Editorial

EDITORIAL 73: CUBA 2020: “VISTA” PARA DISCERNIR Y ACTUAR

17 Febrero, 2020

Foto Tomada de Internet.

Ha comenzado el año 2020 y su numeral sugiere la mejor “vista” que el ser humano puede tener. Dadas las críticas condiciones en que nos encontramos en la Isla, en Latinoamérica y el mundo, y teniendo en cuenta que los proyectos del socialismo del siglo XXI se han agotado de tal forma que han tenido que acudir a la violencia y a la mentira, es que hemos comenzado el año usando el símil de la vista biológica. Con esta comparación queremos expresar que Cuba, los cubanos todos, necesitamos nuestra mejor visión para analizar la situación, discernir lo que es bueno y verdadero y actuar en consecuencia.

En efecto, en el agotamiento de los proyectos socio-políticos o económicos, surgen innumerables peligros y provocaciones. Ante ese callejón que pareciera no tener salida, lo peor para encontrarla es paralizarse en la “trinchera” de la resistencia ciega, o levantar “muros” ideológicos que separen a la nación en la que debemos contar todos. No es ético “estirar la liga” de la paciencia de la gente. No es justo experimentar lo inimaginable con seres humanos solo por puro voluntarismo contra la realidad. Lo que no funciona hay que cambiarlo, porque la paciencia de los pueblos es sagrada y quien cierra la puerta al cambio en paz, abre la puerta a la violencia, a métodos desesperados, a acciones-límite y eso debemos evitarlo entre todos: cediendo en lo que haya que ceder y abriendo lo que haya que abrir.

El poder no puede ser pretexto para la violencia. El poder es para proteger. El poder es para servir a la paz, la integridad ciudadana, los derechos todos y la libertad que es consustancial a la naturaleza y la dignidad de todo hombre y mujer.

El deber de los Estados de proteger al ciudadano

Todos los ciudadanos debemos mantener la cordura, no abandonar los métodos pacíficos, no dejarnos provocar por poderes hegemónicos dentro o fuera. Los que ostentan el poder, en cualquier parte del mundo, también en Cuba, son y deben ser servidores públicos no guardianes de lo incambiable a toda costa y a todo coste. Los gobiernos todos, en cualquier circunstancia, no están para lesionar esos derechos, están para protegerlos por encima de ideologías, estrategias políticas o modelos económicos.

Volvemos a la enseñanza de la Iglesia en este tema. Lo hemos citado varias veces, pero tiene hoy más vigencia que nunca, en muchos lugares, también en Cuba:

“Todo Estado tiene el deber primario de proteger a la propia población de violaciones graves y continuas de los derechos humanos, como también de las consecuencias de las crisis humanitarias, ya sean provocadas por la naturaleza o por el hombre. Si los Estados no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional ha de intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales. La acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están a la base del orden internacional, no tiene por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación de soberanía. Al contrario, es la indiferencia o la falta de intervención lo que causa un daño real.” (Benedicto XVI, Discurso en la ONU, Nueva York, viernes 18 de abril de 2008).

Esto no es un invento contemporáneo, una justificación de ahora, no es una opción política de un país, o de un bloque dominante, es patrimonio inalienable y conquista de los pueblos a la luz del humanismo de inspiración cristiana que marcó la cultura occidental y se ha extendido a todo el mundo como uno de los avances civilizatorios más dignos y necesarios: el Estado de Derecho, los Derechos Humanos, la plena dignidad y la primacía de la persona humana por encima de todo, de la política, de la economía, de las ideologías, de cualquier proyecto social. Estas realidades no serán auténticas si no respetan esa primacía fundamental que valora siempre y en todo lugar a la persona humana como “el centro, el sujeto y el fin” de todo sistema de vida. El Papa Benedicto XVI, en el mismo discurso citado en la ONU, explica el origen de siglos de este principio que debe regir todo gobierno:

“El principio de la “responsabilidad de proteger” fue considerado por el antiguo ius gentium (derecho de gentes o derecho de los pueblos) como el fundamento de toda actuación de los gobernadores hacia los gobernados: en tiempos en que se estaba desarrollando el concepto de Estados nacionales soberanos, el fraile dominico Francisco de Vitoria, calificado con razón como precursor de la idea de las Naciones Unidas, describió dicha responsabilidad como un aspecto de la razón natural compartida por todas las Naciones, y como el resultado de un orden internacional cuya tarea era regular las relaciones entre los pueblos. Hoy como entonces, este principio ha de hacer referencia a la idea de la persona como imagen del Creador, al deseo de una absoluta y esencial libertad.” (Benedicto XVI, Discurso en la ONU, Nueva York, viernes 18 de abril de 2008).

Buscar la salida entre todos

Pero no es solo soportar y esperar resignadamente que se devuelva esa libertad esencial a los pueblos. Todos los ciudadanos debemos aportar nuestro grano de solución. Decimos todos y no solo los que defienden y educan los derechos humanos, o los que “les gusta la política partidista”. Decimos todos, porque esa misma condición de ciudadanos con la que nacemos y que es otra de las conquistas de la civilización moderna: dejar de ser súbditos para nacer todos ciudadanos libres. Esto nos compromete, nos invita y nos obliga éticamente a aportar, de la forma en que cada persona lo considere oportuno, libre y responsablemente, aquella visión, propuesta o salida para los conflictos y violaciones que aquejan a toda la sociedad.

Esto no es “meterse en política” entendida como politiquería. Esto es meterse a ciudadano. Es ejercer el derecho de ciudadanía que nos viene de nacimiento y de la libertad que Dios nos ha dotado al nacer. Nada, nadie, ninguna ley o Estado puede, ni debe limitar esa condición esencialmente humana. Ejercer esa soberanía ciudadana es la verdadera política, teniendo en cuenta que política viene del griego “polis” que significa ciudad, pueblo, que en latín equivale a “civitas”, de ahí que política es trabajar en el mejoramiento de la ciudad, del país, y eso es un deber cívico, es la forma de hacer política-cívica que nos concierne a todos. A los que tienen vocación les llama la otra forma de hacer política que es la política-partidista, tan legítima y plural como la de todos.

Por ese compromiso cívico y político todos los cubanos debemos aportar nuestra visión, nuestras propuestas plurales, nuestra vocación al debate público, al verdadero diálogo que no debemos dejar desprestigiar por los simulacros tramposos y dilatorios que usan ese nombre. El diálogo es y será siempre preferible a la violencia y a la represión. El diálogo, cuando es verdadero, es la forma suprema de la ciudadanía y la convivencia pacífica. Memoria, diálogo, justicia transicional, magnanimidad y reconciliación son los hitos del itinerario de una transición pacífica como la que Cuba merece. Volvemos a la enseñanza de la Iglesia en este punto:

 “Lo que se necesita es una búsqueda más profunda de los medios para prevenir y controlar los conflictos, explorando cualquier vía diplomática posible y prestando atención y estímulo también a las más tenues señales de diálogo o deseo de reconciliación.” (Benedicto XVI, Discurso en la ONU, Nueva York, viernes 18 de abril de 2008).

No es solo una lección de catequesis que el Pontífice imparte a sus feligreses, se trata de la Doctrina Social de la Iglesia y, por ello, su aporte cívico a toda la humanidad pronunciado en el areópago moderno de las Naciones Unidas.

Bajando a nuestra realidad cotidiana, una historia real nos puede servir para ejemplificar la situación en que estamos viviendo los cubanos: Un profesor universitario que trabaja en Cuba, al tener que responder diariamente a las indagaciones de sus desconcertados alumnos de Historia, ha usado otra comparación: “Estamos en la última parada…” y parece que no se vislumbran otras por esta ruta.

Esta frase se puede discutir, se puede matizar, se puede incluso reprimir, pero en nuestra opinión, puede reflejar el estado de la cuestión en este mismo momento en Cuba. No se pueden postergar sin límites las reformas, no se debe jugar con la paciencia de los pueblos, no se puede estirar la liga hasta que se rompa.

Con todo respeto, creo que si percibimos que “estamos en la última parada” es la hora de abrir nuevas rutas, de buscar la salida, de sacar a Cuba de la trinchera y ponerla en el amplio y plural camino de las encrucijadas de este mundo. Solo abriendo caminos, demuestra un pueblo su soberanía, su talento, su capacidad de renovarse, de crecer en ciudadanía, en libertad, en responsabilidad, en justicia social y en prosperidad.

El año 2020 debería ser el de la apertura de esos caminos nuevos para Cuba y para abrir senderos de paz y de libertad, de justicia y de amor. Es necesario tener “vista” para otear el horizonte, discernimiento para elegir lo mejor y voluntad soberana para actuar en consecuencia con ese discernimiento.

Los cubanos podemos y Cuba lo merece ya.

Pinar del Río, 28 de enero de 2020

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