Debate Público

Profecías

Rafa Rubio | 13 junio, 2020

Foto tomada de Internet.

Rafa Rubio || Encerrados entre cuatro paredes, imaginar el futuro se ha convertido en una forma de evasión generalizada. Es tal la efusión de profecías sobre el mundo post-COVID que ya ha dado lugar a un nuevo género literario y amenaza, junto a los diarios del confinamiento, con convertirse en una nueva pandemia en las librerías de todo el planeta. Nadie ha querido faltar a esta fiesta del pensamiento non-stop, como si pensar primero fuera imprescindible para pensar bien.

Estamos tan desacostumbrados a un sufrimiento tan profundo que no podemos creer que vaya a ser en vano y necesitamos imaginar que el futuro será mejor y nosotros saldremos bien parados. Y en este aprovechar y aprovecharse de la crisis (sin saber si tendrá algo aprovechable), las predicciones se convierten en lecciones. Los comandantes a priori se apresuran a tomar el puesto de los capitanes a posteriori, en parte por una fe ciega en sus propias capacidades y en parte por una fe aún más profunda en la capacidad performativa de la comunicación.

En un mundo empeñado en eliminar “el miedo, el terror y el esplendor de lo maravilloso” (Robertson Davies) los ciudadanos han descubierto de golpe un mundo nuevo, donde la Volatilidad, la Incertidumbre, la Complejidad y la Ambigüedad (VUCA en inglés) casan mal con la seguridad exigible al Estado moderno. Y algunos tratan de aprovechar el impacto, y cuelgan el cartel de: “Expertos trabajando, se ruega no molestar”, y avisan a quién quiera escucharlos que lo que pensaban y deseaban no tiene más remedio que hacerse realidad.

Este nuevo milenarismo anuncia el año cero, un “cambio de paradigma”, una “nueva era”, un “cambio de época”, una nueva Weltanschauung, un antes y un después del Covid (AC/DC), pero el mundo nuevo que propone se parece mucho al mundo que cada uno de sus voceros venían imaginando. El coronavirus no es para ellos más que un “ya te lo dije” gigante, como si el virus hubiera obligado a la realidad, a la que llevaban años esperando, a darles por fin la razón. La crisis ofrece conclusiones a la carta capaz de “demostrar” indistintamente que hace falta más o menos Estado, más o menos centralización, más o menos fronteras. Se reivindica el fin de la globalización al mismo tiempo que se defiende la sociedad internacional y se anuncia el fin del Estado-Nación, mientras se defiende la necesidad de reforzar la soberanía económica o de información. Cada uno está a lo suyo, y dejan por el camino paradojas entrañables como la de los liberales reclamando keynesianismo mientras citan a Huxley, o filocomunistas confesos declarando su amor a la responsabilidad individual y su fe en la OCDE, mientras agitan a Chesterton como argumento de autoridad.

Estas profecías suelen venir seguidas de propuestas de experimentos económicos o sociales. Olvidan que intentar salvar el futuro durante una crisis en lugar de gestionar el presente es la mejor receta para destrozar ambos. No se trata solo de seguir la sabia regla jesuita que desaconseja hacer mudanza en tiempo de tribulación, sino de evitar proyectar el problema actual sobre el futuro. Por poner un ejemplo: tan válido resulta decir que la crisis nos lleva a redimensionar lo público porque solo lo público nos da una solución, como decir que la crisis nos lleva a replantearnos el estado de las autonomías porque solo el estado central ha sido capaz de dar respuesta, o reconsiderar los derechos fundamentales porque solo restringiendo alguno de ellos, como la libertad de movimiento o el derecho de reunión, hemos podido hacer frente al virus. La excepcionalidad no puede convertirse en modelo de normalidad, ni siquiera de nueva normalidad, y especialmente en el ámbito de la democracia, cualquier intento de adaptar la democracia a la crisis puede terminar en una crisis de la democracia.

Estos días de encierro, convertidos en una especie de prueba de graduación en el master de coaching en el que se ha convertido la vida, más que un cambio de hábitos nos han traído nuevos entretenimientos. Estos nos han ayudado a conocer mejor a nuestros vecinos, a comprender mejor a nuestros hijos adolescentes y sus llamadas a los amigos para saber qué tal o a experimentar el efecto que nuestro comportamiento tiene sobre lo que nos rodea, pero han servido también para procrastinar, cultivar rencores, alimentar reproches o seguir rellenando el tiempo, sin espacio para pensar.

La disciplina de gimnasio de Mr. Wonderful (porque tú lo vales y todo va a salir bien) nos ha permitido que un día más sea un día menos, pero será también nuestra mayor debilidad para afrontar el cambio futuro. Tras enfrentarnos a nosotros mismos en nuestra fragilidad, persuadidos de la fortaleza que nos ha permitido sobrevivir, saldremos convencidos y dispuestos a cambiarlo todo… hasta el día siguiente, cuando pensaremos estar despertando de un sueño surrealista.

Quizás, más que un truco para pasar el tiempo, hacer profecías no sea más que la forma de huir de la experiencia de la muerte. “Toda civilización es un diálogo con la muerte” (Gómez Dávila) y, aunque la conciencia de la innombrable siempre ha estado ahí, la nuestra ha desterrado a la muerte de la vida, como si fuera un sorteo que siempre toca a los otros, en una mezcla entre el olvido y el a mí no me puede pasar. Cuando la “generación FAMA”, que allá por los ochenta cantaba a voz en grito “yo voy a vivir por siempre, voy a aprender a volar”, tocaba con los dedos la inmortalidad ha chocado de frente con una crisis que le ha devuelto bruscamente a la incertidumbre y la fragilidad.

Aunque esta vez ha sido más difícil apartarla de nuestra vista, no han faltado señuelos para mantenerla como algo ajeno, existente solo fuera de nuestras fronteras; invisible, incluso para los que la han vivido más de cerca, animados a fingir que no ha sido nada; virtual, de videojuego o serie distópica. No han faltado reclamos para vivir el luto como una experiencia meramente individual, interior, para renunciar a la memoria y seguir viviendo, como si mostrar la muerte, llorar a los muertos, fuera muestra de debilidad, y no la forma más humana de enfrentar lo más inhumano, incluso cuando se cuenta con el regalo de la fe.

No es posible conocer la profundidad ni el sentido del cambio. Es cierto que es difícil encontrar un acontecimiento con un impacto tan rápido y contundente en la historia de la humanidad, pero ha sido tan fuerte y está aún tan cerca que cuesta saber dónde estamos y hacia dónde vamos.

Puede que la crisis acelere cambios que estaban latentes, que todo vuelva a ser lo mismo o que nada vuelva a ser igual, pero no nos vendría mal dejar de proyectar sobre el destino nuestras obsesiones, asumir que la más ardua labor del profeta es distinguir con claridad entre lo que adivina y lo que simplemente desea y reparar en que la diferencia entre el buen profeta y el buen fotógrafo, es que aunque ambos deben elegir entre muchas opciones, el filósofo debería hacerlo antes de “disparar”.

No seré yo el que me ponga ahora a adivinar el futuro, pero me atrevo a decir que la tan cacareada “nueva normalidad” se parecerá más a lo que hemos vivido hasta ahora que a estos dos meses de parálisis mundial. Todo parece indicar que, aunque sigamos mirándonos al ombligo un par de semanas más, dentro de unos meses, el hombre seguirá siendo un hombre, aunque con más series en su currículum y algún kilo de más.

Nadie va a salir peor o mejor de esta crisis por el mero hecho de haberla sufrido. Los niños, y los mayores, volverán a ser del Estado (aunque paguemos todos); los que creen que este gobierno no puede durar un día más seguirán saludando con dos besos y un abrazo a los que les regalarían cuatro años extra (mientras intercambian zascas en el anonimato de las redes sociales); los que consideran su excepción justificable seguirán considerando inaceptable la de cualquier otro; los que siempre encuentran un opinólogo de guardia para confirmar sus intuiciones, no dejarán de decir “ya lo decía yo”; los que piensan que “to el mundo er güeno” se reirán de los del “piensa mal y acertarás”, y viceversa; los que se han trasladado a vivir a las redes seguirán transparentando su vida, como si fuera de interés nacional; los que han convertido la solidaridad en espectáculo compartirán hashtag con los que prefieren ejercer de superhéroe de salón sin quitarse el chándal; las caceloradas contra el gobierno o la Monarquía seguirán compartiendo balcón… Todos volveremos a llenar el tiempo hasta que no nos quede un minuto para pensar; sustituiremos nuestra desgastada fe en el cientificismo y sus profetas, por la búsqueda de otros referentes que sacien la necesidad del hombre de algo, o alguien, en que creer; seguiremos burlándonos de los que imploran ayuda de lo alto o cuestionando a los que siguen buscando en la ciencia todopoderosa su salvación, y todos seguiremos levantando la vista al cielo, aunque sigamos viendo cosas totalmente diferentes.

Eso sí, podremos aprovechar la amplia oferta en el mercado de las profecías, que permite que cada uno pueda acogerse a la que más le guste, siempre que confirme su punto de vista, establezca en los otros la responsabilidad del cambio y no interpele directamente a su comportamiento actual.

Solo algunos habrán sabido aprovechar lo vivido para tener algo que recordar más allá de las batallitas del TBO (esos días en que estuvo cerrado el Burger King y nos quedamos sin kétchup o la botella de Tequila que se evaporó en una quedada virtual). Pocos habrán empezado a cambiar sus vidas de una manera real, porque no hay camino más circular que el de las buenas intenciones, cuando estas no van acompañadas por el entendimiento y la voluntad.

Solo lo conseguirán aquellos dispuestos a cambiar las profecías por propósitos, sabiendo que el mero hecho de proponérselos a uno mismo antes que a los demás, puede ser el primer paso hacia la transformación social y que será de nuestras elecciones, y no de nuestras ensoñaciones, de lo que dependerá el mundo del presente. Aquellos capaces de ponerse de acuerdo en que no tenemos por qué estar de acuerdo y que es precisamente la capacidad de convivir en ese desacuerdo una de las grandes fortalezas de la sociedad actual.

Y mientras, dejar a la literatura la tarea de imaginar sin pretensión mundos futuros, ya ha demostrado muchas veces su capacidad de convertirse en realidad.

Publicado en The Objective, el 16 de mayo de 2020. Disponible en: https://t.co/2T07reYpto

 

 


  • Rafa Rubio.
  • Doctor en Derecho Constitucional (Premio extraordinario), Profesor Titular y Director del Grupo de Investigación sobre participación y nuevas tecnologías (i+dem) en la Universidad Complutense de Madrid. Imparte o ha impartido clases de posgrado en más de 30 universidades de todo el mundo, entre otras: Georgetown (USA), Universidad de Buenos Aires (Argentina), Tecnológico de Monterrey (México), Universidad Panamericana (México), Universidad San Marcos (Perú), Universidad de Oriente (Cuba), el Instituto Nacional de Administraciones Públicas (INAP), la Universidad de Navarra, la Escuela Diplomática Española, la Universidad Pontifica de Comillas y la Fundación Ortega y Gasset.