Derechos Humanos

Pandemia, efectos cotidianos y condicionantes estructurales

Carlos Manuel Rodríguez Arechavaleta | 16 junio, 2021

Foto tomada de Internet.

  • Pandemia y Covidianida

En contraste con el origen natural de los virus, las pandemias constituyen las consecuencias imprevistas de sucesivas decisiones humanas (Quammen; 2020). El año 2020 ha sido un año pandémico. Pocos virus han adquirido, en tan breve tiempo, una dimensión global como el COVID-19. El elevado índice de contagiabilidad y mortalidad cíclica, y su rápido desplazamiento intercontinental –China, Sureste asiático, Europa, América del Norte y, finalmente, Latinoamérica- han generado críticas a la dinámica global de la acumulación de capital (Harvey; 2020), a la naturaleza predatoria de los procesos productivos del capitalismo extractivista (Svampa; 2020), y a la in(eficacia) de diversos mecanismos de coordinación y gobernanza, así como la necesidad de crear instituciones eficaces de coordinación y solidaridad global (Zizet, 2020; Harari, 2020). Incluso, la dimensión de la pandemia y su percepción de amenaza global le han adjudicado un cierto sentido de crisis civilizatoria (Svampa, 2020).

Las pandemias, como reza su etimología, constituyen epidemias que afectan grandes poblaciones; adquieren por tanto un carácter masivo, y su núcleo suele ser la constante amenaza a la vida. Es un fenómeno público y letal que afecta, progresiva o cíclicamente, gran cantidad de la población de uno, varios o muchos países o regiones, impactando los estándares básicos de la vida social, las prácticas de carácter rutinarias o reflexivas, las cosmovisiones, creencias, así como las formas históricas de interacción, asociación y de acción colectiva de una determinada comunidad.

Dada la magnitud de las poblaciones afectadas, las pandemias pueden adquirir una dimensión universal, regional, nacional o local, pero siempre constituyen implosiones sobre los mecanismos de articulación del orden social y sus reservas de sentido.

Entender el impacto, entonces, adquiere una perspectiva sistémica al implicar las condiciones estructurales, su configuración histórica y la dimensión cultural, incluso psico-cognitiva y emocional, desde la cual los sujetos (re)configuran su doble dimensión individual y social, así como sus percepciones de justicia social.

Los componentes centrales de un escenario pandémico a gran escala serán la universalidad, la letalidad y la relativización de las certezas, o en otras palabras, la constante incertidumbre. Estructura(s) y cultura(s), prácticas y creencias, percepciones y comportamientos, memorias, rituales e innovaciones reflexivas (todos componentes articuladores de la vida social) serán sacudidos por el temor supremo a la muerte. Es ahí donde emerge la importancia de recuperar la vida cotidiana como un espacio de rutinas espontáneas, pero constitutivo de los sujetos en su individualidad, con los sentimientos, emociones y creencias que determinan su comportamiento (Gonzalez Aizpurú; 2006).

La Covidianidad, se enfoca entonces, en las dinámicas reconfiguraciones sistémicas provocadas por el impacto pandémico del COVID-19 en la cotidianidad de la vida social. Intenta recuperar los componentes sustantivos de la pandemia –su impacto universal, su alta letalidad y su constante incertidumbre– y la naturaleza espontánea de las rutinas cotidianas. En primera instancia, refiere al impacto disruptivo de la pandemia en las prácticas cotidianas del individuo y las diversas actividades que permiten su conexión con el mundo social. Su actividad laboral y su respectivo ingreso económico; su universidad o escuela; su club deportivo; la iglesia comunitaria, y las asociaciones vecinales que constituyen los espacios auto-configurativos de la identidad subjetiva y social.

Nos referimos, concretamente, a cómo afecta la pandemia los procesos de socialización y de comunicación interpersonal del individuo, y la transgresión del espacio privado –el hogar familiar- por actividades públicas –oficina, aula virtual, juntas vecinales, etc.-.

No menos traumático puede resultar para el individuo la constante amenaza del contagio, traduciendo la creciente incertidumbre del entorno en estados de ansiedad, frustración, miedos y emociones diversas con sus respectivas representaciones de la realidad.1

Sin embargo, es importante no olvidar las dimensiones estructural y comunicativa del concepto. El impacto pandémico pone en el centro de atención la legitimidad, la eficacia y la empatía de los gobiernos y sus liderazgos. Ante el abrumador aumento de los índices de mortalidad, los gobiernos y sus líderes deben tomar decisiones con impactos vitales a corto plazo, asignando recursos económicos, profesionales y tecnológicos de forma óptima. La fortaleza del Estado, y en especial, un sistema de salud y una cultura sanitaria robusta, y la calidad de las instituciones políticas inciden en una respuesta más eficaz.

La capacidad de comunicación del gobierno y los medios de comunicación, incluyendo el internet y las redes sociales, y especialmente, la empatía de los liderazgos será determinante para su credibilidad y la confianza social, así como la respuesta social a la pandemia. Finalmente, la crisis pandémica enfatiza las diferencias identitarias y las minorías en condiciones asimétricas. Por ello, en última instancia, es una crisis ideológica y de justicia social.

Una pandemia, además, tendrá importantes implicaciones sobre los condicionamientos espacio-temporales de la distinción público-privado. Los índices de contagibilidad y mortalidad, y su respectiva percepción de amenaza pública, activan estrategias diversas de mitigación (rastreo y cartografía) o supresión (confinamientos parciales u obligatorios) por parte de los gobiernos. Lo anterior desplaza la geografía espacial de lo público como espacio de visibilidad y empoderamiento de demandas de sectores civiles autónomos hacia el Estado, al espacio privado del domicilio familiar. El hogar se convierte así en un espacio ecléctico de (des)conexión donde coinciden dinámicas familiares privadas, el ocio, actividades íntimas, con otras de índole pública como la jornada laboral, las juntas empresariales, las conferencias universitarias y las consultas con especialistas médicos. Desconexión de la vida pública y la postergación constante a un futuro incierto. Sobrevivir el presente nos exige altas dosis de ansiedad y resiliencia.

Los diversos espacios de mediación y representación entre el ciudadano y el Estado, y las dinámicas de socialización política dependen ahora de los recursos tecnológicos y cognitivos del individuo. Asistimos entonces a la conformación de un nuevo ecosistema comunicativo: Zoom, Teams, u otros salones digitales definirán nuestra capacidad de expresión e interacción con el mundo social. El acecho constante de la muerte nos sumerge en una narrativa de inmediatez permanente que exacerba nuestras diferencias ideológicas, raciales, étnicas, de género, etarias, etc. (Butler, 2020; Petruccelli y Mare, 2020). Así, las pandemias alteran sustantivamente las normas formales e informales que articulan y definen nuestras identidad individual y colectiva; pero al erosionar estas prácticas y rutinas de nuestra vida pública y cotidiana –el trabajo, el salario, la escuela, la universidad, las actividades vecinales, el intercambio con colegas, amistades, club deportivo, etc.- nos sustraen de un entorno de certezas importantes para nuestra vida social e individual.

Bajo la contingencia pandémica los gobiernos deben tomar decisiones, diseñar políticas, movilizar y distribuir recursos, y generar confianza en la certeza y eficacia de las mismas. Solos los liderazgos dotados de legitimidad, eficacia y empatía obtendrán respuestas sociales efectivas, y su sesgo cognitivo e ideológico determina los timing de las decisiones y sus alcances. La capacidad de respuesta depende, además, de la disponibilidad de recursos económicos, la infraestructura y la tecnología sanitaria. La cultura sanitaria y política serán componentes importantes de la respuesta social.

En países con fuertes tradiciones, los saberes suelen ser indiferenciados; la ciencia y las creencias populares basadas en ancestrales cosmovisiones mitológicas suelen marchar en paralelo, y en ocasiones, en direcciones contrapuestas. Por otro lado, la tradición cívica que define el potencial solidario, asociativo, organizativo y de movilización colectiva de una determinada sociedad civil, nos puede explicar por qué ciertos comportamientos y respuestas sociales. En países en desarrollo, como es el caso latinoamericano, con Estados de limitada capacidad, frágiles democracias, economías en recesión y un déficits cívico, el impacto pandémico suele multiplicar la incertidumbre y sus nefastos efectos sobre los sectores periféricos en condiciones asimétricas, acentuando la desigualdad y la pobreza, la exclusión y la injusticia social.

Pandemia e incertidumbres estructurales

Como hemos referido, el impacto pandémico sobre la cotidianidad -o Covidianidad- tiene dimensiones estructurales y comunicativas. Así, las medidas restrictivas para prevenir la letalidad pandémica presentan un dilema crucial; en un corto plazo, suelen ser económicamente costosas al presentar una compensación entre “proteger vidas” y “medios de vida” (Cheibub, Hong & Przeworski, 2020).

Las democracias, afincadas en Estados de Derecho y mecanismos liberales de vigilancia y control, fueron menos proclives a medidas restrictivas que afectaran las libertades, confiando en el efecto persuasivo de la amenaza viral (Fukuyama, 2020; Cheibub, Hong & Przeworski, 2020). Sin embargo, la respuesta pandémica reflejó una marcada heterogeneidad que fluctuó entre la estrategias de ‘inmunidad de rebaño’ de Suecia y el prematuro y radical ‘cierre de emergencia’ de Nueva Zelandia. Al margen de las diferencias institucionales y culturales de los regímenes, el punto central parece ser la confianza de los ciudadanos en que sus líderes presiden un gobierno competente y efectivo (Fukuyama, 2020). La confianza recíproca, tanto horizontal entre ciudadanos, como vertical entre gobierno y ciudadanos, es un componente clave en la construcción de capital de acción colectiva, el cual amplía el paquete de opciones de respuestas a la pandemia (Harring, Jagers & Löfgren; 2020). En otras palabras, la percepción pública de representatividad, expertise y justicia del líder y su equipo de gobierno se traduce en legitimidad y eficacia de la respuesta pandémica.

La pandemia, además, tiene un componente ideológico importante, pues las divisiones sociales y políticas constriñen las estrategias de líderes y gobiernos. En este sentido, la polarización social y partidista puede afectar a los tomadores de decisiones del gobierno y la respuesta social a las mismas (Harring, Jagers & Löfgren, 2020). La alta imprevisibilidad y contingencia de los eventos pandémicos impone a los liderazgos y gobiernos decisiones urgentes de alto costo de reputación y de sensibilidad pública.

Algunas políticas son de alto costo económico y social, e incluso restrictivas de libertades y derechos establecidos constitucionalmente, de ahí la importancia de construir consensos políticos previos para compensar los altos costos. Si la polarización política de una sociedad está asociada con la polarización de las élites, y esta se reproduce en la competencia electoral inter-partidista (Hetherington; 2001), es esperable que la alta polarización ideológica inter-partidista aumente considerablemente el costo de enfrentar la pandemia: a) reduciendo la capacidad de negociación política del partido en el gobierno; b) los partidos de gobierno pueden dar prioridad a las demandas de sus bases leales por encima de las preocupaciones de salud pública; y c) la polarización es un terreno fértil para los liderazgos populistas adversos al saber experto (Charron, La Puente, Rodríguez-Pose; 2020).

Además, si los partidos de oposición y los medios masivos que los apoyan son ideológicamente muy distantes del gobierno, es poco probable lograr consensos sobre la adecuada respuesta a la crisis pandémica. Además, la ‘polarización afectiva’ exacerba la desconfianza de los electores identificados con los partidos de oposición hacia las instituciones de gobierno que dictan la estrategia anti-pandémica (Iyengar et. al. 2018, cit. en Charron, La Puente, Rodríguez-Pose; 2020).

Por otro lado, la polarización política –tanto de las elites como de los públicos masivos incrementa el riesgo de que partidos grandes se muevan hacia los extremos ideológicos o temáticos, convirtiéndose en atractivos actores anti-sistema con capacidad de ganar elecciones democráticas y mayorías legislativas. Estos líderes autocráticos, abanderados de una narrativa propia del populismo antipolítico (Schedler; 2008), al llegar al poder con amplios apoyos legislativos son proclives a desatar un proceso de erosión incremental de las instituciones, reglas y normas democráticas con su propia acción de gobierno, debilitando las instituciones de vigilancia y control, las garantías de derechos y libertades y el equilibrio de las reglas electorales (V-Dem; 2021). Esta erosión incremental puede tener un efecto causal de reversión autoritaria; en otras palabras, “la democracia se consume a sí misma” (Kauffman & Haggard; 2020). Este puede resultar el peor escenario para enfrentar la magnitud, celeridad y letalidad de una pandemia.

Al evaluar las políticas sanitarias de los diversos países, el tipo de liderazgo político y su sesgo cognitivo parece ser determinante en los diagnósticos y las estrategias de respuestas adoptadas. Como reconoce Keane (2020), los verdaderos líderes democráticos irradian un estilo. El Liderazgo Consensual tiene un nulo o bajo sesgo cognitivo dado los fundamentos deliberativos y la naturaleza cooperativa de sus decisiones estratégicas, reconociendo el condicionamiento global, regional y nacional de la crisis, así como la importancia de las estrategias solidarias basadas en la racionalidad científica y tecnológica de los expertos y en predicciones de escenarios múltiples. Sus respuestas a la crisis tienden a ser proactivas con un énfasis en estrategias preventivas y de intervención selectiva con visión de largo plazo, donde predomina el interés público sobre el privado o de grupos de presión. En este tipo de liderazgo ha predominado el sector femenino (Cheibub, Hong & Przeworski, 2020) y sus exitosas respuestas a la crisis pandémica.2

Por su parte el Liderazgo Populista se define por el elevado sesgo cognitivo de sus decisiones ad hoc a la naturaleza personalista e histriónica de su gobierno, la dinámica poco cooperativa, e incluso, conflictiva con sus propias instituciones y las autoridades que las dirigen, y una visión nacionalista ultraconservadora (Applebaum; 2020). La abundancia de señales discursivas ambiguas y negacionistas respecto al saber experto y el apego a predicciones utópicas y escenarios únicos condicionan sus respuestas reactivas a la crisis pandémica, con un énfasis en estrategias equívocas y zigzagueantes de corto plazo no inmunes a intereses privados, corporativos y de grupos de interés.3

La respuesta pandémica implica, además, una asignación eficiente de los recursos disponibles para los servicios de salud pública. De ahí la importancia de la relación Estado-democracia. En América Latina, dada su distintiva dinámica Estado-democracia, los estragos de la pandemia han sido visibles. En los países latinoamericanos ciertos mecanismos internos y externos han generado un círculo vicioso autorreferencial entre Estados con capacidad media-baja y defectuosas democracias. El resultado ha sido un equilibrio que genera una trampa institucional de calidad media donde la baja calidad democrática impide actualizar las capacidades del Estado, y la naturaleza semi/patrimonial de éste bloquea la mejora de la calidad democrática. La explicación parece estar en que los actores que controlan los principales niveles de poder no tienen la motivación para alterar la combinación de las defectuosas democracias y los estados de capacidad media-baja (Mazzuca y Munk; 2020).

La manipulación de los procesos electorales y su equilibrio competitivo a través de interferencias como la compra del voto, el clientelismo, el limitado monopolio de la violencia, la intervención del narco, la transferencia ilegal de recursos de grandes empresas o actores externos hacia las campañas políticas y la corrupción derivada, así como la incertidumbre sobre la temporalidad de los mandatos constitucionalmente establecidos, han sido constantes en las frágiles democracias latinoamericanas. Por otra parte, la sobre-representación de los gobernantes de los territorios sub-nacionales y su inmenso capital político, dada la patrimonialización de las administraciones provinciales y los vínculos clientelistas con el Estado central, constituyen factores fundamentales en la estabilidad de los arreglos institucionales de calidad media en la política latinoamericana (Mazzuca y Munk; 2020: 55-ss).

Aunque la pandemia ha tenido un efecto marginal sobre los indicadores generales de democracia liberal en el mundo, al menos en el corto plazo, sus implicaciones a largo plazo son inciertas. Indicadores como la libertad de expresión, de deliberación, el Estado de Derecho4 y la calidad de las elecciones muestran el más sustancial declive de la última década (V-Dem; 2021).

La crisis pandémica no solo reta las capacidades organizativas y de movilización de recursos de los gobiernos y sus instituciones sanitarias; también constituye un reto comunicativo. El discurso de las elites y el encuadre de las medios sobre los temas de salud tienen importantes consecuencias sobre la configuración de creencias, actitudes y comportamientos sociales (Hatcher, 2020; Gollust, Nagler & Fowler, 2020).

Características distintivas del contexto pandémico del COVID-19 inciden en la eficacia de la estrategia comunicativa y su respuesta social. Al ser una amenaza viral relativamente nueva, el público, los políticos y los científicos por igual han tenido información inicial limitada, lo que acentúa la incertidumbre y la necesidad de confiar en la información de los medios y, sobre todo, en las señales proporcionadas por las elites políticas. Las políticas comunicativas enfrentan la probabilidad constante de un aumento de la información errónea disponible en el entorno, pues la velocidad con la que se produce la nueva información científica y la necesidad de una rápida respuesta a la crisis pandémica puede dar lugar a desacuerdos entre expertos o información contradictoria, 5 afectando la percepción pública de riesgo ante la amenaza pandémica y los cambios de comportamiento a gran escala.

La amenaza viral, además, provoca fuertes reacciones emocionales, particularmente miedo y ansiedad, lo que estimula la búsqueda de información, especialmente en Internet, desde referentes subjetivos, aumentando la probabilidad de exposición a información partidaria o inexacta. Si los mensajes en el discurso público han sido politizados y se combinan con una alta polarización interpartidista, aumenta la probabilidad de que el público reciba e interprete la información a través de un lente de identidad partidista conocido como razonamiento motivado (Gollust, Nagler & Fowler, 2020).

Sociedades con alta polarización ideológica y partidista, con un ecosistema informativo fragmentado y politizado dirigido a targets de audiencias ordenadas algorítmicamente (Bennett & Entman; 2001) a partir de referentes de identidad, tienden a reforzar las discrepancias comunicativas que producen una brecha actitudinal, normativa y de creencias relacionadas con la eficacia de la información y las intenciones de conducta social (Young & Bleakley; 2020). En el caso de la crisis de comunicación de salud como COVID-19, estas espirales de comunicación orientadas por la identidad reforzarán las discrepancias de información, afectando la toma de decisiones individuales sobre la prevención del virus.6 El enfoque discursivo de la pandemia en los liderazgos populistas ha potenciado una espiral exponencial de incertidumbre y conflictividad pública.

Finalmente, las adversas condiciones económicas y sociales de América Latina multiplican el costo humano del efecto pandémico. Institucionalmente atrapada en un nefasto equilibrio histórico entre la naturaleza semi/patrimonial del Estado con capacidad media-baja y las defectuosas democracias (Mazzuca & Munk; 2020), el entorno económico y social regional acentúa la alta vulnerabilidad social de los países latinoamericanos dadas las condiciones preexistentes de informalidad laboral, pobreza y desigualdad, así como la fragilidad de sus sistemas de salud y protección social (CEPAL y OPS, 2020). Factores adversos como la caída de los precios de las materias primas desde 2018 (CEPAL; 2019), desastres naturales y condiciones ajustadas de los sistemas financieros (World Bank; 2020) pronostican ‘la peor contracción de su historia’ entre 5,3% y 7,3% en 2020 (WB, 2020; CEPAL, 2020), la cual se traducirá en una reducción promedio del PIB del 9,1% (CEPAL; 2020). La pandemia ha llevado a 88 millones de personas más a la pobreza extrema, y en el peor de los casos podría llegar a 115 millones (Blake & Wadhwa; 2020).

Para fines del 2021 las remesas tendrán una disminución histórica (14%) y la tasa de desocupación de los migrantes respecto a los nacionales se duplico para el segundo trimestre de 2020 (CEPAL; 2020). En países en desarrollo estas tendencias implican un aumento de la pobreza, un empeoramiento de la seguridad alimentaria y la pérdida de medios en los hogares para solventar servicios como la atención médica.

El impacto sobre las micro, pequeñas y medianas empresas de los países en desarrollo las ha obligado a invertir en el uso de tecnología digital para adaptarse a la crisis, reducir salarios y horas de trabajo para compensar la reducción de ventas. Además, la reducción de ingresos de las familias ha puesto en riesgo el capital humano, al verse obligadas a hacer concesiones y sacrificios que podrían menoscabar la salud y el aprendizaje de una generación. Los efectos sobre la educación podrían durar décadas y no solo causar pérdidas de aprendizaje a corto plazo, sino también reducir las oportunidades económicas a largo plazo para esta generación de estudiantes.

El aprendizaje a distancia ha visibilizado el déficits en la infraestructura y la conectividad digital de los países en desarrollo, con tasas de penetración de internet móvil del 20,4% frente al 62,5% registrado en otros países. La brecha digital ha provocado una desigualdad de acceso a la opción de teletrabajo con serias consecuencias distributivas, dada la relación con el nivel de ingreso de los hogares (CEPAL; 2020). La pandemia también ha ensanchado la brecha de género, pues las mujeres han ido perdiendo sus empleos con mayor rapidez que los hombres debido a que son más propensas a trabajar en los sectores más afectados por los confinamientos, como el turismo y el comercio minorista. Asimismo, en los países de bajo y mediano ingreso, tienen más probabilidades de trabajar principalmente en empleos informales, lo que a menudo significa que carecen de acceso a protección social y otras redes de protección.

Otros grupos especialmente sensibles a la pérdida de empleos han sido los jóvenes (15 y 24 años) y las personas mayores, así como las personas con menores niveles de educación formal (CEPAL; 2020). La inseguridad alimentaria y la COVID-19 han agravado el impacto de la fragilidad, los conflictos y la violencia, lo que podría revertir los avances logrados en materia de desarrollo. Los pueblos indígenas y las personas afrodescendientes (10% y 21% de la población de la región, respectivamente) también se ven afectados de manera desproporcionada, debido a que las condiciones socioeconómicas en que viven son peores que las del resto de la población, su acceso a la protección social es limitado y sufren elevados niveles de discriminación en el mercado laboral (ONU; 2020). Son estos sectores de mayor vulnerabilidad los más expuestos al drama humano de la pandemia.

III. Conclusión 

La pandemia provocada por el COVID-19 ha modificado de forma importante las dinámicas cotidianas subjetivas y de la vida social. La Covidianidad, entendida como las actividades espontáneas de la cotidianidad han sufrido afectaciones importantes y los espacios de encuentros y proyectos compartidos han sido reorientados a entornos virtuales o postergados a un futuro indefinido. Las redes establecidas que nutrían de afectos, certezas y prospectiva nuestra vida social han sido seriamente dañadas. No solo la noción del espacio se ha transformado, también la temporalidad de nuestra vida social. La letalidad del virus ha generado una preocupación constante sobre el enigma de la muerte, cada vez más presente en nuestros entornos cercanos. Muerte en soledad; he ahí el más dramático de los efectos pandémicos.

La alta contagiabilidad viral ha puesto en el centro de atención la capacidad de respuesta de los gobiernos en las diversas instancias, sus trayectorias de políticas sanitarias y la cultura cívica de la sociedad. Pero además de una crisis de gestión, el COVID-19 ha implicado un reto comunicativo. El discurso de las elites y el encuadre de las medios sobre los temas de salud tienen importantes consecuencias sobre la configuración de creencias, actitudes y comportamientos sociales; he ahí la importancia del manejo de la información y la empatía del líder en la eficacia de respuesta pandémica.

En entornos de alta incertidumbre estructural la crisis pandémica suele ser profundamente injusta. En los países con Estados de capacidad media y baja, democracias defectuosas e incapaces de frenar institucionalmente a los emergentes liderazgos populistas con sus narrativas polarizantes, y la alta vulnerabilidad social, dadas las condiciones preexistentes de informalidad laboral, pobreza y desigualdad, y frágiles sistemas de salud y protección social, la pandemia asume perspectivas dramáticas retando los cimientos mínimos de equidad y justicia social. Serán los sectores marginales quienes llevarán sobre sus hombres la pesada carga del virus.

  • Referencias

1 Rosana Reguillo (2020) ha sugerido interesantes interrogantes en esta dirección: a) ¿qué procesos de subjetivación se generan en la cotidianidad?, y b) ¿cómo las emociones trastocan las representaciones de la realidad?

2 La Canciller alemana Angela Maerkel, la Primera Ministra de Nueva Zelanda Jacinda Ardern, de Noruega Erna Solberg, Sanna Marin de Finlandia y Katrín Jakobsdóttir de Islandia son ejemplos de este liderazgo femenino exitoso.

3 El ex presidente de Estados Unidos Donald Trump, Boris Johnson en el Reino Unido, Víktor Orbán en Hungría, y en América Latina Jair Bolsonaro en Brasil, Nayib Bukele en El Salvador y Andrés Manuel López Obrador en México epresentan este liderazgo.

4 16 países han tenido un declive acelerado del Estado de Derecho comparados con 11 en 2018, lo que refleja la implementación de medidas discriminatorias y la derogación de derechos no derogables como parte de la estrategia de respuesta al Covid-19 (V-Dem; 2021). Es categórica la conclusión del exhaustivo informe (CIEDS-CDH; 2020): “es cada vez más difícil no percibir una intencionalidad en las decisiones del gobierno federal de sustraerse por medio de vetos del deber de promover la preservación del derecho a la vida y la salud de los pueblos indígenas”, así como la criminalización de los migrantes en el contexto pandémico.

5 Cuestionamientos como ‘las máscaras son útiles’, ‘cuál es la tasa de letalidad’ y ‘la hidrocloroquina tiene potencial terapéutico’ pueden convertirse en interrogantes sin respuestas certeras reforzando la espiral de incertidumbre pública (Gollust, Nagler & Fowler, 2020).

6 Cuando las personas tienen información muy discrepante sobre una amenaza para la salud, su gravedad y su susceptibilidad a nivel individual, esto puede tener implicaciones significativas para la intención de esas personas de participar en conductas de protección de la salud (Young & Bleakley; 2020).

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  • Carlos Manuel Rodríguez Arechavaleta. (Yaguajay, S.S., 1968).
    Sociólogo Universidad de La Habana.
    Maestría en Ciencias Sociales y Doctorado en Ciencia Política (FLACSO-México).
  • Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1 Conacyt-México.
    Profesor investigador TC Universidad Iberoamericana Ciudad de México.
  • Reside en México.