La cultura del “sí, pero…”

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Es notable el pesimismo de los cubanos. Si nos ponemos a buscar algunas de sus causas sale a flote, muy rápidamente, la vida bajo un sistema que limita la creatividad, coarta la iniciativa personal y pareciera perpetuarse en el poder de manera inamovible. Solo pareciera, recalco. Esta causa, que podría denominarse principal, irradia todas las dimensiones de la única vida que tenemos, y puede contagiar, de manera negativa, nuestros comportamientos. Es a lo que he querido llamar: la cultura del “sí, pero…”.

¿Cuántas veces nos hemos encontrado con personas que solo desprenden negatividad o le encuentran a todo ese “pero” del que hablamos? ¿Cuántas veces nos hemos descubierto nosotros mismos siendo esos desinfladores natos de todo tipo de esperanza o proyecto? ¿Cuántas veces nos hemos detenido a pensar a dónde llegamos con esas actitudes y, más aún, a quién beneficia?

He decidido vivir en Cuba, por opción muy personal. Y he decidido también no ser pesimista. Así que, cada vez que pasa por mi cabeza un pensamiento negativo y pesimista, parecido a ese estado de ver las cosas, intento desterrarlo, porque paraliza de una manera peculiar y va limitando cada uno de nuestros comportamientos.

Podría parecer muy subjetivo este tema; sin embargo, fijémonos en algunos comportamientos ciudadanos repetidos y determinemos que, hasta sin querer, podemos llegar a fomentar esa “cultura del pesimismo”. Hagamos el ejercicio de reconocer cuándo, dónde y en qué sentido hemos escuchado o hemos sido portadores de estos “sí, pero…”:

El más clásico de todos: “sí, pero… eso no va a suceder nunca”. Es el superlativo del pesimismo. El categórico y absoluto nunca, como si en la vida las cosas fueran así. Ni todo es blanco y negro, ni debemos vivir en los extremos del todo o nada. Es cierto que este comportamiento es notable cuando el estado de abatimiento supera la capacidad humana para recuperarse, para ser resiliente, limitando todo tipo de esperanza. Creer que las cosas nunca van a cambiar, que el estado de las cosas en Cuba siempre va a ser el mismo es, además de pesimista, ingenuo. Las cosas caen, y caen por su propio peso. Unas más rápido que otras, y no siempre al ritmo que pensamos, que deseamos o que necesitamos, pero caen. Si nos vamos a la física, es la ley de la gravitación universal. Si nos vamos a la lógica, tarde o temprano, lo que no funciona se atrofia, y lo que se atrofia por todos lados, muere. Con esta actitud pesimista pareciera que “creemos” más en el sistema que los propios gobernantes que han llegado a decir que “esto no funciona ni para nosotros mismos”.

Los sucesos del 3 de enero en Venezuela son un ejemplo clarísimo de que no solo las cosas cambian, sino que lo hacen rápido, de la noche a la mañana. Y de la forma menos pensada.

Por otra parte, tenemos el “sí, pero… todavía no estamos preparados”, acompañado del “sí, pero… es mejor esperar”. Estos inmovilizan, paralizan todo tipo de iniciativa. ¿Cuándo vamos a estar preparados? ¿A qué debemos esperar? Aunque podemos medir indirectamente esa preparación, en el sentido de que estén propicias las condiciones para “esto” o “aquello”, no debemos recaer en esa espera que, más que estar alertas para un momento determinado, es justificar el inmovilismo y la desazón. Y si no estamos preparados, ¿qué estamos haciendo para lograrlo? Es caer en un círculo vicioso porque: no estamos preparados, pero tampoco hacemos nada para prepararnos. A la larga el resultado es el mismo: mantenernos sin hacer nada, en el conformismo de que llegará el momento, cuando tenga que llegar, sin haber hecho nada para alcanzarlo. Es la actitud de los apáticos, de los químicamente puros que sacrifican el todo, por la parte, hasta que no esté todo perfecto. Y entretanto, no sucede nada, no se provoca ningún cambio, y más que eso, se genera una pasividad fácilmente aprovechable por aquellos que tienen otros planes, aunque sean macabros.

La historia de Cuba está plagada de sucesos que evidencian el valor de la actuación, en el sentido directo de “hacer algo”. Imaginemos cómo hubiera sido todo si nuestros fundadores hubieran esperado las condiciones ideales para: como hizo Varela, fundar los primeros laboratorios de química y física en el Seminario San Carlos y San Ambrosio; o como los patricios en Guáimaro, redactar una Constitución para dar orden al gobierno en la Isla; o como hizo José Martí, escribir incansablemente, aunque no estuvieran las condiciones dadas para su modelo de República “con todos y para el bien de todos”.

También está el pesimismo que se escuda en la verdad de ponderar que todo ser humano es único e irrepetible, para negar la similitud en algunos comportamientos, las enseñanzas de la historia o la tozuda realidad. El “sí, pero… nosotros somos diferentes” es un mecanismo de protección para blindar cualquier influencia, para desechar toda comparación que provoque esperanza. Esta actitud estriba entre enarbolar una diversidad que a veces ni siquiera respetamos y maximizar una unicidad que nos saca de cualquier patrón preestablecido. En todo caso, coloca “eso” que nos hace diferentes como excusa para evitar ese cambio que necesitamos.

Somos diferentes, pero nos unen, por ejemplo, la dignidad y los derechos. Por ellos y para ellos, debemos trabajar desde la diversidad de roles en la sociedad civil cubana. Y si de países se trata, por ejemplo, hablando de modelos de transición, mucho podemos aprender de Europa del Este. En una ocasión, hablando del cambio en Cuba, escuchaba a un intelectual diciendo: “Cuba no es Polonia”. Verdad de Perogrullo. Pero detrás de aquella sentencia se vislumbraba desmotivación, ganas de dejar las cosas en el estado en que estaban, no porque fuera lo más útil, sino lo más cómodo. Y sí, Cuba no es Polonia, ni Cuba es Venezuela, pero las dictaduras repiten los mismos métodos, recaen en los mismos errores y siguen un guión de manual que lejos de ser diferentes, inevitablemente, las convierte en monótonas, copia al calco unas de otras.

Muchos otros “sí, pero…” inundan nuestras vidas. Puede ser por resignación, por adaptación, por llamar la atención, por incordiar, o simplemente por el vicio de ponerle un “pero” a todo, para ubicar nuestra visión hacia el lado más desfavorable; lo que, al fin y al cabo, es el predominio del mal sobre el bien.

En todo caso, el pesimismo es una enfermedad del espíritu, y debemos mantener el espíritu sano. Como decía Paulo Cohelo: “Optimistas y pesimistas morirán de todos modos. Pero habrán vivido de manera totalmente distinta”. Desterremos el miedo al cambio y la cultura del “sí, pero…”, que es alejar de nuestras vidas todo tipo de pesimismos. En tres pasos rápidos: 1. Dejemos de quejarnos y canalicemos nuestros miedos y frustraciones. 2. Cambiemos el enfoque, que es tener visión de futuro; y 3. Cultivemos la esperanza activa, que es trabajar para que lo que parece imposible sea realizable.

¡Empecemos pronto!

¡Empecemos ya!

 

 

 

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.
Scroll al inicio