Editorial

EDITORIAL 69: DESTERRAR LA VIOLENCIA EN CUBA

10 Junio, 2019

La violencia es un mal injustificable en Cuba y en cualquier parte del mundo. Es un rezago ancestral de una forma de interrelación propia de la incivilidad, de la conciencia primitiva y de un mundo que se deja regir por el odio, el resentimiento y la represión del diferente.

Mal, muy mal, está la sociedad en la que la forma de relacionarse, de defender una idea o el mismo poder, sea por la imposición, la represión y la violencia. A ese gobierno, sea cual fuere su color político, se le acabaron las razones, se le agotó la política, se le agotaron los recursos y los métodos civilizados y pacíficos de relación con los ciudadanos.

La violencia y la represión, la amenaza y la coacción, el hostigamiento sistemático, la difamación como mecanismo para intentar minar la moral del adversario, y el pretexto fabricado de delitos comunes para apresar, encarcelar y anular a los que piensan diferente, son todos métodos éticamente inaceptables, socialmente contraproducentes, muestran la indigencia de capital político y son rasgos que proclaman, sin mediaciones, el perfil identitario de quienes lo infligen o permiten.

Nos referimos a toda clase de violencia. En el siglo XXI, la conciencia de la humanidad repugna impotente todo tipo de violencia, la sufre en todas las latitudes, y la comunidad internacional no ha encontrado los mecanismos adecuados para detener eficazmente las escaladas de cualquier tipo de violencia.

Toda violencia es abominable porque supone desesperar de la capacidad humana de dialogar, de negociar, de ceder, de comprender, de cambiar, de respetar, de tolerar, de formar una familia unida en su dignidad humana, en la diversidad de credos, opiniones políticas, orientación sexual, nacionalidad, raza o ideología.

Todo tipo de violencia sistemática e institucionalizada es un crimen de lesa humanidad. Todas: comenzando por la guerra armada, las organizaciones mafiosas para delinquir, las oscuras trapisondas del mercado y el consumo de la droga, la corrupción organizada, el uso de la fuerza, de la represión y del matonismo para atornillarse en el poder a toda costa, arruinando los países, provocando éxodos forzosos y masivos que son otra forma de violencia. Pasando por la violencia y el fusilamiento moral en los medios de comunicación masivos y en las redes sociales de internet, incluyendo la violencia del gesto desafiante, la palabra descalificadora y ofensiva, la burla y el cinismo contra los diversos hasta llegar al uso de la mentira, de la desfiguración descarnada y alevosa de la verdad, de la institución de la vida en la mentira. Llamar a la verdad mentira y a la mentira verdad, desfigurar el rostro de los hechos con manipulaciones lingüísticas y llamarle bien al mal y mal al bien, son formas refinadas y peores de violencia institucionalizada que minan la estructura social y la convivencia pacífica y fraterna.

Un caso especialmente peligroso y torcido es cuando se organiza a una parte del pueblo contra la otra parte del mismo pueblo, sea cual fuere la motivación o la causa. El uso de agentes represores vestidos de civil, sin identificación ni uniforme, es tan antiético como peligroso por dos razones fundamentales: una, que esconde y desmerita el uniforme y la identidad de las instituciones oficiales y legales que existen para conservar la paz, el orden civilizado y la convivencia pacífica. Cuando es necesario ocultar el uniforme para que las personas que debían llevarlo realicen actos violentos e ilegales, algo muy malo está ocurriendo en ese país. Y la segunda razón, porque en cualquier país, esos métodos institucionalizan y ven como éticos y permitidos, a grupos paramilitares, colectivos matones, represores disfrazados de civiles, y las nefastas Brigadas de Respuesta Rápida, rechazadas hasta por los de la misma ideología como método ilegal e impropio de un sistema que predica la fraternidad. Estas, que considerábamos ya superadas en Cuba, hoy día están siendo reorganizadas en centros de trabajo y estudio. Es increíble que unos sistemas que condenaron y lucharon por erradicar de la Tierra esos métodos que repugnaron a la humanidad de un lado y del otro del mundo, provocando la Segunda Guerra Mundial, vuelvan hoy a practicar lo mismo que condenaron como lesivos de la dignidad humana.

Los Estados de cualquier ideología tienen como primerísima obligación política y moral, “el deber de cuidar” a todos sus ciudadanos individualmente y de cuidar que ninguna de estas formas de violencia degenere la paz social y la convivencia fraterna entre los miembros de una misma comunidad humana. Nada puede justificar que se aliente el enfrentamiento entre hermanos de un mismo pueblo. Nada puede justificar el uso de la violencia contra personas y grupos pacíficos.

La violencia engendra más violencia. Y lo que hoy se hace desde un gobierno manipulando a las masas contra sus propios compatriotas, mañana se puede descontrolar y llegar a arraigarse en la conciencia popular. Se contagia, permitiendo, e incluso, organizando aquello del “ojo por ojo y diente por diente”, el “si tú me lo hiciste yo puedo hacértelo”. Si se organizan brigadas para que tomen la justicia por su mano y suplanten el servicio de las instituciones de justicia y de derecho, entonces eso que se convierte en memoria colectiva, experiencia sistemática y costumbre instalada por la misma autoridad, se hará avalancha imparable, sociedad violenta, país ingobernable.

Todo había comenzado mucho antes, cuando para reprimir una pacífica manifestación, sea política, religiosa o de identidad de género, el Estado aparca su deber de cuidar, educar y mantener el orden entre todos los diversos, para convertirse en parte beligerante, deja de ser juez imparcial para ser ejecutor y verdugo disfrazado de civil. Lo grave es que lo hace, lo permite y lo organiza solapadamente. Los mismos que deberían educar para la justicia, la convivencia y la paz, deberían desterrar, proscribir y penar todo tipo de violencia.

Esto ocurre y puede ocurrir en cualquier latitud del planeta, y debemos rechazarlo y prevenirlo, pero nuestra primera obligación es la convivencia civilizada y pacífica, justa y libre, unida y diversa entre todos los cubanos. Ningún cubano es enemigo de otro cubano, puede ser su adversario político o su discrepante religioso, o su diverso desde cualquier dimensión humana, pero ser adversario, discrepante, disidente o diverso, no significa ser enemigo. El único enemigo es el violento, el único enemigo es el que miente, el único enemigo es el que divide, el único enemigo es el que reprime a la diversidad natural de nuestra condición humana y del mundo.

Entonces es deber de cada cubano alertar sobre la violencia creciente, sobre la violencia doméstica, sobre la violencia mediática, sobre la violencia sonora y de palabra, sobre la violencia callejera, sobre la violencia de las Brigadas de Respuesta Rápida, de los militares vestidos de civiles, de los civiles contra otros civiles hermanos todos, hijos de un mismo y noble pueblo que es Cuba, una nación que debe convivir como una familia donde “quepamos todos” y nadie repudie a nadie.

Cuba merece que paremos en seco la violencia. La violencia es un callejón sin salida. No conduce a ninguna nueva situación, no sirve para la continuidad de nada, ni resuelve ningún conflicto o discrepancia. La violencia solo abre la puerta a la violencia y a la muerte. Esa mentalidad beligerante debemos pararla. Ese pensamiento maniqueo de buenos y malos cubanos debemos proscribirlo. Esa calificación de “cubanos mal nacidos por casualidad” va contra el proyecto de Patria de Varela y de Martí.

Estamos a tiempo. Luego será demasiado tarde. Digamos un no rotundo y pacífico a todo tipo de violencia en Cuba.

  • Pinar del Río, 20 de mayo de 2019
  • 117º aniversario de la independencia de la República de Cuba