CUBA: CRECE LA ESPERANZA

Lunes de Dagoberto

Pudiera parecer contradictorio. Todo empeora en Cuba. Pero al mismo tiempo se ha ido levantando, desde un susurro de “lo malo que está esto”, pasando por un “hasta cuándo será esto”, hasta llegar a escuchar en cada esquina, en cada cola, en cada balcón, en alta voz, con menos miedo, el clamor creciente y claro de nuestro pueblo que exige que “esto tiene que cambiar”, identificando al sistema como la causa profunda de todos nuestros males y afincándose en la certeza de que el principal “bloqueo” que sufrimos no viene de fuera, de donde vienen los dólares, sino que viene de las entrañas del poder que nos oprime.

En este lento pero tozudo proceso de abrir los ojos, tomar conciencia, identificar la causa estructural y nombrar a los responsables por su nombre o apellido, se fundamenta mi esperanza realista.

La esperanza tanto alcanza cuanto espera

El poeta místico español san Juan de la Cruz (1542-1591), Doctor de la Iglesia, decía: “La esperanza tanto alcanza cuanto espera”. En Cuba hoy, la total desesperanza en que el sistema pudiera resolver el problema fundamental que es causado por él mismo, por su misma esencia, “intrínsecamente perversa”, que va contra la naturaleza humana… esa desconfianza en que con lo mismo se pudiera llegar a algo mejor, ese derrumbamiento del mito de la revolución de los humildes y para los humildes, es la primera razón de mi esperanza.

El derrumbe no es solo material, es un derrumbe moral, cívico, espiritual. Cuba vive en un derrumbe total. Nada se espera de esta ruina. Todo se espera fuera del régimen. Esta es otra razón de esperanza.

Entonces, si todo se espera diferente de lo que hay hoy, todo se espera de un cambio: “esto así no puede seguir”, “esto tiene que cambiar”, dice la mayoría patente de los cubanos. Solo faltaría un paso en la conjugación de la libertad: pasar del “esto tiene que cambiar” al “esto lo tenemos que cambiar nosotros”, a “esto lo tengo que cambiar yo”. Cada uno de los cubanos, viva en la Isla o en la Diáspora, debemos asumir la responsabilidad de hacernos cargo de nuestra libertad.

Algunos de mis lectores, sobre todo aquellos que no logran ver las señales, cada vez más claras, de que la libertad se acerca, y se hunden a sí mismos en el escepticismo, podrán decir: “un árbol no hace monte”, ¿qué puedo hacer yo?… Pues cada cubano debe hacer lo poco que pueda hacer. Todo monte comienza por sembrar pequeñas semillas, regarlas, cultivarlas y cuidar que nadie arranque o tale el árbol de nuestra esperanza. Una forma casi inconsciente de talar nuestra esperanza es empecinarse en ser un activista del pesimismo; es dedicarse a sofocar, con el “jarro de agua fría” de nuestra manía de negatividad, las pequeñas llamas que calientan e iluminan el camino de la esperanza.

Propuestas

1. Revisa tu actitud cotidiana: ¿tus palabras, tus actos, tu vida, son siempre desalentadoras, pesimistas, te dedicas sistemáticamente a resaltar lo negativo y a no querer ver las señales reales de esperanza? Si eres de estas personas trabajas para que nada cambie, incluso, a veces sin darte cuenta y sin quererlo. No se trata de disimular u ocultar lo malo que está esto, se trata de comprender que la crisis terminal y el colapso de todas las estructuras es, precisamente, la más grande señal de que esto está al borde de la muerte y de que solo muriendo al pasado se puede acceder a una vida nueva. No trabajes para alargar la agonía con tu pesimismo. No trabajes para restar energías con tu desaliento. Trabaja por la libertad desde la esperanza.

2. Todo cubano tiene, en el hondón de su alma, la chispa del deseo de que Cuba cambie. Allí está la fe trascendente de que el bien es más fuerte que el mal y que siempre que llueve, escampa. Allí, en tu interior, está subyacente aquella convicción de que ninguna noche es eterna y que siempre amanece. Cuba necesita gente despierta a la esperanza, necesitamos ser centinelas que se levanten del letargo primero que los demás, subir del fondo de su alma a lo alto de la esperanza que es la única forma de mirar lejos, otear el horizonte de Cuba y descubrir la tierra firme de nuestra libertad. Los cubanos debemos aprender, al mismo tiempo que estamos sumidos, cabizbajos, en la lucha diaria y agónica de la supervivencia, a levantar nuestras cabezas y mirar alto y lejos, para buscar las noticias, las señales verdaderas y alentadoras, compartirlas y, sobre todo, hilarlas, concatenarlas, interrelacionarlas, y tomar conciencia de su impacto y consecuencias para Cuba.

3. Cuando en la mayoría de las naciones de nuestro hemisferio los pueblos están despertando y votando libremente para liberarse de aquello que produce opresión, división y miseria; cuando todo apunta a que los factores internos y externos se han alineado a favor de la libertad y la democracia, ¿cómo vamos a seguir como “zombies” mirando hacia atrás y hundidos en la desesperanza?

Las campanas de la libertad han sonado en nuestros corazones, en toda Cuba y en nuestro continente, aunque se intente silenciar las campanas de nuestra Iglesias: A pesar del poder de España sonó la campana de la libertad en La Demajagua aquel 10 de octubre de 1868. A pesar del silencio impuesto, sonaron las campanas de la Iglesia de Bayamo, junto con las notas de nuestro Himno Nacional, aquel 20 de octubre de 1868. Sonaron todas las campanas de las iglesias de la capital cuando salieron los invasores ingleses que querían confiscarlas para convertir su bronce en cañones aquellos días de la Toma de La Habana por los ingleses en el mes de agosto de 1762, a pesar de que, el 3 de noviembre de 1762, la autoridad británica hizo expulsar al obispo Pedro Morell de Santa Cruz, a la fuerza, a bordo de una fragata inglesa que estaba en el puerto de La Habana por negarse a entregar el botín de guerra y la listas de los sacerdotes. A pesar de los pesares, sonó la campana de la Iglesia Parroquial de Mantua, en Pinar del Río, el día que terminó Maceo la invasión libertaria de Oriente a Occidente, el 22 de enero de 1896. Sonaron las campanas de todas las iglesias cubanas el 20 de mayo de 1902, nacimiento de la República de Cuba, mientras Máximo Gómez izaba la bandera de la libertad en el Morro de La Habana. Las campanas de la iglesia de Esmeralda, en Camagüey, sonaron la noche del viernes 17 de mayo de 2024 y continuaron al día siguiente. Sonaron las campanas de la Iglesia de la Milagrosa en un barrio de La Habana el 8 de diciembre de 2025, aunque ello implicara la expulsión del sacerdote misionero que las repicó para solidarizarse con el clamor del pueblo.

Tengo la certeza y la firme esperanza realista de que las campanas de la libertad de Cuba volverán a sonar.

Y sonarán muy pronto.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
  • Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Ingeniero agrónomo.
  • Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
  • Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2007.
  • Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
  • Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
  • Reside en Pinar del Río.

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