pasando por la cultura y por el sujeto portador de la misma: la persona humana. En Cuba esa integralidad está en falta.

La relación entre insalubridad y dengue quedó demostrada en la batalla del año 2002. En solo unos días se recogieron en La Habana cerca de 2 millones de metros cúbicos de basura; es decir, 1 metro cúbico por cada capitalino. La contradicción entre ese dato y un sistema de salud con elevadas cifras de médicos por habitantes, es harto evidente.

¿Por qué para fumigar hay que esperar por el “ejército de salvación” si cada cubano, con un pequeño atomizador puede ser un elemento activo? ¿Por qué para adquirir o reparar un depósito de agua hay que esperar a que las más altas autoridades autoricen su producción y venta? ¿Por qué hay tuberías de aguas potables y albañales que permanecen vertiendo a la vía pública durante años?

Al caso del dengue se podía añadir la epidemia de neuritis óptica, enfermedad causante de la ceguera. A pesar de que desde 1956 se fundó la Liga Contra la Ceguera -financiada por un patronato de beneficencia- y que en 1988 se creó el Centro de Microbiología Ocular que ha atendido a miles y miles de cubanos y extranjeros, en 1992 Cuba fue afectada por la neuritis, asociada a la falta de vitaminas, que afectó a más de 10 mil cubanos y obligó a producir aceleradamente 20 millones de tabletas del complejo vitamínico B para distribuir a la población.

Lo anterior demuestra la ausencia de integralidad. Sin el fomento de una cultura higiénica y nutricional, sin la información verídica e inmediata y sin la participación de los cubanos como sujetos activos, las batallas poco tienen que hacer en la lucha contra las epidemias. De nada vale actuar sobre los efectos sin atender las causas integralmente.

Se impone sustituir las batallas por la cultura. Para ello se requiere de libertades y derechos para que los cubanos, movidos por su conciencia e intereses, actúen responsablemente. Se requiere, además, que los trabajadores de la salud reciban un salario que no los obligue a corromperse, lo cual se manifiesta en la venta de productos comprados por el Estado en el exterior para fumigar, y en las visitas formales a los hogares para firmar el “visto”, como le llaman al papel donde se controlan las fumigaciones realizadas. Manifestaciones presentes en medio de la presente pandemia.

Lo narrado constituye una excelente oportunidad para rememorar algunos episodios de la historia de la medicina cubana y rendir homenaje a los científicos que enfrentaron anteriores epidemias basados en el concepto de integralidad, me refiero a los doctores Tomás Romay y Carlos Juan Finlay, quienes partieron de los avances que tuvieron lugar en la medicina en la segunda mitad del siglo XIX.

Los franceses Claude Bernard (1813-1878) en la Fisiología, y Luis Pasteur (1822-1895) en la Microbiología y la Bacteriología; a los alemanes Robert Koch (1843-1910), por la especificidad de las enfermedades infecciosas causadas por gérmenes, y Rudolf Virchow (1821-1902), el creador de la Patología celular. A su vez, antecedidos por otros, como el holandés Zacharias Janssen (1583?-1638?), inventor del microscopio. Todos relacionados con la viruela, el cólera y la fiebre amarilla.

La viruela. Cuando en 1798 el médico británico Edward Jenner, considerado padre de la inmunología, anunció la inoculación preventiva contra la viruela, Tomás Romay, tres años antes, el 29 de octubre y el 1 de noviembre de 1795, había publicado en el Papel Periódico de La Habana un artículo sobre la inoculación como método de preservación de las viruelas naturales. Y en 1804, cuando el doctor Francisco Javier Balmis arribó a La Habana, enviado por el rey Carlos IV con la misión de inmunizar a los habitantes de la Isla, encontró que la vacuna ya había sido propagada por Romay, quien en el experimento vacunó a sus dos hijos pequeños. Por esa razón se estableció la Junta Central de Vacuna para conservar y propagar el fluido vacuno y se le designó al frente de la misma.

El cólera morbo. Originario de la India, recorrió Asia, se internó en Europa, pasó a Estados Unidos y en 1833 penetró en Cuba, debido al incumplimiento de las medidas de cuarentena en el puerto de La Habana. Por su elevado índice de morbi-mortalidad hasta ese momento fue la epidemia más devastadora[2]. En 1833 la Junta Superior de Sanidad, a la que pertenecía Romay en su condición de Secretario de la Junta Central de Vacuna, dictó las reglas para combatir la epidemia que, en los 154 días que duró oficialmente, provocó más de 8 mil víctimas fatales, entre ellas Ascensión, su hija primogénita[3].

La fiebre amarilla. La más dañina de todas las epidemias que azotaron la Isla hizo su primera aparición en 1648, se repitió en 1693, pero la primera que se registró en los anales de la medicina cubana fue la de 1794, que entró con una escuadra naval española que fondeó en la bahía habanera para ser reparada[4]. Romay estudió la enfermedad y en abril de 1797, en la Sociedad Patriótica de Amigos del País, leyó la “Disertación sobre la fiebre maligna, enfermedad epidémica de las Indias Occidentales”; en la que recomendaba medidas nutricionales e higiénicas. “Si no se observa el mayor aseo y limpieza -decía Romay- todas las demás preocupaciones serán ineficaces”. Por su aporte fue designado Miembro Correspondiente de la Real Academia de Medicina de Madrid. Es decir, en el primer trabajo notable de la literatura médica cubana ya Romay tenía una concepción integral del sistema de salud. Con esta, la primera reunión científica de los médicos cubanos, se inauguró tanto la literatura médica como el período científico de la medicina en la Isla.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando la fiebre amarilla cobraba cientos de miles de víctimas en EE.UU. y el Caribe, en Cuba morían unas cinco personas diarias como promedio y la causa de la enfermedad era un misterio. El Dr. Finlay, basado en los avances científicos de la época y en los aportes de Tomás Romay, concibió una idea sin precedente. Basado en la información existente y su estudio acerca de “La alcalinidad en la atmósfera de La Habana”, en 1872 afirmó que el agente transmisor debía encontrarse en el aire. Y en febrero de 1881 planteó una hipótesis basada en la existencia de tres agentes para su propagación: una persona enferma, una sana y un agente independiente de ambos: un vector.

En los estudios histológicos de las autopsias de fallecidos descubrió que la dolencia se caracterizaba por lesiones vasculares y alteraciones físico-químicas en la sangre. Puso entonces su atención en los insectos capaces de penetrar los vasos sanguíneos y descubrió que el mosquito Aedes aegypti era el agente trasmisor de la fiebre amarilla. Con su aporte resolvió las discusiones que durante casi un siglo habían sostenido los partidarios y enemigos de la teoría del contagio.

En 1884, en la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, leyó su trabajo experimental, en el cual reprodujo la fiebre amarilla en el ser humano, semejante a las formas benignas naturales de esta enfermedad[5]. A partir de ese momento, hasta 1900, realizó 104 inoculaciones con voluntarios, formuló y divulgó la medida principal para evitar la epidemia: la destrucción de las larvas de los mosquitos en sus criaderos. Con la aplicación de sus consejos se erradicó el mosquito en La Habana y en el Canal de Panamá. Su teoría quedó comprobada.

De las cuatro comisiones médicas que Estados Unidos envió a Cuba entre 1879 y 1900 para investigar la fiebre amarilla, solo la cuarta contempló al mosquito entre los posibles agentes trasmisores. Finlay entregó publicaciones, recomendaciones y huevos del mosquito obtenidos en su laboratorio a Jesse Lazear, miembro de la Comisión, quien realizó inoculaciones en voluntarios que se dejaron picar por mosquitos infestados, incluyéndose él. Durante 13 días, hasta su fallecimiento, Lazear llevó un registro con los detalles de la evolución. Fue la primera comprobación experimental de la teoría del mosquito después de las de Finlay.

A pesar de los intentos del jefe de la misión militar norteamericana, Walter Reed, por apropiarse del descubrimiento, el Medical College le confirió a Finlay el título de Dr. en leyes ad Honorem; el College of Physiciens of Philadelphia lo nombró Miembro de Honor; la Escuela de Medicina Tropical de Liverpool le otorgó la Medalla “Mary Kongsley”; y el gobierno francés le concedió la Cruz de la Legión de Honor. El Congreso Internacional de Historia de la Medicina, celebrado en Madrid en 1935, le atribuyó la paternidad definitivamente al sabio cubano.

Resumiendo:

Tomás Romay (1764-1849), investigador nato, persistente, honesto, audaz y valiente, por lo que hemos narrado y por mucho más que no se puede abordar en tan pocos párrafos, colocó la medicina insular en los carriles de la ciencia. Por sus contribuciones y sus actividades en la prevención de enfermedades contagiosas se convirtió en el primer gran higienista cubano.

Carlos Juan Finlay (1833-1915), médico epidemiólogo, quien por casualidades de la historia nació el mismo año de la epidemia del cólera morbo, realizó estudios sobre el cólera y el muermo[6]; describió el primer caso de filaria[7] en sangre observado en América; incursionó en la oftalmología, el tétanos, la lepra, el paludismo y la tuberculosis y descubrió el vector trasmisor de la fiebre amarilla, que es el mismo del dengue, el zika y el chikungunya, enfermedades presentes en la Cuba de hoy.

Ambos, ejemplos de responsabilidad ciudadana y de entrega se caracterizaron por la constancia, por el enfoque integral de todos los factores que inciden en la salud como sola la higiene y la nutrición y no por la inmediatez de las batallas.

  • [1] Endemia de mayor intensidad, persistencia y cobertura.
  • [2] López Sánchez, José. Tomás Romay y el origen de la ciencia en Cuba. La Habana, Academia de Ciencias, 1964, p. 120.
  • [3] López Sánchez, José. Tomás Romay y el origen de la ciencia en Cuba. La Habana, Academia de Ciencias, 1964, p. 125.
  • [4] López Sánchez, José. Tomás Romay y el origen de la ciencia en Cuba. La Habana, Academia de Ciencias, 1964, p. 68.
  • [5] López Sánchez, José. Finlay, el hombre y la verdad científica. La Habana, Editorial Científico-Técnica, 1987, p. 240.
  • [6]Enfermedad contagiosa de los caballos trasmisible al hombre por inoculación.
  • [7]Gusanos parásitos de algunos vertebrados.

 

 


Dimas Cecilio Castellanos Martí (Jiguaní, 1943).
Reside en La Habana desde 1967.
Licenciado en Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana (1975), Diplomado en Ciencias de la Información (1983-1985), Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos en el (2006).
Trabajó como profesor de cursos regulares y de postgrados de filosofía marxista en la Facultad de Agronomía de la Universidad de La Habana (1976-1977) y como especialista en Información Científica en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana (1977-1992).
Primer premio del concurso convocado por Solidaridad de Trabajadores Cubanos, en el año 2003.
Es Miembro de la Junta Directiva del Instituto de Estudios Cubanos con sede en la Florida.
Miembro del Consejo Académico del Centro de Estudios Convivencia (CEC).

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