Editorial

EDITORIAL 76: APRENDER A CONVIVIR CON EL DIFERENTE

10 agosto, 2020

Foto tomada de Internet.

La diversificación de identidades y roles de la sociedad civil cubana es un hecho comprobable

Una de las pruebas que los estudiosos presentan como signo del crecimiento y la maduración del tejido de la sociedad civil, en cualquier parte, es la diferenciación de las identidades de los grupos que la van conformando. En Cuba se puede comprobar, de forma creciente, cómo los mismos miembros de cada agrupación comienzan un camino de búsqueda e identificación de su propio ser, de su estar y de su quehacer en medio de las difíciles circunstancias en las que va delineando su identidad. Es decir, la definición de quiénes son, en qué se diferencian de otros grupos, cuál es su visión sobre Cuba, los objetivos que persigue, su misión distintiva, sus propias líneas de trabajo.

Con frecuencia, esta diferenciación de identidades y roles se aprecian como divisiones en la sociedad civil, y consultando con abundante bibliografía, que no es el momento de citar por las características de un editorial, podemos encontrar que, como en el cuerpo humano, sin biologismos simplistas, la diversidad no divide, enriquece. La diferenciación de las funciones de tejidos, órganos y sistemas, no desintegran la unidad del cuerpo sino que lo complejizan para bien. La complejidad no es enemiga de la unidad. El reto es la unidad en la diversidad de roles. Esta unidad se logra con respeto a cada órgano, con el abierto reconocimiento a su necesidad para todo el buen funcionamiento de todo el cuerpo, con la conexión entre los diferentes órganos para ir funcionando como sistemas, con la complementariedad de los sistemas para alcanzar objetivos globales, estratégicos: la vida plena del cuerpo social.

Todos sabemos que la sociedad no funciona idéntica a un cuerpo, pero el símil puede servir para comprender mejor que la diversidad de identidades y roles en la sociedad civil no es una desgracia, ni señal de división, sino de crecimiento, de avance de la necesaria complejidad social y de riqueza de servicios al bien común. Varias culturas, religiones y tradiciones sostienen la diversidad y la complementariedad como las dos columnas de la vida social, de la convivencia comunitaria. Los clásicos griegos descubrieron esta complejidad, en la cultura judeo-cristiana, la Biblia lo describe así especialmente en las Cartas de San Pablo: “Las partes del cuerpo son muchas, pero el cuerpo es uno; por muchas que sean las partes, todas forman un solo cuerpo… Un solo miembro no basta para formar un cuerpo, sino que hacen falta muchos. Supongan que diga el pie: «No soy mano y por lo tanto yo no soy del cuerpo.» No por eso deja de ser parte del cuerpo… Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿cómo podríamos oír?… Si todos fueran el mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?… El ojo no puede decir a la mano: No te necesito. Ni tampoco la cabeza decir a los pies: No los necesito. Aún más, las partes del cuerpo que parecen ser más débiles son las más necesarias… si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro recibe honores, todos se alegran con él.”[1]

El símil de los procesos inmunes y autoinmunes en el cuerpo social

Dejando claro que no se puede identificar un proceso biológico con uno social de forma mecanicista o simplista, podemos continuar con otra comparación utilizando el símil de los procesos inmunes y auto-inmunes que ocurren en el cuerpo humano. No entraremos en aspectos técnicos, pero casi todo el mundo ha oído hablar, sobre todo ahora en tiempos de la COVID-19 y la post-pandemia, de que la misión de los anticuerpos es defender la vida frente a los ataques de elementos patógenos externos que penetran en nuestro cuerpo para dañarlo. Sin embargo, el sistema inmune puede reaccionar contra sus propias células y tejidos sanos, por error, destruyéndolos o desencadenando una enfermedad autoinmune.

Que esta comparación grosso modo nos sirva para identificar lo dañino que pudieran ser para el cuerpo de la sociedad civil tres actitudes o “acciones autoinmunes”:

  • El no “reconocer” a otros órganos, tejidos o funciones del mismo cuerpo social y su utilidad.
  • El “atacar” a los diferentes como si fueran patógenos externos.
  • El no trabajar para “articular” a los grupos de la sociedad civil en una unidad en la diversidad.

Quien uniforma simplifica, y hace más débil al cuerpo social. Quien reconoce la diversidad de identidades y roles, fortalece a la sociedad civil. Quien favorece las diversas articulaciones, multiplica y potencia el impacto de la sociedad civil.

Estas pudieran ser algunas señales en el camino para edificar, entre todos, sin exclusiones ni confusiones, una sociedad civil plural, una democracia de calidad, y una gobernanza ciudadana empoderada.

Veamos ahora, algunos casos que pudieran provocar mixtificaciones contradictorias en las articulaciones de los diferentes miembros de la sociedad civil:

  1. Distinguir entre derechos universales e ideologías

Las diferencias entre el respeto y la promoción de todos los derechos humanos para todos, y las diferentes y legítimas ideologías que no pueden ni deben exigir a toda la sociedad y a todos los grupos cívicos, políticos, económicos o eclesiales, que una ideología por muy auténtica que fuere sea impuesta al universo del cuerpo social. Sería como si un órgano útil para el cuerpo impusiera a los demás órganos su misma función o identidad. Todos debemos respeto a todos los derechos, pero no podemos confundir la defensa de los derechos de los grupos específicos con la imposición de su ideología al total de la nación. Esta actitud debería servir tanto para encontrar en los derechos universales la unidad, como para respetar los derechos de la diversidad. Pero ningún grupo, ni un Estado o Partido, deberían descalificar o atacar a otros grupos de la misma sociedad que sostengan o defiendan otras ideologías u opciones. Aquí la articulación de la sociedad civil se basaría, sobre todo, en el respeto de todas las opciones cívicas y pacíficas, sin intentar imponer a todo el cuerpo social la propia identidad, ideología u orientación. 

  1. Distinguir entre ideologías como corpus de ideas e ideologías como “religiones seculares”

Otro de los procesos que pudieran desintegrar la unidad en la diversidad es la tendencia de convertir a las ideologías en “religiones seculares”. Es decir, los diferentes grupos de la sociedad civil pueden asumir y propagar sus propias ideologías como corpus de ideas con coherencia interna y visión externa de propuestas para el desarrollo humano y social de una nación. El proceso “autoinmune” sería cuando se excluyen, descalifican, etiquetan o prejuician con estereotipos, los que no siguen a esa ideología y sostienen otros sistemas de ideas igual de coherentes, proactivas y pacíficas. Consideramos que no es necesario aclarar aquí que las ideologías violentas, racistas, supremacistas o totalitarias no son afines con una democracia de calidad ni con una convivencia civilizada. Aquí la articulación de la sociedad civil se basaría en que cada grupo haga su propio discernimiento acerca de si sus actitudes, métodos y propuestas se corresponden con las características de un legítimo sistema de ideas, es decir, a una ideología que respeta la diversidad y la pluralidad democrática, o si en su grupo o partido se descalifica, excluye o sataniza como “herejes” a los que no aceptan la ideología como “una religión secular”.

  1. Distinguir entre relativismo moral y aceptación del diferente

La diversidad y el pluralismo propios de las sociedades civiles democráticas no suponen una opción del “todo vale” o del “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar). Una laxitud de los valores y principios éticos universalmente reconocidos como ley natural, y refrendados como ley positiva por las Declaraciones y Pactos de Derechos Humanos. El pluralismo y la inclusión tienen sus fronteras, como todas las libertades y derechos, cuando irrespetan o dañan los derechos de los demás o la naturaleza y la dignidad de toda persona humana. Qué bueno sería que cada grupo formal de la sociedad civil discutiera y aprobara su propia identidad deontológica concretada en un “Código Ético” o “Camino Ético” de la empresa, del grupo, del partido o de la asociación. Aquí la actitud sería la aceptación de la persona humana, el reconocimiento de su dignidad y su derecho a ser libre y responsable, sin que ello quiera significar que aceptando a la persona nos acojamos siempre a sus escogencias éticas o morales.  

  1. Evitar las generalizaciones, las descalificaciones y los estereotipos prejuiciados

Con frecuencia podemos constatar que otra actitud que pudiera ser degenerativa del tejido y la diversidad de la sociedad cubana es la generalización. Como decimos los cubanos, no pocas veces, “metemos en un mismo saco” a personas que pertenecen a un grupo social, sea un partido político, una comunidad religiosa, un grupo en defensa de la diversidad de género, de raza, entre otros, sin reconocer su diversidad. Los estereotipos pegados como etiquetas a las personas y grupos, sea por el Estado o por la sociedad civil, no favorecen las articulaciones civiles, por el contrario las dividen o las enconan, colocando en una estantería social a grupos y movimientos como si fueran uniformados en cuanto a conductas, opciones, métodos o posturas en la sociedad. Uniformar y no diferenciar son actitudes propias de los totalitarismos y populismos de los más diversos colores. Aquí lo mejor podría ser desterrar los estereotipos y las generalizaciones en el debate público y sustituirlos por el reconocimiento de los matices, las diferencias y los diferentes carismas, incluso dentro de un mismo grupo, gremio o partido.

  1. Evitar los hipercriticismos, los escapismos y los neutralismos

Las sociedades que no han sido formadas con una educación cívica y política pluralista pueden identificarse por estas tres actitudes: hipercriticismo, escapismo y neutralismo. Algunos asumen como actitud permanente un hipercriticismo como ADN identificador: es cuando lo primero que vemos es lo negativo, lo que descalifica y que pudiera ser real, pero que no es complementado con los aspectos positivos, constructivos, proactivos. El hipercriticismo bloquea las relaciones entre las personas, levanta muros difíciles de saltar entre grupos o gremios de la sociedad civil, produce una dicotomía insalvable entre esta y los servidores públicos. Otros, no se implican en el debate público. Ante cada opinión, debate o proyecto, recomiendan inmediatamente escapar de nuestro país “porque Cuba no tiene remedio” confundiendo país con Estado. Y otros, también escapan e invitan a escapar con un “neutralismo” poco común en los seres humanos: “yo no me meto en política” o la “iglesia no se mete en política”, o “el arte no tiene nada que ver con la política”. Como si la verdadera política no fuera “la búsqueda del bien común en su mayor grado” y el fomento de una convivencia civilizada, plural, pacífica y próspera. Si se le presenta así, entonces comienzan a expresar que con eso sí están de acuerdo. Es necesario entonces diferenciar la Política de la politiquería. Aquí la actitud constructiva de la sociedad civil podría ser educarnos en la tolerancia, evitar los extremos, equilibrar las valoraciones y ser más objetivos en nuestros análisis.

  1. Evitar el doble rasero entre lo que exigimos para nosotros y lo que damos a los diferentes

Con cierta frecuencia tanto en el Estado como en la sociedad civil caemos, a lo mejor sin tomar plena conciencia de ello, en un doble rasero: exigimos a los diferentes actitudes, respeto y derechos que nosotros no practicamos con los demás. Existe un viejo refrán popular en Cuba que dice: “Respeta para que te respeten”. Y por otro lado, lo que criticamos en los demás y en el Estado, a veces lo replicamos sin darnos cuenta en nosotros mismos, en nuestros proyectos, o entre los diversos grupos de la sociedad civil. Aquí la actitud que más beneficios traería a la articulación de la sociedad civil sería evitar la incoherencia entre lo que pedimos y reclamamos y nuestra actuación, recordando aquella vigente cita: “con la misma vara que midan serán medidos”, o todavía mucho mejor, más humano, más trascendente y de mayor plenitud aquella otra: “Vence el mal a fuerza de bien” (Romanos 12,21).

  1. Convivir es discernir, optar, abrirse a las interpelaciones del diferente y crear confianza

Pero no basta con ir puliendo y superando confusiones o debilidades. Es necesario proponer soluciones, crear ambientes, cuidar un “hábitat cívico” en que la sociedad civil puede crecer, desarrollarse, diversificarse y producir frutos de democracia y gobernanza. Para ello sería muy enriquecedor que cada grupo informal, cada gremio profesional, partido político, comunicadores, iglesias, grupos de defensa de derechos humanos, comunidad de artistas e intelectuales, think tanks y órganos de prensa, por mencionar algunos, dediquemos tiempo al desarrollo interno, cultivemos valores, virtudes y educación ética, cívica y política. Qué bueno sería para Cuba que la sociedad civil hiciera ejercicios de prospección estratégica para ellos mismos y para la nación, proponiendo su visión, sus aportes y propuestas. Un pensamiento incluyente de José Martí nos puede motivar: “Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad.”[2]

Para todo ello sería necesario proponer: Crear confianza, tender puentes, ser proactivos, propositivos. Fomentar procesos sosegados y sistemáticos para discernir, optar, abrirse a las interpelaciones del diferente y crear un clima de respeto e inclusión en nuestros grupos. En lugar de descalificaciones mutuas, tiremos cabos. En lugar de muros, construyamos puentes. Poco a poco. Sin campañas, sin imposiciones, edificando convivencia, bloque a bloque, paso a paso, en la humildad y las limitaciones que tenemos. Convivir es respetar, buscar coincidencias, construir consensos, tolerar diferencias y trabajar en proyectos comunes, sabiendo y aceptando que no hay persona ni proyecto, ni grupo, ni nación, perfectos. Todos, absolutamente todos, somos limitados, fallamos, necesitamos de los demás y seremos siempre perfectibles.

  1. Convivir es cultivar la “amistad cívica”, la fraternidad universal y el hogar común

Cultivemos, para ese “mejoramiento humano”, “la utilidad de la virtud” de la que José Martí hacía profesión de fe, y correspondamos a aquella vehemente invitación: “De las entrañas desgarradas levantemos un amor inextinguible por la patria sin la que ningún hombre vive feliz, ni el bueno ni el malo… [3] Cultivemos la “amistad cívica”[4] esa forma de convivir que excluye “la lucha de clases” como única salida, que desestimula todo tipo de dictaduras incluida la del “proletariado”, y que pone por encima de las naturales diferencias y de las indeseadas injusticias, el trabajo mancomunado, dialógico y consensuado, con el que vayamos construyendo un hogar común para todos los cubanos, Isla y Diáspora, y nos dejemos impulsar por el horizonte, siempre escurridizo pero motivante, de una fraternidad universal.

Pinar del Río, 8 de julio de 2020

 

  • [1] Biblia. Primera Carta de San Pablo a los Corintios cap. 12, versículos 12-16.
  • [2] Martí, J. (1893) “Mi raza”. Periódico Patria. Nueva York, 16 abril de 1893. O. C. Editorial Pueblo y Educación. La Habana, 1976. Tomo 2. p. 298-300. 
  • [3] Martí, J. (1891) “Discurso del 10 de octubre de 1891”. O. C. Tomo 4. Centro de Estudios Martianos. Karisma Digital. La Habana, 7 de noviembre del 2001. p. 279.   
  • [4] Santo Tomás de Aquino. Sententiae Octavi Libri Ethicorum, Lect. 1: Ed. León. 47, 443.