Los picos que rodean al valle de Las Batuecas superan los 1.700 metros. En el fondo, a unos 600 metros sobre el nivel del mar, hay un monasterio. Los monjes lo llaman desierto, pero en sus alrededores hay buitres, águilas, mirlos acuáticos, jabalíes, conejos, cabras y zorros. El lugar está al sur de Salamanca, y si uno sale a las diez de la mañana con un chofer que conozca el camino llegará al mediodía.
Es nuestro caso. Acabamos de desayunar un café con leche que me queda demasiado tibio, pero es verano y mi error se agradece. Salimos a toda velocidad y cruzamos el Tormes. Delante, tragando el aire caliente de la meseta, vamos el ermitaño R. y yo. Detrás van H., mi amigo cura, y E., mi mujer. En el maletero hay un hornazo –la empanada tradicional hecha de jamón, chorizo y lomo– y una nevera con cerveza.
Por el camino van apareciendo chalés, jamonerías, bares de carretera. Hacemos una escala técnica en La Alberca, un pueblo de adobe y madera. En los puestos callejeros se vende miel, antigüedades y turrones que hay que partir con un hacha. Los vendedores nos ofrecen dulces. Todos conocen a R., que antes de ser ermitaño vivió dieciocho años en Las Batuecas y once en Cuba. Entramos a la casa de un anticuario. De las paredes cuelgan máquinas de escribir, planchas de los años treinta, utensilios de madera y hierro, jarras y platos, cazuelas, botellas de licor, bolsitas con trozos de panal. Es un pueblo muy vivo.
Caminamos un poco por las calles y acabamos en la iglesia, muy oscura a esa hora. Un niño entra en la capilla del santísimo, se arrodilla tres veces y abre un pomito de agua para regar las flores. Su abuela, que vive en el número 16 de una calle que no dijo, nos cuenta que el Cristo de La Alberca lloró sangre una vez. El sacristán envió al Vaticano unos corporales con una muestra y los cardenales le mandaron, a cambio, una espina de la corona de Jesús. Esto está comprobado históricamente, aclara la mujer, no es un cuento chino.
De nosotros, solo R. conoce Las Batuecas. La vegetación es modesta y se extiende entre grandes surcos raspados sobre las montañas. Son cortafuegos, explica el ermitaño. Una de las laderas está calcinada y los troncos de pino se elevan como hileras de fósforos que alguien quemó para divertirse. Un incendio casi consume el valle. De eso hará un par de años, pero cada verano hay noticias de fuego desde Extremadura hasta Galicia.
En el fondo del valle está el monasterio y R. nos cuenta cómo un día se desbarrancó veinte metros. Durante la caída no pensó en Dios ni en la muerte ni en el paraíso. Pensó: cómo me puede pasar esto a mí. Salió de su carro, escaló el monte y se sentó en la orilla de la carretera a esperar que alguien lo recogiera.
Por el camino creo ver alcornoques, un árbol como desollado que se pone rojo cuando le quitan la corteza para fabricar corchos. Veo también robles, olivos, zarzas, grandes pedruscos que no parecen estables y bajo los cuales R. pasa con total tranquilidad. Rodeamos un muro envuelto por el musgo y los árboles y le pido que tenga cuidado, que no parece haber salida. No me doy cuenta de que ya llegamos al monasterio.
En el siglo XVI, los monjes le preguntaron a la gente de los pueblos cercanos cuál era la locación más inaccesible. Señalaron el fondo del valle. El lugar que construyeron es modesto, y hoy casi ruinoso. Hay un templo con tejado a dos aguas, una hospedería, ermitas separadas unas de otras, un cementerio, un huerto que ya nadie trabaja. Los monjes vivían en casitas separadas y en cuaresma escalaban la montaña, rumbo a las ermitas más remotas.
Hay jabalíes en el bosque, pero aquí no se permite comer carne. Una cabra entró un día al templo y comenzó a correr entre las ermitas, perseguida por los frailes, hasta que se cayó en el aljibe. La sacaron amarrándole una soga a los cuernos. Ante la iglesia hay una fuente con carpas anaranjadas que se mecen bajo los nenúfares e insectos que patinan sobre el agua. Hago un cuenco con mis manos y lo acerco al surtidor, bebo. El agua es de una limpieza total y además está fría. Entremos, dice R.
Toda la nave está pintada con cal excepto el presbiterio, que es de ladrillo desnudo. Un altar barroco, de oro, afea el lugar y él no sabe decirme quién lo puso allí. Me acerco a la pared para ver unas marcas hechas con lápiz. Es la tumba de un fraile que murió fusilado o que fusiló a alguien, la historia no está clara. Aquí no faltan los relatos. En 1937 llegó al convento la Madre Maravillas, la hija de un marqués que acabó siendo mística, y que forma parte de las leyendas de la Guerra Civil. Cuatro años antes, Luis Buñuel había intentado comprar el monasterio. A Unamuno se le atribuye un grito de guerra turístico: “¡Qué bien se está en Las Batuecas!”.
R. me habla del lugar como si todavía fuera el prior y tuviera algo que justificar, algo por lo que disculparse. No pude reparar esta pared, me dice. Debí haber colocado yo esos puntales. No me dio tiempo a limpiar el techo de murciélagos. Alguien puso en sus manos una gran cantidad de dinero para que reparara el monasterio. Él hizo lo que pudo y pudo bastante. Nadie diría, ahora, que alguna reparación se llevó a cabo.
Nos lleva a la Casona, que es como le pusieron en su tiempo a la hospedería. Era un establo, un almacén de heno con paredes de un metro de ancho y varias tribus de murciélagos. Ahora es un lugar cómodo y silencioso, con muebles de madera oscura en los que debe ser muy agradable ponerse a leer.
Tienes que venir aquí con tiempo, dice, tienes que acabar aquí alguna novela. Pero a juzgar por la forma en que R. inspecciona las grietas en el techo y las manchas de humedad que carcomen las ventanas, mi potencial estadía en el monasterio se desvanece. En la cocina encontramos galletas, miel de encina y unas manzanas. Aliméntense, ordena. Lo devoramos todo y nos viene bien, porque enseguida abandonamos la Casona rumbo al bosque.
Alguien dejó por el camino piedras en equilibrio, como hacen los japoneses. Hay un maestro y un imitador, observa R., no sería capaz de dormir esta noche si se cayera una por mi culpa.
El bosque comienza a encresparse a medida que nos alejamos del monasterio. Seguimos el curso de un arroyo, pero los riscos y los árboles impiden que uno esté siempre junto al agua. De vez en cuando, una colina de grava nos hace la vida imposible. Me duelen los pies y los músculos, me duelen los riñones, pero R. avanza ligero. Siento que mi boca se deshidrata pero no digo nada.
Llegamos adonde queríamos llegar, a las pinturas rupestres. Unas pocas cabras de color rojo pálido, unas marcas que representan al bosque, unas líneas que son el río. Hace un siglo o dos nadie se atrevía a bajar a esta zona del valle porque, según la leyenda, había hombres salvajes que habían aprendido a vivir separados del mundo, dice R. No pude evitar pensar que la leyenda era más bien un chiste, y que los hombres lobo del valle eran en realidad los monjes. Saco mi cuaderno y me paro frente a las pinturas. Intento reproducirlas, pero el sol reverbera sobre la página y apenas logro trazar unos garabatos.
Mientras dibujo, R. se queda muy quieto sobre un risco. Si no lo conociera bien diría que está a punto de lanzarse. Por si acaso, voy a donde él está y le pregunto si sabe cómo volver.
Me cuenta que una vez se perdió junto a un fraile joven, un polaco, recién llegado al monasterio. Salieron una mañana después de la oración. Al cabo de seis horas, muy lejos del río y con los huesos adoloridos, R. le pidió al polaco que se sentaran a descansar. Fíjense lo que es el cuerpo y los sentidos, dice R., que ahí tirado escuché agua y le dije al polaco: ¿tú no oyes? Él pensó que era un espejismo. A pocos kilómetros, pero imposible de oír, estaba el río. ¿Cómo se explica eso? Me lancé al agua en cuanto la vi, mientras el polaco bebía sorbitos en la orilla y me decía: R., te vas a morir.
Ahora llegamos a ese mismo río y nos quitamos los zapatos. Yo meto la cabeza en una pequeña cascada. El efecto es como meter un hierro caliente en el agua. Una punzada fría comienza a extenderse por mi cerebro y me acuchilla el espinazo. Tardo un rato en reponerme.
Vemos algunos turistas. Una vieja se despoja de su ropa y toma el sol en ajustadores. Por miedo a que se quite eso también nos ponemos los zapatos a toda velocidad y escalamos los pedruscos que conducen al camino. El cuerpo nos pide una cerveza.
Recogemos las provisiones en el carro y almorzamos junto a una fuente dedicada a San José, no lejos del monasterio. La cerveza deja un chispazo de sabor en mi lengua, puedo seguir el recorrido del hornazo por mi maltrecho esófago hasta mi estómago. Para tomar agua nos acercamos a un antiguo caño, cerramos los ojos y tragamos. Esta era la Fuente de las Conferencias, explica R., aquí los monjes debatían los problemas. Eran hombres con un gran respeto por la autoridad, pero también gente ruda, que se expresaba sin tapujos.
Me duermo escuchando estas historias y casi me caigo por un risco. Los demás se ríen. Les voy a enseñar otra cosa, dice R., y nos lleva ladera arriba, donde hay una ermita destruida. Solo se conserva el muro. Aquí estaba el altar de San Juan Bautista, aquí la despensa y la cama, esta es la letrina, que da al monte.
Hemos visto varias ermitas parecidas en Las Batuecas. Para reconstruir dos de ellas, R. contrató a un albañil y a un mulo que cobraba más que el albañil. Daba cuatro viajes a la montaña con los materiales y luego se echaba sobre el césped. No iba a caminar más.
R. no puede evitar recordar las cosas que hizo en Batuecas, un mundo a punto de desaparecer. A cada paso hay algo que él construyó, a menudo con sus propias manos, y que hoy ya no está. Quedan unos pocos frailes, muy envejecidos, y no logramos verlos. El símbolo más rotundo de la pérdida es el cementerio, donde están enterrados los amigos y maestros de R. Muchos fueron, como él, misioneros en Cuba y fueron a vivir sus últimos años a Las Batuecas. A veces ni siquiera hay una lápida que recoja su nombre, pero él recuerda dónde enterraron a cada uno.
Salimos del valle y pasamos por La Alberca, en busca de más cerveza. Recalamos en otro monasterio, al borde de la carretera: Porta Coeli, en el Zarzoso, donde viven nueve monjas franciscanas de clausura. Se nos cruza en el camino un pequeño zorro. Es la primera vez que veo uno y me parece irreal. Ese zorro mató a la gallina predilecta de la superiora. Cuando llegamos ellas están en misa, arrítmicas y desafinadas, pero contentas. Cinco de ellas son mexicanas, hay alguna africana y las demás son españolas.
Las monjas viven de vender dulces y pastas. R. pasó allí un verano de niño. En las décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial, la Alemania Federal contrató trabajadores de muchos países de Europa para reimpulsar su economía. (La RDA hizo lo mismo, pero con cubanos, mozambiqueños y vietnamitas). De España fueron unos seiscientos mil, que solían dejar a sus hijos al cuidado de los religiosos.
Los padres de R. no fueron a Alemania, pero tuvieron que dejarlo en el Zarzoso ese año. Era el único varón y recuerda perfectamente dónde estaba cada cosa en el monasterio. A las niñas no les gustaba el tocino demasiado salado que elaboraban las monjas, y él, para salvarlas del suplicio, se metía en los bolsillos las tiras chorreantes de grasa y luego las arrojaba al campo. Esa pequeña historia es un resumen de su carácter. Al salir del monasterio el zorro vuelve a manifestarse. Su pelaje es amarillento, sus ojos grandes, más bien un zorrito.
Xavier Carbonell (Villa Clara, 1995).
Escritor. Su novela El fin del juego (Ediciones del Viento, 2021) obtuvo en Cuba el Premio Italo Calvino, al cual renunció, y en España el XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca.
Es autor de las novelas El libro de mis muertos (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara) y Náufrago del tiempo (Editorial Verbum).
Ha publicado ensayos y artículos en Letras Libres, La Lectura, Rialta, 14ymedio, Hypermedia Magazine y Bookish & Co.
Desde 2021 vive exiliado en Salamanca.
