Educación

Monseñor José Siro, una semilla en tierra fértil

Néstor Pérez González | 21 octubre, 2021

Foto tomada de Internet.

La vida de un cubano entre la sencillez y el anonimato de sus últimos años tras su paso a Obispo Emérito de nuestra Diócesis, tientan al más osado de los inspirados amigos y testigos de su obra de vida, y al que no es el más, a reflexionar, atestiguar o compartir sobre tan Magno Hombre, cristiano, cubano y de intrínseca naturaleza humana y campesina.

Sin embargo, la luz de su vida y tan largo recorrido, quehacer humano y pastoral, parecen ensombrecidos por cierto sinsabor, ese que acompaña aún a Cuba como Nación, como Iglesia y como sociedad. Esa lucha que brota de esa máxima clarísima que el Diablo y la Cruz no se llevan, se detestan, y en ese camino inacabable la cruz es redimida y encarnada por hombres como Siro, cuya fe es Cristo.

Así es, para quien generó tanta vida, convivencia, compromiso y esperanza para un pueblo, especialmente durante toda su vida Ministerial como sacerdote y Obispo. Desde innumerables proyectos e iniciativas, siempre en la dirección de una labor encarnada social y pastoralmente, la vida le aguardaría una despedida propia de estos tiempos turbulentos y del ocaso de un proyecto de país, que a sus más de sesenta años cuajan los resultados de tan infértiles esfuerzos en contraste con la fecundidad de este buen pastor que sí supo sembrar, labrar y cosechar.

Sí, “la cola del Caimán”, como él mismo se la encargaría a su sucesor en el episcopado en el año 2007 para el gobierno eclesiástico, y que tan celosamente Él promovió, no solo como una parte aislada del cuerpo de nuestro país, sino que en comunión y armonía con toda Cuba. Esa misma cola, entre añicos y a tropel por la COVID-19, acompañados por la lluvia y el rumor de negativas en relación a lo inoportuno de asistir, permitirían una muy discreta despedida, acompañada de los más ágiles, atentos y dispuestos Ministros y Laicos, que intentamos con éxito estar en tiempo para su despedida en la Iglesia Catedral de Pinar del Río, y en el Cementerio Católico.

Estar allí entre aquellos pocos asistentes para despedir desde nuestro agradecimiento más profundo por tantas vivencias, experiencias, caminos compartidos, unidos por la celebración de la eucaristía (Misa de Exequias), y la muy elocuente homilía que nuestro Obispo Juan de Dios le predicara, fue un verdadero regalo.

De los que trabajan incansablemente durante toda la vida, pocos hombres saben trascender el umbral de la despedida abajándose de todo honor más que merecido, para que la misión de su vida traspase las apariencias de las derrotas aparentes y temporales como nuestro padre Siro supo hacer. Así, fiel a la Iglesia a la que tanto amó y sirvió, renunció a toda proximidad de tantas comunidades y familias cristianas junto a las cuales pudo haber sido cariñosamente servido y atendido.

Prefirió el lugar más lejano (Mantua), tal vez la periferia más árida y fría si de su idiosincrasia y espíritu se tratase. Allí bien al margen, y lo más alejado posible para no interferir en lo más mínimo en los ambientes pastorales que le sucedieron en el Episcopado, supo comenzar de nuevo, buscar sostén en la fe que siempre le guió, y a través de una sana iniciativa evocar y promover la cultura campesina desde un pequeño patio lleno de vida en sus animales, objetos y experiencias vividas durante toda su vida en relación a lo anterior. Más de diez años que mostraron cuánta vitalidad y energía aún permanecían en nuestro buen pastor.

Desde un taburete sentado, un recorrido por el patio y un almuerzo criollo con el sabor y la dulzura de su tradición vivencial y anecdótica, hasta una simple sonrisa, nunca dejó de apacentar a sus ovejas, esas a las que amaba y con las que estaba dispuesto a sufrir, a ofrecer y a morir cada día si era preciso morir, a esperar, a calmar, o a orientar.

Las tinieblas de estos últimos años, en las que Cuba y la Iglesia han vivido duros retos y realidades, le hicieron crecer desde una inimaginable humildad y entrega que trasciende este momento presente. Así, bien plantada la semilla de la justicia, la caridad y el amor en tierra fértil como Él lo hizo, a pesar del silencio, las incoherencias y los avatares de estos últimos tiempos, no impedirán que broten más temprano que tarde esos frutos para el bien de Cuba y su Iglesia.

Gracias Padre Siro, por tu trabajo pastoral que fue tan intenso, especialmente por el espacio y la prioridad que siempre hiciste para los más pobres, perseguidos y necesitados. Por levantar siempre con fuerza la cruz clara y firme frente a una ideología antihumana y por ende anticristiana, con amor e inclusión, pero sin relativismos ni acomodos que te hicieran ceder a tu misión de servicio y de pastor.

Gracias por tu empuje y promoción de una evangelización de los ambientes y las comunidades cristianas desde la formación de la persona humana, su libertad y su cultivo del discernimiento y el empoderamiento que aporta el Evangelio y la tradición en esta dirección, para ganar en hombres libres y nutridos por la virtud, como lo hizo y propuso el Padre Félix Varela. El Centro de Formación Cívica y Religiosa de la Diócesis de Pinar del Río, la Hermandad de Ayuda al Preso y sus Familiares, las guarderías de niños, Cáritas. Tu incansable búsqueda de paliar el dolor y las carencias materiales y espirituales, no es en esencia un bien solo como memoria histórica, sino que tendrán su resurrección. Tras ella iremos sociedad e Iglesia para que se cumpla aquella bella expresión bíblica: “la piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular”.

Tu sapiencia evangélica vivida y ampliada en tantos proyectos e iniciativas, es evidencia probada que desde la audacia de una Iglesia perseguida, pero afianzada en el servicio y el compromiso de sus comunidades cristianas mucho se pudo hacer. Acogiste con celo todas las propuestas y resultados que aportaron el ENEC, hacia la construcción de una Iglesia encarnada y misionera en el corazón de los cubanos.

Una aparente tolerancia religiosa en un sistema político ateo fueron una oportunidad más para que ampliaras el compromiso y la misión de esa Iglesia Diocesana a la que te debías, pero nunca te confundiste, el diálogo, la comunicación, la tolerancia o el entendimiento donde fuera posible tenerlo, no debían convertirse en el centro del quehacer pastoral. Al contrario, eran un reto resultante de esa innegable fuerza transformadora de la evangelización y la vitalidad del Evangelio desde las pequeñas comunidades y hasta la Iglesia de modo más general.

En fin, tu vida es una luz esparcida en muchas semillas, que reclaman la llegada de un nuevo amanecer, la resurrección que hará que broten sus cotiledones como luciérnagas que opacarán las tinieblas. Esas que hoy pueden hacer pensar que al ya no estar el árbol visiblemente entre nosotros, sus semillas no germinarán.

Al modo de los discípulos de Emaús que caminaban desanimados y en buena medida frustrados, no debemos rechazar la entrada de un forastero, alguien extraño o ajeno aparentemente que puede ir despertando esa fe tal vez dormida, o tan vilipendiada por las

aparentes derrotas, que en Jesús se transformarán en oportunidad y esperanza. Vivamos atentamente y abramos nuestro corazón ante el presente. Monseñor Siro, como buen discípulo del maestro, evoca y renueva esa doble llamada a cada buen corazón, que tras las apariencias de una cruz tan dura, desanima nuestra esperanza en la resurrección de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la justicia sobre la injusticia.

Pidamos para que, como sociedad e Iglesia, recibamos por gracia la inspiración de labrar ahí donde las semillas aguardan nuestra disposición de cultivarlas. Aumentemos nuestro compromiso para comenzar de nuevo, y el discernimiento evangélico hacia caminos comprometidos con la libertad y el amor, como Monseñor Siro supo andar. Descanse en Paz.

 


Néstor Pérez González (Pinar del Río, 1983).
Obrero calificado en Boyero.
Técnico Medio en Agronomía. Campesino y miembro del Proyecto Rural “La Isleña”.
Miembro del Consejo de Redacción de Convivencia.