El ENEC: sueño y realidad

Sesiones plenarias del eneC. Foto de Archivo Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.
  • Cuando uno solo sueña
  • es un sueño, una fantasía, una ilusión;
  • pero cuando varios, muchos, soñamos juntos,
  • es ya una esperanza, una hermosa utopía.
  • Mons. Hélder Câmera

Una inquieta-quietud, como de templo, me recorre por dentro. La reflexión a que me invitan las palabras de Dom Hélder quiere tomar su cauce en las rías del ENEC. Sus aguas profundas van a la mar que nos incita a remar hacia dentro duc in altum, sin suspirar ni olvidar los escollos, pero siempre con proa al futuro, a la esperanza que construye, de cara a la utopía.

Cuando oigo hablar de las “miserias” de la Iglesia cubana en décadas pasadas, de lo riesgoso y quimérico de practicar la fe viviendo en un país de pensamiento oficial ateo y discriminación abierta y dura hacia los creyentes sin máscaras, el pensar se me vuela al ENEC, moción del Espíritu que nos mostró una Iglesia viva, militante, abierta al soplo y encarnada en los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de nuestro pueblo.

Y así, claramente, toman vida en mi interior los tres calificativos que nuestra Iglesia empleó, hace cuatro décadas, para resumir su acción y a la vez expresar su sueño: los rasgos que debían identificarnos como católicos cubanos: ser Iglesia orante, encarnada y misionera. ¿Analizar si lo somos? ¿Pensar si lo fuimos? Creo que la reflexión ha de ser mucho más profunda y no pasa por una burda comparación de tiempos que encarnan épocas muy diferentes, lo cual no implica que el lograrlo no sea ya nuestro reto, antes por el contrario, pienso que ésa es precisamente la utopía que todos juntos hemos de hacer realidad.

La hondura de estas opciones depende del concepto que de ellas tengamos, vivirlas es una gracia, hacerlas realidad nuestra tarea.

Vuelvo a la Historia de los tiempos idos, pero grabados tan en lo íntimo, que se sienten a flor de carne. Y me digo: ¿Pastoral de conservación? ¡Kerigma del silencio!

A la luz de los signos de los tiempos aquellos, la Iglesia cubana unida, orante, serena vivía sus opciones encarnada en su realidad social, sin escudarse en la fe para eludir sus deberes patrios ni tomando a la Patria como pretexto para no vivir la coherencia de la fe -así dijeron los obispos cubanos de sus laicos. La encarnación era vivir al compás que lo hacía nuestro pueblo testimoniando con su presencia en los ambientes: una “espiritualidad encarnada en la historia”, nunca de espaldas a ella. Y entonces me pregunto: ¿No es la espiritualidad un talante de vida que nos lleva a ser alter ego de Cristo? ¿No es la evangelización dar a conocer a Jesucristo? ¿Puede gozar una espiritualidad encarnada quien no ore la vida misma?

A poco que reflexiono me doy cuenta que ese “pequeño resto de Yahvé”, a quien el Señor mismo había regalado una unidad maravillosa y una acendrada identidad que le permitía encarnarse sin perderse, desde la vivencia de la fe proclamaba en silencio la Palabra; porque oraba la vida, haciendo de sus problemas e incomprensiones, motivo de oración. Por eso pienso que, a la manera de la época, había presencia, consciente y profunda, de esas opciones que hoy día nos cuestionan, y su despegue cuestión del viento del Espíritu que sopla donde quiere.

Han transcurrido los años, y como toda sociedad que vive, la cubana ha cambiado, profundamente, más de lo que a veces pensamos, y el vivir encarnado y misionero tiene ahora una connotación diferente. Nuestra Iglesia ha crecido, a Dios gracias, pero ese crecer la ha visto, en ocasiones, perder identidad y compromiso, quizá porque no hemos sabido dar a la Cruz el lugar que exige la radicalidad del seguimiento de Jesús olvidando, además, lo expresado en el ENEC: La Iglesia Católica en Cuba ha hecho una clara opción… por mantener una doble y exigente fidelidad: a la Iglesia y a la Patria (n. 129).

Nuestra Iglesia es hoy misionera como nunca antes, y cierto es que en el tocar casa por casa, en la misión ad gentes, no nos aventaja tiempo alguno, mas, ¿no estaremos olvidando algunos campos ineludibles de la misión? Proclamamos nuestro empeño de ser Iglesia orante, y me cuestiono a veces si es que confundimos rezadora con orante, porque la acción jamás puede sustituir a la oración -que no es el repetir maquinal de oraciones-. Pero si hay algo que me inquieta, es lo referente a la encarnación; los tiempos que hoy vivimos nos llevan a veces al pietismo que se sustrae de la realidad y olvida el compromiso, o al acomodo que desoye la voz del Señor cuando pregunta por el hermano (cf. Gn 4, 9).

Y es que la Iglesia, para ser sacramento de Cristo, ha de vivir encarnada, de cara a la historia que construye el pueblo y junto a él: ésta es la exigencia primera de la “Ley de la Encarnación”.

La andadura evangélica es fiel al clamor de las gentes. Los consagrados hacen de la pobreza una opción para seguir a Cristo asemejándose a él; por eso viven con el pueblo y como él,pues su vida no puede ir por un lado y la realidad por otra. El laico “comprometido” no es el que va mucho al templo y sale a “misionar”, sino quien sabe dar respuesta cristiana a la vida desde la vida misma, siendo buen estudiante, buen trabajador, buen vecino, padre al estilo del Padre, amigo como el Amigo fiel, lo cual ya no es tan sencillo ni tan fácil pues requiere: un cambio de actitudes, una visión del futuro preñada de esperanza, capacidad de sacrificio y entrega, y sin duda, ayuda y formación humana y espiritual para poder ser sujetos de la puesta en práctica de la Doctrina Social de la Iglesia. Así concibo la encarnación.

Conozco los llantos y los cantos de mi Iglesia cuando siembra y cosecha, sé de su caminar contracorriente, su valor y su entrega. Pero aún nos queda mucho por aprender del ENEC y es largo el camino para hacer realidad las opciones que juntos soñamos vivenciar.

Coincido con Dago, mi amigo fraterno, en que resulta oportuno realizar: “Un segundo ENEC (Encuentro Nacional Eclesial Cubano), preparado desde ahora por una REC(Reflexión Eclesial Cubana), podría servir para que la Iglesia en Cuba llegue a tiempo a nuestro futuro ya próximo. Un futuro de esperanzas se nos abre, casi lo tocamos. Hemos de prepararnos para vivirlo a plenitud. Y si realizamos el proceso de Reflexión con el mismo estilo de la REC estaremos siendo una Iglesia sinodal que busca con su pueblo formas de hacer en una Cuba libre, una Iglesia pueblo de Dios que sueña unida porque sabe que el soñar juntos es el comienzo de la realidad.

Tal vez nuestra Iglesia, frágil barca de Pedro surcando marejadas de fuera y de dentro, no ha sabido vivir siempre su sueño “eneciano”, pero quiere cantar al Señor con Casaldáliga: Siempre esperé tu paz. No te he negado, aunque negué el amor de muchos modos y zozobré teniéndote a mi lado. No pagaré mis deudas; no me cobres. Si no he sabido hallarte siempre en todos, nunca dejé de amarte en los más pobres.

Como cubana, siento el orgullo de pertenencia a una Iglesia que halló en su fundador la fuerza en su debilidad, y a Él pido que nos ayude a ser una Iglesia pobre que vive la experiencia de su amor en el servicio a los más necesitados de su pueblo. Sólo así seremos comunidad encarnada, orante y misionera que, como dijera Pedro de Jesús (cf. Hch 10, 38), pasa haciendo el bien.

Hagamos vida el lema del ENEC: “Iglesia sin fronteras, solidaria en el amor”.


  • María Caridad Campistrous Pérez (Santiago de Cuba, 1943).  
  • Profesora de Física jubilada.
  • Profesora del Instituto Pastoral Pérez Serantes.

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