Debate Público

¿El hombre piensa como vive? El historicismo, la modernidad y la crisis de valores

Yoandy Izquierdo Toledo | 21 Abril, 2019

Foto tomada de Internet.

Un concepto ambiguo

El historicismo, contrario a lo que quizá muchos pueden pensar, es un fenómeno muy presente en nuestros tiempos. Como concepto se presenta ambiguo y posee gran cantidad de significados, algunos de ellos estudiados por clásicos de la filosofía política; otros traídos al debate contemporáneo tras el desarrollo en la modernidad. Como todo asunto que implica a la esencia humana y las esferas cognitivas ha tenido sus seguidores y, por supuesto, sus detractores. Uno de los grandes pensadores en materia de filosofía política, Karl Popper, dedicó una de sus obras, “Miseria del historicismo” (1957), a refutar de modo formal las tendencias que dominaban el pensamiento occidental. Su argumento versó sobre: “cómo el conocimiento desempeña un papel decisivo y creciente en nuestra sociedad y el progreso del conocimiento es impredecible. De ahí dedujo un liberalismo que solo es conservador para los totalitarios o para quienes no le conocen de primera mano: Popper cree que hay que hacer experimentos sociales,… pero que sean reversibles sin demasiados traumas sociales, si resultan fallidos” (Boyer, 1994).

Para algunos el historicismo es el establecimiento de una concepción del mundo que sitúa a la historia en el centro de todas las acciones y por tanto de la vida política. “Es una actitud, más que una escuela, caracterizado por privilegiar el punto de vista histórico sobre cualquier otro (moral, estético, etc.) cuando se trata de dar cuenta del presente” (Alcoberro, 2005). Otros ubican al concepto como la reivindicación de los documentos y pruebas históricas, es decir, las fuentes historiográficas, en un lugar superior a la aceptación, sin crítica alguna de la tradición. Se dice que estos significados son ambiguos, y coexisten en la intención de reforzarse mutuamente.

Visto como una concepción del mundo, el historicismo justifica las tradiciones culturales de los pueblos, y en su afán de mantener una idea, está dado su carácter conservador. Por otro lado resulta funcional en la medida que busca una respuesta a los orígenes, o lo que es nombrado como la filosofía de la historia. “Retrospectivamente, el problema del historicismo ha sido doble: de una parte, su tendencia a reivindicar siempre la ‘identidad’ hasta convertirla en entelequia. Por la otra el historicismo se ha desgastado en una guerra contra el relativismo que tenía perdida de antemano” (Alcoberro, 2005).

Una mirada del historicismo desde los clásicos

Muchos han sido los autores que han abordado el historicismo, desde el ámbito de la filosofía y otras ramas del saber. Entre los más estudiados está Leo Strauss, quien en una de sus obras, “¿Qué es la filosofía política? Y otros estudios” aborda algunos puntos que serán motivo de esta reflexión. Otros, como Hannah Arendt nos hablan de la vinculación entre el historicismo, la tradición y la libertad. Hagamos, primero, un análisis de algunas frases que he seleccionado del capítulo del libro de Strauss referido a “Filosofía política e Historia”.

“…Debemos explicar el historicismo en términos de carácter específico del pensamiento moderno o, más precisamente, de la filosofía moderna. Al hacerlo, observamos que la filosofía o ciencia política moderna, a diferencia de la filosofía o ciencia política premoderna, necesita la historia de la filosofía o ciencia política como parte integral de sus propios esfuerzos, ya que, como filosofía o ciencia política moderna en sí misma admite o enfatiza, que consiste en un considerable grado de conocimiento heredado cuya base ya no es contemporánea ni accesible”. (Strauss, L. Political Philosophy and History. p. 77).

La reproducción de un pensamiento historicista en estos tiempos, donde la modernidad ha irrumpido con sus implicaciones en la política, se torna un problema. Hacer uso de este recurso, sin los matices necesarios, puede conducir a absolutizaciones o relativismos extremos que coarten la libre creación y el pensamiento que permanece en constante cambio y transformación de acuerdo a los contextos en que se desarrolla.

El conocimiento heredado, del que nos habla Strauss, es lógico que no tiene una base contemporánea, pero es accesible y puede explicar, en muchas ocasiones, la esencia de las realidades contemporáneas. El error podría estar en el hecho de solo dar importancia a esa herencia histórica, justificar la mayoría de las actitudes con el “legado” que nos antecedió, o basarnos en la memoria histórica para intentar encontrar la solución de los problemas actuales, sin hacer un análisis concreto de los elementos todos que interactúan en las sociedades modernas. Esto no significa la tan mencionada pérdida de la memoria histórica, que es cierto que podría devenir consecuencia de la crisis de la modernidad, sino que, basados en la herencia, analizar la vigencia del conocimiento anterior en las problemáticas actuales como los asuntos del Estado, la política, el comportamiento humano y los valores y actitudes.

La variedad de filosofías políticas, sostienen, sobre todo, una función de la variedad de situaciones históricas. (Strauss, L. Political Philosophy and History. p. 63).

Al menos en Cuba, es famosa la frase “el hombre piensa como vive”. Esto refuerza la afirmación anterior de Strauss que argumenta que la concepción que se tiene de la vida política estará determinada por las situaciones históricas que le hayan sucedido y estén sucediendo, lo que pone al descubierto el carácter relativo del historicismo. Es evidente que las concepciones que se pueden tener de un mismo hecho variarán en dependencia de si son miradas desde la óptica del protagonista o del espectador.

Aquí podemos recordar lo que es considerado uno de los problemas del historicismo, y es la ausencia o negación de un pensamiento universal; es decir, la contradicción entre lo particular y lo que puede establecerse, por su alcance y trascendencia, como universal. Esto es que: “la médula del historicismo radica en la sustitución de una consideración generalizadora de las fuerzas humanas históricas por una concepción individualizadora” (Meinecke, 1943:12).

Resulta esencial no confundir el historicismo con la historiografía. Esta última se dedica a narrar la historia y analizar las circunstancias que propiciaron un determinado suceso, lo que nos permite conocer el pasado y establecer todo tipo de interpretaciones, relaciones entre causa y efecto, análisis de comportamientos.

Las condiciones históricas que impiden que cualquier respuesta sea universalmente válida tienen el carácter de muros invisibles. (Strauss, L. Political Philosophy and History. p. 71).

El historicismo niega todo carácter universal de todo lo anterior, es decir, que el pasado es importante, pero que en cada tiempo se vive de acuerdo a la experiencia histórica y no en correspondencia con el entorno y la realidad circundante. El hecho de que cada experiencia pertenezca si y solo sí al tiempo en que ha sido vivida, evita que se alcance la trascendencia que constituye una de las dimensiones fundamentales de la persona humana. El hombre no debe encerrarse en su realidad personal, ni detenerse en su cotidianidad, sino que debe abrirse a la búsqueda de nuevas experiencias en interacción con los demás, que den sentido a la vida, sabiendo que cada actitud puede contribuir al bien de los demás, en tanto servir de ejemplo para otros.

Todo lo descrito no significa que el hecho de tomar como punto de referencia a las experiencias del pasado sea un fallo en el desarrollo de las sociedades actuales.

Por el contrario, se propone tomar lo valioso de cada época, es decir, lo que proviene del pasado, con el objetivo de proyectarse de un modo positivo hacia el futuro. Es lo que en la filosofía política se reconoce como la función del intelecto humano que entiende lo que ha ocurrido, y al asimilarlo se reconcilia con la realidad y siente la libertad de actuar en correspondencia con lo que ha comprendido; bien sea replicando el mismo modelo, o modificándolo con toda la libertad posible y necesaria. Como describe Strauss, si los actos están predeterminados, el historicismo coarta la libertad, sin la cual el hombre no puede vivir consciente de sus actos, sino que actúa movido por una realidad condicionada y condicionante, lo que impide a su vez el crecimiento y desarrollo personal.

A este respecto Hannah Arendt, en sus estudios sobre la diferencia entre el historicismo y la tradición remarca adecuadamente que el historicismo es el ámbito de las necesidades donde la libertad no aparece, mientras que en cambio cuando se trata de a tradiciónesalgoqueestáparaquepuedaserusadoen un momento determinado, y que por tanto puede ser considerado un acto de libertad.

La tarea del historiador del pensamiento es entender a los pensadores del pasado exactamente como se entienden a sí mismos, o revitalizar el pensamiento según su propia interpretación. Si abandonamos este objetivo, abandonamos el único criterio practicable de objetividad en la historia del pensamiento. Por lo tanto, el historicismo se ve obligado, por su principio, a tratar de entender la filosofía del pasado, mejor entendiéndose a sí mismo. (Strauss, L. Political Philosophy and History. p. 67).

La filosofía política moderna, aunque parezca una contradicción, debe partir del estudio del pensamiento que le ha antecedido, y corroborar que todo el tiempo futuro, necesariamente tiene que ser mejor. Basta con detenerse a recordar los grandes descubrimientos en los campos de la física, la astronomía, las matemáticas; o en los primeros avances en el área de la medicina y en la actualidad todavía se torna difícil, a la luz de los conocimientos y avances en infraestructura y tecnología, dar solución a enfermedades que causan la muerte a miles de personas en el mundo.

En este punto de la lectura straussiana es donde se propone la combinación entre el observador o espectador del hecho histórico con el rol de actor que, basado en la previa observación, ajusta su actuación combinando el pasado con las necesidades y realidades del presente.

Tratar de aplicar, como camisa de fuerza, el pensamiento positivo de las ciencias de la naturaleza a la historia de vida de los pueblos, es un mecanicismo absurdo y una negación de que las realidades sociales son cambiantes y en constante interacción con las épocas y condicionamientos históricos anteriores.

Uno de los elementos de esta forma de pensar, que puede considerarse negativo, es que “El historicismo… pretende reconstruir las épocas emulando el rigor en el detalle de las ciencias de la naturaleza, a saber, el estudio particularizado y comparativo de los datos, la concertación en el método del conocimiento y busca, con ello, que la investigación histórica se base en el examen estricto y riguroso de la evidencia (Masís, 2009).

La modernidad y la crisis de valores

Como un producto del pensamiento moderno se generó una visión de la realidad que ha venido a excluir los valores humanos en el ejercicio de la producción de conocimientos; lo que hacia la segunda mitad del siglo XX, con el surgimiento de la Bioética, ha sido revocado. Lo valorativo forma parte del conocimiento como construcción social.

En sintonía con el orden moral que nos plantea Strauss, como principio rector de la política, es importante señalar algunas consecuencias de la modernidad que han venido a dar al traste con la formación de la persona y su preparación para enfrentar, sin relativismos excesivos, ni absolutizaciones constantes, los nuevos escenarios.

El fracaso moral puede ser entendido en el desprecio a la religión y su dimensión humana por excelencia, la pérdida del sentido de hacer el bien, la secularización de la mayoría de los ambientes, y la fragmentación de la relación con Dios en su esencia de inspiración, compañía y recurso para el alma. La relación de identidad y “el compromiso del hombre con un Dios personal que supone el Bien supremo al que tender porque colma de forma plena sus aspiraciones como sujeto espiritual, ha quedado excluida del proyecto moderno y ahora le plantea un desafío importante” (Agejas, 2004).

La relativización moral ha sumido a la especie humana en una “cultura del todo vale”, como le llamamos en Cuba; a lo que Agejas le llama “la crisis de una cultura que se ha olvidado de la Encarnación, que ha ido eliminando su presencia real de sus construcciones ideales”. A ello se le suman una visión utópica de la realidad y un olvido de las raíces identitarias.

En su libro “La condición humana”, Hannah Arendt refiriéndose a los principales factores que dan sentido a la vida humana, destaca que “…Solo en la acción política se genera sentido, de modo que el mundo como tal y las claves para su comprensión dependen de las acciones humanas en el espacio de aparición y de las subsecuentes narraciones que dan cuenta de ellas. El homo faber y el animal laborans no entienden la acción política y argumentan que lo más decisivo son los valores que dominan sus respectivas esferas de existencia, pero no pueden “prescindir por completo de la esfera pública, ya que sin un espacio de aparición y sin confiar en la acción y el discurso como modo de estar juntos, ni la realidad del yo de uno ni la realidad del mundo circundante pueden establecerse fuera de toda duda” (Arendt, 1958).

La vida moral y la reflexión ética deben comprender ciertos conceptos, procedimientos y actitudes que redimensionen la realidad y den coherencia, profundidad y claridad a la conciencia moral de la persona. Algunas de estas ideas esenciales son:

  1. La génesis de los valores morales: su historicidad y universalidad.
  2. Las normas éticas y la pluralidad moral en las sociedades democráticas.
  3. Las principales teorías éticas (moral trascendental, nihilismo, existencialismo, utilitarismo, entre otras).
  4. Los problemas sociales como: las relaciones ser humano-naturaleza, guerra y carrera armamentista, desigualdades norte-sur, violencia social, consumismo, marginalidad y discriminación.
  5. Los proyectos éticos contemporáneos relacionados con temáticas globales de derechos humanos, pacifismo, feminismo, ecologismo, entre otras.
  6. Los debates sobre la religión como hecho individual y social, y sus relaciones con la ética. El redimensionamiento del significado de libertad religiosa.

Bibliografía

1. Agejas, J. A. (2004). La crisis de la Modernidad. Mar Océana, No. 17.

2. Alcoberro, R. (2005). «Historicismo», un concepto ambiguo. Filosofía e Historia. p. 1-3.

3. Arendt, H. (1958). La condición humana. Barcelona, Seix Barral. p. 274.

4. Boyer, M. (1994). Contra el historicismo. El País. Cultura. 5. Masís, J. (2009). De la vida histórica: auge y aporías del historicismo decimonónico. Konvergencias. Filosofía y

culturas en diálogo. Año VII, No. 21, p. 211.
6. Meinecke, F. (1943). El historicismo y su génesis. Trad. J.

Mingarro y T. Muñoz. México: Fondo de Cultura.

 

 


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Licenciado en Microbiología.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.