1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea: Historia y compromiso

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Hace muchos domingos, tantos como que todavía el sucesor de Pedro no era León XIV, el grupo de padres y de prejuveniles de mi parroquia, estudiaba, pormenorizadamente, el Credo de Nicea. Todo comenzó por una necesidad de entenderlo como la manera perfecta de establecer la unidad de los cristianos: todos creemos en un solo Dios. En eso, estamos de acuerdo. Y también por definir a la Santísima Trinidad como uno y trino. Luego, al iniciar el 2025, el tema de formación sirvió también para conmemorar el 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea.

El año 2025 ha sido premiado con estas dos coincidencias: el aniversario milenario y el año jubilar de la esperanza. Dos momentos importantes que se imbrican para presentarnos la fe de los orígenes de la Iglesia y la manera de vivirla en medio de este mundo actual de crisis no solo económica, política, de representación, sino también de crisis de fe.

Cuando rezamos el Credo, si es que lo recordamos de memoria, parece que vamos de carretilla sin detenernos en la complejidad e integralidad de la oración, que no viene a ser una oración más de la Iglesia: es la profesión de fe que la tradición y la práctica religiosa nos han acercado hasta nuestros días. Es la esencia de las esencias, la amalgama, el núcleo, el corazón de la fe cristiana. Por eso, aunque a veces practiquemos la fórmula reducida tenemos el reto de que, antes de que acabe el año de celebración, volvamos a retomar como en el lejano 325 la palabra, y más que la palabra, el espíritu, de los Padres conciliares.

2025 ha sido un año decisivo para el mundo y un año crucial también para la Iglesia. El primer viaje apostólico de Su Santidad León XIV será a Turquía, precisamente para conmemorar el Concilio de Nicea y hacer más explícita su vigencia en los tiempos que corren. El mundo polarizado, dividido por conflictos de distinto carácter, pero con iguales consecuencias en cuanto a tensiones, divisiones y hegemonía de criterios, modos de actuación y poderes humanos, no está muy alejado de aquellas primeras amenazas que sufría la Iglesia y que coadyuvaban a su fragmentación. El mundo actual no escapa de esa absolutización de criterios, de esa falta de pluralidad de opiniones, de ese desapego por la verdad. Si en Nicea la comunión de criterios demostró ser la salida por el camino de la unidad, hoy día se refuerza la idea de que el discernimiento respetando el pluralismo es la salida a los múltiples conflictos contemporáneos.

El pasado domingo 23 de noviembre, en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el Papa publicó la Carta Apostólica In unitate fidei (En la unidad de la fe), que viene a ser la explicación de cómo Nicea sigue siendo un ejemplo no solo para los cristianos de hoy, sino para el desarrollo humano en la actualidad. Como colofón del Año Litúrgico y casi al final de un año donde la esperanza ha sido el tema clave para celebrar con júbilo el Año Santo, este importante documento resalta que nuestra profesión de fe “nos da esperanza en los tiempos difíciles que vivimos, en medio de muchas preocupaciones y temores…” Porque también, a decir del Papa, los tiempos en que tuvo lugar el Concilio de Nicea no eran menos turbulentos que los de ahora, sobre todo en cuanto a la persecución de los cristianos. En Cuba, por ejemplo, aunque constitucionalmente se refleje el respeto a la libertad religiosa, mucho falta por avanzar en el empedrado camino hacia la verdadera expresión de la fe. Se requiere pasar de “una libertad de permisos”, subordinados a una oficina que atiende “asuntos religiosos” como parte de la labor político-ideológica del único partido existente, a una verdadera libertad para desarrollar todo lo que la Doctrina Social de la Iglesia propone al servicio de la humanidad.

La carta apostólica viene a recordarnos que, cuando un cristiano trabaja por la paz, en el mundo de la cultura, en el sector educativo o presta sus servicios en el mundo de la salud, allí donde esté, va llevando el mensaje del Evangelio que nos propone ser “sal y luz del mundo”. Como en Nicea, necesitamos cristianos valientes, consecuentes con la fe que profesan para que, incluso, tal como sucedió ante la más atroz persecución religiosa en Cuba, estén dispuestos a morir en el paredón gritando ¡Viva Cristo Rey!

Ello significa haber reconocido lo que también nos recuerda ahora León: que “Nicea nos invita a caminar con fidelidad, con humildad y con la certeza de que el misterio de Cristo sigue iluminando cada tiempo de la historia”. Allí donde quiera que haya una necesidad humana, allí está la presencia de Dios para elevar su dignidad. Nicea nos viene a recordar hoy la identidad y la misión de la Iglesia, a veces olvidada, tergiversada o manipulada hasta por los propios cristianos.

La carta apostólica resalta vocablos que repetimos en el Credo niceno, pero que no nos detenemos a analizar, a rumiar con profundidad, y sobre todo a aplicar en nuestra vida de acuerdo a nuestra vocación, sea religiosa o laical. Así, debemos dar más importancia a los términos “descendió” y “se hizo carne” porque nos hablan de la cercanía de Dios, de su condición y vocación al servicio de los pobres, de los más necesitados, de los que son perseguidos por causa de la justicia, de los que luchan por la paz; en fin… de todos los que en el Reino de este mundo ejercen la libertad humana de ser imago Dei, imagen de Dios, allí donde le ha tocado encarnarse.

Este documento llega en un momento en que el propio Pastor Universal reconoce que “para muchos Dios y la cuestión de Dios casi ya no tienen significado en la vida”; pero el propio acontecimiento que celebramos, 1700 años de algo que nos unió para siempre, nos hace más fuertes a la hora de hacer un examen de conciencia que sea verdadero. ¿Damos testimonio real de lo que significa ser cristiano, seguidor de las buenas enseñanzas del Maestro? ¿Asumimos en nuestras vidas las cruces que nos han tocado vivir con dignidad, entereza, en servicio constante y búsqueda infinita del bien y la verdad?

Nicea y esta reciente carta también vienen a destacar el valor ecuménico del Concilio y la intención de fijarnos más en lo que nos une, que en proporción es mucho más que lo que nos divide a los cristianos. En este sentido, el Papa expresa que “en un mundo dividido y desgarrado por muchos conflictos, la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz”. Y haciendo alusión también a la primera encíclica ecuménica, escrita por San Juan Pablo II en 1995, dice que el Papa polaco “nos ha recordado, en particular, el testimonio de los numerosos mártires cristianos procedentes de todas las Iglesias y Comunidades eclesiales: su memoria nos une y nos impulsa a ser testigos y artífices de paz en el mundo”.

De esta manera, Nicea nos convoca a fomentar los caminos del diálogo y el entendimiento, a la vez que supone un desafío, sobre todo para la humanidad, que requiere no solo una conversación desde el punto de vista de la fe, sino una conversión antropológica. Una conversión antropológica que nos vuelva a conectar con las raíces y que nos permita dar frutos abundantemente buenos al servicio de la persona en medio de tantas incertidumbres sociales.

La lectura detallada de “En la unidad de la fe” me ha provocado recordar esta acertada iniciativa parroquial de estudiar el Credo para volver a los orígenes. Y me ha hecho sentir orgulloso de mis amigos evangélicos, ellos saben quiénes son. Y a ellos dedico esta columna.

 

 

 


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

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