Historia

La primera de las Cartas a Elpidio

Magdey Zayas Vázquez | 16 abril, 2021

Foto tomada de Internet.

Magdey Zayas Vázquez ¦¦ En la Carta Primera sobre la Impiedad, de las Cartas a Elpidio, escrita por el Padre Félix Varela, se aborda el tema, como su título indica, de la impiedad. Específicamente, esta carta se centra en el análisis de la impiedad como causa de descontento individual y social, pues, al decir de Varela, carecer de piedad no deja margen para bienestar alguno. La impiedad, entendida por Varela como la falta de religiosidad o de fe religiosa, es vista desde diferentes aristas por el autor, pero siempre condenándola por ser un mal que provoca la infelicidad y el desconsuelo.

Desde la primera cuartilla, son perceptibles las huellas del neoplatonismo y de la tradición aristotélico-tomista, con sus respectivas teorías sobre el Uno, ese ser Primigenio que es solo luz, iluminación, etc.; y del Primer Motor Inmóvil, que da origen y dinamismo a todo lo demás: «la verdad está en lo alto, es una e inmutable, santa y poderosa, origen de la paz y fuente del consuelo; que habita en el seno del Ser sin principio y causa de los seres».1

El texto está plagado de alusiones a las categorías filosóficas de la lógica aristotélica (causa y efecto, por ejemplo) y de cuestiones filosóficas referentes a por qué hay hombres que siguen el camino de la felicidad y otros que no, lo cual representa la dualidad entre el bien y el mal tan discutida desde el origen mismo del cristianismo.

Según explica Varela, dirigiéndose a un personaje alegórico al que nombra Elpidio —palabra de origen griego que en realidad significa “esperanza”—, al cavilar respecto a tales cuestiones filosóficas llegó a la conclusión de que existen tres monstruos terribles: la insensible impiedad, la sombría superstición y el cruel fanatismo. Posteriormente define tres tipos de impiedad: los que niegan a Dios, los que quieren que Dios haga lo que a ellos conviene y los que aceptan la existencia de Dios, pero no le obedecen. En este sentido, Varela concibe la impiedad como una especie de corrupción del carácter de la persona humana.

Varela critica el ateísmo y lo tilda de garante de infelicidad y malestar interior, pues, lo percibe como un desajuste de pasiones; por consiguiente, el impío es el hombre más desgraciado que pueda existir. Este tipo de hombre, el impío, prosigue Varela, según la impiedad es un mero instrumento, algo para obtener un fin utilitario y no un fin en sí mismo.

Afirma, además, que la segunda clase de impíos son locos o gente sumergida en la constante ansiedad, por eso hay tantas variantes religiosas de una misma fe, pues, al querer que Dios se comporte según sus intereses, cada quien puede crear la variante religiosa que le sea más conveniente. Varela critica, incluso, la postura impía —aunque el sacerdote no lo tilda de impío, pero tampoco lo considera católico— del jurista Hugo Grocio, lo cual deja entrever su domino sobre la Jurisprudencia; además, plantea que la religión y la filosofía son hijas de Dios, por lo cual los piadosos pueden ser capaces de sentir piedad por los impíos y crear una sociedad piadosa con tal fin. Esta idea de la sociedad piadosa dialoga con la idea de la Ciudad de Dios, de San Agustín, lo cual demuestra una vez más la tradición teológico-filosófica que seguía «el santo cubano»2 —como le llamara José Martí— Varela o una de las varias tradiciones de ese tipo perceptibles como paradigma en su obra.

Algo curioso que Varela expresa casi al final de la carta, es la idea de que los impíos suplantan la fe en Dios por conceptos tan ambiguos y banales como el hado, el destino o la suerte, lo cual, según afirma el sacerdote, solo trae desesperación y fatal descontento. Para Varela es absurdo e irracional depositar la fe humana en esos conceptos, que, sin la presencia de Dios, son solo falacias que se inventan los impíos, porque no pueden existir siendo absolutamente ateos o incrédulos: deben creer en algo y por eso, al negar a Dios, se inventan otros conceptos ambiguos y depositarios de su fe. Cabe cuestionarse aquí por qué es más factible para los impíos creer en el hado, el destino o la suerte, que en Dios. ¿No es también cuestionable la existencia de esas tres cosas? Esa ambigüedad que representan tales conceptos es mucho más irracional y absurda, para el sacerdote, que creer en Dios. De ahí que la impiedad sea tan relativista y que sus adeptos sean infelices en su interioridad humana.

En esta carta hay varios intereses no solo filosóficos, sin embargo, aquí se abordará un tema interesante y particularmente de raigambre filosófica y teológica también, al menos desde la perspectiva en que lo analiza Varela. Se trata del debate milenario referente a la dualidad opositora entre el bien y el mal: el texto del sacerdote posee una insoslayable intención didáctica y por eso critica el mal que representa la impiedad y todas sus formas y falacias, en contraposición al piadoso que sigue la fe cristiana como una verdad única y absoluta, garante de paz interior y felicidad. Tal intención didáctica es un rasgo característico y sobresaliente de la ilustración que, en Cuba, como en el resto de América, llegó de forma tardía y, por consiguiente, estaba de moda en tiempos de Varela. La intención didáctica de este ilustrado pensador, como herencia de la afamada Lumières, consiste en hacerles ver a los destinatarios de sus Cartas a Elpidio el error y la falacia de la impiedad, en esta primera Carta sobre dicho tema. Ahora bien, según Eduardo Torres Cuevas, hay varias hipótesis respecto a quién o quiénes son los destinatarios de estas cartas. Con todo, «la tesis más aceptable es la de que se trata de un personaje creado por la imaginación de Varela, como un símbolo que reflejase a la juventud cubana».3 Tal afirmación, prosigue Torres Cuevas, se sustenta en el hecho de que, «etimológicamente, Elpidio significa esperanza»4 y al final de la Carta Sexta titulada “Furor de la impiedad”, Varela se refiere a la juventud cubana como la «esperanza de la patria».5

Esta oposición entre el bien y el mal, tan debatida y discutida en la tradición filosófico-teológica cristiana, está representada en la oposición entre la impiedad, en representación del mal —infelicidad, desesperación, angustia, etc. —, y la piedad, como abanderada de la paz y felicidad que trae consigo la fe cristiana. Tal oposición, está totalmente matizada por la tradición aristotélico-tomista, tan usual en la filosofía y teología cristiana católica, aunque también recuerda a los criterios kantianos presentes en la obra Opúsculos de filosofía natural.

Es indudable que el Padre Félix Varela poseía una instrucción excelente, no solo en materia teológica, lo cual sería absolutamente usual en un hombre con su formación eclesiástica; también poseía exquisitos conocimientos de jurisprudencia, filosofía, historia, etc., como se puede apreciar solo con dedicarle una simple ojeada a una de sus Cartas a Elpidio.

 

Referencias

1 Félix Varela: «Impiedad. Carta Primera. La impiedad es causa del descontento individual y social». En: Cartas a Elpidio. Sobre la impiedad, la superstición y el fanatismo en relaciones con la sociedad, p. 3.

2 José Martí: Obras completas, t. 2, p. 97.

3 Eduardo Torres Cuevas: Félix Varela, pp. 361-362.

4 Ibíd., op. cit. p. 362.

5 Félix Varela: «Carta Sexta. Furor de la impiedad», op. cit., p. 182.

 

Bibliografía

Ibarra Cuesta, J.: Varela el precursor. Un estudio de época, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008.

Kant, I.: Opúsculos de filosofía natural, Alianza Editorial, Madrid, 1992.

Martí, M.: Obras completas, t. 2, Editorial de Ciencias Cubanas, La Habana, 1991.

Torres Cuevas, E.: Félix Varela, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2002.

Varela, F.: Cartas a Elpidio. Sobre la impiedad, la superstición y el fanatismo en relaciones con la sociedad, Editorial Cubana, Miami, 1996.

 

 


  • Magdey Zayas Vázquez (La Habana, 1985).
  • Graduado en 2012 de la carrera Licenciado en Educación, Humanidades, en la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona. Maestría en Didáctica del Español y la Literatura (2017, también en el Pedagógico).
  • Profesor Instructor de Literatura Latinoamericana de la UCPEJV, desde 2015 hasta 2018.
  • Profesor Instructor de Literatura Cubana en la Universidad de las Artes desde 2019.