El edadismo, uno de los “ismos” a superar

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Más que a una época de cambios estamos asistiendo a un cambio de época. Algunos, a pesar de notar signos evidentes, no reconocen este fenómeno. En cualquier caso podemos decir que, en los períodos de transición histórica, los llamados “ismos” se convierten en categorías clave para comprender las tensiones, las aspiraciones y las rupturas que tienen lugar dentro de determinada sociedad. A través de esta designación de “ismos” se le pone nombre a las corrientes de pensamiento, a los movimientos sociales y a las tendencias culturales o ideologías que, enmarcadas en un determinado contexto, pretenden ofrecer respuestas a las grandes interrogantes de cada tiempo. Liberalismo, positivismo, marxismo, existencialismo, consumismo o relativismo, por citar solo algunos casos, más allá de un fenómeno lineal, nos hablan de cosmovisiones y modos de enfrentar la realidad.

Un cambio de época no solo está descrito por las transformaciones tecnológicas, sino además por la confluencia de cambios en las estructuras políticas, económicas, en los modos de pensar, sentir y convivir. Todos los “ismos” emergen y proliferan como signos de búsqueda y de conflicto. Algunos surgen como propuestas liberadoras, otros como una forma de dominación o de exclusión. Algunos se consolidan y duran, otros se desvanecen porque no tienen anclaje, solidez, consistencia. Si realizamos un análisis de los “ismos” de un periodo determinado podemos describir las huellas de la crisis y, al mismo tiempo, las posibilidades de renovación que se abren para la sociedad y la cultura en cada momento y en cada lugar.

Entre los diversos “ismos” que marcan el actual cambio de época, el edadismo ocupa un lugar cada vez más relevante. Quizá sea un fenómeno que los cubanos no conozcamos mucho, o no llamemos por su nombre, pero al describirlo ya nos daremos cuenta de que sí es identificado en nuestra sociedad. Entendemos por edadismo la discriminación, marginación, menosprecio o subvaloración de las personas por razón de su edad, ya sea hacia los más jóvenes (frecuentemente llamados inexpertos o incapaces) o, de manera más frecuente, hacia los mayores (considerados como improductivos, dependientes, reemplazables, prescindibles y otra serie de elementos negativos).

Este fenómeno no es nuevo, pero cobra mayor fuerza y se hace más vigente en sociedades que exaltan la eficiencia, la juventud y la innovación como valores supremos, a la par que desestiman la experiencia, la memoria y la sabiduría acumulada a través de los años. El edadismo se revela, de esta forma, como un signo de las tensiones de nuestro tiempo: una época que busca prolongar la vida y celebrar la diversidad, pero que, paradójicamente, pretende invisibilizar y segregar a quienes no se ajustan a los ideales del cambio de época.

Si seguimos en el análisis del edadismo dentro del conjunto de los “ismos” contemporáneos, podemos descubrir no solo un reflejo de la crisis, de las interacciones sociales plurales y de la fragilidad cultural, sino también podemos hacer un llamado a repensarnos el valor de la dignidad humana en cada una de las etapas de nuestra existencia.

El edadismo se nos presenta más visible ante las personas mayores. La reducción de su valor (como si alguien estuviera facultado para hacerlo) y la marginación de la vida social conllevan un riesgo profundo: la erosión de la memoria histórica. En una sociedad que privilegia la novedad y la rapidez, las generaciones mayores son percibidas con frecuencia como un lastre, y no como depositarias de experiencias, relatos, testimonios y aprendizajes que constituyen el tejido de la identidad colectiva, la reserva moral de los pueblos, el acervo histórico-cultural que mantiene vivas las esencias.

Ante el pragmatismo y la preponderancia de lo práctico sobre lo ético, vamos olvidando que la memoria histórica no se conserva únicamente en archivos, documentos o monumentos, sino y sobre todo en las biografías, en la transmisión oral, en los gestos y en la sabiduría que puede ser comunicada de generación en generación. Cuando se devalúa la voz de los mayores, se interrumpe ese flujo vital de memoria, debilitando la capacidad de una comunidad para reconocer sus raíces, comprender su presente y proyectarse hacia el futuro con sentido crítico y con las lecciones de vida que nos aportan los mayores.

El peligro del edadismo, por tanto, no se limita a la discriminación de cada persona, que ya es más que suficiente, sino que alcanza una dimensión cultural y social. Entre sus principales consecuencias: privar a las nuevas generaciones de referentes válidos, empobrecer el patrimonio simbólico compartido y facilitar la manipulación del pasado que puede ir acompañado de la propuesta de reescritura de la historia, dando lugar, en ese círculo vicioso, a otro de los “ismos”: el populismo. Una sociedad que prescinde de la voz de sus mayores corre el riesgo de quedarse atrapada en un eterno presente, vulnerable a la amnesia colectiva y, en consecuencia, resultar más frágil frente a la repetición de errores históricos.

Hay algo muy sencillo que podemos hacer, a nivel personal, para superar el edadismo: reconocer en las personas mayores no solo su dignidad intrínseca, sino también su papel insustituible como custodios de la memoria viva. En este sentido, cuidar de ellos, aprender de su experiencia y darles voz es, además, un acto de justicia y un compromiso con la preservación de la identidad cultural y la construcción de un futuro con raíces sólidas.

Superar el edadismo nos exige reconocer que la vida humana es valiosa en todas sus edades y que cada generación tiene una contribución insustituible e invaluable en la construcción de una sociedad más justa, más verdaderamente inclusiva y más fraterna.


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).

Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.

Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.

Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.

Responsable de Ediciones Convivencia.

Reside en Pinar del Río.

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