Historia

La virtud está en el medio

Magdey Zayas Vázquez | 9 diciembre, 2020

Foto tomada de Internet.

La hermenéutica, entendida como interpretación de textos, posee una variedad tipológica que se mueve desde la teología y filosofía hasta la filología, la estética y las diversas manifestaciones del arte. Lo anterior supone que la hermenéutica se puede aplicar a cualquier campo de la experiencia humana, de ahí la multiplicidad y universalidad de las teorías que se han elaborado al respecto. Por supuesto, con las concepciones actuales de texto es totalmente lógico que la hermenéutica ya no solo se limite al campo de la lingüística, sino, que también se ha extendido a otros tipos de expresiones humanas donde la comunicación de cierta información o mensaje codificado debe ser interpretado o decodificado. Es por esto que, según Gadamer, «la antigua palabra “hermenéutica” tiene la connotación del sentido universal de traducción».1 O sea, la forma en la que nos apropiamos del sentido simbólico que cada texto, en su connotación más universal, posee para nosotros.

No obstante, independientemente de las múltiples teorías hermenéuticas elaborados por los filósofos a lo largo de la historia, aquí solo nos detendremos en la que Mauricio Beuchot ha denominado como hermenéutica analógica. Por consiguiente, en el presente ensayo se demostrará la eficacia de la teoría hermenéutica de Beuchot a partir del análisis de fragmentos del Libro II de la Ética a Nicómaco, de Aristóteles.          

Ante la univocidad de la modernidad y la equivocidad de la posmodernidad, Mauricio Beuchot ha propuesto una hermenéutica analógica —Tratado de hermenéutica analógica (1997)— que sitúa este tipo de análisis en un término intermedio entre las dos anteriores, para así sacar la hermenéutica del «impasse tan penoso en el que se encuentra en la actualidad»2 y evitar así las posturas extremas, que siempre son excluyentes, y «el relativismo excesivo, que amenaza con hundirnos en el caos».3 Esta perspectiva abre el margen de las interpretaciones y se proyecta de forma moderada, mediadora y prudente, en el sentido de la Φρόνησις (phronēsis: frónesis) aristotélica apreciable en el Libro II de la Etica a Nicómaco.

Ahora bien, los fragmentos seleccionados para aplicar la hermenéutica analógica de Beuchot se encuentran en los capítulos II y VI (ver anexo) de dicho texto. En el primero de estos (II), afirma que el exceso de ejercicios, de comida y bebida, destruye la salud de la misma forma que la carencia de todos ellos. Por tal motivo, afirma que una actitud mediadora, moderada y prudente, al respecto, sería idónea para acrecentarla y conservarla. En otras palabras, no se debe comer, beber, ni ejercitarse en exceso, pero tampoco se deben excluir totalmente, pues, tanto un extremo como el otro son perjudiciales para la vida. Se debe asumir todo ello desde la justa medida proporcional a la satisfacción de la necesidad de tales cosas sin extremismos inútiles e innecesarios. Tal punto intermedio y mesurado, solo es posible mediante la analogía, lo análogo, que Beuchot concibe como:

lo en parte idéntico y en parte diverso; más aún, en él predomina la diversidad, pues es lo idéntico según algún respecto [lo unívoco]* y lo diverso sin más [lo equívoco]. Tiene más de diversidad que de identidad [porque permite la amplitud de la interpretación verdadera o menos imprecisa], se preserva más lo otro que lo mismo, más lo particular que lo universal o común. A los que exaltan la diferencia, la analogía les ofrece la diversidad predominante, pero aquella que conviene, la más que se puede permitir; a los que exaltan la identidad, les hace ver que hay un ingrediente de mismidad, pero no se puede negar la diferencia.4

Lo anterior se evidencia también en las siguientes proposiciones del texto aristotélico objeto de análisis. Primero, el estagirita nos presenta los extremos opuestos, que Beuchot identifica con la equivocidad y la univocidad, a los cuales opone —no en el sentido contradictorio y anulativo de la contradicción lógica de Kant— la analogía. Estos extremos oscilan, por ejemplo, desde la cobardía a la temeridad, desde el vicio o libertinaje a la mojigatez; puesto que ambos —los extremos— son destruidos tanto por el exceso como por la carencia desmedida de uno u otro. De esta forma tan sencilla aparencialmente Aristóteles explica el error moral de exceder las virtudes o no poseer ninguna de ellas. Por eso estas cuestiones que, en principio, parecen razonamientos puramente lógicos, son incluidas en el Libro II de los diez que componen su Ética a Nicómaco; ya que, tanto ese libro como los otros ocho, constituye una guía muy importante para la autorregulación de la conducta humana.

Para Aristóteles la virtud, para ser considerada como tal, debe constituirse como un hábito; pero este, sea cual fuere, puede presentar diversas tipologías, como ya se analizó antes. Prosigue el filósofo su discurso con una explicación o definición de la analogía, a la cual se refiere como el medio entre dos partes iguales, en proporción, no en rasgos semánticos, físicos o metafísicos. Se refiere a que existe la misma proporción entre los dos extremos respecto a su centro, donde se halla la analogía y donde Beuchot, seguidor de la filosofía aristotélico-tomista, ubica su postura hermenéutica. Según el propio Beuchot, «la hermenéutica surge de la lógica aristotélica como teoría del significado de los enunciados. No en balde, Aristóteles llamó a su tratado de los enunciados Peri hermeneias. Sin embargo, también hay que decir que lo más granado que dejó el estagirita sobre la hermenéutica se encuentra en su retórica, que es una visión pragmática del discurso».5

Es visible el hecho de que la analogía que Aristóteles identifica como mediadora entre los excesos y los defectos —los cuales, a su vez, considera como vicios— es la base de la hermenéutica analógica de Beuchot; puesto que, como afirma el gran filósofo de Estagira, «la virtud es una medianía, pues siempre al medio se encamina».6 De esta manera, la hermenéutica analógica de Beuchot, independientemente de las críticas que otros autores le hayan hecho —como Renato Prada Oropeza en su libro Hermenéutica. Símbolo y conjetura, 2003—, se ubica como mediadora entre la univocidad positivista de la modernidad y la equivocidad del romanticismo decimonónico y de la actualidad.

Por su parte, Aristóteles enfatiza que aquello que está en el medio, entre el exceso y el defecto, lo que dista en proporciones aritméticas iguales respecto a los dos extremos —como se ha venido analizando— se manifiesta de igual forma en todas las cosas. Así, por ejemplo, cualquier postura mediadora permite interactuar con ambas partes, sin tomar partido por una u otra. En defensa de Aristóteles y de Beuchot, se puede afirmar que esta postura mediadora, donde se haya la virtud para el primero y la hermenéutica analógica para el segundo, es la base del discurso político de los diplomáticos y lo debería ser también del de cualquier funcionario público. Según el gran filósofo griego, en esa medianidad no sobra ni falta nada, no hay excesos ni defectos, porque está ubicada en el intermedio, en el centro de dos posturas opuestas, extremas. Por esto, agrega también que la virtud es un hábito, el cual hace virtuosa a la virtud, por decirlo de alguna manera. En otras palabras, el hábito de la virtud hace que el ser humano sea más virtuoso, lo cual nos lleva a una especie de círculo en el que la retroalimentación es evidente: vivir en la virtud desarrolla la virtud, lo cual lleva a vivir más virtuoso, desarrollar más aún la virtud, y así sucesivamente.

 Esta postura de Aristóteles, está marcada por la frónesis o prudencia, concepto que se opone a la hybris o desmesura y que era —aún lo es, de hecho— de vital importancia para la retórica, para la correcta expresión oral ante un público en el cual se debatían asuntos que podían generar apasionamientos de toda clase. En este sentido, poder debatir y discutir sin caer en tales apasionamientos implicaba ser mesurado y prudente, lo cual nos lleva también a la postura mediadora del estagirita. Esto se debe, según Aristóteles, a que el hombre mesurado, prudente y racional —sí, porque podemos ser irracionales y racionales a la vez o irracionalmente racionales— evita todo exceso, todo apasionamiento —volviendo al ejemplo del discurso oral en una discusión o debate— y del defecto, porque la virtud está entre ambas y es preciso acatar la frónesis para mantenerse equilibrado en el medio y evitar los extremos viciosos. Claro, determinar dónde está ese medio, la analogía de la hermenéutica beuchotiana, implica inteligencia, prudencia y experiencia de vida; por eso lógico que los ancianos sean más sabios que los jóvenes y que aquellos cometan menos errores que estos. La medianía aristotélica es afín a la frónesis, de hecho, es frónesis en sí misma, por eso está dirigida siempre a buscar el bien con ello la justicia. De ahí que sea tan importante aplicarla a la política y a todas las cosas humanas que se puedan dirigir a un extremo excesivo u otro defectuoso; pues, estos últimos «estragan la perfección de la cosa, y la medianía la conserva».7 Entiéndase aquí el término perfección como equilibrio, justa medida, mesura y frónesis, ya que, la virtud, como lo más valioso e ilustre, nos dice Aristóteles, está en el medio de todos los extremos, los vicios, y nada hay más cercano a la perfección que lo que no es completamente excesivo ni totalmente defectuoso, sino, el centro equilibrado entre ambos.

Con todo lo anterior, el maestro de Alejandro Magno se refiere a la virtud moral, la que está presente en nuestras acciones y afectos, en los cuales se manifiestan tales excesos o defectos, como ya se ha explicado antes; mas también su medianía. Sin embargo, para alcanzar esto último y, extrapolándonos al contexto predominantemente equivocista de la hermenéutica posmoderna, «hay que encontrar un balance […] en una hermenéutica analógica, la cual, consciente de que siempre interviene nuestra subjetividad al interpretar, no renuncie a construir con esfuerzo un reducto de objetividad, por difícil que sea».8 Evidentemente, esta postura es la misma de Aristóteles, pero adaptada a las circunstancias actuales de la hermenéutica, inclinada a la equivocidad debido a su oposición respecto al univocismo positivista de la modernidad.

Ahora bien, Aristóteles prosigue reafirmando el carácter habitual y voluntario de la virtud, lo cual implica la tendencia a la medida, a la frónesis y a la razón. No se puede ir por el camino del bien y la prudencia si se elige el extremo del exceso o el del defecto. De igual forma, según Beuchot, no se puede hallar la verdad de las cosas en el extremo univocista ni en el equivocista. El primero asume que solo hay una única y exclusiva interpretación de las cosas; el segundo, en el extremo opuesto, afirma lo contrario y abraza la pluralidad de interpretaciones de las cosas, dando riendas sueltas a la subjetividad de cada individuo. Esto último, contrario a la cientificidad de Aristóteles —y también en oposición al pensamiento socrático—, podría trocar la doxa por la episteme, lo cual sería quizás mucho peor que totalizar una verdad determinada. Para evitar esto último e impedir la desmesura y las posturas radicales, el estagirita legó a la filosofía posterior su concepción de virtud como medianía entre dos extremos, que Beuchot utilizó muchos siglos después para sustentar su hermenéutica analógica.

Concluyendo, es válido afirmar que, amén de las críticas a Beuchot por intentar extender su teoría hermenéutica a todos los campos del saber, no es errático aplicar la hermenéutica analógica cuando la razón y la prudencia así lo admiten. Por supuesto, la teoría beuchotiana está sustentada en el pensamiento aristotélico-tomista, por lo tanto, es fácil encontrar puntos en contacto9 entre los criterios del estagirita respecto a la virtud como medianía entre dos extremos y la hermenéutica analógica del actual sacerdote mexicano. Esto no significa que sea la hermenéutica analógica de Beuchot la opción absoluta para abordar un análisis hermenéutico-filosófico eficiente, pero sí es cierto que constituye la más idónea para abordar este aspecto ético y, por qué no, lógico, del pensamiento aristotélico.     

Bibliografía

Aristóteles: Ética a Nicómaco, (traducción de Pedro Simón Abril). Disponible en: https://TheVirtualLibrary.org. Consultado: octubre 29, 2020.

Beuchot, B.: Belleza y analogía. Una introducción a la estética, Ediciones Paulinas, México, 2012.

 Manual de filosofía, Ediciones Paulinas, México, 2016.

Perfiles esenciales de la hermenéutica, Fondo de Cultura Económica y UNAM, México, 2011. 

Tratado de hermenéutica analógica. Hacia un nuevo modelo de interpretación, Editorial Ítaca, México, 2000.

Grondin, J.: Introducción a la hermenéutica filosófica, (Prólogo de Hans-Georg Gadamer), Empresa editorial Herder, España, 1991.

Prado Oropeza, R.: Hermenéutica. Símbolo y conjetura, Editorial Arte y Literatura, Cuidad de La Habana, 2010.

Referencias bibliográficas

[1] Hans-Georg Gadamer: «Prólogo de Hans-Georg Gadamer», en: Jean Grondin: Introducción a la hermenéutica filosófica, p. 11.

2 Mauricio Beuchot: Belleza y analogía. Una introducción a la estética, p. 112.

3 Ibíd.: Manual de filosofía, p. 33.

4 Ibíd: Tratado de hermenéutica analógica. Hacia un nuevo modelo de interpretación, p. 38. * Los corchetes son míos.

5 Ibíd.: Manual de filosofía, p. 48-49.

6 Aristóteles: «Capítulo VI, Libro II», Ética a Nicómaco, p. 46.

7 Ídem.

8 Mauricio Beuchot: «Pertinencia de una hermenéutica analógica», Perfiles esenciales de la hermenéutica, p. 109.

9 De hecho, se podría decir que tales puntos en contacto son a su vez una analogía entre el pensamiento de ambos autores.

Anexo

Ética a Nicómaco. Libro II (fragmentos). Traducción: Pedro Simón Abril. Disponible en: https://TheVirtualLibrary.org

Capítulo II

[…] Porque los demasiados ejercicios, y también la falta dellos, destruyen y debilitan nuestras fuerzas. De la misma manera el beber y el comer, siendo más o menos de lo que conviene, destruye y estraga la salud; pero tomados con regla y con medida, la dan y acrecientan, y conservan. Lo mismo, pues, acontece en la templanza y en la fortaleza, y en todas las otras maneras de virtudes. Porque el que de toda cosa huye y toda cosa teme y a ninguna cosa aguarda, hácese cobarde, y, por el contrario, el que del todo ninguna cosa teme, sino que toda cosa emprende, hácese arriscado y atrevido. De la misma manera, el que a todo regalo y pasatiempo se da, y no se abstiene de ninguno, es disoluto; pero el que de todo placer huye, como los rústicos, hácese un tonto sin sentido. Porque la templanza y la fortaleza destrúyese por exceso y por defecto, y consérvase con la medicina.

Capítulo VI 

[…] En toda cosa continua y que puede dividirse, se puede tomar parte mayor y parte menor y parte igual, y esto, o en sí misma, o en respecto nuestro. Es igual lo que es medio entre el exceso y el defecto; llamo el medio de la cosa, el que igualmente dista de los dos extremos, el cual en todas las cosas es de una misma manera; pero el medio en respecto de nosotros es aquello que ni excede ni falta de lo que conviene, el cual ni es uno, ni el mismo en todas las cosas. Como agora si diez son muchos y dos pocos, en cuanto a la cosa será el medio seis, porque igualmente excede y es excedido, y éste, en la proporción aritmética, es el medio.

Desta manera todo artífice huye del exceso y del defecto, y busca y escoge lo que consiste en medianía; digo el medio, no el de la cosa, sino lo que es medio en respecto nuestro. De manera que toda sciencia desta suerte hace lo que a ella toca perfectamente, considerando el medio y encaminando a él todas sus obras. Por lo cual suelen decir de todas las obras que están hechas como deben, que ni se les puede quitar ni añadir ninguna cosa; casi dando a entender que el exceso y el defecto estragan la perfección de la cosa, y la medianía la conserva. Y los buenos artífices, como poco antes decíamos, teniendo ojo a esto hacen sus obras. Pues la virtud, como más ilustre cosa y de mayor valor que toda cualquier arte, también inquiere el medio como la naturaleza misma. Hablo de la virtud moral, porque ésta es la que se ejercita en los afectos y acciones, en las cuales hay exceso y defecto, y su medio, como son el temer y el osar, el codiciar y el enojarse, el dolerse, y generalmente el regocijarse y el entristecerse, en todo lo cual puede haber más y menos, y ninguno dellos ser bien. Pero el hacerlo cuando conviene y en lo que conviene y con los que conviene y por lo que conviene y como conviene, es el medio y lo mejor, lo cual es proprio de la virtud. Asimismo en las acciones o ejercicios hay su exceso y su defecto, y también su medianía; y la virtud en las acciones y afectos se ejercita, en las cuales el exceso es error y el defecto afrenta, y el tomar el medio es ganar honra y acertarlo; las cuales dos cosas son propias de la virtud. De manera que la virtud es una medianía, pues siempre al medio se encamina.

Es, pues, la virtud hábito voluntario, que en respecto nuestro consiste en una medianía tasada por la razón y como la tasaría un hombre dotado de prudencia; y es la medianía de dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto; asimismo por causa que los unos faltan y los otros exceden de lo que conviene en los afectos y también en las acciones; pero la virtud halla y escoge lo que es medio. Por tanto, la virtud, cuanto a lo que toca a su ser y a la definición que declara lo que es medianía, es cierto la virtud, pero cuanto a ser bien y perfección, es extremo.

 

 


  • Magdey Zayas Vázquez (La Habana, 1985).
  • Graduado en 2012 de la carrera Licenciado en Educación, Humanidades, en la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona.
  • Maestría en Didáctica del Español y la Literatura (2017, también en el Pedagógico).
  • Profesor Instructor de Literatura Latinoamericana de la UCPEJV, desde 2015 hasta 2018.
  • Profesor Instructor de Literatura Cubana en la Universidad de las Artes desde 2019.