Debate Público

Cuba 2021: frente al desasosiego, las propuestas

Néstor Pérez González | 24 febrero, 2021

Foto de Adrian Martínez Cádiz.

Los cubanos hemos iniciado el 2021 ante la incertidumbre e inquietud que generan las contradicciones, ineficiencias, dobles raceros y represión política que afecta y trastoca los principios y confianza que muchos aún sostenían contradictoriamente en la gobernabilidad y soberanía de nuestra Patria. Todo esto ocurre bajo los principios de un sistema unipartidista y excluyente de las libertades y la democracia.

El “día cero” se le ha llamado a una serie de cambios y transformaciones de gran peso sobre la economía del país y las finanzas de los cubanos. Una pirámide invertida, fruto del mismo proyecto político que se conceptualiza como continuidad con más de seis décadas conduciendo los destinos de la Nación, asegura que se reordena a sí mismo. Es cierto, el “día cero” cambia muchos conceptos, especialmente en una sociedad que se aferró, bajo una imagen de supuesta igualdad y de segura garantía de algunos beneficios sociales, a cambio de respaldar un proyecto político excluyente del pluralismo político y de las libertades individuales y los derechos de todos.

Esa imagen bien posicionada de igualdad, para dar esperanza y ánimos a nuestra sociedad, parece estar bien lejos de las fórmulas aplicadas, las cuales ni siquiera propician el pan indispensable de cada día, al mismo tiempo que no se crean condiciones para liberar las fuerzas productivas más favorables al desarrollo. En esta intención de reordenamiento, explicada pero no demostrada, que debe avanzar hacia la prosperidad, se excluyen principios indispensables como que: no existe un auténtico contrato social, pues las libertades individuales están cercenadas, especialmente cuando estas intentan concretarse en dinámicas sociales e iniciativas autónomas por diferentes grupos de la sociedad civil cubana, sean de naturaleza política, cultural, académica, económica, o de cualquier otra índole.

La Cuba de hoy se encuentra entre el desconcierto diario de muchos, desde el tan debatido “pan de a peso”, a la pandemia, el “no hay medicamento o reactivo para un análisis” al “ya esta plaza de trabajo no hace falta” o, “vamos a ver qué pasa con la empresa”. Además, se ha hecho más numerosa la presencia policial por doquier y los cautivos, ya sea en su casa impedidos de poder salir, o en prisión por haber manifestado sus demandas. El hambre y la falta de soluciones, generan riesgos y escenarios ante los cuales debemos poseer criterios y soluciones. No es bueno, a pesar de la presión y el desasosiego, que seamos arrastrados a uno u otro lado por pura desesperación; aunque no dejamos de reconocer que el desespero como instinto humano nos acompañará, pero otra cosa es permitamos que sea la guía de nuestro actuar.

Me gustaría abordar algunos de esos posibles escenarios o aristas de la crisis que, a mi juicio, debemos tener en cuenta de cara a nuestro actuar personal y social:

  1. Si analizamos los últimos 15 años de transformaciones y cambios, sean para unos de poca monta y para otros cruciales, ellos nos acercan a conceptos necesarios en una futura etapa en democracia para nuestro país. Por ejemplo: los impuestos, el sector no estatal, aunque se le niegue el reconocimiento de privado con todo su alcance, el acceso a internet, más recientemente la eliminación de varios subsidios a sectores que no son verdaderamente vulnerables, la importancia y necesidad de trabajar y no poder vivir sin hacerlo. Tengo claro que el hecho de su aplicación sin base democrática y desde el pluralismo político lo hace lesivo e ilegítimo, además de inviabilizar los mejores resultados de estos cambios. Por estas y otras razones estos cambios insuficientes tendrán el más alto costo político de cara a los defensores de la continuidad, que así lo reflejaron en la última consulta dando su Sí a la nueva Constitución. Creo que no estamos ante el correcto posicionamiento de la pirámide social sino que se está decodificando y deconstruyendo, desde el mismo sistema, una matriz ideológica basada en falsos conceptos de igualdad y una demagogia de masas. Como consecuencia estamos entrando en una terapia de choque que no sostiene el más mínimo hilo de continuidad con las proclamadas “bondades” de lo anterior. Además, como agravantes, están la corrupción, el burocratismo y la cotidiana exposición, por parte de las comunicaciones y las redes sociales, de la profunda ruptura entre el eslogan de la clase dirigente y la realidad y el camino que practica una parte de ellos.
  2. En esta crisis vemos como una parte significativa en nuestra sociedad pierde el miedo y se expresa libremente ante la escasez, los atropellos y la falta de libertad. Es una parte creciente de nuestro pueblo que avanza hacia diversas maneras de disentir: una parte se muestra dispuesta a confrontar en grupo, siempre con métodos pacíficos, contra lo gubernamental que consideran injusto; otros lo hacen de modo individual, otros desde movimientos o partidos de oposición no reconocidos por la ley. Al otro extremo del inmovilismo y de la represión oficial, también se muestra un proceso creciente de activistas en la sociedad civil que intentan canalizar ese estado creciente de desesperación y crisis, hacia las vías civilistas de protestas pacíficas que generen definitivamente un cambio trascendente en la sociedad.

La inconformidad es mayoritaria, no hay dudas. Pero quiero hacer un llamado, porque lo considero urgente y necesario, a la reflexión y a la sensatez en ese otro extremo oficialista para que deslegitimice el “todo vale” en la intolerancia gubernamental propio de tantas revoluciones fallidas. Creo que ninguno de los extremos debe dominar el proceso de cambios. Lo importante es que, como ciudadanos, no nos desanimemos y nos motivemos a participar, pero con responsabilidad. Actuar responsable y pacíficamente es un deber cívico impostergable. Sea por parte del Estado, sea por parte de la sociedad civil.

He oído llamados que se basan en la fuerza de una presencia mayoritaria en las calles como garantía de que a muchos, o a todo un pueblo, no les harán daño. Ha sido más que probado que esto no siempre es así. La historia demuestra que los mejores resultados de una protesta, demanda o manifestación de cambio, su mayor peso, radica en la coherencia de sus objetivos y métodos, en cuanto a unas acciones basadas en la razón, el sentido común, la moderación, la paz, la justicia, los beneficios que le acompañe, así como la estrategia y los medios con que se implemente, sin que por ello se vaya a menoscabar o negar las convicciones o principios de sus defensores. Es a partir de estos principios, sumados a esos métodos que se pueden sumar adeptos a cualquier proceso. Los ciudadanos comunes huyen generalmente de los extremismos.

Precisamente por esto es que no estoy de acuerdo con el extremo de la violencia como recurso de cambio o respuesta viable a los atropellos. No estoy de acuerdo porque es un concepto superado y ha sido más que probado el alto costo humano, social y político, con muy pocos o ningún resultado positivo en los objetivos que se trazan, además de desencadenar escenarios muy poco previsibles. Las acciones violentas, amén de la convicción de quienes las perpetran, acarrean la peor de las consecuencias para los esfuerzos pacíficos en la dirección al cambio, al punto que en no pocos regímenes -es conocido en la historia- incentivan y controlan como arma el miedo y represión contra las fuerzas progresistas. Estos métodos, además, aportan altos niveles de inestabilidad que pueden incluso lesionar los propios logros de movimientos y grupos por el cambio pacífico.

  1. A pesar de la desesperación que se vive hoy, muchos en medio de esta situación vemos con esperanza y queremos seguir haciendo de la sociedad civil el mejor escenario que puede ofrecer garantía, medios y espacios los ciudadanos, que permitan avanzar y ofrecer aportes y propuestas capaces de sostener equilibradamente un paso progresivo hacia cambios pacíficos, duraderos y fructíferos en Cuba. Sin los extremos no tendríamos percepción del centro y sus bondades, pero lo que no debemos olvidar es fortalecer, y no abusar, de la consistencia y el aguante real de “la liga” que representa la paciencia y la resiliencia de los ciudadanos. Esto permitirá lograr alcanzar los mejores fines sin que esta se rompa con violencia o, al menos, que sea al menor costo posible. De lo que se trata en este punto es de ser, pensar y existir dentro de lo razonable. Al mismo tiempo que renunciamos a la fuerza y a ver en los extremos una salida. Por eso pienso que lo más aconsejable es no renunciar a participar y no salirnos del compromiso social. Todo ciudadano, mientras vivamos en este mundo, siempre estamos en medio de lo político, de lo social, de lo económico, aunque solo sea para vivir las consecuencias de las decisiones de otros sin aportar mejores proyectos con mejores resultados.

En conclusión, la Cuba de hoy no espera. Y, más allá de ritmos y consideraciones, estos escenarios, y otros que por supuesto también están, tocan con dureza a las puertas de nuestro día a día. Esto se nota en todos los ámbitos de nuestra sociedad y no puede ser de otra manera porque la naturaleza de este sistema que, por más de seis décadas, ha intentado desterrar la libertad, la fe en Dios, la propiedad y todo sentido de pertenencia privada o comunitaria, ya ha dado los frutos propios de su naturaleza. Ha entrado en el alma de la Nación, hasta lo más hondo, la cizaña. Es decir, con Patria, pero sin Virtud y con Impiedad, las ovejas descarriadas arrancaron el trigo y dejaron la cizaña. Se nacionalizaron las propiedades y los espíritus, se expropió hasta el cansancio y se persiguió todo vestigio de vida plural en toda forma y manera posible. Las promesas: educación, cultura, salud, igualdad, alimentación y tantas otras aseguraron las motivaciones para un futuro que ya llegó pero que no fue “la tierra prometida”.

El “día cero” nos devuelve la oportunidad de mirar atrás y sacar cuentas y conclusiones. No para alimentar el odio o la revancha… ¿a quién vamos a odiar, al mismo pueblo que ha sufrido las mismas consecuencias? No, vamos a reflexionar y a sacar las moralejas: falló la virtud, esta es la cosecha final y tangible. Asumámosla, no para conformidad o rebeldía insensata y efímera, sino para buscar el más común de los sentidos que nos permita mirar en la dirección correcta, “pensar con cabeza propia”. Sobre la frustración de tantos, podemos permitirnos, sin engaños, evaluar la realidad sin demoler los restos de la existencia humana tras el desastre. En efecto, la condición humana está hecha por el Creador como una existencia capaz de volver a nacer, de resurgir, de sanarse y rehacerse. Eso es lo que necesitamos en Cuba hoy. No debemos ceder a la ecuación cobarde de correr de una fila a la otra y acribillar con nuestro rencor al que se queda atrás para justificarnos, porque por ese camino cambiamos de máscara, pero no de rostro, y repetimos la historia. No es fácil y nadie dice que lo sea, pero el camino de la verdad, la justicia y la libertad no lo son.

Creo que los cubanos hoy estamos preparados, y uno entre tantos ejemplos ha sido la vigilia del 27N frente al Ministerio de Cultura en La Habana. Ese acto cívico nos demostró cuánto podemos llegar a hacer sin violencia, exclusión, ni trincheras. Los artistas nos mostraron cuánto se puede lograr en un solo día, cuánto podemos iluminar nuestra noche, si se actúa en armonía, fieles a nuestra identidad, ejerciendo la libertad y la reserva de creatividad personales y comunitarios.

Con esos métodos pacíficos y creativos se abre el camino de este año 2021. Es una nueva etapa, asumámoslo ya. Todos lo necesitamos.

 

 


  • Néstor Pérez González (Pinar del Río, 1983).
  • Obrero calificado en Boyero.
  • Técnico Medio en Agronomía. Campesino y miembro del Proyecto Rural “La Isleña”.
  • Miembro del Consejo de Redacción de Convivencia.