Educación

CUBA: ESTADO Y POLÍTICA VS. IDENTIDAD Y NACIÓN

Dagoberto valdés hernández | 17 Febrero, 2020

Foto tomada de internet.

1. Introducción

Cuba es una nación relativamente joven, su independencia ocurrió el 20 de mayo de 1902, luego de una larga Guerra de los 10 años (1868-1878), una llamada Guerra Chiquita (1879-1880) y la Guerra de Independencia propiamente dicha que lideró José Martí de 1895 hasta 1898 en que, con la intervención norteamericana (1898-1902) por fin Cuba puedo incorporarse a la comunidad de naciones libres. En estos 116 años de vida republicana Cuba pasó por tres dictaduras: la dictadura de derecha, del General Gerardo Machado (1929-1933) por intentar perpetuarse en el poder con una reforma constitucional, duró 4 años; la dictadura de derecha, del General Fulgencio Batista (1952-1959) abolió la Constitución de 1940 y duró 7 años; y régimen totalitario socialista que ha durado 60 años.

En esta breve síntesis histórica podemos comprobar que Cuba solo ha vivido 46 años de democracia y 70 años de regímenes autoritarios de diferentes signos. Sin embargo en estos casi cinco décadas de sistemas republicanos liberales y durante el siglo XIX que las precedieron pudo forjarse una nación cuyas “esencias constitutivas y rasgos identitarios” están descritas por el Centro de Estudios Convivencia de esta forma: “La cultura cubana es mestiza, de matriz cristiana, humanista, pluralista, con un gran poder de recuperación, es emprendedora, tiene un carácter abierto y acogedor, tiene “alma latinoamericana y caribeña”.

El objetivo de este trabajo es hacernos los siguientes cuestionamientos que esos contenidos nos provocan:

• ¿El Estado totalitario y su política de partido único se han opuesto contradictoriamente con la identidad cultural y la nación cubanas?
• ¿El enfrentamiento entre el poder totalitario y las esencias humanistas de la nación han provocado un “daño antropológico” y sus consecuencias se pueden apreciar en la vida cotidiana del pueblo cubano?
• ¿La solución de este grave problema pasa por el cambio de sistema político, económico y social y por un largo proceso de reconstrucción de la persona humana y del tejido de la sociedad civil?

2. Desarrollo

2.1. Estado totalitario en Cuba vs. Nación cubana
Para entrar a analizar las contradicciones del Estado totalitario contra la Nación cubana debemos partir de los conceptos estudiados por Dominique Schnapper, en su libro “La comunidad de los ciudadanos. Acerca de la idea moderna de Nación” en el que establece definiciones para distinguir los términos de nación, Estado y nacionalismo, así como las diferencias entre nación, entendida como todo el acervo histórico, cultural y social que define un espacio geográfico determinado; y el Estado como conjunto de instituciones relacionadas con el poder soberano.

En efecto, Schnapper, (1994) hace una primera distinción que refleja “la discusión clásica entre las dos escuelas de pensamiento, la llamada ´primordialista´, según la cual las naciones, unidades naturales de agrupación humana, existirían desde la eternidad, y la modernista, que insiste en el carácter esencialmente moderno de la construcción nacional, siempre me ha parecido basada en la falta de definición de los términos”

El analfabetismo ético y cívico como consecuencia de la propaganda de una ideología como “religión secular”, durante cuatro generaciones, ha provocado esa confusión de términos y roles de la nación y el Estado, de la cultura y la ideología. Así lo expresó el Arzobispo Pedro Meurice Estiú en las palabras que dirigió al Papa San Juan Pablo II a Cuba el 24 de enero de 1998, “Le presento…a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología…hemos olvidado un tanto que esa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana que sostiene desde abajo todo proyecto como nación.”
En este sentido concordamos con el criterio expresado por Schnapper en su obra “El nacionalismo” en donde establece la relación interior entre Estado y nación pero diferenciando su jerarquización, colocando siempre al Estado como servidor y garante de la nación: “El Estado es el instrumento de la nación, que no puede haber nación sin Estado… y existe un vínculo necesario entre la dimensión interior de la nación y su acción exterior” (Schnapper, 1994: 35). En Cuba esto se invirtió hace seis décadas y la propaganda oficial contribuyó a que se confundiera en la cultura del pueblo.

La confusión no es ingenua. Es inducida por el Gobierno, para trasmitir de generación en generación una inversión de roles entre el Estado y la Nación. Aunque se proclame en la Constitución de la República que “En la República de Cuba la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo”, tres artículos más adelante contradice esta afirmación de soberanía de la nación colocando a un partido excluyente sobre todo lo demás cuando afirma que “El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista, marxista y leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado.”

La inversión de los roles se concreta en que se impone por la fuerza la ideología de ese partido minoritario y único, que solo representa aproximadamente el 7% de la población que vive en la Isla. “El sistema socialista que refrenda esta Constitución, es irrevocable. Los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución.”

De este modo, con rango constitucional, se implanta un régimen político y una ideología que someten, hasta el uso de toda violencia incluida la de las armas, al resto de la sociedad autodeclarándose vanguardia de todo el pueblo y “su carácter democrático”. Desde el punto de vista jurídico es una contradicción insalvable, desde el punto de vista ético es moralmente inaceptable y desde el punto de vista político describe diáfanamente el carácter totalitario y represor del Estado cubano que impone por la fuerza al único partido estalinista que se coloca también por encima de las estructuras jurídicas y administrativas del Estado convirtiendo a cada ciudadano que debía ser el soberano en un súbdito del Partido y de una ideología, so pena de lucha armada.

Mientras, España, la Unión Europea, las Naciones Unidas y la inmensa mayoría del mundo, incluida la muy conservadora realeza británica, tratan a Cuba como si fuera una democracia liberal, o todavía más, Federica Mogherini, antigua Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad/Vicepresidenta de la Comisión Europea, citando el Informe de la Unión Europea sobre Derechos Humanos y la democracia en el mundo 2016, calificó a Cuba como “una democracia de partido único”. Es de las contradicciones políticas y teóricas más garrafales que se puedan haber escrito en esa comunidad de naciones con su vieja democracia y pensamiento liberal.

Por todo lo anterior podemos afirmar que en Cuba el Partido único, su ideología socialista irrevocable y el Estado totalitario, como instrumental de fuerza y coerción, se confrontan e impone a toda la nación concebida como “comunidad de ciudadanos”
En resumen, en Cuba se cumple el criterio de Schnapper (1994) cuando dice que: “El Estado, cuando se vuelve demasiado poderoso, tiránico o totalitario, absorbe a la nación y destruye la comunidad de ciudadanos. Entre la etnia y el Estado hay que dejar lugar a la nación.”

2.2. Política de partido único y “religión secular” vs. Identidad y cultura cubanas

La imposición de un partido único que convierte la ideología socialista en una “religión secular” y la declara irreversible se enfrenta en Cuba con nuestra identidad y cultura mestiza. No se trata del multiculturalismo que promueve la convivencia de varias etnias o culturas en una misma nación y Estado, se trata de una ideología foránea, extraña en esencia a nuestra identidad humanista de matriz cristiana, mezclada en un “ajiaco nacional,”que se importa y se impone a la fuerza y, en ese sentido, es como un nuevo colonialismo de tipo cultural.

Finkielkraut, A. (1987) dice que este proceso impositivo es una “colonización espiritual y clasista del comunismo; las clases dominadas sufren una humillación análoga en su principio y en sus efectos a la que las grandes metrópolis europeas infligen a los pueblos colonizados. Sus tradiciones son desarraigadas, sus gustos ridiculizados, todos los saberes que constituyen la sustancia y lo positivo de la experiencia popular quedan despiadadamente excluidos de la cultura legítima…Hermoso proyecto, pero que oculta, a los ojos del sociólogo, una operación en dos tiempos mucho menos esplendorosa: en primer lugar, desarraigo, extracción de los seres de la trama de costumbres y de actitudes que constituye su identidad colectiva; después, doma, inculcación de los valores dominantes elevados a la dignidad de significaciones ideales. Cultivar a la plebe significa disecarla. Purgarla de su ser auténtico para rellenarla inmediatamente con una identidad prestada.”

De eso se trata de una identidad prestada, yuxtapuesta, bajo la cual se esconde o disimula el verdadero espíritu nacional. Eso provoca una especie de doblez, de maniqueísmo existencial, de controvertida y a veces contradictoria manera de convivir. Es la manifestación cotidiana de esa puja entre ideología y cultura, entre “verdad y política” que expresó de forma antitética el Arzobispo de Santiago de Cuba ante el Papa san Juan Pablo II refiriéndose a la vida del pueblo cubano: “Este es un pueblo que tiene la riqueza de la alegría y la pobreza material que lo entristece y agobia casi hasta no dejarlo ver más allá de la inmediata subsistencia. Este es un pueblo que tiene vocación de universalidad y es hacedor de puentes de vecindad y afecto, pero cada vez está más bloqueado por intereses foráneos y padece una cultura del egoísmo debido a la dura crisis económica y moral que sufrimos Nuestro pueblo es respetuoso de la autoridad y le gusta el orden, pero necesita aprender a desmitificar los falsos mesianismos.”

En efecto, el falso mesianismo que implantó un sistema totalitario comunista en Cuba, era un grupo pequeño de rebeldes barbudos, bajados de la montaña, que al hablar se le posaban palomas blancas sobre los hombros, y que así construía una imagen redentora y una mística de salvación nacional que prometía liberar al pueblo de la dictadura de seis años y se convirtió en un régimen totalitario de 60 años, diez veces más largo y cruento. Era un nacionalismo que confiscó, nacionalizó y expropió todas las empresas extranjeras sin indemnización para echar fuera al neocolonialismo norteamericano, y sometió a la Isla del Caribe al imperio soviético por cerca de 4 décadas.

Era un gobierno revolucionario que prometió restituir la muy apreciada Constitución de la República de 1940, famosa por su carácter progresista, de justicia social, de derechos humanos universales, de corte socialdemócrata, redactada por una Asamblea constituyente pluripartidista, multicultural, incluyente de todas las expresiones religiosas, y lo que estableció fueron 18 años de arbitrariedad justificando sus órdenes diciendo que “la revolución es fuente de derecho”, uno de esos oxímoron que caracterizan al lenguaje autoritario, para a partir de 1976 imponer una Constitución copiada de la URSS que declaraba que el Estado cubano era ateo y que el marxismo leninismo era la ideología oficial; y ahora otra similar aprobada en 2018, ambas como instrumentos jurídicos de la “democracia socialista” o “dictadura del proletariado” o “democracia unipartidista”.

De esta forma, que conocemos repetidamente en la grisura monótona de los regímenes totalitarios de corte estalinista o también llamados “socialismos del siglo XXI”, como el de Venezuela y Nicaragua se corrobora aquella disyuntiva que el Papa Francisco expresara en Albania, país que sufrió como nosotros la persecución religiosa y cultural: “Cuando, en nombre de una ideología, se quiere expulsar a Dios de la sociedad, se acaba por adorar ídolos, y enseguida el hombre se pierde, su dignidad es pisoteada, sus derechos violados. Ustedes saben bien a qué atrocidades puede conducir la privación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, y cómo esa herida deja a la humanidad radicalmente empobrecida, privada de esperanza y de ideales”
A esa humanidad herida, empobrecida de raíz, privada de esperanzas y de ideales es a lo que le hemos llamado “daño antropológico” que pasaremos a analizar en el caso de Cuba.

2.3 El daño antropológico producido por el nacionalismo y el totalitarismo en Cuba

Las consecuencias de ese daño a la persona humana han pasado a “constituir debilidades del ser y el quehacer de los cubanos y cubanas y que estamos invitados a superar:el miedo, la doblez, la fragilidad personal, la ruptura de la continuidad histórico-cultural del proyecto cultural de Varela-Martí, el desarraigo, el deterioro de la nación mentalmente aletargada, el burocratismo, el caudillismo, la corrupción, la carencia de disciplina, la falta de unidad en la diversidad, la indiferencia del frustrado, la ligereza en el actuar, la falta de tenacidad en la prosecución de los objetivos individuales y nacionales, el complejo de subalternidad, de servidumbre, la política como industria jugosa, como modo de vivir y no como servicio”

El ciudadano dañado por el totalitarismo vive bajo una dinámica social en la que se convierte en una pieza de la maquinaria, en una parte anónima y manipulable del todo. Según Kedourie (1966) “una consecuencia particular de esta perspectiva, de gran relevancia para la política, es que el todo es anterior, más importante y mayor que todas sus partes. El mundo adquiere realidad y coherencia porque es el producto de una única conciencia, y sus partes pueden existir y participar en la realidad porque ocupan su lugar dentro de este mundo”

En Cuba hemos vivido por cuatro generaciones bajo el dominio de una conciencia única que construye una nueva historia, borrando la anterior, que crea un mundo en la mentira, donde el “ministerio de la verdad”, es decir, los Medios de Comunicación todos en manos del Partido único, proclama que el mundo es malo y que la única solución está en manos de esa ideología que invierte los valores y recrea las noticias y la misma realidad.

Solamente pueden ser sus “ciudadanos” de ese mundo aquellos que hagan profesión de fe en la conciencia única e irreversible, en los líderes mesiánicos que por ser los únicos intérpretes y profetas de esa ideología que dan a luz al “mundo nuevo” y engendran al “hombre nuevo” y a los que hay que perpetuar en el poder porque necesitan todo el tiempo para culminar la obra de redención que 60 años después vuelve a comenzar como Sísifo, siempre desde un nivel más bajo que en el ciclo anterior.

El Papa San Juan Pablo II, en su histórica visita a Cuba, describió las entrañas de este proceso deshumanizante, y de ese mundo falso, expresando públicamente en Camagüey en su encuentro con los jóvenes cubanos: “Actualmente, por desgracia, para muchos es fácil caer en un relativismo moral y en una falta de identidad que sufren tantos jóvenes, víctimas de esquemas culturales vacíos de sentido o de algún tipo de ideología que no ofrece normas morales altas y precisas… la falta de un proyecto serio de vida…el anhelo de la evasión y de la emigración, huyendo del compromiso y de la responsabilidad para refugiarse en un mundo falso cuya base es la alienación y el desarraigo”.

El marxismo que pretendía liberar de la alienación y de la explotación, los dos pecados capitales del sistema capitalista con su economía de mercado salvaje, en lugar del hombre nuevo pare al hombre dañado, en lugar de erradicar la alienación la profundiza y ensancha a todos los confines de la vida política, económica, social y cultural.

2.4 La reconstrucción de la persona y de la sociedad civil: una comunidad de ciudadanos

Aunque el término “comunidad de ciudadanos” acuñado por Schnapper pudiera ser considerado a primera vista como otro oxímoron, según el mismo autor debemos entenderlo como el esfuerzo por edificar el sentido de pertenencia a un grupo o comunidad de personas que por entrar en esa convivencia no pierdan su condición y derechos como ciudadanos y no sean dañados por un colectivismo masificador y despersonalizante.

Hasta aquí hemos considerado las dos grandes confrontaciones que sufren los cubanos bajo el sistema del socialismo marxista leninista de partido único, a saber: la pugna entre un Estado totalitario y una Nación que ha perdido su soberanía ciudadana bajo la dictadura de una sola ideología impuesta por la fuerza. Y la pugna entre la política de “religión secular” y la identidad cultural sometida al hegemonismo de una cultura foránea.

Hemos descrito también las consecuencias de esos dos grandes antagonismos que han provocado una profunda lesión en la persona humana del cubano que hemos llamado “daño antropológico”. Al mismo tiempo, los dos vencedores de este sistema totalitario, la Ideología única y el Estado totalitario, usaron por seis décadas la propaganda y la fuerza de la ley injusta para deshilachar meticulosamente el tejido de la sociedad civil, para desmembrar a fuerza de represión, cárcel y muerte a todos los cuerpos intermedios que formaban las Organizaciones No Gubernamentales, invadieron el espacio público y abolieron el debate plural eliminando la libertad de conciencia, de religión, de expresión, de reunión y de asociación.

De este modo toda la fuerza del Estado totalitario cayó directamente y sin intermediario sobre cada ciudadano indefenso y aislado de su familia, sus grupos naturales, sus asociaciones, mientras todas las instituciones civiles, militares y estatales era intervenidas y copadas, no por funcionarios competentes, sino por militantes leales al único Partido y que defendieran “por todos los medios” a la única ideología permitida.

Masificada la persona y desmembrada la sociedad civil, se crean las condiciones idóneas para la dominación total, el control sistemático y el sometimiento de la Nación, el Estado y la Política bajo la égida absoluta de una ideología y un solo partido. Ese puede ser el diagnóstico y los síntomas de la situación de Cuba a día de hoy.

Sin embargo, no quisiéramos quedarnos en el diagnóstico y la sintomatología. Es necesario, poner remedio y evolución de futuro para la reconstrucción y reconciliación del pueblo cubano. Así propuso el Centro de Estudios Convivencia, think tank independiente de Cuba, su visión de futuro: “Las esencias constitutivas plurales y los genuinos rasgos identitarios de la cultura cubana, según el proyecto fundacional de Nación propuesto por Varela y Martí, especialmente aquellos cinco pilares sobre los que se debe levantar nuestro estilo de vida personal y nacional, a saber: la virtud, el amor, la bondad, la verdad y la belleza, son cultivados y renovados, con la libre participación de todos, ejercitando una dinámica dialógica entre continuidad y renovación, mediante una educación pluralista y liberadora, una creación artística, literaria, artesanal y científica libre y el desarrollo de una espiritualidad humanista y abierta al mundo, para poder responder, de este modo, a los desafíos del mañana e inspirar el nacimiento de los tiempos nuevos en Cuba, y para favorecer el aporte de la cultura cubana a la cultura universal.”

En cuanto a recuperar los roles que el totalitarismo comunista invirtió debemos una vez más recurrir a Aron y a Arendt. “Para Aron, la experiencia humana es la de la conciencia del hombre eligiendo en el aquí y el ahora, en base a valores concretos; para Arendt, la experiencia es la del aprender continuo, sin punto final ni certeza absoluta.”

Elegir libre y responsablemente desde una conciencia bien formada, recta, verdadera y cierta, autónoma y abierta a la trascendencia, forma parte de la sanación del daño antropológico. Otra parte es la educación, el “aprender continuo”, buscando la verdad desde la humildad y la cooperación con el otro para poder testear nuestra subjetividad con la objetividad de otras miradas.

Consideramos que la educación humanista integral, plural y libre, especialmente una educación ética y cívica abierta al debate público y a la búsqueda de la verdad entre todos y del bien común, es la clave de la apertura de Cuba, del proceso de cambios estructurales que necesita y de la previsión del futuro que quiere para poder discernir el itinerario que la conducirá a ese provenir. Sin saber a dónde quieres llegar es imposible elegir por dónde está la salida. En este sentido, existe ya dentro de Cuba un libro de texto titulado “Ética y Cívica: aprendiendo a ser personas y a vivir en sociedad” redactado y publicado por especialistas cubanos que viven dentro del País, que contiene 14 cursos dosificados, progresivos e interrelacionados que constituye un importante instrumento para esa educación para la ciudadanía que Cuba necesita.

2.5 Cuba: hacia una nación plural, abierta al mundo y un Estado democrático

Ese porvenir podría describirse en cuatro trazos, por supuesto, abiertos a otros más: la Cuba futura avanza hacia una nación plural, abierta al mundo global, con una buena gobernanza y un Estado de Derecho. El citado Centro de Estudios Convivencia, como fruto de sus estudios con cubanos de la Isla y de la Diáspora propone “contribuir a una sana pluralidad de antropologías, de sus dimensiones fenomenológicas (descriptivas en términos cualitativos), analíticas (apelando a las “ciencias humanas” personales y sociales), hermenéuticas (interpretación integral de lo humano, sin “reduccionismos”) y metafísico-existenciales (origen y fin “radicales”, sentido y valor de la existencia personal y colectiva, la “esperanza” como dimensión de todo existir y obrar). Son como “semillas”, “polen” fecundante.”

Refiriéndose a esa apertura al pluralismo, Kedourie (1966) deduce que “del principio de diversidad se sigue…que las peculiaridades, idiosincrasias y diferencias que distinguen a los individuos entre sí son algo santo que se debe fomentar y preservar, puesto que la armonía universal solo puede resultar a través del cultivo, por cada individuo, de su propia peculiaridad… Solo de este modo podemos actuar moralmente e impulsar el progreso del mundo”.

Además de la educación ética y cívica y la reconstrucción del tejido de la sociedad civil, Cuba necesita una “garantía jurídica para la libertad de creación, de pensamiento, de religión y de expresión en relación con la cultura, fomentar dinámicas de apertura de nuestra cultura al mundo: dialéctica y dialógica entre globalización e identidad; la apertura fortalece la identidad, la cerrazón la ahoga; (y que la) creación y las manifestaciones culturales (puedan hacerse con): libertad, diversidad, sostenibilidad y globalización”.

Toda esta estrategia supone para Cuba un cambio estructural profundo y orgánico; requerirá mucha paciencia y perseverancia en las reformas que vayan sustituyendo a la crispación y la “revolución”; necesitará que la previsión sustituya a la improvisación, solicitará que la flexibilidad y la persuasión reemplacen al dogmatismo y a la imposición, que el diálogo releve a la represión para que la dialógica prime sobre la dialéctica y la convivencia fraterna se cultive en lugar de la lucha de clases; en fin, un futuro en el que una ética de mínimos tenga la primacía sobre un pragmatismo sin valores.

No quisiera terminar sin mencionar esa visión de futuro de Rorty que refuerza la que hemos descrito aquí: “Los pragmatistas esperamos, aun sin una justificación para creerlo, que las historias universales de la humanidad del futuro describirán a los demócratas sociales occidentales en términos favorables…Sólo insistimos en que, si estos términos nuevos se han adoptado a resultas de la persuasión en vez de la fuerza, serán mejores que los que utilizamos actualmente —pues para nosotros ése es el significado analítico de «mejor».

Que eso “mejor” pueda describirse como un Estado que sea servidor de la voluntad soberana de la Nación y que la política sea la búsqueda del bien común que respete, promueva y fecunde la identidad cultural de cada pueblo.

3. Conclusiones

Después de desarrollar los objetivos que nos propusimos en este trabajo podemos arribar a las siguientes conclusiones:

1. El Estado totalitario y su política de partido único se han opuesto contradictoriamente con la identidad cultural y la nación cubanas. Esto ha provocado una seria deformación en la cultura de este pueblo, ha alterado sus tradiciones, ha intentado borrar su memoria histórica, ha invertido su escala de valores, ha creado una dependencia del ciudadano hacia el Estado paternalista, usurpando la soberanía del primero y los roles del segundo para ponerlos en manos de un partido único y excluyente que se ha erigido por sobre toda la sociedad y sobre el mismo Estado. La parte se ha hecho soberana del todo. El proyecto de nación y las esencias culturales de los padres fundadores Félix Varela y José Martí, basado en los cuatro pilares de la verdad, la libertad, la virtud y el amor, ha sido manipulado en la teoría y negado en la práctica. En su lugar se ha instaurado por 60 años un proyecto de nación subordinada a un partido.

2. El enfrentamiento entre la política y la ideología única como “religión secular”, contra las esencias humanistas de la nación, han provocado un “daño antropológico” y sus consecuencias se pueden apreciar en la vida cotidiana del pueblo cubano. Estos son algunos síntomas de esa lesión a la persona humana del cubano: la vida en la mentira y el disimulo, el proceso de despersonalización del ciudadano fomentando el miedo, el complejo de subalternidad, la debilidad del carácter, la falta de voluntad personal y la anomia social; el desarraigo que se manifiesta en un imparable éxodo masivo o un alienante “inxilio” individualista; el síndrome de Estocolmo que provoca una “cultura del borrego y el pichón”, en que se mantiene una actitud ante la vida caracterizada por: la sumisión ante el terror y la dependencia ante el Estado paternalista que ejerce un “sustento providente” a cambio de no permitir al ciudadano aprender a volar o a pescar con su propio proyecto de vida autónomo.

3. Ambos antagonismos, entre el Estado y la nación y entre la política y la cultura, explica, en parte, por qué estos regímenes totalitarios duran tanto, toda vez que han completado el proceso de expropiación de la soberanía personal y del control absoluto de las instituciones. Y explica también por qué se hace tan difícil el cambio y la transición hacia un sistema democrático de calidad.

4. Por tanto, el totalitarismo es, en su misma naturaleza irreformable, las grieta parciales que se logren abrir son el principio del fin en una dinámica política del todo o nada. Es por ello que, en la mayoría de los casos el camino hacia el post totalitarismo parece imperceptible, insignificante y, de pronto, al producirse un catalizador, pareciera como se desmoronan por sí mismos, porque llevan dentro de sí la fórmula de su propia destrucción. Considero que esa clave solo se puede descifrar cuando descubrimos la misma esencia del sistema: Que va contra la naturaleza humana.

5. La solución de este grave problema pasa por el cambio de sistema político, económico y social, y sin ese cambio no será posible institucionalizar la transición, ni consolidar una democracia de calidad en la que se invierta la escala de valores y de roles: el Estado al servicio de la Nación y la política al servicio de la identidad, y no en viceversa. Se necesitará un largo proceso de reconstrucción de la persona humana y del tejido de la sociedad civil.

6. El origen del problema que es: el Estado contra la naturaleza humana y el partido único contra la sociedad civil, solo podrá sanarse mediante un profundo sistema de educación: que prepare al niño, al adolescente, a los jóvenes y a los adultos que sea posible, hacia una convivencia fraterna basada en: la diversidad y el pluralismo, la libertad y la responsabilidad, los valores y los derechos humanos, la transparencia y la virtud, el amor y la paz, la justicia y la igualdad de oportunidades, la ciudadanía y la participación, la primacía de la persona humana y la reconciliación nacional, hacia una buena gobernanza y una democracia de calidad.

7. En ese camino de transición para salir de la uniformidad del pensamiento y de la unanimidad de la Nación y de la política desearíamos concluir concordando con Kedourie (1966): “La diversidad… tanto como la lucha, es una característica fundamental del universo. La diversidad, y no la uniformidad, merece destacarse, porque la diversidad es, manifiestamente, designio divino.”

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.
    Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
    Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
  • Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
  • Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.