La cultura y la ciencia despolitizadas

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

La política lo permea todo. Casi es imposible que no sea así; pero, en los sistemas totalitarios tiene una manera peculiar de colarse en ambientes insospechados que van desde la vida privada de cada persona hasta el control de las instituciones sin importar su naturaleza. En días recientes han tenido lugar, en el escenario cubano convulso con tanta crisis epidemiológica y controversia política, por aquello de estar metidos en todo cuanto se mueve de política internacional olvidando los asuntos más urgentes de política doméstica, dos situaciones que demuestra hasta dónde puede llegar el abuso de la política que se le puede ubicar por encima de la cultura y por encima de la ciencia.

La primera situación a la que me refiero, por supuesto, es a la censura que recibió el homenaje previsto en la Fábrica de Arte Cubano por el centenario del natalicio de la icónica Celia Cruz. La llamada “política cultural” de la Revolución y el Partido, si no es que son dos entelequias para definir un mismo concepto (control, censura, poder, cerrazón), sigue determinando qué es permitido y qué no, como si los ciudadanos necesitáramos ser manejados, también, en cuanto a gustos artísticos. Pero es que bien saben los comisarios de la cultura que, como sucede con Celia, más allá del arte hay un fenómeno espiritual que ni con las más férreas estrategias pueden ocultar: se trata de la identidad cultural. Esa que existe aunque Celia no haya podido regresar a su tierra habanera; esa que existe a pesar de la prohibición en este centenario. Celia simboliza a Cuba, y Cuba es multicolor en su esencia, todo de lo bueno cabe, pero libre y diveso, como libre y diverso debe ser el pensamiento humano que echa a volar la creatividad y se sobrepone ante toda censura.

Si quisieron silenciar el homenaje con la cancelación del evento, más alcance tuvo cuando se comunica la noticia y cuando, performáticamente, se coloca una butaca vacía, iluminada y silenciosa, que representa ese respeto por los grandes, pero también ese gran butacón pudiera simbolizar la sede del alma de la nación.

Asimismo permanece Cuba, intentando mantener alumbrado el corazón, mientras lo/nos protegemos de toda oscuridad exterior. Los recursivos intentos para arrasar con la historia y la cultura de los pueblos e imponer un modelo hegemónico, aburrido y oficialista, son una vieja estrategia que se revierte en una reacción contraria, en una mayor búsqueda de lo “prohibido”.

Algunas de las estrategias, vengan de un lado o del otro, por lo absurdo de sus planteamientos hacen que sean más efímeras que el humo y duren el tiempo que dura un titular en los medios de comunicación. Decir que nuevos artistas de géneros urbanos, sin contenidos en sus letras, o sin más fama que la de tener muchos seguidores atrapados en la espiral del reparto, son superiores a Celia que es toda una leyenda de la música cubana, es una ignorancia supina. Como también lo es decir que “antes de 1959 en Cuba no existían grandes artistas ni deportistas”. ¡Qué horror!

Todo ello es pura farándula en un caso y adoctrinamiento cegador en el otro. La cultura es el alma de los pueblos y, más allá de la política, el alma se debe mantener detoxificada de tanta contaminación que se pega por los caminos, de tanto escaramujo que se adhiere como costra a la barca que con timonel avanza hacia la libertad y hacia todo aquello que, como la música, eleva, crea y sana.

La segunda situación ha sido la presentación, en medio de la crisis sistémica que atraviesa Cuba, del Anteproyecto de Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación. Con la propuesta han salido a relucir algunas deficiencias que para no verlas hasta el momento solo se necesita estar enfrascados en otros asuntos, como la misma censura hacia el mundo de la cultura, o mantenerse en la actitud de tapar el sol con un dedo, con el pretexto del archiconocido bloqueo-embargo, o la “innovadora” estrategia de hacer más con menos.

Resulta que ahora los funcionarios que dirigen la ciencia en Cuba no poseen la preparación suficiente. ¿Y cómo llegaron ahí? ¿Y cómo se han mantenido hasta este momento en que se presenta un anteproyecto de ley y saltan estas evidencias? ¿De quién es la responsabilidad en un cadena de mando donde el polo científico es controlado directamente por el Consejo de Estado?

Hace algunos años, cuando transmitían por la televisión nacional cubana el serial “Conciencia”, basado en hechos reales del quehacer y vida de los científicos de una institución como el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de La Habana (dicho sea de paso, donde ejercí mis prácticas laborales desde tercer año del pregrado, realicé mis investigaciones para tesis de licenciatura y trabajé los dos años de servicio social) algunos amigos me preguntaban si era posible que así, como mostraba el audiovisual, fuera la vida del científico. Y dolorosamente decía siempre que la pequeña pantalla se quedaba chiquita si de narrar las vivencias se trataba.

Una ciencia instrumentalizada, ideologizada, politizada a cabalidad, desde el perfil del investigador hasta el destino de los recursos en los proyectos de investigación y desarrollo de nuevos productos en los diferentes sectores. La jefatura científica en manos de personas confiables políticamente para la institución y el gobierno, algunos miembros del buró político y cuadros del Partido y el gobierno.

La biotecnología se fue convirtiendo, poco a poco, en un mecanismo para establecer alianzas entre gobiernos afines y en una fuente de ingreso de divisas al país. Junto al turismo, la exportación de biopreparados, inmunoderivados, anticuerpos monoclonales, candidatos vacunales, entre otros, pasaron a ser también un asunto político. El mercado traza las líneas de investigación y el gobierno coloca al frente de esas líneas a quien, por su fidelidad al poder, no necesariamente por su preparación científica, será capaz de responder a los intereses del poder.

A veces en la ciencia no basta ser un buen trabajador, interesado por aprender y aplicar todo lo que se es capaz de adquirir a través de la literatura científica sin sesgo político. A veces no basta ni siquiera reunir los requisitos académicos y el carisma educativo para asumir la responsabilidad de la educación de las nuevas generaciones en el ámbito de las ciencias. El “proceso” exige un plus, y no necesariamente habla de méritos en cuanto a conocimientos: pondera la afiliación política, la fidelidad al líder, la voluntad de “dar el paso al frente” sin reparos ni análisis propios. Pareciera como si precisamente a los científicos les fuera prohibido pensar, que es el arma más poderosa para la producción científica.

En ambos casos se pone de manifiesto que ni la cultura ni la ciencia pueden ser manejadas según directrices estrictamente ideológicas y políticas. De un lado, la política distorsiona a la cultura porque la cultura es libre; condicionarla limita todo lo que el intelecto humano es capaz de crear al servicio de la humanidad. De otro lado, la política que impone prioridades a la ciencia termina con agendar quizá lo que la persona no necesita, sino lo que necesita el gobierno. En cualquiera de los casos la solución está en desideologizar y despolitizar aquellos procesos humanos donde la mano de Dios y la mano del hombre se juntan para construir el mundo de la verdad, el bien y la belleza.

San Juan Pablo II, que celebrábamos ayer, defensor de la ciencia y de la cultura humana decía que: “La cultura es un modo específico del ‘existir’ y del ‘ser’ del hombre…” (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980). Por tanto, atentar contra la cultura es, también, atentar contra la humanidad. Por su parte, “la ciencia se desarrolla mejor cuando sus conceptos y conclusiones se integran en la cultura humana más amplia y en su preocupación por el significado y el valor últimos” (UNESCO, 1980); es decir, necesitamos de una ciencia ética comprometida con la verdad.

Más adelante, en el mencionado discurso, el Papa polaco afirmaba rotundamente: “¡Sí! ¡El futuro del hombre depende de la cultura! ¡Sí! ¡La paz del mundo depende de la primacía del espíritu! ¡Sí! ¡El porvenir pacífico de la humanidad depende del amor!”.

Pongamos pues todo nuestro espíritu y todo nuestro amor en función de la cultura de la vida, que es la cultura de la paz y del bien común. El futuro de la humanidad depende de la cultura, el futuro del hombre depende de la ciencia. Desterremos los sesgos políticos.

Que así sea.

 


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

Scroll al inicio