Historia

EMILIA Y CIRILO: TODO POR LA LIBERTAD

Teresa Fernández Soneira | 18 Diciembre, 2019

Tammany Hall en Nueva York, lugar de reunión de los exiliados cubanos del siglo XIX. Foto tomada de Internet.

  • Teresa Fernández Soneira ¦¦
  • «Cuba no solo es posible, y es probable,
  • sino que es seguro que alcanzará la libertad».

Emilia Casanova

Era el 18 de enero de 1832 y en la finca Caimito de Cárdenas, en Matanzas, nacía Emilia Casanova Rodríguez. Los padres, Petronia e Inocencio, educarían a Emilia con esmero y esta se convertiría en una mujer fuerte y dinámica, pero sobre todo luchadora que dedicaría su vida a la independencia de Cuba. Todo comenzó en 1850 cuando Emilia contaba 18 años de edad. Mientras se hallaba recostada a un ventanal de su casa vio al general venezolano Narciso López portar la bandera cubana diseñada por él y que las cubanas y norteamericanas de Nueva Orleáns, en los Estados Unidos, habían confeccionado. Para asombro general, López había desembarcado en Cárdenas en la mañana del 19 de mayo a la cabeza de 610 expedicionarios. Junto al postigo donde resonaban los primeros tiros por la independencia, los ojos de Emilia se iluminaron al ver el nuevo pabellón de la nacionalidad cubana, y desde aquel feliz momento, dice un biógrafo, «todos sus gustos, sus pensamientos, hasta sus placeres se concentraron en esa idea primordial que llegó a ser la religión de su alma, y que le dio nuevo impulso, la revistió de nuevo carácter, y la hizo nacer a nueva vida». Pero López y sus expedicionarios serían apresados un año más tarde, siendo este condenado a morir por garrote vil, y muchos de sus soldados fusilados.

Un día, mientras el gobernador español, Manuel Fortún, celebraba un banquete para festejar la derrota de López y al que habían asistido Emilia Casanova y su padre, llegó el momento de hacer los brindis. En su intrepidez, Emilia dedicó el suyo a la libertad del mundo y a la de Cuba. Los españoles quedaron desconcertados sobre todo porque la que lo proponía era una joven cubana. Fortún condenó las palabras y las consideró un insulto a España. Preocupado y temeroso, el padre de Emilia se la llevó para los Estados Unidos donde la internó en un colegio. Pero Emilia aprovecharía aquel tiempo en Nueva York para hacer contactos con los miembros de la Junta Cubana dirigida por Gaspar Betancourt Cisneros. Al saber Betancourt Cisneros que Emilia regresaba a Cuba no dudó en confiarle una comisión delicada y peligrosa: llevar a los conspiradores de La Habana y Matanzas documentos importantes así como volantes sediciosos para distribuir clandestinamente en la isla.

En Matanzas Emilia formó un núcleo de propaganda y hasta se atrevió a planear una conspiración con la ayuda de su hermano mayor. Aquellas actividades llegarían a oídos de las autoridades españolas y la familia se vería obligada a huir precipitadamente al exilio de Filadelfia en los Estados Unidos. En esa ciudad Emilia conoce al escritor y novelista pinareño Cirilo Villaverde con quien contrae matrimonio el 8 de julio de 1855. De esta unión nacerían tres hijos: Narciso, Emilia y Enrique. Al matrimonio no solo los unía el amor sino también su deseo ardiente de ver a Cuba libre. 

  • «…ni cuando en las oscuras mañanas de invierno iba
  • puntual, muy hundido ya el cuerpo, a su servidumbre de
  • trabajador allá en la mesa penosa de El Espejo, se vio a
  • Cirilo Villaverde tan meritorio y fogoso y digno de
  • verdadera admiración».
  • José Martí, Patria, octubre, 1894.

Cirilo Villaverde de la Paz había nacido el 28 de octubre de 1812 en San Diego de Núñez, Pinar del Río, zona por entonces rica en ingenios y cafetales. Sus padres fueron Dolores de la Paz y Tagle y el Dr. Lucas Villaverde y Morejón, médico este del ingenio Santiago. En 1823 Cirilo se traslada a La Habana donde estudia filosofía, pintura y derecho, y en 1834 obtiene el título de bachiller en leyes aunque pronto abandona la labor de abogado para dedicarse al magisterio y a la literatura que son sus grandes pasiones. La Habana se hallaba por entonces convulsionada por conspiraciones y por grupos de cubanos que incitaban a la rebelión, como Francisco Lemus quien había dirigido proclamas subversivas al pueblo de Cuba, o el gran poeta santiaguero, José María Heredia, implicado en la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar. Este desasosiego en la sociedad se advertiría luego en los escritos de Villaverde.

En 1838 Cirilo escribe para diversas publicaciones donde aparecen algunas de sus novelas como La peña blanca y El perjurio. Por su obra, Excursión a Vuelta Abajo, un crítico comentó que Cirilo representaba para los pinareños el primer descubridor de la riqueza ecológica y de los paisajes paradisíacos de la provincia. Dice Villaverde: «fui yo, Cirilo Villaverde, en Excursión a Vuelta Abajo, quien descubrió para las letras universales vida, paisajes y costumbres de estas regiones de Vuelta Abajo al amparo de la pupila creadora del señor Moreau, con sus dibujos, y otros amigos que me acompañaron en la más hermosa de mis aventuras». La excursión la realizó el 20 de marzo de 1839 en compañía del pintor francés Alejandro Moreau y del presbítero Francisco Ruiz quienes se dirigieron a Ceiba del Agua, Bejucal, Rincón y San Antonio de los Baños para luego internarse en territorio pinareño.

Asiste Villaverde por entonces a las tertulias literarias de Domingo del Monte, y publica trabajos críticos para El Recreo de las Damas, Aguinaldo Habanero y La Cartera Cubana. Pero es en 1838 cuando escribe su obra cumbre, Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, una novela romántica de tema costumbrista. Dice Villaverde en el prólogo de la primera edición: «Publiqué el primer tomo de esta novela en la Imprenta Literaria de Don Lino Valdés a mediados del año de 1839. Contemporáneamente empecé la composición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajé mucho en él […] Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos (1865-1878) durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela. ¿Qué digo? no progresó más allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos, cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores hijos se ofrecía en todo su horror y en toda su belleza, y parecía que demandaba de aquellos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su existencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social […]».

En la sentida dedicatoria de Cecilia Valdés típica del exiliado que lo invade la nostalgia, Cirilo escribió: «A las cubanas: lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores ni sus palmas, a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado más bello de la patria, pudiera consagrar con más justicia estas tristes páginas». Por esta obra Manuel de la Cruz considerará a Cirilo Villaverde «príncipe y creador de la novela cubana». Por entonces Villaverde edita para las escuelas su Compendio geográfico de la isla de Cuba (1845), y junto a su amigo Antonio Bachiller y Morales dirige el Faro Industrial de La Habana. Es autor de una serie de relatos y de libros de temas didácticos, históricos y políticos en los que transmite su preocupación por la cuestión de la esclavitud, y describe las costumbres del campo por los recuerdos que guarda de cuando era niño en el ingenio Santiago en Pinar del Río.

Además de dedicarse a escribir, Villaverde conspira contra el dominio español junto a Narciso López y otros patriotas. En 1848 es detenido por su participación en la conspiración de Trinidad y de Cienfuegos y condenado, primero a diez años de presidio, y luego al garrote. Relata Villaverde: «Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seis meses consecutivos al cabo de los cuales, después de ser juzgado y condenado a presidio por la Comisión General Permanente como conspirador contra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abril de 1849 en unión de D. Vicente Fernández Blanco». Huye entonces en una goleta que se dirige a Estados Unidos y llega a Nueva York donde se aglutina ya una considerable colonia de exiliados cubanos a la que Simón Camacho llamaría “un barrio de La Habana». 

En Nueva Orleáns publica El Independiente y es colaborador en La Verdad. En aquellos años de exilio afirmaría: «Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literarios por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones al mundo de las realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en tierra libre. Quedáronse allá [se refiere a Cuba] mi manuscritos y libros, que si bien recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos; puesto que primero como redactor de La Verdad, periódico separatista cubano, luego como secretario militar del General Narciso López, llevé una vida muy activa y agitada, agena (sic) por demás a los estudios y trabajos sedentarios». En 1854 viaja a Filadelfia para dedicarse a la enseñanza del idioma español, y un año más tarde conoce a la patriota Emilia Casanova con quien contrae matrimonio, como ya mencionamos antes.

Acogiéndose a una amnistía concedida por el gobierno español, el matrimonio viaja a La Habana en 1858 y va a residir a la casa de la calle Galiano 85 ½ donde luego estuvo la famosa tienda “El Encanto”. En esa casa les nace su primer hijo, Narciso, el 8 de septiembre en 1858. En la capital Cirilo trabaja como codirector y redactor del periódico La Habana y colabora en Cuba Literaria. Pero la situación en Cuba es cada vez más difícil por lo que liquidan sus propiedades en la Isla y en 1860 se van a vivir nuevamente a Estados Unidos.

En 1861 les nace la hija a la que pondrían por nombre Emilia, como la madre, pero que moriría en 1867. En Nueva York Emilia y Cirilo fundan colegios en Oak Point, Nueva York; en el Bronx, y en Weehawken, Nueva Jersey. Emilia ayuda a constituirla Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en 1866, y aunque está embarazada de Enrique, su tercer hijo, eso no la detiene a seguir participando en actividades revolucionarias. En enero de 1867 funda la primera sociedad de carácter político establecida por mujeres cubanas en territorio extranjero: “La Liga de las Hijas de Cuba”. Tiene esta organización por objetivo recaudar fondos para la guerra y así socorrer a los heridos y enfermos del Ejército Libertador. Sería esta asociación la precursora de más de 53 clubes revolucionarios femeninos establecidos para apoyar la insurrección.

“La Liga de las Hijas de Cuba” envía una carta a José Morales Lemus de la Junta Cubana, informándole sus propósitos: «El comité de la sociedad Liga de las Hijas de Cuba, […] comprendiendo la urgencia de levantar fondos para proveer a las necesidades de los hospitales de los ejércitos que combaten por la libertad e independencia de la patria, varias señoras se asociaron con este santo objeto a la mira; y desde el 6 de febrero próximo pasado se constituyeron en una sociedad formal y bajo un reglamento escrito, después de la elección de empleadas que desempeñasen los cargos de toda corporación pública». También estas damas redactan un manifiesto que envían al célebre escritor francés Víctor Hugo y que va firmado por más de 300 mujeres. En el manifiesto le piden a Hugo se exprese públicamente a favor de la libertad de Cuba y él las complace.

Al estallar la Guerra de los Diez Años, Cirilo Villaverde se suma a la Junta Revolucionaria mientras colabora con sus escritos en La Familia, El Avisador Hispanoamericano, El Fígaro y en la Revista Cubana. Emilia por su lado ayuda a familias que han dejado la isla o que han sido expulsadas y que llegan a Nueva York sin recursos para vivir. También escribe cartas a importantes figuras mundiales y a varios presidentes de la América Latina pidiendo apoyo para Cuba. Vemos que su amplio epistolario incluye personalidades como el ilustre Giuseppe Garibaldi en Italia, la señora Margarita Masa de Juárez en México, al general Quintín Quevedo en Bolivia. También envía cartas a Benjamín Vicuña McKenna de Chile, a Pedro José Varela en Montevideo, a la señora Juana Manso de Noroña en Buenos Aires, así como a otras celebridades en Venezuela y en el Perú.

A fines de 1868 el padre de Emilia adquiere una mansión en Oak Point, Nueva York conocida como Whitlock’s Folly. La mansión posee numerosas bodegas para guardar vino así como túneles secretos subterráneos. Uno de los pasajes sale al río Hudson lo que les facilita transportar por esa vía rifles, pólvora y municiones en los barcos que van con expediciones secretas para Cuba. No pocas de esas expediciones son organizadas por Emilia Casanova, y también se cree que la tripulación del Virginius salió de esta casa. En la mansión se dan cita los patriotas y Emilia, con palabra encendida y fervorosa, los agita y anima para la insurrección.

Con la guerra en camino, esta valiente mujer se presenta en Washington en abril de 1868 en los momentos en que el Gabinete de la nación está en sesión. Solicita una audiencia con el Presidente norteamericano Ulysses Grant quien se la concede enseguida. Como se comunica perfectamente en inglés, le plantea al presidente Grant los anhelos y trabajos del pueblo cubano por alcanzar la independencia y solicita de este que haga suya la guerra separatista. 

En 1869 Cirilo escribe el reporte La Revolución Cubana vista desde Nueva York, dirigido al presidente Carlos Manuel de Céspedes y que relata lo que sucede entre los emigrados de la ciudad, en especial la actuación de la Junta dirigida por Morales Lemus y Miguel Aldama, quienes quieren controlar y monopolizar las actividades revolucionarias en aquella ciudad. Villaverde sigue también publicando novelas y cuentos, como Dos amores y El penitente; La cruz negra, La tejedora de sombreros de yarey y El ciego y su perro. Aunque está en el exilio su narrativa, predominantemente histórica, costumbrista y social, contribuye a que se consolide ese género en Cuba.

Las mujeres de la “Liga de las Hijas de Cuba” presentan al Congreso de los Estados Unidos un Memorial redactado por Emilia y firmado por 30,000 personas de todo el país, fechado el 4 de marzo de 1872, en el que piden beligerancia para Cuba. Entre sus párrafos el Memorial expone: «Lo que en Cuba existe no es una sedición pasajera provocada por causa fortuita y sostenida por intereses personales, ni mucho menos es un alzamiento de populacho movido por malas pasiones y dirigido por agentes extranjeros, como dicen los partidarios de España. Lo que hay en Cuba es una revolución popular, política y social, preparada muy de antemano, que ha pasado y está pasando por todos los trámites porque han pasado y pasan y precisamente tienen que pasar semejantes revoluciones». Desde entonces “La Liga” comienza a organizar conciertos, rifas de joyas, ferias y bazares y todo tipo de actividades para crear recursos para las necesidades de la contienda.

Pero eso no es todo. Esta mujer a la que nada detiene, realiza visitas a los más importantes jefes políticos; asiste diariamente al Congreso de los Estados Unidos y suscita debates entre los congresistas sobre el asunto cubano, y en el llamado Salón Mármol contiguo al Senado en el que los senadores reciben visitas, entabla discusiones sobre la obligación de apoyar a la revolución cubana.

Cirilo entre tanto publica varias ediciones de su Cecilia Valdés, aunque es en 1882 cuando sale la versión definitiva. Uno de los ejemplares llega a manos del gran escritor español Benito Pérez Galdós, el que al leerla exclama: «no creí que un cubano escribiese una cosa tan buena». A pesar del éxito, Villaverde se quejaría en varias ocasiones de no haber podido siquiera recuperar el dinero invertido en la impresión de su novela. Periodista, pedagogo, luchador por la causa de la independencia, exiliado durante dos largos períodos en Estados Unidos, «su actividad y su novela son un reflejo fehaciente de las tensiones de su patria».

Llega el 10 de octubre de 1884 y los exiliados de Nueva York se reúnen en Tammany Hall para conmemorar el Grito de Yara. Emilia Casanova, así como una gran muchedumbre, asisten al evento. Todos esperan la presencia de los líderes. Al llegar Gómez y Maceo los aplauden calurosamente, pero cuando entra Emilia se repite la atronadora ovación. Emilia ese día vistió ropa militar para dar testimonio público de su actuar revolucionario. Según la historiadora Perla Cartaya Cotta, “lucía un uniforme que consistía en una levita con una golilla fruncida, mangas anchas, y dos bandas azules del hombro a la cintura, una a la derecha y otra a la izquierda con ocho estrellas de cinco puntas. La falda era también color azul», que era el color de rebeldía que portaban los que estaban en contra de España. En aquellos momentos de efervescencia patriótica no faltaron quienes compararon a Emilia Casanova con Madame Roland.

Entre 1888 y 1894 Cirilo hace breves viajes a Cuba; escribe la «Advertencia» y las «Notas» y Cuestión de Cuba; traduce al español David Cooperfield del escritor inglés Charles Dickens, así como publica varios cuentos y relatos. A pesar de vivir muchos años en el extranjero, mantiene relaciones con sus contemporáneos y ejerce influencia en la cultura cubana.

Cuando en 1892 Martí funda el Partido Revolucionario Cubano, Emilia Casanova pasa de los sesenta años y ya le van quedando pocas fuerzas. Ha dedicado más de 40 años a la lucha patria, ha sufrido por Cuba, y ha utilizado casi todos sus recursos monetarios en la empresa. Se entusiasma con la unidad que está logrando Martí y los planes que este tiene para la Guerra de Independencia. Pensamos que Emilia y Martí coincidieron en alguna actividad revolucionaria y que se conocieron en persona, no solo porque los dos vivían en Nueva York, sino también por las descripciones que de ella nos ha dejado Martí.

Sin ver a Cuba libre, Cirilo Villaverde muere en Nueva York el 23 de octubre de 1894 a los 82 años de edad. «Su muerte parece su último desafío al dominio español sobre su tierra natal», escribe el historiador Enrique del Risco. Y continúa: «su esposa, Emilia Casanova, lo hizo embalsamar y enviar a La Habana para ser enterrado en la Necrópolis de Cristóbal Colón donde se congregaron sus admiradores, casi todos a su vez partidarios de la independencia». Al saber de su muerte, José Martí escribió: «Cirilo] ha muerto tranquilo, al pie del estante de las obras puras que escribió, con su compañera cariñosa al pie, que jamás le desamó la patria que él amaba, y con el inefable gozo de no hallar en su conciencia, a la hora de la claridad, el remordimiento de haber ayudado con la mentira de la palabra ni el delito del acto, a perpetuar en su país el régimen inextinguible que lo degrada y ahoga». Al terminar el entierro, Emilia exclamó: «¡Si mi esposo duerme en tierra esclava, a mí me tocará siendo Cuba Libre!». Desgraciadamente no fue así. Emilia tampoco llegó a ver la hora de la redención pues fallece en Nueva York poco tiempo antes de terminar la guerra, el 4 de marzo de 1897. José Martí escribió elocuentes palabras acerca de una mujer de quien afirmó es «una cubana que en el indómito corazón lleva toda la fiereza y esperanza de Cuba, y en los ojos todo el fuego y el mérito todo de la tierra en la abundancia y gracia de su magnífica palabra…». Se refería a Emilia Casanova. Los restos de Emilia permanecieron enterrados en el cementerio de St. Raymond en el Bronx de Nueva York hasta que en 1944, gracias al empeño de su hijo Narciso, fueron trasladados a Cuba donde reposan en el Cementerio de Colón de La Habana al lado de la tumba de su esposo Cirilo.

En el Norte de los Estados Unidos vivieron exiliados por más de cuatro décadas Emilia Casanova y Cirilo Villaverde. Donde había una necesidad humanitaria o bélica que apoyar, allí estaba Emilia. Cirilo, como el mismo se había definido: «cubano como soy hasta la médula de los huesos y hombre de moralidad», estuvo siempre presto a organizar la insurrección o redactar algún artículo o reporte. «Precursor, y feliz creador de una nueva jerarquía en la novela,» nos dejó una de las obras cumbres de nuestra literatura. Emilia, fiel al juramento que desde muy joven había hecho en Matanzas al ver ondear la bandera cubana, había luchado por sus ideales hasta el final de sus días a pesar de críticas y obstáculos. Con palabra ardiente se había acercado a presidentes y ministros para abogar por su sufrida Patria. Cirilo hablaba a los jóvenes de Nueva York que tocaban a su puerta para escuchar sus relatos de Cuba. Tenía derecho a hablarles, porque como había dicho Martí, a la hora de la prueba se había entregado con coraje a la conspiración de López sufriendo hasta prisión, y no había mostrado miedo a morir.

Cirilo y Emilia entraron en la muerte gloriosa por la puerta grande luego de dedicar sus vidas a luchar como patriotas enteros. Dios tuvo que conferir a este matrimonio el premio merecido de la gloria eterna por entregar su ser y su quehacer a la libertad. Cuba no puede olvidar a los que la han amado y se han sacrificado por ella. Y nosotros tampoco.

 


  •     Teresa Fernández Soneira (La Habana, 1947).
  •     Investigadora e historiadora.
  •     Estudió en los colegios del Apostolado de La Habana (Vedado) y en Madrid, España.
  •     Licenciada en humanidades por Barry University (Miami, Florida). Fue columnista de La Voz Católica, de la           Arquidiócesis de Miami, y editora de Maris Stella, de las ex-alumnas del colegio Apostolado.