Cadáveres amados los que un día
ensueños fuiste de la patria mía,
¡arrojad, arrojad sobre mi frente
polvo de vuestros huesos carcomidos!
[…]
Cuando se muere en brazos de la patria agradecida
la muerte acaba, la prisión se rompe;
empieza, al fin,
¡con el morir la vida!
José Martí, Madrid 1872
El estado de ánimo de los líderes cubanos había empeorado. La crisis económica, así como la política despótica del Capitán General Francisco Lersundi, causaba un descontento nacional. No había otro remedio que acudir a la guerra ya que los cubanos sabían que de España no se podía esperar nada a no ser un tiránico régimen que seguiría oprimiendo al pueblo. El 10 de octubre de 1868 dio comienzo en la manigua la Guerra de los Diez Años que iría acompañada de revueltas y conspiraciones en ciudades y poblados, y que a la larga desangraría al país y lo dejaría en ruinas.
En 1869 había estado preso en La Cabaña Fermín Valdés Domínguez, el ferviente amigo de José Martí, quien declaró después: “pasé un año en el mismo calabozo en donde después encerraron al patriota Juan Clemente Zenea”. El 25 de agosto de 1871, luego de 8 meses de cárcel, tuvo lugar en los fosos de La Cabaña el fusilamiento del poeta Juan Clemente Zenea y Fornaris. Un mes después, el 24 de septiembre fue condenado a muerte y ejecutado el estudiante universitario Luis Ayestarán Moliner, miembro de la Cámara de Representantes de la Asamblea de Guáimaro. Luego ocurriría el rescate del brigadier Julio Sanguily por Ignacio Agramonte, el 8 de octubre de aquel mismo año. El 20 de octubre llegaron a la capital tres insurrectos procedentes de Nueva York con el propósito de incendiar la ciudad. Al ser descubiertos, entablaron un combate con la policía en el que falleció Antonio Socarrás y fueron heridos dos guardias. Perfecto López fue apresado y condenado a la pena máxima. El ambiente estaba tan caldeado que se podía esperar cualquier cosa de los miembros del Cuerpo de Voluntarios por su odio anticubano.
El periodista asturiano Gonzalo Castañón y Escarano1, había sido director y propietario hasta su muerte del periódico español La Voz de Cuba que era el mayor exponente del integrismo español en la isla. En 1870 Castañón había publicado un documento en su periódico mostrando el odio hacia los cubanos:
“que su número sea mayor o menor, que su calidad sea mejor o peor, importa poco. Lo que nos interesa es anularlo, es destruirlo por completo, porque mientras uno de ellos exista y tenga algún modo de herirnos, no podemos estar tranquilos. […] Hace falta repoblar la isla con elementos exclusivamente españoles […]. Si Cuba ha de continuar siendo española, es necesario variar radicalmente”.2
Mientras tanto los cubanos refugiados en Cayo Hueso luchaban sin tregua en sus esfuerzos por apoyar a la Revolución, y seguían día a día el desarrollo de la guerra en la Isla. Temerosos los españoles del Cayo, seguían paso a paso las actividades de los cubanos exiliados. El periodista Castañón hacía pública su mordacidad contra los patriotas del Cayo, y los había atacado en su periódico para exacerbar los ánimos de los cubanos y llevarlos a la confrontación, terreno que había ido abonando a su favor, contando con la solidaridad y el apoyo de los españoles reaccionarios. La polémica llegó al clímax cuando Castañón tildó de prostitutas a las esposas de los emigrados.
El Cubano José María (Nito) Reyes, dueño del periódico El Republicano del Cayo, dio una respuesta enérgica y viril al periodista español, quien tan pronto tuvo la respuesta en sus manos, la publicó el 21 de enero de 1870. Era una carta en la que demandaba explicaciones al director de El Republicano y lo retaba a duelo, cosa que estaba prohibida. Sus seguidores, conocedores del verdadero propósito de Castañón, confiaban en el éxito de la maniobra que intentaba deshonrar a los patriotas cubanos. Castañón se paseó por La Habana, hizo testamento y pidió a su amigo León Lenzamuzga que escribiera su biografía en caso de que falleciera. Luego se hizo un retrato provocador en el estudio fotográfico de Samuel Cohner, uno de los mejores de La Habana.
Desde Cayo Hueso, José María Reyes alegó que no podía volver a Cuba dada su condición de exilado político e invitó a Castañón a que fuera él a tierra norteamericana. Castañón aceptó y el 28 de enero partió hacia el Cayo con un par de amigos, un médico y dos criados. Castañón pensaba que, luego de abofetear en público a Reyes, eludiría los ataques y cualquier reto a duelo. Luego se escurriría y aparecería en La Habana como un héroe.
El día 29 de enero, Castañón y sus acompañantes ya en Cayo Hueso, se hospedaron en el Hotel Russell House frente al cual vivía José María Reyes y donde también estaban las oficinas de su periódico. Bien sabía el español que el duelo estaba prohibido en el Cayo y esperaba que sus acciones pudieran llevar a los exiliados a un proceso judicial. En su libro Motivos de Cayo Hueso, el exiliado y escritor Gerardo Castellanos García relata: “La emigración cubana era de relieve y agresividad. Funcionaban diversas sociedades y clubes revolucionarios. Existía fraternal identificación entre los nativos y las autoridades. Eran escasos los españoles avecindados. La presencia de Castañón, conocidos su historia y sus flagelos periodísticos contra los cubanos y sus mujeres, produjo revuelo en todos los centros. Las autoridades se dieron cuenta de las consecuencias que aquella atrevida visita podía provocar en el pacífico islote. Pocas veces Cayo Hueso había estado tan alarmado”.3
Castañón le propuso al cubano una entrevista. El encuentro tuvo lugar en el restaurante El Louvre en la calle Front. Reyes acudió cándidamente y desarmado. Se desconoce por qué procedió de esa manera, porque de las cartas cruzadas y de las amenazas de Castañón se desprendía que no habría acuerdo alguno. Apenas iniciada la entrevista, Castañón sacó del bolsillo un número de El Republicano y le preguntó si había escrito el artículo que le señalaba. Reyes contestó afirmativamente. Entonces su interlocutor, colérico, le estrujó el papel en la cara y lo abofeteó. Reyes, ante la agresión inesperada, salió a la calle y gritó: “¡cubanos, han ofendido a Cuba!” Se formó un tumulto. Los cubanos corrieron a Russell House. La policía tuvo que intervenir. Se pedía venganza.
Se abrió un proceso judicial contra el español. El juez le impuso 200 dólares de fianza y fijó el juicio para el primero de mayo siguiente. Sus objetivos estaban casi logrados: había abofeteado a Nito Reyes con el escándalo consiguiente. Por lo demás, el señalamiento del juicio para una fecha tan lejana le daba a Castañón la oportunidad de esfumarse de la escena de los hechos. Pero enseguida Castañón recibió varios retos a duelo, entre ellos el de José Botello, oficial del Ejército Libertador. Castañón dio largas al asunto y discutió uno por uno los lances a los que lo habían retado, incluido el de Mateo Orozco, un virtuoso patriota que se ganaba la vida como vendedor de pan. Aceptó por fin un duelo irregular con Orozco. A esas alturas Castañón planeaba escapar ese día en que tocaría un vapor en Cayo Hueso en su ruta Nueva Orleans-La Habana. Los españoles tenían sus equipajes preparados y estaban listos para embarcar sigilosamente en ese buque.
Para que llegara a oídos del público, Castañón dijo que no estaba dispuesto a batirse con personas de baja calaña. Enterado Mateo Orozco del ofensivo comentario y con la sospecha de que Castañón desaparecería en cualquier momento, acudió al Russell House a pedirle explicaciones. A las 11 de la mañana del 31 de enero Orozco increpó al español y Castañón lo empujó. El cubano como respuesta le propinó unas bofetadas y Castañón corre hacia el interior del hotel a fin de ocultarse tras la escalera central y disparar desde allí a su adversario. Orozco también dispara desde la puerta y acierta dos veces, una de estas en la ingle de su rival y a los pocos minutos este fallece. Mateo Orozco pudo escapar y un tribunal de Cayo Hueso estimó que había actuado en legítima defensa y lo absolvió de toda culpa.
El cadáver de Castañón fue llevado a La Habana e inhumado con honores militares en el antiguo Cementerio de Espada. El entierro fue un acontecimiento. Los voluntarios siguieron al féretro hasta el cementerio, y en la puerta de la necrópolis el poeta Francisco de Campodrón recitó un poema.
El incidente de los estudiantes de Medicina
El 27 de noviembre de 1871 fueron fusilados en el paredón de La Punta ocho estudiantes del primer año de medicina de la Universidad de La Habana. Los estudiantes fueron acusados de profanar la tumba de Castañón en el cementerio de Espada, aunque todo fue una falsedad y un invento para asesinar a ocho indefensos e inocentes jóvenes estudiantes cubanos.
¿Qué fue lo que ocurrió realmente en el Cementerio de Espada? El 23 de noviembre, mientras esperaban que comenzaran las clases, cuatro estudiantes se pusieron a jugar con el carro de transportar los cadáveres en el patio del cementerio. Un quinto estudiante se abstiene de unirse a los otros y arranca una rosa. Ahí comenzó el problema. El 25 de noviembre el Gobernador Político de La Habana, escoltado por los Voluntarios, detiene al grupo de primer año de Medicina acusándolos de haber ultrajado la tumba de Castañón. Se instruye el proceso y se lleva a cabo un consejo de guerra. El capitán del ejército español Federico Capdevila Miñano (Valencia 1845-Santiago de Cuba, 1898), Venerable Maestro de la logia La Cruz No. 71 de Holguín-Oriente, es el defensor de los estudiantes. En el juicio Capdevila denunció la injusticia:
“Triste, lamentable y esencialmente repugnante, es el acto de comparecer y elevar mi humilde voz ante este respetable Tribunal, reunido aquí, en esta fidelísima Antilla, por la violencia y por el frenesí de un puñado de revoltosos, pues ni aun de fanáticos puede conceptuárseles. Que, hollando la equidad y la justicia, pisoteando el principio de autoridad, abusando de la fuerza, quieren sobreponerse a la sana razón: a la ley. Nunca en mi vida podré conformarme con la petición de un caballero fiscal que ha sido impulsado, impelido, a condenar involuntariamente, sin convicción, sin prueba alguna, sin hechos, sin el más leve indicio sobre el ilusorio delito que únicamente de voz pública se ha propalado.
“Dolorosa y altamente sensible me es, que los que se llaman Voluntarios de La Habana hayan resuelto ayer y hoy dar su mano a los sediciosos que forman la Comuna de París, pues pretenden irreflexivamente convertirse en asesinos ¡y lo conseguirán!, si el Tribunal a quien suplico e imploro no obra con la justicia, la equidad y la imparcialidad de que están revestidos. Si es necesario que nuestros compatriotas, nuestros hermanos bajo el seudónimo de voluntarios nos inmolen, será una gloria, una corona por parte nuestra para la nación española. Seamos inmolados, sacrificados, pero débiles, injustos, asesinos, ¡jamás! De lo contrario será un borrón que no habrá mano hábil que lo haga desaparecer.
“Mi obligación como español, mi sagrado deber como defensor, mi honra como caballero y mi pundonor como oficial, es proteger y amparar al inocente. ¡Y lo son mis 45 defendidos! Defender a esos niños que apenas han salido de la pubertad para entrar en esa edad juvenil en que no hay odios, no hay venganzas, no hay pasiones. En que como las pobres e inocentes mariposas revolotean de flor en flor aspirando su aroma, su esencia y su perfume, viviendo sólo de quiméricas ilusiones. ¿Qué van ustedes a esperar de un niño? ¿Puede llamárseles, juzgárseles como a hombres a los 14, 16 o 18 años poco más o menos? ¡No! Pero en la inadmisible suposición de que se les juzgue como a hombres: ¿Dónde está la acusación? ¿Dónde consta el delito que se les acrimina y supone?
“Señores: Desde la apertura del Sumario, he presenciado, he oído la lectura del parte, declaraciones y cargos verbales hechos. Y, o yo soy muy ignorante, o nada absolutamente encuentro de culpabilidad. Antes de entrar en la sala, había oído infinitos rumores de que los alumnos o estudiantes de medicina habían cometido desacatos y sacrilegios en el cementerio. Pero en honor a la verdad, nada absolutamente aparece en las diligencias sumarias. ¿Dónde consta el delito, ese desacato sacrílego? Creo, y estoy firmemente convencido, que sólo germina en la imaginación obtusa que fermenta la embriaguez en un pequeño número de sediciosos.
Señores: Ante todo somos honrados militares. El honor es nuestro lema, nuestro orgullo, nuestra divisa. Con España siempre honra, siempre nobleza, siempre hidalguía. ¡Pero jamás bajezas, pasiones, ni miedo! El militar pundonoroso muere en su puesto. Pues bien, ¡que nos asesinen!
Los hombres de orden, de sociedad, las naciones, nos dedicarán un opúsculo, una inmortal memoria. He dicho”.
A pesar de esta elocuente exposición que muestra la valentía de un militar intachable y honesto, los 45 estudiantes de medicina fueron declarados culpables –la clase completa de primer año universitario- y condenados ocho de ellos a morir fusilados. Fermín Valdés Domínguez escribe:
“Momentos fueron aquellos terribles para nosotros; aquella galera era nuestra capilla. Aquella ansiedad, que no era mayor que la de toda la noche y todo el día, duró una hora. Todo indicaba que iba a consumarse el crimen, pues la capilla de la cárcel esperaba ya a las víctimas. Una compañía de Voluntarios la custodiaba, y aún no sabíamos quién había de morir”.
“Mamá, papá, Luis, Victoria, familia, Donata, mis hermanos: adiós. Muero inocente. Me he confesado”. Ángel Laborde desde la capilla de la prisión.
Los nombres y edades de los condenados al paredón fueron: Alonso Álvarez de la Campa (16 años), Anacleto Bermúdez (20 años), José de Marcos Medina (20 años), Ángel Laborde (17 años), Juan Pascual Rodríguez (21años), Carlos de la Torre (20 años), Eladio González y Toledo (20 años) y Carlos Verdugo (17 años).4 Frente a la pared del edificio usado como depósito del cuerpo de ingenieros, se colocaron a los infelices inocentes de 2 en 2, de espaldas y de rodillas. Fueron fusilados a las 4:20 de la tarde del 27 de noviembre por el piquete de fusilamiento.
Sobre los demás estudiantes, trece fueron condenados a seis años de presidio figurado, entre ellos Fermín Valdés Domínguez. A diecinueve se les impuso la pena de cuatro años de presidio; otros cuatro en reclusión por seis meses, y a todos les incautaron los bienes. Solo dos fueron absueltos. Los primeros días sufrieron en las canteras de San Lázaro, con la cabeza rapada, grilletes en las piernas, y en uniforme de presos. “Trabajar sin descanso —escribe Fermín Valdés Domínguez—, sufrir el palo para salvar la vida: esta es la vida sombría de la cantera”.
Al mes de cometerse el crimen, la matancera Emilia Casanova, esposa del escritor Cirilo Villaverde5, quien residía exiliada en Nueva York desde 1854 y dedicada a acompañen a visitar al presidente de los Estados Unidos, Ulises Grant, para abogar por los estudiantes encarcelados. La patriota camagüeyana, Ana Betancourt, recuerda:
“En diciembre fui invitada por la señora de Villaverde para que la acompañase con doce señoras más a Washington. El objeto de esta comisión era pedirle al presidente Grant en nombre de las madres de los estudiantes que se habían escapado de la muerte y se hallaban arrastrando una cadena en el presidio de La Habana, que interpusiese todo su influjo para con el gobierno de Madrid, para ver si conseguía se les conmutase la pena del presidio por la del destierro”.6
Y continúa Ana Betancourt:
“El día de nuestra salida fue la de Villaverde a buscarme y al llegar al paradero me declaró que ninguna de las otras señoras había querido acompañarla. Le dije que me parecía algo ridículo el que nos presentásemos solas las dos. Me contestó que ella tenía ya formado su plan y que, aunque las otras no fuesen, aparecería como que estaban enfermas en el hotel. Así lo hizo presente al Señor Presidente, el que nos dio una cordial acogida; nos alentó mucho y por último nos dijo que, si hacíamos de manera que no se trasluciese el objeto de nuestra entrevista con él, casi estaba seguro de conseguir lo que le pedíamos. Para alejar toda sospecha, se hizo circular que habíamos ido a pedir la beligerancia. Estos nos ponían en ridículo, pero ¿qué nos importaba el ridículo si lográbamos salvar aquellos inocentes niños del presidio, y devolver la paz al corazón de sus madres? Cuando el éxito coronó nuestra empresa; cuando se supo que los estudiantes habían sido sacados del presidio y enviados a España por nuestra intervención, entonces callaron. Siempre agradeceré a Emilia el que me hubiese asociado a ella para esa misión tan santa y caritativa”.7
Los estudiantes encarcelados se salvaron también gracias al rechazo de varias naciones junto a las gestiones familiares, los escritos en los periódicos, la presión de los cónsules y la opinión pública mundial que despertó en ellos aquella injusticia. Antes de seis meses el rey Amadeo I8 decretó el indulto de los jóvenes que guardaban presidio.
Las madres de los estudiantes fusilados
¿Quiénes fueron las madres de los estudiantes de medicina fusilados? Poco se sabe de ellas quienes los habían traído al mundo. La historia las ha olvidado, pero hoy las recordamos y honramos su memoria junto a la de sus hijos muertos: Manuela Madrigal, Inés Martínez, Emilia Medina Ferrara (venezolana), Francisca Perera, Rosa Pérez Román, María Luisa Piñero, Rosalía Toledo y Leonor Amoedo9. ¿Cómo se habrán quedado estas mujeres? ¿Cuántas de ellas no habrán enloquecido o caído en una gran depresión al conocer la injusta sentencia del régimen español? El pueblo Cubano quedó consternado ante el suceso.
En cuanto al capitán Federico Capdevila, pocas semanas después del fusilamiento de los estudiantes fue enviado a la guerra. Anduvo por Holguín y en 1874 lo encontramos en Sancti Spíritus donde conoció a su futura esposa, la cubana Isabel Piña Estrada, con quien contrae matrimonio poco tiempo después. La poeta de Quivicán, Nieves Xenes10, al cumplir diecinueve años se traslada para La Habana y comienza a escribir versos sobre su amor por la patria. Al ocurrir el incidente de los estudiantes, les dedicó unos sentidos versos11:
Con orgullo rendid vuestro amoroso tributo
a los estudiantes de Medicina
a la memoria bendecida del hermano
que tierno y generoso supo
a la patria consagrar su vida.
Como él, luchad por conquistar un día
de la gloria los lauros inmortales,
palpitantes sentid como él sentía
de la doliente humanidad los males
Como él con noble y varonil denuedo,
ante la torva faz de la injusticia,
alzad la frente y defended sin miedo
el bien, la libertad y la justicia.
Y a la patria, abrumada de dolores,
que el triste seno desgarrado siente,
la corona de abrojos punzadores
¡arrancaréis de la abatida frente!
En el 154 aniversario de la muerte de estos inocentes jóvenes estudiantes, recordamos el doloroso suceso que manchó de sangre un capítulo de nuestra historia, pero que acrecentó las ansias de independencia entre los cubanos que siguieron luchando por la libertad y la independencia de España. Descansen en paz Alonso Francisco; José Ramón; Carlos Augusto; Eladio Federico; Juan Pascual; Anacleto Pablo; Ángel José y Carlos de Jesús.
Nota: Un año después del incidente, Fernando de Castañón, hijo de Gonzalo de Castañón, a instancias de Fermín Valdés Domínguez, viajó de España a Cuba y visitó la tumba de su padre. Se extrajo el ataúd comprobándose que no había existido profanación de ninguna clase. Fernando de Castañón tuvo entonces la hombría de escribirle una carta a Fermín Valdés Domínguez dando constancia que ni la tumba ni los restos de su padre habían sido violados o profanados.
Referencias
1Gonzalo Castañón Escarano (Mieres, Asturias 1834-Cayo Hueso, Florida 1870) fue un escritor y periodista español asentado en Cuba.
2Le Roy y Gálvez, LF., “La inocencia de los estudiantes fusilados en 1871”, en: Baujin JA, Ruiz M., Con un himno en la garganta. El 27 de noviembre de 1871: investigación histórica universitaria e inocencia, de Alejandro Gil, La Habana, Editorial UH Ediciones ICAIC, 2019, pp 165-76.
3Gerardo Castellanos García, Motivos de Cayo Hueso, Ucar y Cía., La Habana, 1935.
4Ibidem.
5Emilia Casanova de Villaverde (Matanzas 1832–Nueva York 1897), esposa del novelista Cirilo Villaverde, quien abogó por la libertad de Cuba todos los años que vivió exiliada en Filadelfia y Nueva York.
6Ver Mujeres de la Patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba de Teresa Fernández Soneira, vol. 2, Ediciones Universal, Miami 2018.
7 Nydia Sarabia, Ana Betancourt, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1970.
8 Rey de España desde el 2 de enero de 1871 hasta el 11 de febrero de 1873.
9Teresa Fernández Soneira: Mujeres de la Patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba, vol. 1, Ediciones Universal, Miami, 2014, pp. 451-455.
10Nieves Xenes, (Quivicán 1859-1915), poeta cubana, modernista.
11Domitila García de Coronado: Álbum poético, fotográfico de escritoras y poetisas cubanas, Impr. El Fígaro, La Habana 1926.
Teresa Fernández Soneira (La Habana, 1947).
Investigadora e historiadora.
Estudió en los colegios del Apostolado de La Habana (Vedado) y en Madrid, España.
Licenciada en humanidades por Barry University (Miami, Florida).
Fue columnista de La Voz Católica, de la Arquidiócesis de Miami, y editora de Maris Stella, de las ex-alumnas del colegio Apostolado.
Tiene publicados varios libros de temática cubana, entre ellos “Cuba: Historia de la Educación Católica 1582-1961”, y “Mujeres de la patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba” (2 vols. 2014 y 2018).
Reside en Miami, Florida.
