Editorial

EDITORIAL 75: QUE LA CUBA REAL SUPERE EL MIEDO AL CAMBIO

1 junio, 2020

 Foto tomada de internet.

Cuba va saliendo de la pandemia del coronavirus. Tendremos que aprender a vivir con una nueva enfermedad viral que podría llegar a ser endémica. Sin embargo, a lo que no nos debemos acostumbrar es a la calamidad. Son demasiados años de experimento social y humano, tantos que han dejado un daño antropológico muy difícil de sanar. Está más que demostrado que haciendo lo mismo –a lo que llaman continuidad- solo se logra lo que hemos sufrido durante estos últimos 60 años: vivir de crisis en crisis. Subsistir no es vivir. Es una existencia precaria por debajo de lo que el pueblo cubano merece.

Culpar a otros, antes de reconocer y cambiar en uno, sirve lo mismo para las relaciones entre las personas, que para las que se establecen entre los Estados. En el caso de Cuba se ha experimentado por diferentes métodos y vías: la confrontación entre los gobiernos de los EE.UU. y Cuba no ha dado los resultados esperados. El descongelamiento y el acercamiento entre ellos, tampoco. Otra vez se regresa a los métodos antiguos, decepcionados del tanteo por diversos caminos.

Para que haya cambios hace falta, en primer lugar, voluntad de cambio. Para cambiar en política hace falta escuchar y responder a las necesidades reales de los ciudadanos. No se puede vivir en un país que narran los Planes, los Lineamientos, las Medidas. Ese es el país que un grupo de personas ha diseñado, pero no es la Cuba real. La Cuba real está en la mesa de la familia, en la escuela de los niños, en las universidades del país, en las “colas” para la comida, en la falta de medicamentos, en las crisis del transporte, en la falta de agua y de electricidad, en las diferencias sociales que regresaron cuando el igualitarismo fracasó. El país real está también en la violación de las propias leyes por aquellos que las implantaron y por sus agentes. Un país donde se violan las leyes va camino al caos. El país real está en la violencia que crece, en la crispación que se enraíza, en esa épica de la “batalla”, la “lucha”, el “bastión” y la “trinchera”. En esa cultura de la beligerancia, y no de la fraternidad, se están educando nuestros niños y jóvenes y se afincan los mayores, y se manifiesta no solo en el lenguaje y las actitudes, sino en lo que es peor: los actos de repudio y juicios ejemplarizantes, que regresan para seguir viviendo en el miedo y la sospecha. Donde hay paranoia y desconfianza de todos con todos, donde aumenta la represión y la amenaza, hay una sociedad enferma. Y eso debe cambiar.

Pero hay que decirlo también: la Cuba real está igualmente en el carácter emprendedor de los cubanos, en las ansias de progreso y bienestar, en los deseos de tener sus propios negocios o servicios para poder crear riqueza con su esfuerzo, y no tener que vivir de las remesas de sus familiares que trabajan duro en cualquier lugar del planeta donde el trabajo permite sostener a la propia familia y ayudar y mantener a la de Cuba. Esa es otra prueba de lo que se logra cuando en lugar de crear una “cultura del pichón”, que depende del paternalismo del Estado, se desarrollan los talentos y capacidades de los cubanos.

La Cuba real está en ese sentido de familia tan vapuleado, pero que ha resistido. Está en el talante noble y sencillo de nuestro pueblo, en su estilo de convivencia cercana y fraterna, en su deseo manifiesto de ayudar al necesitado, de buscar la justicia social, de rechazar el abuso de los infelices, de compartir con extranjeros sin xenofobias, ni discriminación. La Cuba real está en la iniciativa creadora de los cubanos, en la honradez y la limpieza que nos enseñaron nuestros padres y abuelos, y que se va perdiendo. La Cuba real está en el amor de los cubanos a lo suyo, a su gente, a nuestra cultura, a la Patria aun cuando se vive fuera de la Isla que no fuera de Cuba; porque otra de sus realidades es que la nación cubana es una sola formada por dos pulmones: los que vivimos en la Isla y los que viven en la Diáspora, sean del exilio histórico, de los éxodos masivos de Camarioca, Mariel o balseros, sean los emigrados en busca del bienestar económico que no encuentran en su Isla. Todos somos Cuba por igual. La Cuba real es también aquella que expresa su espiritualidad en la religión católica, invocando a la Caridad del Cobre, o en las religiones africanas sincréticas y mezcladas en Ochún o Yemayá, en los que viven las místicas orientales, o en otros que desde su agnosticismo o su ateísmo no descuidan el cultivo de su interioridad.

Entonces la Cuba real es ese ajiaco, todo mezclado, todo matizado, todo en proceso, todo en gestación. Esa Cuba real no se parece a la Isla de las medidas coyunturales, o a los planes incumplidos, o a las campañas desde arriba, venidas una y otra vez como en aquel teatro griego que resolvía los problemas haciendo bajar sobre el escenario desesperado el “Deux ex machina[1], ese antiguo mecanismo salvador, devenido en mesías, que como enviado por el cielo, deshacía los entuertos y cortaba los nudos gordianos. La solución venía siempre de arriba, de fuera, ignorando que las mejores y más eficaces soluciones son las que surgen de abajo, de la participación ciudadana, del ingenio personal, de la matriz popular, y de dentro de la nación -Isla y Diáspora- que ama, anhela y trabaja, cada cual a su forma, por el progreso material, moral y espiritual de Cuba.

Haciendo lo mismo no se pueden esperar resultados diferentes

Lo han dicho las más altas autoridades de Cuba: haciendo lo mismo no podemos obtener resultados diferentes. Los experimentos sociales con seres humanos, queriendo inventar un modelo a costa del sufrimiento de la gente, especialmente de los más vulnerables, son éticamente inaceptables a la par que jurídicamente punibles.

Sesenta años de experimento antropológico y cultural deberían ser suficientes y convincentes para reconocer su ineficiencia y sus resultados, exactamente los contrarios a los que se aspira. Todos hemos sido responsables, aunque no todos en la misma proporción. Entonces viene a la mente aquel proverbio latino de Cicerón grabado en las paredes del Aula Magna de la Universidad de La Habana a la derecha de la mesa rectoral: “Cuiusvis hominis est errare, nullius nisi insipientis in errore perseverare (“Cualquiera puede errar, pero solo el necio persevera en su falta”)[2]. O este sabio refrán que completa la anterior y que pronunció Séneca, el joven: “Errare humanum est, perseverare autem diabolicum et tertia non datur” (“Errar es de humanos, perseverar es diabólico y no hay tercera opción”).[3]

Además de reconocer el error, que toda persona, todo sistema y modelo político, económico y cultural lleva dentro de sí, precisamente por ser humanos y falibles, lo más importante no es cebarse en el error, sino rectificarlo a tiempo, de verdad, profunda y raigalmente, no como el Gatopardo de Lampedusa[4], ni los cambios cosméticos a los que Varela llamó “máscaras políticas”.

Se trata de cambios reales, estructurales, sistémicos y urgentes pero ordenados, en paz, pero para ello se necesita voluntad política, voluntad de cambio, y superar el miedo al cambio que todos sufrimos en proporción a la cantidad de poder, tener o saber que poseemos. El padre de la psicología social Enrique Pichon-Rivière (1981) describe el miedo el cambio de forma clarísima:

“La ansiedad aparece cuando emergen los primeros indicios del cambio”, y más concretamente, “toda situación de aprendizaje, haciendo extensiva la noción de situación de aprendizaje a todo proceso de interacción, a todo tipo de manipuleo o apropiación de lo real, a todo intento de respuesta coherente y significativa a las demandas de la realidad (adaptación), genera en los sujetos dos miedos básicos, dos ansiedades básicas que hemos caracterizado como el miedo a la pérdida y el miedo al ataque: a) miedo a la pérdida del equilibrio ya logrado en la situación anterior, y b) miedo al ataque en la nueva situación en la que el sujeto no se siente adecuadamente instrumentado. Ambos miedos que coexisten y cooperan configuran, cuando su monto aumenta, la ansiedad ante el cambio, generadora de la resistencia al cambio”.[5]

Dos propuestas para contribuir a superar el miedo

En Cuba, el miedo quizá sea -junto a la posesión del poder hegemónico de un partido- la causa fundamental de la parálisis en el continuismo. Para superar los dos miedos inmovilistas de los que nos habla Pichon-Rivière se podrían proponer estas dos alternativas:

  1. Ante el miedo a la pérdida del equilibrio ya logrado en la situación anterior: proponemos que los cambios sean pacíficos, ordenados y graduales, de modo que se evite en la medida de lo posible el desequilibrio en la convivencia y ese vértigo o mareo de las alturas. Creemos que mientras más moderados –aunque estructurales- e incluyentes sean los cambios, mayor será la estabilidad de la nación y el equilibrio de la región.
  2. Ante el miedo al ataque en la nueva situación en la que el sujeto no se siente adecuadamente instrumentado: proponemos poner a prueba la magnanimidad, la justicia transicional, humana y humanizadora, la reconciliación, y la seguridad para la vida y frente a la posibilidad de ataques, revanchas, desórdenes violentos de todas las partes que intervienen en la etapa de la transición y después.

Estas son solo dos ideas, dos propuestas para no quedarnos en la queja inútil, para no sobrevivir en la desesperanza. Quizá sea un buen tributo al 118 aniversario del nacimiento de la República de Cuba. Ella necesita los cambios estructurales y sistémicos ya, y para ello debemos ponernos de acuerdo entre todos los cubanos, sin exclusiones, para alcanzar estas dos cotas de una transición pacífica y ordenada:

  • Equilibrio, moderación, estabilidad y seguridad dentro de Cuba y en la región.
  • Evitar ataques, revanchas, violencia, mediante una justicia, magnanimidad y reconciliación.

Estamos convencidos que en la Cuba real, la de los cubanos de la Isla y de la Diáspora, tenemos la capacidad, el talento y la nobleza que se necesitan para dar al mundo un ejemplo de cambios y transición dignos de la herencia de Varela y Martí, que pusieron sobre estos pilares las bases éticas de la nación cubana: Amor, Verdad, Virtud, Inclusión y Humanismo.

Por eso quisiéramos terminar citando al Apóstol de nuestra libertad, cuyo triunfo sobre la muerte celebramos el pasado 19 de mayo. Estos textos raigales han inspirado nuestras propuestas:

“Hay que deshelar, con el calor de amor, montañas de hombres; hay que detener, con súbito erguimiento, colosales codicias; hay que extirpar, con mano inquebrantable, corruptas raíces…”[6] “Ahora se necesitan más que nunca templos de amor y humanidad que desaten todo lo que hay en el hombre de generoso y sujeten todo lo que hay en él, de crudo y vil.”[7]

A desatar a la Cuba real.

Pinar del Río, 20 de mayo de 2020

118º aniversario del nacimiento de la República de Cuba

Referencias

[1] https://blog.lengua-e.com/2015/deus-ex-machina/: La expresión latina deus ex machina significa ‘un dios desde una máquina’, aunque podríamos traducirla como ‘un dios que baja en grúa’. Esta era la solución que aplicaban los dramaturgos griegos y romanos cuando el argumento de una obra se complicaba y no sabían cómo terminar: se sacaba a escena a un dios que descendía desde las alturas con una polea y ponía a todo el mundo en su sitio.

[2] Sócrates. Filípicas. 470 a. C. – ib., 399 a. C.) “Cualquiera puede errar, pero sólo el necio persevera en su falta”.

[3] Lucio Anneo Séneca (4 a.C. – 65 d.C.): “Errar es de humanos, perseverar es diabólico y no hay tercera opción”.

[4] El gatopardo (título original, Il Gattopardo)​ es una novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, entre finales de 1954 y 1957.

[5] Pichon-Rivière, E. (1981) “El proceso grupal. Del psicoanálisis a la psicología social (I)”, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1981, 6° edición. p. 52, 169, 181, 210. Citado por Pablo Cazau en Diccionario de Psicología. Basándose en las ideas de Melanie Klein.

[6] Martí, J. (1881) Discurso pronunciado en el Club del Comercio, en Caracas. Venezuela. 1881, marzo 21. O. Completas. Centro de Estudios Martianos. Karisma Digital. La Habana, 7 de noviembre del 2001. Tomo 7. p. 285.

[7] Martí, J. (1884) La Nación. New York. 1884, septiembre 5. O. Completas. Centro de Estudios Martianos. Karisma Digital. La Habana, 7 de noviembre del 2001. Tomo 10. p. 80.